White wine in the sun

I really like Christmas: it’s sentimental, I know, but I really like it.

Adoro a Tim Minchin. Esta canción me la recordó Victòria, una de las cosas buenas de este año horroroso que se acaba, charla va y charla viene, regalazos incluidos, uno de ellos en forma de niña de cuatro años, que me cogía de la mano para bajar por las escaleras del Albaicín y ayudarme.

Me gusta mucho el concepto de la espera (cuando es gozosa, claro: lo otro es agonía): sentarse a tomar un vino blanco al sol mientras llega la gente que tiene que venir por Navidad. Mi Navidad está siendo caótica, con un gato que ayer, día 28, y no es una inocentada, cayó a 29 de glucosa. En el foro de gatos diabéticos lleno de americanos y australianos e ingleses en el que estoy, Amy cree que fue una medición errónea. Ahora yo también lo creo, pero le di miel y comida alta en carbohidratos antes de medir otra vez. Moraleja: silbadme si tenéis un gato diabético. He aprendido más sobre diabetes felina en 15 días de lo que sé de cualquier otra cosa, lo juro.

Total, que son las 3:25 del recién estrenado 29 de diciembre y yo estoy aquí, que le he cambiado la insulina por la tarde y estoy haciendo una curva de glucosa por si las moscas, a pesar de que las primeras 72 horas con Lantus no son fiables del todo. Tiene las orejas, el pobre, llenitas de picaduras. Y no se queja. De hecho, a las 6 de la mañana y a las seis de la tarde, se va a la cocina porque sabe que le toca testar.

No sé cuánto vivirá, porque le voy notando los achaques: la artrosis, el pelito ralo (eso también es de la diabetes).

Coyote

Podría hacer balance. Comencé el año con un brote de colitis ulcerosa leve, que se transformó en grave justo cuando nos confinaban y yo debería haber estado en un hospital. Ni fuerzas para aplaudir a los sanitarios a las 20 h. tenía yo. Ni para cocinar. Ni para nada. Anémica perdida, llegué al adalimumab en forma de inyecciones, pero sigo esperando que me vea el reumatólogo porque parezco una suerte de Frankenstein cada vez que me levanto de una silla. En este periplo, he compartido experiencias médicos de varios hospitales españoles y con una americana. Gracias, internet, que no solo permites eso, sino también que una mujer argentina en Alemania, una alemana que se llama Sonja (como mi personaje favorito de Conan), una señora neozelandesa, un par de yankis de edad provecta y algún inglés estén pendientes de Coyote, aconsejando sobre las dosis y sobre el manejo de episodios raros al instante.

He llorado lo indecible en ese foro, vive Dios. He acabado el año llorando gracias a la amabilidad ajena. Agradeciendo y odiando a partes iguales que Ororo no me deje ver una película sin ponerse delante de mi cara las tres cuartas partes del tiempo. Vigilando a Brea, a ver si adelgaza con la comida húmeda a libre disposición y a ver si encuentro una comida húmeda que les guste de verdad. En Navidad. Con los repartidores a tope porque todo en mi vida ocurre en el momento oportuno.

Qué raro, desesperante y qué mal acaba este 2020. Tampoco creo que el año que viene vaya a ser mejor, pero se vino Josemari a comer y celebré mi Navidad el día 26 y el 25 vi, por fin y por primera vez, Qué bello es vivir.

Cartel de Qué bello es vivir. Gracias, Frank Capra.

El resto del año lo he ido contando en otras entradas. Ha habido bodas, copas con los amigos, conciertos de la Orquesta de Extremadura (menos que otros años, por razones obvias), nuevas incorporaciones, despedidas y una pandemia mundial y un brote de colitis ulcerosa y ansiedades y dejar de fumar y sobrevivir como se pueda. Porque, al final, el logro más importante de este año ha sido la supervivencia. Y, además, medio cuerdos y todo.

Como para no creerlo.