Librería A Punto

Zona de cursos de la librería A Punto
Zona de cursos de la librería A Punto

En mi mapa de Madrid, también anoté las librerías gastronómicas. Hay dos: una, Aliana, a la que no fui, porque estaba un poco lejos de mi campo de acción, pero a la que prometo una visita, y otra, en plena calle Hortaleza, al lado de Berkana, que se llama A Punto y de la que me enamoré, porque la chica que atiende es un amor y además ha rescatado a muchos perritos de la calle.

Librería A Punto de Madrid
El de Cocina india vegana se vino a mi casa.

No es que vayamos hablando de nuestros perros y gatos al primero que pas… Oh wait. Bueno, la cosa surgió porque había un libro de galletas para perros y yo dije que deberían hacer uno para gatos y resulta que sí hay, pero que los gatunos se agotan enseguida y una cosa llevó a la otra y al final, una hora hablando. De gatos, perros, cursos y comida.

Esta Biblia panarra de Jordi Morera caerá por Navidad
Esta Biblia panarra de Jordi Morera caerá por Navidad porque cuesta 60 euros

En la librería hacen muchos cursos. Algunos de ellos los da Juliana Perpén, es decir, Spicy Yuli, tienda que ADORO desde que la descubrí y por la que siempre me paso. Me llevé amchur, ajenuz, una mezcla que se llama Mezcla del Trampero, me regaló un montón de cosas para que las probara… Tengo unas ganas de que esta mujer haga un curso de especias en la cocina vegana… O de mezclas de especias, pero sin que haya carne o pescado para comer… A ver si se les ocurre, porque Casilda, la dependienta, me dijo que organizaban cursos de cocina vegetariana o vegana antes, pero que no se llenaban y que, sin embargo, ahora se lo están planteando porque muchas personas han preguntado por ellos. Es toda una experta y hablar con ella en su tienda es maravilloso. Yo siempre me lo paso muy bien y aprendo mucho.

Sección de cocina vegana en la librería A Punto
Sección de cocina vegana y vegetariana, que parece mi biblioteca

Además del de Cocina india vegana, de Richa Hingle, que han traducido al español, me compré Cocina vegana, que vale cada uno de los céntimos de los casi 40 euros que cuesta. Qué maravilla de libro. La dependienta me confesó lo que sabe cualquiera: que no se pueden permitir los precios de Amazon ni de La Casa del Libro, con su cinco por ciento de descuento habitual. He comparado precios de dos libros en Amazon y en A Punto y difieren 50 céntimos. No los he comparado todos y cada uno sabe cuánto ha de racanear en su economía, pero yo le dije que de ahora en adelante, ya que traen libros en inglés, se los compraría a ellos porque prefiero sostener el pequeño comercio y me lo puedo permitir.

En el centro, mi adorada Isa Chandra Moskowitz, la autora de mis libros de cocina más machacados
En el centro, mi adorada Isa Chandra Moskowitz, la autora de mis libros de cocina más machacados

Yo, lo juro, no saldría de una librería gastronómica en la vida. Ah, también venden utensilios de cocina, cómo no. Ojalá hagan pronto cursos de cocina vegana, porque me apuntaría sin dudarlo. El único punto negativo que tienen es que la sección de libros vegetarianos y veganos está junto a la sección de Ponte en forma y cocina saludable en la página web: yo haría una específica de libros veganos (porque el 99 por ciento de las recetas de repostería tradicional ya son vegetarianas) y que el buscador de la web funciona fatal. Pero siempre nos quedará mandar un correo…

Tú no tienes fuerza de voluntad

Tú no tienes fuerza de voluntad.

Que levante la mano cualquiera que haya intentado hacer dieta y que no haya oído eso.

También oímos otras cosas. Cuando llevamos la comida a algún sitio para no saltarnos la pauta dietética: que si por un día no pasa nada, que menudo aburrimiento tanta lechuga; que sí, que eso es cara a la galería, pero seguro que en casa nos hinchamos a patatas fritas. Que no vamos a poder adelgazar nunca y que un día es un día y por un día te la puedes saltar y coge un trocito de esto y otro de lo otro. Y postre, café, copa y puro.

Patatas fritas de bolsa
Patatas fritas de bolsa

Súmale cinco máquinas con bollería, patatas fritas y chucherías varias en el trabajo, más ese café al que hay que echarle azúcar (ya saben: lo llaman ‘café de máquina’ porque ‘dame veneno, que quiero morir’ ya estaba cogido por Los Chunguitos). Platos tamaño pizza familiar en los restaurantes, cinco amigos pidiendo siete raciones más vino más postre. Todos delgados, cago en la puta. Vida social. Bodas, bautizos, comuniones. Mucha más vida social. Vino. Bizcochos con chocolate.

Al final, el único lugar seguro es tu propia casa.

En casa no tengo nada que pueda picotear. Y, cuando lo tengo (confieso que, en mi despensa hay, ahora mismo, una barra de turrón de almendra marcona artesanal -solo lleva almendra molida, ralladura de limón, canela y, por supuesto, azúcar- y cinco tabletas de chocolate negro) y me entra hambre, ni siquiera me acuerdo. Cojo un par de nueces y me quito la gazuza. Pero, cuando entra el estrés o salgo fuera… y ese “salgo fuera” implica las ocho horas de trabajo de lunes a viernes, los bares, las casas ajenas y todo lo que no sea la propia… Ah, cuando salgo fuera… Carta blanca, señores. Yuju y viva. Vivan la pizza, vivan las patatas fritas, vivan las croquetas de boletus y las de espinacas con piñones.

Para otros no es la casa. Porque en casa se aburren y picotean. El único remedio a eso es no tener nada que se pueda picotear: ni patatas, ni frutos secos fritos, ni pastas para el té ni galletas ni gominolas. “Es que los tengo por los niños”: esa es una de las excusas más frecuentes que se escuchan. Pues precisamente por tus niños tampoco los compres: es mejor que no coman mierdas de estas.

Coaching nutricional
Coaching nutricional

Hace algún tiempo, Julio Basulto recomendó el libro Coaching nutricional y dijo que era el único científico que se había escrito en España, con sus referencias bibliográficas y de estudios comprobados. Desconozco en profundidad los planteamientos del coaching, pero, cuando la palabra “coach” va unida a “nutrición”, yo desaparezco. Porque prefiero que ponga “técnico superior” o “dietista-nutricionista”. La nutrición es una disciplina lo suficientemente seria como para exigir que una persona tenga conocimientos actualizados y, sí, con diploma oficial acreditativo. Y además un coach no es un psicólogo, pero a veces se le parecen y yo, psicóloga, ya tengo una. Muy buena. Buenísima. Se lo digo en cada consulta: “Es que eres muy buena”.

Después de dos meses poniéndome hasta las trancas, decidí comprarlo y leerlo, con una libreta al lado para apuntar. Realmente, es psicología cognitivo-conductual, así que, como primer punto de partida, está muy bien si uno sigue una terapia. Supongo que, si nos encontramos con un caso de obesidad que, además, esté asociado con ansiedad crónica, depresión o maltratos, su mente no va a tener la suficiente capacidad como para, con ayuda de un libro, poder cambiar su comportamiento de la noche a la mañana. Pero, si ya hace terapia (cosa que recomiendo a todo el mundo), le será más fácil descubrir qué puede hacer para evitar dejar de adherirse a una pauta dietética y por qué, hasta la fecha, no ha sido capaz de adherirse.

Leer este libro con un cuaderno al lado para ir apuntando cuáles son tus pensamientos boicoteadores (sí, la gente que nunca ha estado gorda lo ve todo muy fácil: “pero te puedes comer de Pascuas a Ramos una galleta de chocolate” -no, vamos a ver: yo me como el paquete entero-) y por qué los tienes (sobre todo, por qué los tienes y a quiénes se deben) no es un ejercicio fácil. Hay que pensar mucho y más allá: cuál es tu relación con la comida, cuál era la relación de tus padres y abuelos con la comida y con las pautas dietéticas, con la culpa, con los caprichos de “por un día no pasa nada” (aunque luego pase esto que contaba El Mundo Today: “Un gordo en dieta estricta lleva acumulados 1063 días especiales consecutivos“), cuáles son los mensajes que has recibido sobre tu comportamiento durante toda tu vida y qué estás dispuesto a hacer y qué no, con sinceridad. Y, lo aseguro, colocarse, definirse, en relación con la familia, los padres, los hermanos, tíos, sobrinos, primos y demás, amigos y compañeros de trabajo no es fácil. Es un pequeño camino de enfrentamientos constantes y faltas de respeto y resistencias. Porque, no nos engañemos, el común de los mortales construye sus relaciones basándose en parámetros de fuerza y dominación, de juzgar vidas ajenas y de pretender que te comportes como siempre lo has hecho o como ellos querrían.

Aún no he acabado de leerlo (porque voy apuntándolo todo y además tengo un examen para no perder mi empleo un día de estos), pero creo que es una buena herramienta y que Yolanda Fleta y Jaime Jiménez han hecho un buen trabajo.

Al principio quería hacer una entrada con todos esos pensamientos erróneos que todos tenemos cuando queremos adelgazar y vamos muy lentos y no nos controlamos y de pronto, ah, hay patatas bravas en la mesa. Pero, después de leer mi libreta, no se me ocurre ni aunque me maten… 😉

Cocina canalla – Thug Kitchen

Cocina canalla. En español.
Cocina canalla. En español.

Hace algún tiempo, compré el primer libro de Thug Kitchen y lo reseñé. Expliqué que nació de un blog que es muy irreverente. Y su estilo me gustó tanto, porque dicen muchos tacos y hablan así , en plan suburbial, aunque realmente son dos blancos de clase media: como la inmensa mayoría de los blogs veganos que conozco, por otra parte, salvo dos chefs a los que adoro, que son Tracye McQuirter y Bryant Terry. Total: críticas aparte, que me dan lo mismo, compré el segundo libro de estos chicos, Party Grub, y tengo en mente tener el tercero, 101 fast as fuck, aunque yo rápida en la cocina no es que sea, por mucho que cocine ahora más que antes.

Un amigo me dijo que él lo traduciría como “cocina gamberra”. Resulta que, como las editoriales españolas se están poniendo las pilas con los libros veganos de cocina, Malpaso ha sacado Cocina canalla.

Thug Kitchen. En inglés.
Thug Kitchen. En inglés.

Malpaso lo cuida todo mucho. El tahini es tahini y no crema de sésamo blanco, por ejemplo. Usan “judías de careta”, “frijoles” o “judías pintas” para que sepas a qué clase de legumbres se están refiriendo. Eso es mérito de Julia Osuna Aguilar, que es una profesional como la copa de un pino (qué poco se valora a los traductores: yo siempre hablo de ellos en el programa de cultura, porque, si hemos aprendido a amar a algún autor, como me pasó a mí con W.H. Auden, por ejemplo, ha sido gracias a su traductor, que en este caso era Jordi Doce). Osuna Aguilar ha traducido del inglés un libro complicado: por su lenguaje y porque es de cocina. Y la cocina tiene su propio idioma.

A mí Malpaso me cuida muy bien. Me escribió José Montfort, que es de prensa, al correo del blog y yo me ocupé de aclararle quién soy. Así que volvió a escribirme para preguntarme si no me apetecía ver cómo había quedado la edición española. Le dije que haría una reseña: no me lo pidió. Malpaso no pide reseñas: a mí me ha enviado libros porque sabía que me gustarían (libros que he tenido que guardar, por cierto, como el Razones para la anarquía, de Noam Chomsky, porque lo quería media redacción).

De vuelta, le recomendé el But I could never go vegan, que también me encantaría verlo en español (bueno, me encantaría ver el 90 por ciento de los libros de cocina vegana que tengo publicados en español y no sé cómo no se publican más: ¿se venden? ¿no se venden? ¿la gente es tan loca comprando libros de cocina como yo?).

En Cocina canalla lo traducen como
En Cocina canalla lo traducen como “Atrévete a comer de puta madre”

Muchas veces me piden recomendaciones de libros en español y hay pocos que me convenzan verdaderamente. Si uno es un poco pacato, el de Cocina canalla mejor que ni lo abra, porque hay tacos por doquier. No voy a decir que es juvenil, porque conozco a gente de 60 a la que le encantaría este libro. Pero desde luego, no es para un señor serio y que se escandalice con cualquier cosa.

¿Qué hay de las recetas?

Pues es cocina internacional: todo lo internacional que se come en Estados Unidos. Por ejemplo: en el apartado de desayunos, hay chilaquiles. Aquí se desayunan tostadas y café con leche (bueno, y azúcar con color marrón y galletas con más azúcar). Hay pad thai, fideos soba y un sinfín de cosas más que no se parecen al potaje de nuestra madre… pero el potaje de nuestra madre, que nos lo haga nuestra madre. Nosotros estamos para recorrer mundo a través de la cocina y para que nuestros compañeros de trabajo, al principio, nos digan: “Es que tú comes unas cosas tan raras…” y dentro de un mes, comiencen a meter la cuchara y el tenedor en tu plato porque todo está riquísimo.

Y es barato.

Yo no sé cómo decir (lo cuentan en el libro también) que la base de la alimentación deberían ser las verduras y las frutas. Y que la cocina vegana no es cara, porque un kilo de garbanzos de los güenos güenos te cuesta tres euros (los malos venidos de dios sabe dónde cuestan uno) y el kilo de filetes de ternera yo lo dejé a 16. Con la diferencia de que hay peña que se come el kilo de ternera en dos sentadas. Y como te comas un kilo de garbanzos en dos tandas, vas a propulsión y mueres.

Ganan los garbanzos, porque los garbanzos siempre ganan. Y en Cocina canalla te enseñan a hacerlos crujientes y a meterlos en una tortilla de trigo mexicana y a aderezar con ellos las ensaladas y a hacer batidos, caldo de verduras de los restos que antes tirabas (yo lo hago y cogí la idea de allí) y hasta alubias estofadas con manzana y así te comes la fruta ya directamente.

Y, aunque yo diga que echo de menos los sabores españoles de vez en cuando, para los que cocinan muy español y son veganos (que los hay), este libro viene de perlas para abrir el paladar. Que al paladar hay que educarlo también. Y ser atrevido, como los chicos de Malpaso editando este Cocina Canalla.