Depresiones funcionales o cuando todo cuesta mucho esfuerzo

Justo el día de mi cumpleaños, Paula González publicó un artículo titulado “Comunicar con depresión“. De la depresión se habla tan poco como de la colitis ulcerosa y, cuando alguien lo hace, sobre todo si lo aborda en un medio de comunicación, como hizo Jordi Évole en Uno de cada cinco, se le acusa de no tratar el problema en su totalidad. Sobre esto solo diré que nos falta, socialmente, mucha educación audiovisual para entender las elecciones que se hacen en un programa de televisión. Nos pasamos la vida viendo tele, pero el común de los mortales lo desconoce todo sobre el medio: hasta el análisis del discurso audiovisual más ramplón.

Incluso a las personas que trabajamos contando la realidad que vemos nos cuesta, a menudo, hablar de la propia. No me refiero en un medio de comunicación: el periodista es protagonista rara vez. En doce años en la radio, por ejemplo, solo he hecho una crónica como tal. Una crónica, en periodismo, es una información que cuentas en primera persona.

Antes de seguir leyendo, recomiendo que vean este vídeo de Andrew Solomon:

 

Se suele pensar que la depresión es tristeza absoluta (que puede serlo, ojo, entre otras muchas cosas), pero, más bien, (o, al menos, en mi caso), creo que tiene que ver con la falta de vitalidad. Este blog, que nació hace seis años y pico, ha estado escrito con esa falta de vitalidad al menos cinco y algo. Luego, cuando comencé a ir a terapia y las cosas mejoraron mucho, mi vida se convirtió en una hecatombe con dos muertes, una mielitis (una mielitis es una inflamación de la médula espinal y afectó a una muy buena amiga -amiga de las de ir al hospital para dormir con ella en la habitación-) y un proceso de oposición que todavía no se ha resuelto, casi dos años más tarde.

Yo lo noté, precisamente, porque dejé de escribir para mí. Yo escribía compulsivamente, en cada cuaderno, en los bares, en casa. Leía mucho y escribía. Luego me enganché a las series. Luego a nada. Abandoné los cuadernos. Aún no los he recuperado del todo. Seguía actualizando el blog, seguía levantándome por las mañanas, seguía yendo de viaje (me fui a Nueva York, me fui a Florencia, me fui a Argentina), seguía yendo a comprar y cocinando muchos fines de semana. Seguía trabajando, salía con amigos, leía (por trabajo: muy pocas veces por placer, casi nunca por placer) y seguía llevando, aparentemente, una vida completamente normal, pero todo me costaba mucho esfuerzo y yo no me daba cuenta.

Skyline de Nueva York desde Battery Park
Skyline de NYC desde Battery Park. Sí, viajo con siete kilos de equipo fotográfico y luego hago las fotos con el cielo como esté. Que a mí no me da tiempo a estar todos los días al amanecer y al atardecer en todas partes.

Porque yo qué iba a tener depresión. Yo, que viajo sola. Yo, que vivo sola. Yo, que me voy sola a tomar un café a un bar si me apetece. Yo, que voy sola al cine cuando quiero, o a un concierto, o a otra ciudad. Yo, que además soy sociable y tengo amigos y me faltan las horas para las cenas con gente y para las comidas y los desayunos y los cafés, con o sin tarta, y me entusiasmo haciendo entrevistas y me entusiasmo con un libro o teniendo un papel a mano y contándome con palabras. Yo. Anda, hombre. Cualquier otra persona, sí. ¿Yo? Yo creía que nunca iba a tener depresión.

Hasta que empezó a costarme trabajo vivir.

Y controlaba todo mi horario: a las cinco hago esto, a las seis hago lo otro, a las ocho, esto otro. Hacía, hacía y hacía: estudiaba arte por mi cuenta, iba a comprar, cocinaba, ponía el trípode, fotografiaba la comida, escribía recetas, traducía recetas, seguía leyendo (por trabajo), preparaba entrevistas, redactaba noticias, iba a clases de inglés, veía películas en el cine los lunes… y así. Un día tras otro tras otro.

Luego (cómo se nota que cubro el Festival de Teatro Clásico de Mérida) llegaron casi a la vez la colitis ulcerosa y la anagnórisis, exploté, mandé un correo a mucha gente (porque tengo amigos), hablé con Argentina y Marcos me mandó al psicólogo. En realidad, nadie te manda al psicólogo y él tampoco lo hizo: solo me dijo: puede que te venga bien.

Desayuno que nos pimplamos en Nucha Marcos y yo hace muchos años
Este es el desayuno (no vegano) que nos pimplamos en Nucha Marcos y yo hace muchos años. Ahora tienen muchas opciones veganas.

Mi depresión era (creo, que esto nunca lo he hablado) de leve a moderada, porque hay depresiones que te atan a la cama durante meses. No lo quiero ni pensar, porque ya es bastante incapacitante cuando sí que eres capaz de seguir con tu vida y de salir, viajar y trabajar.  Ya no la tengo. Pero quedan flecos, porque ya no soy de los que dicen que jamás sufrirán de depresión o que no volverán a caer. Cuando quedan flecos (es decir, cuando ocurren cosas, como que se muere la gente o que en un año solo sales para ir a hospitales) y, además, hay acontecimientos que te desequilibran, puede ocurrir (y ocurre, qué coño) que esa falta de vitalidad aparezca de nuevo, a veces, durante días o por temporadas.

Yo me di cuenta de que estaba mejorando cuando me quedé, una tarde, mirando la tele durante una hora y media. Apagada. Sin esa necesidad de hacer para llenar las horas. Sin pensar, casi. Solo descansando. Antes, aunque tuviera sueño, no dormía la siesta. Ahora es raro el día que no me tumbo un rato. Tampoco duermo, porque los gatos no me dejan, pero me tumbo. No siento esa premura por ocupar cada uno de los minutos de mi vida con algo productivo.

Las depresiones moderadas o leves también son depresiones. Una depresión no consiste solo en quedarse sentado en el sofá con la mirada hueca todos los días, sin ducharse y sin comer, e irse a la cama a tomar pastillas para dormir.

Hay muchos tipos de depresión. Depresiones endógenas o exógenas, depresiones funcionales e incapacitantes del todo, depresiones distímicas, depresiones postparto, trastornos por el cambio de estación (sí: esto no es una gilipollez: existe)… Hay también distintos síntomas. Lo pongo entre comillas, porque la depresión no es una enfermedad. Yo lo llamo una “respuesta adaptativa”. El problema es cuando esa respuesta ya no te sirve. El único punto común para todos los que la pasan, en todos los países del mundo, es el poco caso que se le hace a la salud mental. Hay un vídeo en internet en el que una chica con depresión dice: “A tu jefe no le puedes decir: ‘No puedo ir a trabajar porque tengo un ataque grave de ansiedad’. Así que te inventas una gastroenteritis”. En el mundo laboral, la depresión es motivo de burla: esto hay que decirlo alto y claro. Una baja porque te has roto una pierna hace preocuparse a todo el mundo. Si te coges una baja por depresión, es que lo tuyo es cuento.

En la vida pasan cosas

A veces estoy muy bien y, cuando pasan cosas (y sí: pasan) voy peor. Yo noto cuándo voy mal porque me descuido.
A ver, a mí me encantaría (de verdad, me encantaría) ser como todas esas chicas que ponen esas fotos en Instagram cuando visitan una ciudad y, en vez de ir con la camiseta sudada de patear Florencia (por ejemplo) durante horas y con un vaquero cómodo y zapatillas de deporte, como yo, se ponen un sombrerito, un vestido vaporoso y siempre llevan las uñas pintadas de rojo. De hecho, a mí me encantaría llevar siempre las uñas pintadas de rojo. Y tener el armario lleno de vestidos vaporosos. Y veinte kilos menos para que me sentaran bien los vestidos vaporosos. Y vivir en una casa con jardín (protegido) y sillas de terraza preciosísimas y tumbonas y piscina (lo de la piscina no lo tengo claro: demasiada agua ahí: yo tengo paranoias con el agua desde que viví en Sevilla a los 18 y sufrimos una sequía terrible). Y hacer fotos de desayunos como esta de Oh She Glows:
Oh she glows hace estas cosas tan bonitas, con esta vajilla tan bonita y esa flor de nombre desconocido por mí y tanta luz y tanta naranja con sus hojas verdes y todo…

Es decir, en momentos de bajón, a mí me encantaría ser, precisamente, quien no soy. Una chica muy mona, delgada, femenina, a la que no le costara trabajo maquillarse ni desmaquillarse (yo me pinto una vez o dos al año y vamos que nos matamos), que se limpiara el cutis todas las noches y se echara siempre crema hidratante en las piernas y que no dejara pasar tres meses, un tinte descolorido casi del todo y un flequillo que le impide ver antes de llamar a su peluquera.

Todavía tengo que limar estos conceptos: ¿cuidarse implica comer bien y hacer deporte y tener en cuenta la salud mental o pasa, terminantemente, por todo eso y, además, usar un lápiz de labios, esmaltes y mirarse un rato frente al espejo? Incluso en los momentos en que me he sentido fuerte y poderosa e intenté maquillarme todos los días para ir al trabajo, el experimento me duró menos de una semana. Luego me froto los ojos y adiós, máscara de pestañas y hola, mapache. También me gustaría tener ropa mona, pero no me gusta ir de tiendas ni comprar por internet y, además, a quién pretendo engañar: el dinero que me sobra yo me lo gasto en libros, salir por ahí, ir a actos culturales (teatro, cine, conciertos) y, ahora, ya, gasolina. Es cara, la gasolina. Siempre me digo: ahorra 50 euros al mes para ropa. Nunca la compro. Llevo diciéndome eso años. En enero fui de rebajas y apañé pantalones y camisetas de manga larga para el invierno. Para verano sigo con la misma ropa que hace dos o tres temporadas, creo. No recuerdo.

Subiendo y bajando

Cuando estoy mal, querría que me encantara ir de compras, tener gusto estético para la moda y utilizar los mil potingues que tengo para limpiarme el cutis (durante la última limpieza, tiré espuma para el pelo que tenía desde hacía ocho años, casi sin usar) al menos una vez al día. Y querría controlar la ansiedad y el estrés para no comerme todas las patatas fritas de la tierra de una sentada en horario laboral. Eso también lo querría. Y no comer de manera emocional, también.

Cuando estoy bien, este tema no existe. Asumo que las tiendas de ropa no me gustan, lo mismo que no me gusta Paulo Coelho. Me preparo 100 mililitros de leche con dos piezas de fruta, canela, pimienta de Jamaica, nuez moscada y clavo y una cucharada de semillas de chia y 20 gramos de frutos secos crudos para la media mañana. Procuro tener verdura cruda en casa. El congelador está lleno de platos con proteína vegetal y con verduras o sopas frías, en varios tuppers distintos, para poder sacarlos y comer bien en el trabajo. Cocino con más asiduidad que una vez cada mes y medio. Actualizo más el blog. Sé de qué escribir. Tardo más en escribir porque observo mucho a mis gatos y los acaricio y no me cargan los nervios cuando los cuatro quieren mimos a la vez. Hago planes. Mis palabras, las que digo de mí misma a los demás y las que me digo yo, son muy distintas. Escucho otro tipo de música. No rumio pensamientos. No soy absoluta cuando estoy bien. También soy menos irritable, siento menos culpabilidad y soporto mejor los disruptores.

Ir descubriendo

Soporto mejor los disruptores incluso cuando parece que no los soporto. Es decir, ante fracasos o rechazos, mi respuesta es mucho más sana (sin ser sana del todo) de lo que lo sería si no hubiera ido a terapia, aunque los demás no lo noten. Realmente, quien lo nota es mi mejor amiga, porque algo bueno tiene conocerse tan íntimamente desde hace casi 20 años. Me recuerda quién era yo antes, cómo hubiera actuado antes y que la terapia, aunque sea lenta y sea de larga duración, funciona.

A veces uno duda de que funcione. Sobre todo, duda cuando vuelve a tener periodos de bajón continuados o cuando descubre que no sabe salir de ciertas situaciones y se pregunta si estos cuatro o cinco años han servido para algo. O cuando otros le hacen dudar de que funcione. O cuando quieren hacerte una terapia paralela. Por eso es bueno tener un espejo que te recuerde quién eras tú antes y quién eres ahora. Gracias, Pupe.

También es bueno concederse tiempos. Yendo a terapia, he descubierto qué pautas de comportamiento adquiridas (estoy por llamarlas “adheridas“) mantengo y, creedme, descubrir cuáles son y por qué las asumí no ha sido fácil. Sigue sin ser fácil, porque sigo descubriéndolas. Así que yo, después de una sesión de terapia compleja (no todas son complejas: de hecho, yo he tenido dos sesiones complejas, solo dos, en cuatro años), desaparezco un poco para poder posicionarme de nuevo donde quiero estar. La soledad es maravillosa, cuando no es impuesta.

El río Arno cruzando Florencia
El río Arno cruzando Florencia

La música, los amigos, los conciertos, el teatro, el cine, las series de televisión, las películas de superhéroes o de dibujos animados, los viajes, los libros de cocina, los planes, los cafés en compañía, mandar un WhatsApp para pedir lo que se necesita (“sacadme de casa”), los cuidados y el autocuidado (a esto, a menudo, hay que obligarse. Sí, a veces, para mejorar un estado de ánimo, uno tiene que ejercer un poquito de violencia contra uno mismo. Aunque no tenga ganas de hacer), los paseos, la terapia, el deporte (imprescindible), las novelas, la poesía, los cómics, las exposiciones, los ensayos, algunos blogs, las lecturas en público y esa familia de cuatro patas que tengo en casa y suelta mucho pelo hacen siempre su trabajo, aunque el cerebro pretenda rumiar constantemente esos hechos o esas frases que no has resuelto todavía.

No sé dónde leí “la terapia es para valientes“. En la sociedad española se piensa que la terapia es para gente que es tan idiota y tan incapaz que no ha sabido resolver sus problemas por sí misma. Cuando acudes descubres que sí: que la terapia es para valientes. Y que es valiente pedir ayuda y es valiente solicitar que te cuiden (sobre todo si, como yo, eres una cuidadora nata… de los demás) y es valiente actuar, con mucho amor y, a veces, con mucha dureza, para llevar la vida que quieres desde el lugar en el que quieres estar.

Ojalá alguna de las personas que me lea y que se haya planteado ir a terapia, pero le dé miedo, porque es desconocida y asusta, se atreva a llamar y a pedir cita. Ojalá lo hubiera hecho yo hace 20 años.