Granada. La otra ciudad donde está mi casa

Granada siempre ha sido compartir una bandeja de piononos de Santa Fe con Jandro (en algún lado debe de haberlos veganos, pero ya no sé), tomar café helado con su hija mayor, Miriam; recorrer tiendas de cómics con su hijo pequeño, Marcos; irme a dar un paseo a la frutería con Mariana; desayunar churros todos juntos; ir a ver a Martina (la mediana) a un partido de baloncesto, por ejemplo. Salir a merendar con los niños para dejarlos a ellos solos. Cuidar de Miriam cuando era pequeña y Martina aún no había nacido. Caminar por el sendero que lleva a la Alhambra. Hacerle fotos a los pensamientos (me refiero a las flores, que no soy tan poética, yo). Escribir en el Rabo de Nube. Quedar con Ángel para cenar, tomar café (sí, tomamos mucho café), ir de tapas. Salir a fumar a la terraza con Gina, descubrir a Claudia y ver los tejados. Ir a una graduación y saber que me quedan dos. Granada sigue siendo todas esas cosas, pero sin Jandro. Para ver a Jandro, porque estaba enfermo, mis amigas y yo quedamos en Granada. Claudia estudió allí, lo propuso y todas dijimos que sí. Ella y Cristina venían de Málaga, yo de Mérida y Gema de Sevilla, que es otra ciudad que amo a pesar de todos sus pesares, que los tiene.

Rabo de Nube, Granada
El Rabo de Nube en una foto que le hice hace años

La cosa había surgido un año antes o así. Cristina iba a abrir Vegan Place y Claudia creó un grupo en el Facebook. No era un grupo: era uno de esos chats comunitarios que yo tanto odio con todo el odio del que soy capaz y de los que desaparezco en cuanto me añaden. Estábamos las tres y Álvaro, cocinero, vegano también, para que le habláramos a Cristina de ingredientes que podía tener en la tienda. En esto, mi gato Huck se puso malo, como todos tienen gatos yo les comentaba qué asustada estaba y me acordé de Gema, que hace quesos y que usa cosas como carragenato kappa.

Y Gema se pensó que era yo la que había creado el chat para hablar de Huck.

Luego empezamos a desbarrar. Pero a desbarrar. Y ya quitamos al pobre de Álvaro, que no tenía por qué aguantar cómo un grupo de cuatro mujeres rajaba de todo a todas horas (y las dos cosas son reales: De Todo. A Todas Horas) y nos hemos tirado hablando, ya por WhatsApp, pues no sé cuánto tiempo. Meses, quizá un año. Hasta que decidimos quedar. En junio, en agosto, en septiembre. Ninguna fecha cuadraba. Hasta que llegó octubre.

Claudia conocía en persona a Cristina y me conoce a mí; Gema me conoce a mí y Cristina a Claudia. Así que allí quedamos, en un apartamento de Granada, venga a ilusionarnos con el viaje, yo diciéndole a Jandro que llego el 6 de octubre y después me quedo unos días…

Y el 30 de septiembre tengo que salir de aquí pitando y el día 2 entierro a un tío que me ha acompañado los últimos 23 años de mi vida. Desde pagarme una matrícula de la universidad hasta salvarme la psique tres o cuatro veces y darme otra familia que también es mi familia: ese hombre lo ha hecho todo. El sábado 7 yo me largué a una misa en los maristas en la que me harté de llorar desde antes de que empezara hasta que acabó. En medio, un hospital cochambroso, despedirme a solas en la habitación, sin hablar, y pensar en te quieros y en gracias, porque mi vida hubiera sido mucho peor sin él; un tanatorio, un funeral y que te partan por la mitad.

Me preguntaron si quería cancelarlo y dije que no. Pasara lo que pasara, iba a necesitar alcohol.

A Jandro le gustaba mucho vivir. Le gustaba la vida, en general. Así que yo, después de esa misa que le hicieron en su colegio, me fui de nuevo al apartamento, con los ojos como dos manzanas rojas, a reírme, a tomarme un ron y a cantar, ronca como estaba. Porque eso casa más con la forma en que él vivió.

Gin tonic en Badajoz
Esta foto no es de ese fin de semana, pero el móvil se me rompió y… Bueno, que Gema se tomó un gin tonic y yo un ron na’ más vernos.

Así que, en todo este maremágnum de vida caótica, allá que nos plantamos. A comer y a hablar, a hablar y a comer, y a cantar canciones de la Jurado que yo no conocía y a encontrarnos con un tío que no paraba de decir que era informático, como si hubiera estudiado en el MIT (soy así de perra, qué pasa) y a visitar karaokes cuanto menos curiosos y a comer y a hablar y a comer. Porque a nosotras nos gusta comer. Y beber. Y hablar.

Justo 20 minutos antes de que saliera el autobús, a mí se me cayó el móvil al váter. Así que las fotos de esta entrada han salido como han salido y, además, no sé quién hizo cada una.

Seitán al curry en El Ojú
Seitán al curry en El Ojú

La primera parada, obligada para saludar (Claudia conoce a una de las chicas de la cooperativa) fue El Ojú. Allí comí yo por primera vez con dos de los hijos de Jandro, Marcos y Miriam y con la mejor amiga de Miriam, Cristina, y disfrutamos muchísimo (sobre todo cuando le dije a Miriam que las albóndigas que le estaban encantando llevan esas lentejas que tanto odia -descubrió que lo que no le gusta es el potaje de lentejas: si es que hay que cocinar las legumbres de modos distintos, señores). Me gustan más las raciones que las tapas. Tomamos albóndigas, perritos y ese seitán, que a mí me gustó mucho.

Perritos calientes en El Ojú
Perritos calientes en El Ojú

En fin: antes habíamos comenzado comiendo tortilla, pan de chocolate y naranja, pan integral, alioli y quesos de Gema, pero eso merece un párrafo aparte, mucho más aparte, y con fotos. O una entrada.

Albóndigas en El Ojú
Albóndigas en El Ojú

A mí ese fin de semana me iba a servir para ver cómo se comportan tres veganas de pro en bares en los que no hay opciones. Mi gozo en un pozo: hay que quedar en Mérida, señoras. Para que me enseñéis a sobrevivir. En un bar cualquiera solo hay ensalada con rulo de cabra o con pollo o con queso o con aliño de miel o con salmón o con todo a la vez. Me hace gracia cuando la gente dice que hummus o parrillada de verduras hay en todos los restaurantes. En Granada sí que hay opciones en todas partes. Como esta:

Falafel con pegotones de hummus en El Origen
Falafel con pegotones de hummus en El Origen

En un bar cualquiera de la calle Elvira (en la calle Elvira, 33) está El Origen. Y allí tomamos falafel con pegotoncitos de hummus por encima y patatas fritas y estaba todo muy rico y yo no paraba de pensar en por qué allí hay falafel en todos lados y hummus y salmorejo con aguacate y paté de berenjenas como en el Babel World Fusion. En TripAdvisor hay comentarios que lo ponen a caer de un burro, pero a nosotras la comida nos gustó mucho.

Paté de berenjenas en el Babel World Fussion.
Baba Ganoush. Creo. O paté con berenjenas. O algo. Pero rico. Lo sirven en el Babel.

En aquellos momentos ya solo quedábamos Cristina, Claudia y yo, porque Gema había partido a su casa y se perdió a los tres camareros guapos que había allí. Porque eran guapos. Pequeños para unas chicas de 40, más o menos (bueno, pequeños para mí, que tengo una paranoia con la edad. Sé que es orientativa pero no determinante y aun así…).

Salmorejo con aguacate en el Babel.
Salmorejo con aguacate en el Babel. Esto lo tengo que hacer yo.

También sin Gema nos fuimos a comer a un árabe del que no recuerdo el nombre, que tenía falafel, hummus, paté de berenjenas y cuscús con verduras. Y en el que pusieron un incienso que nos hizo salir de allí pitando, porque nos picaban los ojos que no veas.

Falafel, paté de berenjenas y hummus
Falafel, paté de berenjenas y hummus. Sí, la foto es una porquería.

Cristina y Claudia (no sé qué les pasó) no se pudieron acabar el cuscús. Que estaba muy rico.

Cuscús de verdura
Cuscús de verdura

Y hubo sitio para el postre.

En teoría deberían llevar miel, pero la glucosa es más barata
En teoría deberían llevar miel, pero la glucosa es más barata

Cenamos en El Ojú, he dicho (yo podría haberlo hecho todo cronológicamente, pero no sería yo) y, luego, recenamos tortilla con alioli y, al día siguiente, después de desayunar tortilla de nuevo (que sí, que mi tortilla, sin cebolla, sin pimiento, era la sosa, pero fue la primera que se acabó, ojito) y más queso, nos largamos al Páprika. Cristina, en un alarde de sensatez, pidió una ensalada

Ensalada crudívora en el Páprika
Ensalada crudívora en el Páprika

Claudia y Gema, que son gemelas aunque se hayan conocido ahora, pidieron fajitas… Con un seitán riquísimo. Yo tengo que aprender a cocinar el seitán: lo hago y siempre se lo pongo crudo a los platos: total, ya está cocinado.

Fajitas en el Páprika
Fajitas en el Páprika

Y yo comí, sin pimientos, unos fideos chinos con verduras asadas a la parrilla, que sabían ahumaditas y eran una delicia (sí, todo estaba riquísimo, pero es que comimos muy bien) y con salsa de soja. Que yo no hubiera bañado el plato en salsa de soja, porque acabé con la camiseta pintadita. Pero el sabor, tremendo.

Fideos chinos con verduras en el Páprika
Fideos chinos con verduras en el Páprika

Ah. Y guacamole. Que no era guacamole propiamente dicho, pero daba igual: amamos los aguacates.

Guacamole en el Páprika
Guacamole en el Páprika

Y cenamos en el Palmira, que está en la calle Elvira también. El Palmira fue un descubrimiento porque había un plato de garbanzos, tahini y tomate crudo, que pueden ser de mis tres cosas favoritas de la vida. Y yo intuí que, obviamente, era frío, aunque llevara pan frito en la misma preparación. Pero no: era caliente, se llama “fatteh” y es mi nuevo plato preferido. En A Lebanese Feast, libro que tengo, viene una receta estupenda.

Taboulé, hummus, fateh y pan de pita en el Palmira
Taboulé, hummus, fatteh y pan plano libanés en el Palmira

El hummus estaba muy rico; el pan libanés, una cosa esponjosa y calentita… y el taboulé era un taboulé de verdad. A ver: la gente hace taboulé con un montón de bulgur o de sémola y le planta dos ramas de perejil. No, señores. El taboulé lleva 200 gramos de perejil por 50 gramos de bulgur. Es una ensalada de perejil, no es una ensalada de cuscús con verduras. Vamos, que ver taboulé de verdad en un sitio ya es algo que me emociona y todo. El pan libanés estaba caliente, la charla en torno a la comida también (es coña, no me acuerdo de qué hablamos exactamente) y luego bebimos y luego… Creo que recenaríamos otra vez, no lo sé. Porque hablar y comer, lo hemos hecho con profusión. También tomar limonada con un montón de azúcar y hierbabuena. Y fumar en cachimba. Y Gema nos regaló pendientes monísimos.

Limonada en una tetería de Granada
Limonada en una tetería de Granada

Y pasamos por la tienda de La Antequerana y Claudia nos habló de sus polvorones de pistacho…

Polvorones de pistacho de La Antequerana
Polvorones de pistacho de La Antequerana

Y ahora sé cuáles son los únicos polvorones que voy a comer en la vida. Con aceite de oliva virgen extra, señores. Compactos, suaves, espectaculares. Sí, no son de los que cuestan 3 euros el kilo. La calidad se paga y Navidad solo es una vez al año.

La crónica sentimental la ha hecho Gema aquí. Yo hablo de las cosas del comer. Porque la parte sentimental es tan simple y tan bonita como la que ha contado Gema. Una reunión con amigas a las que les cuentas si te has sacado un moco y que transcurre como si nos hubiéramos visto ayer. Hablando, paseando, comiendo, riendo, descubriendo… sin reticencias (“¿y si ahora nos cabreamos?” “pero, chiquilla, ¿tú con cuántas amigas te has peleado a lo largo de tu vida?”). Hubo gente haciendo eses (algunas de esas gentes no fuimos nosotras), tres tazas de café seguidas por la mañana, descanso con tortilla y pan integral, salidas a comprar leche de soja para sobrevivir, tapas, restaurantes, más charla y despedidas que no son tales.

Y la comida de Gema. Si estáis por Sevilla, le podéis decir que os haga algo. Poneos en contacto con ella en Kiss The Cook. Vais a flipar y la vais a querer besar. Nosotras la besamos mucho mientras nuestros ojos rodaban hacia atrás y los quedábamos en blanco y decíamos: “Ohhhhh”.

Comida que hizo Gema, pan y café que trajo Cris
Comida que hizo Gema, pan y café que trajo Cris

En este plato hay: café con leche de soja, alioli hecho a mortero, camembert, pepper jack (de ese aún no ha puesto la receta: es el que tiene las motitas, claro está) y dos trozos de la tortilla sosa (es decir, patata nada más, sin cebolla) y uno de la que tenía cebolla y pimiento. El queso lo probaron omnívoros (omnívoros reales: de los que comen muchas verduras) y les encantó. La tortilla es jugosa, sabe a huevo y huele a la tortilla de mi madre, que hace (pero con huevo) las mejores tortillas del mundo. Junto a Eugenia, que es mi madre de Sevilla y junto a Gema, que no es mi madre y no se le parece en nada.

Como dice nuestra amiga Alba: “la comida de Gema es la mejor que he probado en mi puta vida”.

Tenemos que quedar más. Trae cosas, mari. Kilos y kilos.

Un verano con adolescentes

Cuando estudiaba en la Universidad, los dos primeros años de Publicidad y Relaciones Públicas, Comunicación Audiovisual y Periodismo eran comunes. Yo tenía 18 y en mi clase había un chico que me llevaba 10 años, que luego se fue a Rumanía y se enamoró. Su primera hija nació allí y yo me recuerdo visitando tiendas en Melilla, hace casi 18 años también, para comprar ropa que no fuera rosa. Un pluma rojo, un pantalón de pana amarillo con pollitos, una sudadera azul marino con pollitos. Por si acaso tenía más hijos algún día. Miento, no era por eso: era porque, en aquellos tiempos, odiaba el rosa y su adherencia de género.

Ahora hay tres niños, de 17, 15 y 13 que han estado en mi casa diez días. Solos. Sin sus padres. Yo, poniendo kilos. Por lo visto, ellos también.

Viriato, de Verbo Producciones
Viriato, de Verbo Producciones, en el Festival de Mérida. Foto de Jero Morales.

Mi verano ya lo he contado muchas veces. Desde La Orestiada a Viriato han pasado dos meses de no tener tiempo ni para rascarme. Que lo hubiera tenido si no me hubiera echado siestas de dos horas y si no hubiéramos tenido no sé cuántas olas de calor y alertas naranjas, que a mí me dejan con ganas de echar tomates en la batidora y hacer gazpacho nada más.

Con dos botes de tomate frito casero, gazpacho de cerezas y ragú de soja texturizada en el congelador, aparecieron estos tres omnívoros irredentos en casa. También había cantidades industriales de Heura, pero cuando supieron que no era pollo, ya la textura no les convencía. El año que viene me plantearé hacer otras cosas… pero están acostumbrados a… pues a los sabores fuertes, como todos los adolescentes, y a no ver las verduras más que en forma de purés o ensaladas: no como yo las uso, quiero decir. En mi casa no se comen animales, pero fuera han comido lo que han querido, obviamente, así que he visitado el Burger King un par de veces, el 35 Burger otra vez más (yo hubiera querido que fuera al revés, porque allí hay una hamburguesa vegana) y varios de los restaurantes de tapas de Mérida… menos el que más me gusta, que es el Fusiona. Han visto un concierto de fado y flamenco de Katia Guerreiro y Arcángel en el teatro romano (mientras, en mi casa, sonaban Melendi, Dani Martín y Macaco (me niego a poner enlaces) y también La comedia de las mentiras.

Katia Guerreiro en el teatro romano de Mérida
Katia Guerreiro en el teatro romano de Mérida. Foto de Jero Morales

De este periplo he aprendido varias cosas. Una, que criar hijos es agotador. Dos, que soy mis padres, los dos: qué hacen las luces encendidas a todas horas, poned la mesa ya, cuando yo digo que pongáis la mesa es que pongáis la mesa, os créeis que soy de la compañía eléctrica, lo que hay para comer es esto: si no lo coméis, de hambre no vais a morir; come un poco más, que no has comido nada y de mierdas no te puedes alimentar todo el día; ni se os ocurra comer guarrerías antes de comer, no estáis en un hotel, os creéis que soy vuestra esclava… Todo el repertorio. Todo. Completo.

También he aprendido que, cuando viene gente a casa, con las comidas hay que planificarse muy bien: no se trata de que yo no haga platos apetecibles: se trata de que hay que cocinar con antelación y hablar con los padres, no ir improvisando sobre la marcha. La próxima vez saldrá mejor. Porque vendrán en invierno y no todos a la vez.

Hice un brownie, por cierto, y Nutella vegana con receta de Mi vega blog. Del brownie hay una foto penosa de móvil, que es esta: ya lo repetiré en otra ocasión y pondré la receta correctamente.

Brownie con mermelada de frutos rojos
Brownie con mermelada de frutos rojos

Y hemos hablado mucho. De muchos temas. He descubierto que Martina es como su padre. Igualita. Nos hemos confesado cosas, nos hemos abrazado mucho, nos hemos dicho que nos queremos, nos hemos puesto hasta las trancas de comer, hemos dormido siesta y hemos visto la trilogía de Jesse y Celine de Richard Linklater (Before Sunrise, Before Sunset y Before Midnight) y hemos debatido sobre las relaciones de pareja, sobre las relaciones de amistad, nos hemos reído mucho, hemos dado alguna que otra voz y nos lo hemos pasado muy bien. Es agotador, pero muy divertido. Les dije que me pusieran un mensaje en la agenda del año que viene, el día de su cumpleaños, y Martina nos dibujó.

Familia de Mérida
Hasta los gatos están tal cual. Yo, ni os digo.

Luego han ocurrido más cosas que no voy a contar, porque Mérida es como Las Vegas. Lo que pasa en Mérida, se queda en Mérida. Lo que más les gustó fue la ruta Mérida Secreta. Lo que menos, me temo que mi comida. Snif.

Sí: ha sido agotador y sí, me he quedado con ganas de más. Pero no lo digáis muy alto

El fin de semana espero tener tiempo de cocinar, por cierto. Estoy del ragú que sobró hasta atrás.

Calígula y un hummus de lima y limón

Llevo siete meses de pena. Sí, me río. Sí, salgo. Sí, trabajo. Sí, hago exámenes y me levanto con humor (con buen humor) y hago bromas y abrazo y más. Pero llevo siete meses de pena, por razones que no voy a contar en un blog, pero que me tienen muy cansada, muy asustada y muy seca.

Pero, a los casi siete meses justos de mi pena (llámenle pena, llámenle acedia), llegó Calígula.

A veces me sucede: una obra de teatro me ha salvado la vida. Me ocurrió con Los Persas, de Calixto Bieito, que me vi tres veces más algún ensayo: me la sabía de memoria. Fue hace diez años. Ese Rafa Castejón, que salía a la scaena y en las columnas ponía “tes-tos-te-ro-na”. Esa charla con Pau Miró, sobre escribir, sobre saber si lo que escribimos es bueno, sobre la relación con las palabras. Esas dos entrevistas a Bieito, al que todo el mundo definía como “algo desagradable” y del que yo decía, digo y diré que es un encanto de hombre y que entrevistarle es un lujo. Porque hablamos de la guerra y de Howard Zinn y de la provocación que no es tal y del aplauso y los nacionalismos y las drogas y por qué una mujer siendo Jerjes. Y, cuando me tuve que ir para dar paso a otro periodista, miró con cabreo contenido. Y esos gestos a mí me gustan.

No han vuelto a programar Los Persas en el Festival de Mérida, pero Jerjes siempre será para mí una mujer con la voz y el cuerpo de Natalia Dicenta. He visto a muchas Medeas, a varias Clitemnestras y a muchas más Antígonas. Pero Jerjes…

Foto de Jero Morales

El señor que está en la foto metido en una bañera se llama Pablo Derqui y yo ni sabía quién era (luego me di cuenta de que le había visto en una película, María y los demás, -una película que muchos hombres no han entendido, pero esa es otra historia-). Tiene mi edad y es un monstruo.

Mérida es muy difícil. Es un teatro de 52 metros en el que la gente no te ve: se apoya en tu voz y en el vislumbre del movimiento de tu cuerpo. Es grandioso, es sobrecogedor y las columnas te atrapan. Las columnas te envuelven y te comen. Tienes que ser muy bueno, rematadamente bueno, para actuar bien ahí. Solo para actuar bien: para ofrecer una actuación memorable, impactante y perdurable, has de estar muy por encima de la media. En los once años que llevo cubriendo el Festival de Mérida, uno detrás de otro, he visto a muy pocas personas que lo logren: que logren que nadie tosa, que nadie coja el móvil, que nadie respire. No voy a dar nombres, pero no pasan de diez. Por cierto, la mayoría son mujeres y cobran hasta un cuarenta por ciento menos.

Calígula fue un revulsivo. Me recuperó. Realmente, no me recuperó la obra, me recuperó el trabajo de este señor que dice que lo suyo es oficio. Eso no es oficio, lo aseguro. Veo mucho teatro, lo veo hasta en televisión y en otros idiomas. Le hice una entrevista en unas condiciones penosas (habiendo dormido tres horas y con un dolor de regla y un cansancio y un mareo y unas náuseas que me quería morir) y disfruté como una enana porque es brillante. No hay nada que me guste más que tener delante a una persona brillante.

Yo adoro a Calígula desde hace muchos años porque Calígula es yo, en muchas cosas. En la mayoría. En el estar y no estar en determinado mundo, en su disgusto y su inadaptación, en su profunda piedad (sí, nadie diría que Calígula es piadoso. En fin) y en otros varios aspectos. Parte de mi visión del personaje la escribí en un artículo que se titula como una frase de Camus: Ese lago de silencio y esas hierbas podridas.

Después de ver Calígula volví a escribir, me enchufé Twin Peaks de una tacada (llevaba esperándola 24 años: yo sí la vi en su momento) y me levanté a las siete de la mañana de un sábado para ponerme Solaris de Andrei Tarkovski. He vuelto a ser yo. Es curioso cómo, cuando no se llora por las esquinas ni tienes cara de pena penita pena, el resto del mundo piensa que estás genial y que todo va bien en el mejor de los mundos: que no va bien yo lo noto en otras cosas. En la carencia de vida intelectual, sobre todo. En lo que pasa de puertas adentro. En esa sensación de estar parada mentalmente, sin creatividad alguna, por mucho que escriba artículos en el periódico cada semana y por mucho que tenga cien ojos en el trabajo y lea por obligación y vaya al cine y piense en cine y en teatro y en palabras.

Volver a meter el cuaderno en el bolso, plantarme en un bar y escribir pese a la desesperación y para mí. Escoger obras difíciles y disfrutarlas. Mirar más allá: eso es lo que le debo a la interpretación de Pablo Derqui. Gracias, señor.

Es algo así como lo que dijo Toni Morrison en Beloved: “She is a friend of my mind. She gather me, man. The pieces I am, she gather them and give them back to me in all the right order”.

Y, en medio de Twin Peaks, The Handmaid’s Tale, Tarkovski y no sé cuántas horas escribiendo en un bar, también cociné. Usé la Nutribullet para hacer hummus. Este, muy rico, sacado de Blissful Bites, pero muy tuneado por mí, porque el cilantro en polvo en un hummus yo no lo aguanto. Amo las especias, pero no tanto. Lo mismo que amo el trabajo de mucha gente pero no veo ficción española. El tiempo es finito y yo tengo muy poco.

Hummus de lima y limón
Hummus de lima y limón

Ingredientes para unos 400 gramos:

  • 350 gramos de garbanzos cocidos
  • 1 diente de ajo
  • 1 limón pequeño (o medio): el zumo y la piel rallada
  • 1 lima, el zumo y la piel rallada
  • De 1/2 a 1 cucharadita de pimentón ahumado de La Vera
  • De 1/2 a 1 cucharadita de comino en polvo
  • 1/2 cucharadita de sal
  • 1/8 cucharadita de chile en polvo
  • 1 cucharada de vinagre de manzana
  • De 1 a 3 cucharadas de tahini (yo usé 65 gramos)
  • 60 ml (1/4 de taza) de agua
Hummus de lima y limón
Hummus de lima y limón

Preparación:

Se mete todo en la Nutribullet y se bate. En menos de 1 minuto está. ¿No tenéis Nutribullet? Pues una batidora de vaso o la Thermomix o la MyCook, un par de minutos y listo.

Queda así de cremoso. Pedazo de ensalada al lado y bastoncitos de apio, zanahoria y pimiento si os gusta (yo, ni de coña) y a comer.