Calígula y un hummus de lima y limón

Llevo siete meses de pena. Sí, me río. Sí, salgo. Sí, trabajo. Sí, hago exámenes y me levanto con humor (con buen humor) y hago bromas y abrazo y más. Pero llevo siete meses de pena, por razones que no voy a contar en un blog, pero que me tienen muy cansada, muy asustada y muy seca.

Pero, a los casi siete meses justos de mi pena (llámenle pena, llámenle acedia), llegó Calígula.

A veces me sucede: una obra de teatro me ha salvado la vida. Me ocurrió con Los Persas, de Calixto Bieito, que me vi tres veces más algún ensayo: me la sabía de memoria. Fue hace diez años. Ese Rafa Castejón, que salía a la scaena y en las columnas ponía «tes-tos-te-ro-na». Esa charla con Pau Miró, sobre escribir, sobre saber si lo que escribimos es bueno, sobre la relación con las palabras. Esas dos entrevistas a Bieito, al que todo el mundo definía como «algo desagradable» y del que yo decía, digo y diré que es un encanto de hombre y que entrevistarle es un lujo. Porque hablamos de la guerra y de Howard Zinn y de la provocación que no es tal y del aplauso y los nacionalismos y las drogas y por qué una mujer siendo Jerjes. Y, cuando me tuve que ir para dar paso a otro periodista, miró con cabreo contenido. Y esos gestos a mí me gustan.

No han vuelto a programar Los Persas en el Festival de Mérida, pero Jerjes siempre será para mí una mujer con la voz y el cuerpo de Natalia Dicenta. He visto a muchas Medeas, a varias Clitemnestras y a muchas más Antígonas. Pero Jerjes…

Foto de Jero Morales

El señor que está en la foto metido en una bañera se llama Pablo Derqui y yo ni sabía quién era (luego me di cuenta de que le había visto en una película, María y los demás, -una película que muchos hombres no han entendido, pero esa es otra historia-). Tiene mi edad y es un monstruo.

Mérida es muy difícil. Es un teatro de 52 metros en el que la gente no te ve: se apoya en tu voz y en el vislumbre del movimiento de tu cuerpo. Es grandioso, es sobrecogedor y las columnas te atrapan. Las columnas te envuelven y te comen. Tienes que ser muy bueno, rematadamente bueno, para actuar bien ahí. Solo para actuar bien: para ofrecer una actuación memorable, impactante y perdurable, has de estar muy por encima de la media. En los once años que llevo cubriendo el Festival de Mérida, uno detrás de otro, he visto a muy pocas personas que lo logren: que logren que nadie tosa, que nadie coja el móvil, que nadie respire. No voy a dar nombres, pero no pasan de diez. Por cierto, la mayoría son mujeres y cobran hasta un cuarenta por ciento menos.

Calígula fue un revulsivo. Me recuperó. Realmente, no me recuperó la obra, me recuperó el trabajo de este señor que dice que lo suyo es oficio. Eso no es oficio, lo aseguro. Veo mucho teatro, lo veo hasta en televisión y en otros idiomas. Le hice una entrevista en unas condiciones penosas (habiendo dormido tres horas y con un dolor de regla y un cansancio y un mareo y unas náuseas que me quería morir) y disfruté como una enana porque es brillante. No hay nada que me guste más que tener delante a una persona brillante.

Yo adoro a Calígula desde hace muchos años porque Calígula es yo, en muchas cosas. En la mayoría. En el estar y no estar en determinado mundo, en su disgusto y su inadaptación, en su profunda piedad (sí, nadie diría que Calígula es piadoso. En fin) y en otros varios aspectos. Parte de mi visión del personaje la escribí en un artículo que se titula como una frase de Camus: Ese lago de silencio y esas hierbas podridas.

Después de ver Calígula volví a escribir, me enchufé Twin Peaks de una tacada (llevaba esperándola 24 años: yo sí la vi en su momento) y me levanté a las siete de la mañana de un sábado para ponerme Solaris de Andrei Tarkovski. He vuelto a ser yo. Es curioso cómo, cuando no se llora por las esquinas ni tienes cara de pena penita pena, el resto del mundo piensa que estás genial y que todo va bien en el mejor de los mundos: que no va bien yo lo noto en otras cosas. En la carencia de vida intelectual, sobre todo. En lo que pasa de puertas adentro. En esa sensación de estar parada mentalmente, sin creatividad alguna, por mucho que escriba artículos en el periódico cada semana y por mucho que tenga cien ojos en el trabajo y lea por obligación y vaya al cine y piense en cine y en teatro y en palabras.

Volver a meter el cuaderno en el bolso, plantarme en un bar y escribir pese a la desesperación y para mí. Escoger obras difíciles y disfrutarlas. Mirar más allá: eso es lo que le debo a la interpretación de Pablo Derqui. Gracias, señor.

Es algo así como lo que dijo Toni Morrison en Beloved: “She is a friend of my mind. She gather me, man. The pieces I am, she gather them and give them back to me in all the right order».

Y, en medio de Twin Peaks, The Handmaid’s Tale, Tarkovski y no sé cuántas horas escribiendo en un bar, también cociné. Usé la Nutribullet para hacer hummus. Este, muy rico, sacado de Blissful Bites, pero muy tuneado por mí, porque el cilantro en polvo en un hummus yo no lo aguanto. Amo las especias, pero no tanto. Lo mismo que amo el trabajo de mucha gente pero no veo ficción española. El tiempo es finito y yo tengo muy poco.

Hummus de lima y limón
Hummus de lima y limón

Ingredientes para unos 400 gramos:

  • 350 gramos de garbanzos cocidos
  • 1 diente de ajo
  • 1 limón pequeño (o medio): el zumo y la piel rallada
  • 1 lima, el zumo y la piel rallada
  • De 1/2 a 1 cucharadita de pimentón ahumado de La Vera
  • De 1/2 a 1 cucharadita de comino en polvo
  • 1/2 cucharadita de sal
  • 1/8 cucharadita de chile en polvo
  • 1 cucharada de vinagre de manzana
  • De 1 a 3 cucharadas de tahini (yo usé 65 gramos)
  • 60 ml (1/4 de taza) de agua
Hummus de lima y limón
Hummus de lima y limón

Preparación:

Se mete todo en la Nutribullet y se bate. En menos de 1 minuto está. ¿No tenéis Nutribullet? Pues una batidora de vaso o la Thermomix o la MyCook, un par de minutos y listo.

Queda así de cremoso. Pedazo de ensalada al lado y bastoncitos de apio, zanahoria y pimiento si os gusta (yo, ni de coña) y a comer.

El equipo 48

Me gustaría escribirlo todo para que no se me olvidara lo importante, pero sé que lo importante no lo puedo contar. A principios de julio, yo quedaba, de nuevo, con los amigos para ir a un ensayo, como todos los años desde hace ocho y con los de siempre. Conozco esas piedras de memoria. Sé cuáles resbalan y dónde hay un llanito, qué vomitorios tienen los escalones más altos, por dónde hay que entrar para toparse a Ceres, dónde se colocan las barras y dónde las mesas de sonido. Y, sin embargo, a pesar de todo eso, siento siempre lo mismo cuando accedo por la puerta de actores, después de unas cañas en La Lonja, y no miro el teatro, porque nunca lo miro hasta que llego arriba, hasta que conecto los cables, hasta que me siento y ya sí. Ya sí, en el centro, esas columnas, la escenografía de la primera obra (una luna grande en esa Salomé), cojo aire, lo expulso lentamente y me sigo asombrando. Todos los años regresa el asombro. Y eso ocurre al principio, pero también durante todos los ensayos, y cuando ese teatro con tres mil localidades se llena de público y Fernando Ramos dice aquello de «señoras, señores, la representación va a comenzar». Fernando: qué momentos.

Foto de Jero Morales de la ópera Salomé

Yo nunca había visto una ópera en directo. Sí en vídeo, pero no en un teatro: en un teatro solo he visto conciertos líricos (a Montserrat Caballé, en ese mismo escenario; a Teresa Berganza, en Almería). «No he estudiado una partitura más en toda mi vida», me dijo Álvaro Albiach (jamás agradeceré lo suficiente que este señor dirija la Orquesta de Extremadura) y aprendí también que se puede hablar del deseo (del deseo femenino, ese que no existe) de una manera desasosegante y noté que ya capto cuándo una partitura es compleja y me dejo llevar. Volví a admirarme con esa manera de utilizar el cuerpo como lenguaje que tienen los bailarines, sean de flamenco, sean de danza clásica o contemporánea, y comprendí a Medusa y me dio pena esa mujer a la que convierten en monstruo porque a los hombres, si son dioses y si son humanos, en cuestiones de sexo no se les puede castigar. Me imaginé a unas brujas danzando por entre las columnas en Dido y Eneas y asistí a la rueda de prensa más interesante a la que he ido jamás (y he ido a muchas muy interesantes). Fue con una compañía griega, Polyplanity, y su director, Stathis Livathinos, que nos dio un discurso sobre el hecho teatral y sobre Homero y sobre cómo los griegos siguen yendo al teatro y llenando los teatros porque están ávidos de historias a pesar de la crisis y que planteó los 24 cantos de Homero en La Ilíada de una manera seria, completamente seria, con un lenguaje sorprendente y con una señora, Maria Savvidou, que te dejaba sin respiración cada vez que salía a escena.

La Ilíada. Foto de Jero Morales

Las ranas me dio la oportunidad, por fin, de entrevistar a Pepe Viyuela y me di cuenta, porque yo antes no lo sabía, mientras le escuchaba, que somos lo que decimos. Mientras oía a ese hombre articular un discurso coherente y apasionado sobre su profesión (quiero verle en una tragedia ya), me ocurrió lo que me pasó con Emma Suárez y con Calixto Bieito hace unos años: me enamoré. Acabé la entrevista pensando en lo guapísimo que es ese hombre, con sus ojos grandes y su serenidad y su timidez a ratos, cuando le hablé de poesía. Y me fui a Medellín, a estrenar un teatro después de dos mil años y a abrazar a José Vicente Moirón y a Denis Rafter (hablar con él de Shakespeare es una de las mejores cosas que me han ocurrido a mí: he aprendido tanto con este irlandés…) y a untarnos de Autan y a compartir con los amigos el momento histórico que estábamos viviendo, porque a la historia cotidiana, la que construimos nosotros, nunca le damos excesiva importancia. Moirón me regaló, y cito lo que le dije textualmente, «el mejor Edipo Rey que he visto en este puto escenario». Es el que sale en la foto: yo soy la rubia. Y ahí están mis amigos.

Moirón y la prensa (y mis amigos) en Medellín. Foto de Jero Morales.

Con Pluto me pregunté (como lo hice cuando trabajaba con yonkis o cuando hablaba con mis amigos de Trabajo Social) si la pobreza es necesaria y de qué forma legitima el sistema. Paladeé todas las palabras de Coriolano y me sobrecogí cuando Volumnia le dice a su hijo que se largue sin ella, que ella se queda porque ya no le es fiel. Me reí con El eunuco, me reí mucho con El eunuco, y descubrí que sí, que se puede hacer comedia, una comedia loca como Los Gemelos y que las etiquetas (esto es comedia, esto es tragedia) a veces a las comedias le hacen un flaco favor.

Coriolano. Foto de Jero Morales.

Y, sin embargo, lo mejor ha ocurrido detrás.

Este festival ha tenido muchos nombres y, por primera vez, esos nombres no son Pau Miró, Calixto Bieito, Miguel Murillo, Tamzin Townsend, Eusebio Poncela, Pep Antón, José María Pou, Ángel Corella o Concha Velasco (por muy emocionante que haya sido verla aparecer en los Ceres). Son de otra gente. Gente a la que al fin ves, porque estás preparada para verla y porque, al final, la amistad, cuando eres niño y cuando eres adulto, comienza cuando se cuenta un secreto. Este festival, por muchas razones (por muchísimas razones) son, antes que nada, los ojos verdes de Toñi. Es una cena con ella y con Ana (y muchos cafés con Ana, que ya estaba antes, de todos modos), una charla sobre las barreras que yo no noté en mí durante los años anteriores, sobre el perdón y la necesidad de hablar y la reconciliación. Es los tomates de Esmeralda y la incertidumbre por el futuro; los abrazos de Nico a todas horas, las copas, un sobrino hermoso, la alegría a pesar del cansancio.

Toñi, Nico y Esmeralda, responsables de prensa y relaciones con los medios del Festival. Supongo que la foto la hizo también Jero Morales.
Toñi, Nico y Esmeralda, responsables de prensa y relaciones con los medios del Festival. Supongo que la foto la hizo también Jero Morales.

Este verano ha sido una cita en mi casa en la que descubrí, con una copa de vino blanco en la mano y en una cocina abarrotada de gente en la que meses antes no hubiera dejado entrar ni a Dios, mirando a Paco Vadillo
, que podía ser maravilloso que un montón de amigos, de golpe, se apropiaran de mi espacio sabiendo que ya es suyo. Con alguna recaída. Que bueno, en fin. No está todo hecho. Aún. Admiré a Esperanza mucho más de lo que ya lo hacía antes, que era mucho, lo aseguro; desayuné con Inma durante sus vacaciones sin querer largarme a trabajar; Quique nos surtió de disfraces que no son disfraces sino tipos (y me enseñó Cádiz, aunque sea en foto) y Esther estuvo ahí para mí, para encontrarme.  Y se mudó. Por fin. Se mudó. El parto de la burra, ha sido esto. El acontecimiento del año. De los últimos siete años.

Una obra de teatro sirvió para que yo conociera a una persona con la que había tenido dos encuentros anteriores bastante poco afortunados. Hice cosas que no había hecho hasta ahora y salieron bien: siguen saliendo bien. Fui yo sin desaparecer y sin avasallar, me miré como otros me miraban, me acerqué despacito o eso creo. Confié y conté. Y fue fácil contar.

Me gustaría recordarlo todo. La elección de un modelito para los Ceres en casa de Charo, el cambio de look con el pelo azul que me hizo Blanca, una sesión de maquillaje, unas charlas hablando del Festival con su director hasta las tantas de la mañana, la terraza con calor y con frío, algún episodio desagradable, Ana hablando de política y de la crisis; la mochila del equipo 48 a los pies de mi mesa durante dos meses (con sus dos micrófonos, sus tres cables, sus cascos, sus dos grabadoras, sus dos pies de micro, pesando como una burra); las risas por agotamiento, empalmar en la gala de los Ceres buscando una churrería y un Cola-cao, todas las noches que no pisé el Garoa y la unión de una tribu que ama lo que hace y que siempre está de acuerdo en todos los análisis. Con matices.

Pero, sobre todo, sobre todas las cosas, este Festival se llama Sandra.

Teatro

Las fotos son mías

Me sé estas piedras de memoria. Llevo ocho años pateándomelo de arriba abajo y, cuando recibo visitas, pago la entrada religiosamente, la mía y la de mis amigos, y lo muestro como si lo hubiera construido yo.

El Festival de Mérida transcurre siempre muy rápido, pero casi no te deja tiempo para nada más. El verano es la época en que la dieta se abandona (después de los estrenos hay comida, antes de los estrenos hay comida, en medio de los estrenos hay comida, en todas partes hay comida), el único ejercicio consiste en subir las gradas hasta la mesa de sonido y el ánimo oscila entre las ganas de que lleguen ya las vacaciones para poder cocinar, retomar la elíptica, centrarse, y las pocas ganas de que todo esto acabe.

Durante un Festival, Eusebio Poncela me llamó gamberra, descubrí que la danza es hablar con el cuerpo, vi una ópera entera por primera vez, hice muchas entrevistas íntimas, me enamoré de Emma Suárez, hablé de Howard Zinn con Calixto Bieito y el marido de Alicia Hermida me dejó un cómic que tenía en la mochila. Durante un Festival, Tomaz Pandur habló de qué significa que una patria ya no exista; pensé en todas las mujeres que he sido, hablé mucho de amor (de amor a Shakespeare, de amor a la escena, del amor a la palabra escrita y a la palabra dicha), corregí un libro inmenso, escuché a la Xirgu y comprendí, por fin, a Medea. No es fácil entender a Medea.

Amo ese lugar. Amo ese lugar como he amado pocos sitios en mi vida.

Y esta es la razón por la que este blog, durante los veranos, se actualiza cuando se puede…