achaques y gorduras

Coyote, todo sexy

Tienes 13 años. Hoy cumples seis conmigo. Eres mi gato viejito, con artrosis, al que le pincho, desde hace una semana, dos dosis diarias de insulina porque no tienes cáncer, estás activo, saltas y brincas a pesar de la artrosis, tu nariz está (casi) siempre húmeda, pero eres mayor y empezaste a beber y a hacer pis más de la cuenta y zas: diabetes. A ver, yo rezaba porque fuera diabetes y no problemas de riñón, pero ojalá hubieras estado sano durante medio siglo.

Eres mayor y te ha dado por sentarte justo debajo de mi cuello, como hace Huck, para lamerme la mejilla. Y yo no paro de pensar en lo rápido que se me han pasado estos seis años.

Coyote, Brea y Huck

He dejado de dormir con vosotros, porque no me dejáis moverme y me duelen mucho más las articulaciones, pero a ti te llevo a la cama algunas veces. Realmente, lo de dormir ha sido cosa del pelirrojo, que se aburre soberanamente con cuatro gatos en casa porque él necesita mambo y droga de la buena y se pone a intentar abrir los cajones (he vuelto a comprar protectores) a las dos de la mañana, o a dar por culo a las cinco. Ahora llama a la puerta maullando a las seis menos diez, sea fiesta o fin de semana, pero algo he ganado en calidad de vida. Y estoy de mejor humor.

Coyote y Ororo en la manta que me regaló Sandra en mi primer ingreso hospitalario, chispas

Hoy es día de celebración, de todos modos, y no de penas anticipadas, aunque es cierto que ahora te beso más veces que nunca, repetidas veces, como dicen que hacen las abuelas y miro con preocupación las veces que te acercas a la bañera, a donde antes solo iba Breíta a beber.

Breíta

También hace seis años que Brea llegó a casa y ahora la miro también mucho, preocupada, porque está gorda como un trullo (yo siempre quise ser Ororo, me digo: tan estilizada, tan activa, tan musculosa… Pero soy como Breíta: la ballena varada que quiere que la dejen en paz y que es cariñosa cuando a ella le apetece) y no sé si ponerla a dieta para que pierda alguno de esos siete kilos y se le vea la cinturilla, porque también bebe mucho, pero a ésta, si la encierras para pesarla, te monta el pollo y maúlla y se estresa que se le pone la glucosa por las nubes, lo mismo que si la coges, que no quiero ni pensar en cómo lo haría para pesarla cada doce horas.

Las mejores amigas del mundo, Breíta y Ororo

A Coyote le gustan las chuches, el jamón, las gambas, meter el morro en mi plato de comida lo mismo que Brea y Huck lo meten en el del desayuno, que a veces me he tenido que ir a la cocina para comer tranquila mientras pensaba que no puede ser que un gato me haga a mí esto en mi propia casa. Le llamo a veces solo para ver que es el único que atiende a su nombre (venía enseñado de la otra casa) y hundo la nariz en su pelito, que huele siempre a suavizante.

Breíta no se deja oler, pero te muerde la manga para decirte que te quiere.

Feliz cumpleaños, bonitos. Qué suerte tengo de conoceros.

Este inexistente 2020

Ya ni recuerdo cuando me pasaba las horas escribiendo sobre este tiempo líquido, en pleno brote de colitis ulcerosa, agotada del todo. Siempre me digo que pago un servidor y que debería escribir más y luego pienso: quién demonios va a querer ver recetas de cocina, con la de blogs tremendos de recetas que hay por la web.

Este 2020 pasará a la historia porque alguien me preguntó qué había hecho mal, se lo dije, se ofendió muchísimo (hay mucha violencia en hacerse la víctima en esos casos y yo, de violencias, este año, ya he ido servida: mi intestino la ha ejercido toda) y se fue. Yo me quedé muerta, porque obviamente esperaba un «no me he dado cuenta, lo siento mucho» y aquí paz y después gloria.

Imagen de G-Educainflamatoria

Moraleja: cuando alguien esté enfermo, muy enfermo; muy, muy enfermo, no escribáis todos los días para que os dé el parte médico, para decirle si tiene o no que llamar a su doctor, para decirle lo que tiene que comer y lo que tiene que hacer. Sobre todo si no sois digestivos ni nutricionistas especialistas en tripas y, sobre todo, si la persona ya tiene un tratamiento y una nutricionista especialista en tripas. Es victimizante. No transforméis a vuestros amigos en enfermos. Ya están enfermos. Dejadlos en paz. Id a su casa a hacer de comer y a limpiar. Si no podéis, mandáis comida. A mí me han mandado comida mis amigos. Correos funcionaba. Pero no deis el coñazo, suspirando y gimiendo. Hacéis más mal que bien. Yo tenía ataques de ansiedad cada vez que veía el WhatsApp. Otra vez toca hablar de cómo estoy y cómo dejo de estar. Que no sé si alguien piensa que hay cambios radicales cuando llevas un año con un brote. Spoiler: no.

Mi predictivo me conoce tan bien que, si quiero poner «hasta mañana», en cuanto ve «hasta», me sugiere «el coño».

Pero ha habido nuevos encuentros. No hay nada como conocer a gente nueva que vive en tu misma ciudad (y de la que tiras si tienes un pájaro en la campana de la cocina) para comer tarta cuando los gobernantes nos dejaron salir. Nunca estaré suficientemente agradecida.

Y, además, me lleva a sitios que no conocía, a pesar de llevar casi 15 años viviendo aquí

Este año ha habido más cambios. Dejé de fumar. Engordé. Se me hincharon todas las articulaciones: parezco Frankenstein cuando me levanto de la silla, toda agarrotada: es parte de la colitis ulcerosa. Retomé el deporte, intermitentemente. No puedo ir a ninguna parte a hacerlo, porque sigo con inmunosupresores (que, por cierto, deberían haber funcionado con mi inflamación, pero no lo han hecho, y el reumatólogo sin verme), pero lo hago en casa, con las pautas que me puso mi entrenador. Y ya no me peso, porque, como dice mi amigo Carlos, pesarse es muy de los noventa.

Este 2020 lo ha ocupado el cuerpo. La relación con el cuerpo. Las goteras del cuerpo.

Es Navidad desde primeros de mes

Cocinar, entre poco y nada. Unos meses porque no me podía ni mover, menos aún levantarme para cocinar y otros por pura pereza. Ahora solo pienso en el menú de Navidad y de Nochevieja, a ver qué me invento, porque voy invitada… y no sé si lanzarme a preparar licores y turrones. Porque yo no debería beber, pero alguna copa me tomaré, que tengo unas ganas locas de despedir este año de mierda.

En eso no soy nada original. Nos pasa a todos desde mediados de marzo.

Seis eran seis

La maja desnuda

Hace nada, me fui a Sevilla y Granada de vacaciones (tengo pendiente post de exquisiteces y algo más), a ver a los amigos, varios días, más de los que he estado fuera otras veces. En uno de los vídeos que me mandaron los chicos de Can de Luna, que se ocupan de mis gatos cuando yo no estoy, se ve a Ororo refregándose contra la reja de gallinero que tengo en la puerta, pidiendo amor.

Desde que llegué, no para de mamar. Su madre la repudió cuando era pequeña, así que ella mama. Hasta que me destroza el cuello.

Así todo el día

Tenemos nuestros ritos. Si está excitada y yo camino por el pasillo, me agacho porque sé que quiere trepar por mi cuello. Generalmente, se larga sola a la habitación y viene cuando quiere socializar. Salvo ahora, que no se despega de mí porque tendría mono de no haberme visto. O eso quiero pensar.

Este año 2020, que está siendo tan horroroso en tantos aspectos de mi vida, estar con ellos (a pesar de mi irritabilidad, que ha sido estratosférica; a pesar de mi brote, que me ha tenido en estado semicatatónico) me ha anclado más de lo que hubiera pensado nunca.

En la mesa, mirándome mientras trabajo

Ahora está aquí, detrás de mí, sentada en una manta porque ha comenzado el frío casi de golpe. Ya comienza a meterse debajo de las sábanas (para afilarse las uñas con ellas, todo sea dicho: si tenéis animales, lo material pasa a quinto plano, aunque yo siga mirando las fotos de decoración) y a acurrucarse debajo de la manta de mi sofá, sin dejarme mover las piernas.

Feliz cumpleaños, preciosa mía. Te quiero con locura y te mereces doble ración de chucherías hoy.

Ayer mismo, con Breíta