Una semana sin estrés

En el ensayo de Sansón y Dalila. Foto hecha con el móvil (con el mío)

Que la depresión es una conducta adaptativa y no una enfermedad lo aprendí hace tiempo, porque llevo toda mi vida adaptándome. Con altos y bajos, con sus idas y venidas, con etapas de hacer mucho y otras de no actualizar el blog porque cocino comida de supervivencia (un tomate, unos garbanzos: voilà, una ensalada) y me cuesta poner un lavavajillas y con su estrés y su ansiedad constantes.

Yo nací con estrés y con ansiedad.

Mañana comienza el Festival de Teatro Clásico de Mérida. Lo hace con Sansón y Dalila y la Orquesta de Extremadura la dirige un amigo mío, porque el trabajo tiene estas cosas. Que le haces una entrevista a alguien y ese alguien luego está contigo cuando muere tu padre y te llama cuando muere tu mejor amigo y abres y despides temporadas con él y aprendes de música y compartís ideas, se me ha ocurrido esto y lo otro y lo de más allá y compartes también muchas cenas y muchas charlas y te presenta a otros amigos. Andaba buscando una foto que le hiciera justicia y que no estuviera hecha por mí con el móvil en un restaurante con poca luz y las mejores son las de mi Félix Méndez querido. Qué maravilloso fotógrafo es Félix Méndez y qué amor de persona.

Si vivo en la ciudad con el mejor teatro al aire libre del mundo, se dice y no pasa nada.

El Festival implica muchas cosas, o ha implicado muchas cosas en mi vida. Entre ellas, contemos las malas, muchas noches maldurmiendo y mucho atracón. Mucho. Y cenas con los compañeros de la prensa y, aunque hubiera cenado antes, ataque al pan blanco que hay sobre la mesa mientras ellos se piden una tapa y ataque al catering y a los dulces del catering y no planificar comidas y no tener nada preparado e ir al supermercado a comprar lo primero que pillas, sin ración de verduras alguna, pero con mucho hidrato y muchos refrescos y varios kilos de más y volver en septiembre a plantearse una pauta porque, total, en invierno se sale menos, pero en septiembre y octubre te vas de vacaciones y así un año tras otro tras otro. De los 82 nunca he bajado: parece que tengo un trauma con los 82 kilos. Llego a ellos (no, no he llegado: ojalá) y de pronto subo y subo. No es “de pronto”: es que hay un par de máquinas de vending en mi trabajo y dos de Coca-Colas y un par de hipermercados al lado. Y mucho estrés y mucho comer en cinco minutos una cantidad ingente de calorías, sodio y grasas.

Esta semana pasada y esta que entra son, hasta ahora, los únicos días de mi vida en los que no he tenido estrés. Es decir, sí lo he tenido: algunas jornadas han sido de las que contemplan un plan de trabajo considerable (preparar y hacer tres entrevistas, las tres noticias de la mañana y la noticia del informativo de mediodía, más rueda de prensa) y, en circunstancias normales, yo hubiera andado boqueando por la redacción, no me hubiera ido a desayunar ni me hubiera bajado a comer ni nada.

Pero sí que lo hice.

Mi desayuno diario. Café con leche de soja y sin azúcar y tostada integral con tomate, sal y aceite de oliva virgen extra. El mejor momento del día.

“Eres bueno, cabrón”, le dije a mi psicólogo, que no tengo ni repajolera idea de qué ha hecho ni de qué he hecho yo, salvo que un martes me levanté y decidí que soy una persona sin estrés. Porque ese jueves, porque era el jueves pasado el día que me fui a desayunar tranquilamente, la taquicardia me dio, pero la paré.

Luego he tenido que preparar tres entrevistas en una hora y gestionar lo que voy a hacer toda la semana y más noticias y, obviamente, la respuesta automática es terror-terror-terror. Pero la paré. Por parar, no me he metido en ningún lío en Twitter, que es la red social que más se presta a todos los líos del mundo.

Y aquí ando, que no me lo creo. De hecho, volví a mandarle un mensaje a mi psico: “Tío bueno, guapo, to’l barrio pa ti”.

Además, hoy es mi cumpleaños. 43. Voy a estar trabajando y haciendo deporte. Lo celebro siempre a cuentagotas: ahora aquí, ahora allí. Mi primera celebración es el jueves, con el director de la Orquesta de Extremadura, porque los años hay que comenzarlos con los amigos.

Alguien tendría que hacer algo

Algún día, cuando pase un tiempo y lo mismo no haya servido de nada, o sí (espero que sí), o cuando comience a perder la fe en las luchas colectivas, me acordaré de este tweet.

Haced algo, respondí.

Haced algo por mí, porque considero que un Colegio General de la Psicología no solo debe amparar a los psicólogos, sino y sobre todo (sí: sobre todo) a los pacientes.

En el hilo de Ricardo de Pascual (sí: algún día abrazaré muy fuerte a ese hombre) hay muchas conversaciones paralelas. Una es esta (si pincháis en los tweets, os lleva al hilo en cuestión):

Y la otra esta:

Y sí: así comenzó Dietética sin Patrocinadores y así comenzaron a renovarse las asociaciones de dietistas-nutricionistas en España. Porque alguien se quejó. Porque alguien dijo: «Habría que hacer algo».

Y de este algo salieron muchas charlas, muy rápidamente, como si estuviéramos en un bar. Así funciona Twitter, con hilos y sub-hilos y otras madejas que van tejiendo la trama. Este es uno de los más interesantes:

Pero se detonó la cosa cuando Eparquio Delgado escribió:

Y Chema dijo:

Y así entré yo. Se lo debo a mi alma de portera.

Y, con esta frase de Eduardo Polín, organicé un blog (otro), hice publicidad y notas de prensa, compartí en redes muchos llamamientos y comencé a hablar con 21 psicólogos a todas horas. En mi vocabulario actual hay palabras y expresiones como «iatrogénico», «elicitar respuestas condicionadas», «terapias de tercera generación» o «contingencias operantes» (sigo sin saber qué significa ninguna de ellas):

He pedido un nuevo programa en la radio. Se va a llamar «Las perras de Pavlov», será semanal, comenzaremos la segunda semana de febrero (la primera tengo una colonoscopia y voy a estar un poco liada) y la sintonía es esta:

La Carta al COP es, creo, la cosa de la que más orgullosa me siento de todas las que he hecho en los últimos años. Y, os lo aseguro, hago muchas cosas. O lo intento, con mayor o menor fortuna, depende de cómo esté. Que ahora no ando muy bien. Si anduviera bien, no hubiera conocido a esta gente ni hubiera dedicado una semana de vacaciones entera, después de Navidad a montar un cisma en el Colegio de Psicología, que salió en muchísimos medios. En Eldiario. En El País. En El Periódico. Y en El Faro de Vigo.

He aprendido de psicología más en quince días que en los años que me he tirado en terapia. Por ejemplo, varias de las cosas que escribí aquí, en el post «Depresiones funcionales o cuando todo cuesta mucho esfuerzo«, ya no las pienso. Sobre todo la parte clasificatoria. Me quedo con que es una respuesta adaptativa… pero a muy corto plazo, porque luego ya no te sirve.

La pelota está en el tejado del Consejo General de la Psicología de España. Yo no me atrevería a tirar a la basura unas firmas entre las que están decanos de colegios autonómicos, investigadores, catedráticos, profesores de Universidades y profesionales muy reconocidos, pero en las organizaciones todo puede pasar.

Lo que no puede pasar es que, después de la lucha por ser considerada una profesión sanitaria, uno piense que hablar soluciona una depresión, que el psicoanálisis es efectivo, que se pueden hacer constelaciones familiares o que algo que podría ser considerado pseudoterapia lo mismo funciona.

Los pacientes no merecemos eso. Merecemos estar bien lo antes posible. Porque puede que quien sea no tenga la suerte que he tenido yo: primero, la de darme cuenta de que no funcionaba. Segundo, la de saber cómo buscar. Tercero, la de decidir con quién me quedaba. Y cuarto, la de intentar cambiar el modo en que un paciente puede saber quién es fiable y quién no lo es.

Me he hecho un máster en quince días. Si alguien me lee y precisa de algún profesional, que me silbe. De verdad. Al menos no va a gastar dinero en balde.