Siete años de Ororo

Sigues trepando por mi espalda o saltando encima de ella y dejándomela llenita de arañazos. Como si fueras un cachorro. A las siete de la tarde, poco más o menos, te pones a saltar y a brincar, con las orejas hacia atrás y la cola gorda, zurrando a Huck y pobre de mí como se me ocurra pasar por el pasillo en esos momentos. Todas las mañanas te pones en mi hombro, a darme con la cabeza y a decir Prrrr prrr, que es lo que más dices (salvo cuando gritas porque quieres comer y ya no hay comida, porque eres pava y se la comen todos antes que tú: no puedo entenderlo, con el genio que tienes) porque quieres amor y caricias y apoyarte contra mi mano y chuparme la cara y lamerme el cuello, porque siete años de lactancia prolongada no han sido suficientes.

Ororo

Sigues siendo la gata más unida a mí y la más independiente. Puedes pasar horas en el cuarto del ordenador, mientras estamos todos en el salón, pero no perdonas un rato de juegos. Al final siempre pienso que animales y humanos se parecen, como dicen de los perros. Y en eso, tú eres muy parecida a mí.

En lo gordo soy como Breíta, pero no se puede tener todo.

Feliz cumpleaños, Ororito.

Seis eran seis

La maja desnuda

Hace nada, me fui a Sevilla y Granada de vacaciones (tengo pendiente post de exquisiteces y algo más), a ver a los amigos, varios días, más de los que he estado fuera otras veces. En uno de los vídeos que me mandaron los chicos de Can de Luna, que se ocupan de mis gatos cuando yo no estoy, se ve a Ororo refregándose contra la reja de gallinero que tengo en la puerta, pidiendo amor.

Desde que llegué, no para de mamar. Su madre la repudió cuando era pequeña, así que ella mama. Hasta que me destroza el cuello.

Así todo el día

Tenemos nuestros ritos. Si está excitada y yo camino por el pasillo, me agacho porque sé que quiere trepar por mi cuello. Generalmente, se larga sola a la habitación y viene cuando quiere socializar. Salvo ahora, que no se despega de mí porque tendría mono de no haberme visto. O eso quiero pensar.

Este año 2020, que está siendo tan horroroso en tantos aspectos de mi vida, estar con ellos (a pesar de mi irritabilidad, que ha sido estratosférica; a pesar de mi brote, que me ha tenido en estado semicatatónico) me ha anclado más de lo que hubiera pensado nunca.

En la mesa, mirándome mientras trabajo

Ahora está aquí, detrás de mí, sentada en una manta porque ha comenzado el frío casi de golpe. Ya comienza a meterse debajo de las sábanas (para afilarse las uñas con ellas, todo sea dicho: si tenéis animales, lo material pasa a quinto plano, aunque yo siga mirando las fotos de decoración) y a acurrucarse debajo de la manta de mi sofá, sin dejarme mover las piernas.

Feliz cumpleaños, preciosa mía. Te quiero con locura y te mereces doble ración de chucherías hoy.

Ayer mismo, con Breíta

Un lustro a tu lado

Esta foto es de dos años. Ya solo tengo una tele plana, así que no se puede subir.

El veterinario me lo advirtió: «Es la gata con la que vas a tener la relación más fuerte porque habéis estado solas en casa». Eso duró dos meses nada más, luego llegaron Brea y Coyote, pero esta gata que está por socializar, sigue creyendo que soy su madre y me somete a la lactancia más prolongada de la historia:

Cuando la gente ve esto, dice: «Oh, qué bonito». Lo es. Pero también raspa, te araña cuando amasa y te deja el cuello que, como te eches colonia, ves las estrellas.

Hoy cumple cinco años. Cinco años desde que llegó a mi casa, siendo una enana que no llegaba ni al kilo de peso. Ahora pesa tres. Está fibrosa, musculosa, brillante, activa. Yo la miro y pienso: Qué envidia, hija. También, porque estuvo dos meses a solas conmigo y cree que soy su madre, es la que más me cuida cuando estoy mal (léase virus, reglas o algún constipado, porque yo no me enfermo casi nunca). El resto del tiempo, cuando no me cuida, se larga a una de las tres camas a dormir y puedo no verla hasta la tarde, en que vendrá a reclamar su ración de mimos y a pelearse con Coyote por un hueco en mi regazo.

Felicitad a la marquesa

Cinco años lleva aquí, viviendo conmigo, durmiendo en los sitios más insopechados (encima de mi cuello, con su cabeza apoyada en la mía -y no te muevas, que protesta-; con las patas bien apoyadas encima de tu garganta -cuando ocurre esto, porque si la aparto también protesta, siempre recuerdo el título de ese libro: «Cómo saber si tu gato planea matarte«; en el hueco entre mis piernas) y peleándose a bufidos con el resto hasta que le da por ir a por ellos con la cabeza gacha para que la laman y la rechupeteen. Así es ella: la más cariñosa y la más independiente y la más irritable y la más amorosa.

Se parece un poco a mí.