Tres años, tres

Ororo y yo viendo Twin Peaks
Ororo y yo viendo Twin Peaks en la oscuridad

Tus sitios favoritos son: en lo más alto del rascador, encima de la estantería más alta de la casa, en una silla al sol en tu cuarto (sí, los gatos en mi casa tienen un cuarto: allí está la elíptica, un rascador con forma de tambor, el congelador que compré para poder hacer comida en cantidades industriales y varias sillas para esas visitas que nunca vienen porque vivo con gatos). Si estás en el salón durmiendo y yo me siento en el sillón a ver la tele, maúllas y bajas para ponerte conmigo. Si me pongo a leer, lo mismo. Te restriegas contra mi cara: te pones entre el libro y mi cara, de hecho, te pones a refregarte y te lanzas a mamar. Siempre.Que.Leo. Todas las veces. Todas. Tardo siglos en comenzar a leer un libro que ya tengo abierto.

Ororo al solecito
Ororo al solecito

Antes dormías entre mis piernas y ahora te ha dado por dormir con la cabeza apoyada en la mía, después de mamar, entre las dos almohadas, bien pegadita a mí. Si me doy la vuelta, protestas y te vienes a un sitio donde puedas verme la cara. Sigues mamando y sigues metiendo el morro en mi café por las mañanas. Te gusta estar conmigo. A todos os gusta estar conmigo, en realidad. Pero, mientras los demás no se van del cuarto en el que yo estoy, tú te puedes pasar las tardes enteras dormitando en otra parte. Tardas en levantarte porque te quedas así un buen rato en mi cama mientras los demás ya estamos en el salón:

Ororo en la cama

Sí, mi vida está llena de pelos. Tuyos no, que no sueltas muchos, ni siquiera cuando te cepillo. Cuando quieres comer (necesito unos comederos de los de chip, pero es que son carísimos), te pones en la puerta de la cocina y haces Prrr. Si no te hago caso, ya maúllas gritando como una loca. Hay que ponerte la comida en el suelo. Y mirarte mientras te la comes, poquito a poco. Me das cabezazos a todas horas para que te acaricie. Eres como yo: muy cariñosa, muy independiente.

Ororo encima de las especias
Ororo encima de las especias

Este año te he dejado sola en dos tandas, nueve y once días. Me han mandado vídeos de ti, dándoles cabezazos a Andrés y Laly, para que te acariciaran. Ya he descubierto que os puedo dejar sin mí y que no os morís de la depresión (ni siquiera Brea, a la que nunca ven porque se esconde), así que han vuelto mi capacidad de ahorro para las vacaciones y mis ganas de ver mundo.

Me gusta mucho vivir contigo. Me gusta esta relación de cuidado mutuo que tenemos. Me gusta mucho mirarte, la verdad. Y me gusta que, cuando me tumbo en el sofá, te enrosques en mi pecho y te quedes ahí, durmiendo tú también, tranquilamente.

Hoy hace tres años que llegaste. Felicidades, Ororo. Cumple muchos más.

Coyote y Brea

Lo más bueno, lo más cariñoso y lo más redondito de mi casa se llama Brea. Yo le digo Breíta, porque mi Breíta es un amor, esponjoso, siempre llenita de pelos ajenos y legañosa y se frota la carita con el cepillo ella sola, o te da lentamente en el brazo para que la acaricies. Cuando quiere mimos, no hace como el resto de los gatos: ella quiere que dejes la mano medio muerta, colgando del sillón, para ir caminando de un lado a otro y que tu mano la roce. Ronronea tan bajito que le tengo que poner la mano en la garganta para saber si está a gusto. Maúlla de vez en cuando, cuando quiere mucho amor. Insistentemente. Y se pasea de un lado a otro del sillón. Pero no la cojas: no aguanta que la cojas en brazos. Te araña. Y tiene las garritas como alfileres. En otoño e invierno, se mete debajo de las sábanas, bien pegadita a mi cuerpo y pone la patita en mi pierna. Nunca había bufado hasta que llegó Huck y descubro que tiene los dientes separados, porque espurrea. Es calmada hasta lo indecible, salvo cuando juega con Ororo. Se bufan, se persiguen, se dan zarpazos… Y luego se van a dormir juntas: Brea pegada al respaldo del sillón, Ororo estirada contra su barriga y Breíta le pone una pata por encima. Así duermen casi siempre. Abrazadas. Es lo que más le gusta. Casi tanto como la comida húmeda, que le pirra. Y la malta, también. Todo lo que sea comer, le encanta.

Llenita de pelos ajenos
Llenita de pelos ajenos

Yo tenía miedo cuando llegó Huck, porque Huck es como Ororo, muy activo (ejem: comparada con Huck, Ororo es calmada y mansa. Sí, siempre hay alguien peor). Y yo me dije: a ver si Ororo va a abandonar a Brea. Pero no: juegan todos juntos, alternativamente. Brea se esconde en unos cilindros que le compré para que Huck la persiga, Huck se tira encima de Ororo (Huck se tira encima de todo el mundo, la verdad), luego duermen juntos Huck y Brea, Ororo y Brea, Ororo y Huck. Coyote no. Coyote siempre duerme solo… excepto cuando se tumban todos encima de mí.

Huck, Ororo y Brea

Coyote ha aprendido a jugar desde que llegó Huck. Con las niñas no jugaba. El primer día que lo vio, Huck le lamió la nariz (fue lo primero que hizo), Coyote le bufó, empezó a ver que aquello era un trasto que no paraba quieto y se tumbó en el suelo y dijo: Uff. Literalmente. Dijo: uff. Cansado y agotado. Ahora corre por todo el pasillo. Huyendo. Y luego se abrazan. Huck se tira encima de él también: se sienta en su lomo, le abraza con las patas delanteras y es tan bonito verlos… Estresadito, me lo tiene. Pero le quiere, que yo lo sé, porque si estuviera harto, ya se hubiera llevado un zarpazo doloroso y nunca se hubiera vuelto a acercar.

Es mi viejito protestón. Quiere ir a la terraza para saludarme como hacen los perritos, para que le acaricie y entornar los ojos y mirarme muy despacio porque está enamorado de mí. Si se asusta, muerde. Lo sé yo y lo sabe mi amiga María Jesús, que la última vez que fue a cuidarlos, se llevó los cuatro dientes de Coyote clavados en la pierna porque ella cometió el error de moverse un poquito imperceptiblemente. Y como este es un cagao, pues muerdo al canto. La madre que lo parió. Está jodido porque le abandonaron, también lo sé. O quizá es que siempre fue así de asustadizo, este gatazo grande que protesta cuando lo llevo a la cocina (pero si lo cojo en brazos ronronea muy fuerte) y llenito de manías: come despacito, no le gusta que le toquen una de sus patas traseras (siempre se me olvida cuál), si lo cepillas se frota con todo lo frotable, duerme estirancado en verano y acurrucadito en invierno y siempre se tiene que poner a mi lado. Le gusta estar conmigo a solas. Y mirarme. Le encanta mirarme. Y ponerse delante de la tele cuando estoy viendo series.

No se puede ser más sexy en esta vida
No se puede ser más sexy en esta vida

Pero, aunque muerda a gente que no conoce o que sí conoce, porque a María Jesús bien que la conocía, es un gato muy bueno. Es tan bueno que, cuando le quitan la comida, se aparta y mira cómo comen los demás. Aunque tenga mucha hambre. Es tan bueno que me produce una ternura inmensa y siempre le pregunto si es feliz en mi casita. Porque le dejaron en una perrera, a este gato guapo que suelta tantísimo pelo y que te amasa la barriga y te clava las garras con todo el amor del mundo mientras te mira con timidez y se quiere montar en tu brazo porque está castrado pero no se acuerda. Y vivió con una familia y ahora quiero que viva conmigo al menos los mismos siete años que tenía cuando llegó. Ya han pasado dos.

Feliz cumpleaños, amores míos. Os quiero muchísimo.

Dos años contigo

Esta eres tú todas las mañanas.

Si no lames la taza del café, protestas.

Realmente, tú no sabes protestar. Tú solo haces prrrrr. Prrrr cuando quieres comer (porque, desde que ha llegado Huck, ya no puedes comer a discreción). Prrrr cuando quieres jugar. Prrrr cuando quieres mimos o mamar de mi cuello, porque aún no te has destetado. Ni te destetarás nunca, a estas alturas. Y, cuando me has visto mala, sobre todo esta vez del virus, no te has despegado de mí casi ni un momento (teniendo en cuenta que muchos días yo estoy en el salón y tú andas tumbada en mi cama o encima de mis libros). Dormías encima de mí y te pasaste los días lamiéndome el pelo y la cara: como no podía ducharme, me lavabas tú.

Te gusta dormirte en mi regazo cuando veo películas. Y curiosear con la comida cuando intento hacer las fotos del blog, en el suelo y casi siempre con el mismo salvamantel de bambú porque no tengo más telas bonitas. Y darme cabezazos en la cara cuando nos vamos a dormir, intentar mordisquear mis bolígrafos cuando escribo, ponerte entre mi cara y el libro cuando leo para que te mime, sentarte en la silla para mirarme, observarme mientras como, enroscarte en mi regazo y sentarte encima del sillón, detrás de mí. A la hora de la siesta, aunque estés en otra parte, vienes a tumbarte encima.

Fuiste, también, la primera que acogió a Huck y le lamió. Me recibes enredándote en mis pies todos los días. Sigues mordiendo los cables. Sigo cargando el ordenador en el baño y el móvil en el cuarto, con el cargador tapado por una sudadera. Mis armarios están llenos de cinta aislante porque los abres. Te encanta mirar por la ventana, subirte a lo más alto de la estantería, saltar y dar vueltas sobre tu eje mientras intentas cazar una caña de plumas y dormirte entre mis piernas, entre la colcha y la sábana. Y lamerme el pelo cuando me acabo de duchar y subirte en mi espalda y jugar con todas las cuerdas del mundo. Y cazar. También te encanta cazar. Una mosca en casa se ha vuelto lo más divertido del mundo. Y limpiar los areneros, porque no puedes esperar a que termine y los estrenas en cuanto me ves con la pala.

Hoy hace dos años que llegaste, Tormenta mía. Me has enseñado a cuidar.

De vez en cuando me entra un pánico tremendo, esa anticipación de que posiblemente me faltarás antes de que yo me vaya, y el miedo a qué será de ti si me pasa algo. Porque no hablas y eres un bicho y en teoría estás en una escala inferior porque a las personas hay que quererlas más y todas esas mierdas, sin importar de qué persona hablemos, por supuesto, y sin importar si solo eres tú, un gato, de todos los habitantes de la Tierra, quien se sienta encima de mí durante una semana entera, a todas horas, quien me da besos rabiosos cuando me ha visto llorar (una vez), quien controla que los demás no se desmadren cuando yo he estado enferma y quien se abrazaba a mi pierna para que no la dejara sola.

Qué haría yo sin ti.