Siete años de Ororo

Sigues trepando por mi espalda o saltando encima de ella y dejándomela llenita de arañazos. Como si fueras un cachorro. A las siete de la tarde, poco más o menos, te pones a saltar y a brincar, con las orejas hacia atrás y la cola gorda, zurrando a Huck y pobre de mí como se me ocurra pasar por el pasillo en esos momentos. Todas las mañanas te pones en mi hombro, a darme con la cabeza y a decir Prrrr prrr, que es lo que más dices (salvo cuando gritas porque quieres comer y ya no hay comida, porque eres pava y se la comen todos antes que tú: no puedo entenderlo, con el genio que tienes) porque quieres amor y caricias y apoyarte contra mi mano y chuparme la cara y lamerme el cuello, porque siete años de lactancia prolongada no han sido suficientes.

Ororo

Sigues siendo la gata más unida a mí y la más independiente. Puedes pasar horas en el cuarto del ordenador, mientras estamos todos en el salón, pero no perdonas un rato de juegos. Al final siempre pienso que animales y humanos se parecen, como dicen de los perros. Y en eso, tú eres muy parecida a mí.

En lo gordo soy como Breíta, pero no se puede tener todo.

Feliz cumpleaños, Ororito.

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