Veganeando por Granada

Granada desde el Paseo de los Tristes.

-Recuerdo cómo abrazabas a mi padre.
-Es que yo a tu padre le quería mucho.

Me lo dijo, después de cenar, la hija mediana de Jandro. En mi Facebook, durante cinco días, el año pasado, no sale ningún recuerdo: ni actualicé, ni podía, ni quería. Las cosas importantes no se cuentan ahí, aunque el resto del tiempo parezca una impúdica. Volví a irme a Granada este año. Comencé a llorar en el autobús de ida («vosotros estáis en vuestra casa y ya no lo notáis tanto, pero, para mí, llegar a la estación y que no esté vuestro padre…») y terminé de llorar en el autobús de vuelta, cólico menstrual mediante que me tuvo postrada viendo de golpe las dos temporadas de Stranger Things.

Te compré una gerbera roja.

Los niños no me dejaron pagar nada. Y, tras un día casi sin comer, porque justo antes de salir a Granada firmé un contrato indefinido tras doce años presentándome a exámenes y cogí el bus (sí: cogí un bus: ahora que tengo coche, descubro que me sale mucho más barato el bus para ir a Granada y, además, tengo una tendinitis que me hubiera impedido conducir aunque me hubiera atrevido a circular cinco horas yo solita), nos plantamos en el Hicuri Art Vegan. Y comimos muchas cosas ricas. Bueno, comimos Marcos y yo, porque Miriam tenía la boca llena de llagas y la pobre, comer, no ha comido mucho estos días.

Aperitivo de zanahorias con salsa de yogur

El camarero que nos atendió era majísimo. Majísimo, eficiente y de todo lo bueno. No tenían bacon, así que nos puso aguacate en las hamburguesas. Y el aguacate siempre ganará por goleada a cualquier bacon y a cualquier cosa. Como si me quieres poner un bocadillo de aguacate solo. Aquí, la hamburguesa Hicuri:

Hamburguesa Hicuri

Y aquí, la hamburguesa de pollo que se pidió Marcos y que es una cosa exquisita. Marcos es vegetariano desde hace meses (Jandro, la de cosas que te estás perdiendo es que ni te las imaginas).

Burger estilo pollo con patatas
Burger estilo pollo con patatas

Miriam se pidió una lasaña de verduras súper suave que, como tenía tomate, no se pudo comer, porque le dolía la boca una barbaridad, así que acabó en mi estómago.

Lasaña

Y, de postre, como estamos concienciados de no engordar (yo: ellos están en normopeso) compartimos una tarta crudivegana de queso. Una cosa voluptuosa y riquísima. Ha sido mi primera tarta crudivegana. Nunca las había probado. Hay que reconocer, también, que a mí me ponen algo ácido encima de una tarta y soy feliz y aquí había fresas y frutos del bosque y todo esto… con una base exquisita y crujiente.

Tarta crudivegana de queso

Al día siguiente pedimos comida de El tablón verde. Salmorejo, tortilla de patatas vegana y cuscús con verdura, que Miriam adora pero que tampoco se pudo comer.

Salmorejo. Sí, me acabo de dar cuenta de que la foto está movida

Eso sí: si queréis comer una tortilla de patatas como Dios manda, pinchad en Kiss the cook, que la de Gema es imbatible. Esta no está mala, yo me la comí con todo el gusto del mundo, pero después de haber probado la de Gema… Es que solo se le parece la de mi madre… (sí, mi madre cocina muy bien).

Tortilla de patatas. Como la de Gema no hay otra.

Y, viendo este cuscús con su mucho pimiento, pienso que debería poner algún día una receta de cuscús: cuando vuelva a comer hidratos en las comidas principales, que me los estoy recortando del todo estas semanas en previsión de lo que va a pasar durante el puente de octubre y el siguiente…

Cuscús

También (esto es un rito) nos fuimos a desayunar churros a la plaza de Bib-Rambla. Cada vez que iba a Granada, Jandro y yo lo hacíamos, así que ahora lo hago con sus hijos. Los churros, en Granada, que no falten. Además, tienen leche de soja, con lo cual yo soy muy feliz. En Extremadura hay muy pocos sitios donde tengan leche de soja. Te ofrecen sin lactosa. No quiero leche de vaca, señores: no es lo mismo una leche vegetal que una de vaca…

La tradición de los sábados

Al día siguiente, después de habernos comido la tostada, llegó Gina con más churros y redesayunamos. Porque lo mejor de los domingos es el re-desayuno. De eso no hay foto porque nos abalanzamos sobre ellos como si no acabáramos de comer. Además, estábamos muchos en casa porque el día anterior se quedó a dormir Cristina, que es la mejor amiga de Miriam.

Aprovechamos que íbamos a quedar ese sábado por la noche para comenzar la juerga por la tarde e ir al Mimimi y tomar café y tartas veganas.

Detrás están las gafas molonas de Miriam. Cuando adelgace, sé quiénes me van a llevar de compras…

Realmente empezamos por la mañana, viendo una exposición de instrumentos de tortura en la Inquisición, pero les ahorro las fotos del horror. La tarta de zanahoria y la de chocolate son mejores:

Tarta de zanahoria vegana

Lo sé: no tenemos fondo.

Tarta de chocolate y plátano

Por la noche, fuimos al Páprika. Qué calor, porque no hay aire acondicionado. Pero lo cierto es que, una vez dentro y pasado el primer golpe de calor, te acostumbras y ya no tienes. Del Páprika ya he hablado en otra entrada, pero probamos otros platos. Entre ellos, el Dip it, que es un entrante con muchos untables. Riquísimo:

Desde arriba y en el sentido de las agujas del reloj: hummus, salsa de remolacha, guacamole y algo que no sé qué es pero que fue lo primero que se acabó porque Cristina y yo le metimos mano que daba gusto

Marcos pidió las fajitas y yo, como estaba llena de la tarta del Mimimi, una quesadilla de tofu con tomate.

Quesadillas de tofu con tomate

Obviamente, este plato no tiene gracia si no abrimos la quesadilla…

Por dentro es así: tofu con tomate y hojas verdes.

Eso sí: el plato que triunfó fue el wok asiático que pidió Cris. Qué cosa más rica…

Wok asiático. Un must. Ya tenía yo ganas de poner «un must» en algo que no fuera de moda.

Por supuesto, me pasé por Especias Barranco para traerme un montón de té. Todos negros, porque verde tengo para poner una tetería en casa. Y a mí en invierno el té me gusta muchísimo, porque tiene especias y su canela y su anís y sus perlitas de azúcar y sus granos de pimienta rosa… Me traje muchísimos. Muchísimos son seis clases distintas. Y me regalaron este anillo tan precioso…

Gatitos!

Y esta taza tan monísima.

Todo lo que necesitas es amor y maullidos

Y llegué y el tiempo cambió. Escribo con calcetines en los pies y las zapatillas de invierno ya. Ha llegado el otoño. Viva el otoño, con sus purés, sus potajes, su fresquito al salir a la calle, sus hojas caídas, su vida renovada… Es mi estación favorita del año. Espero que la disfrutéis. Los del otro lado del planeta, ¡que disfrutéis de la primavera!

Granada. La otra ciudad donde está mi casa

Granada siempre ha sido compartir una bandeja de piononos de Santa Fe con Jandro (en algún lado debe de haberlos veganos, pero ya no sé), tomar café helado con su hija mayor, Miriam; recorrer tiendas de cómics con su hijo pequeño, Marcos; irme a dar un paseo a la frutería con Mariana; desayunar churros todos juntos; ir a ver a Martina (la mediana) a un partido de baloncesto, por ejemplo. Salir a merendar con los niños para dejarlos a ellos solos. Cuidar de Miriam cuando era pequeña y Martina aún no había nacido. Caminar por el sendero que lleva a la Alhambra. Hacerle fotos a los pensamientos (me refiero a las flores, que no soy tan poética, yo). Escribir en el Rabo de Nube. Quedar con Ángel para cenar, tomar café (sí, tomamos mucho café), ir de tapas. Salir a fumar a la terraza con Gina, descubrir a Claudia y ver los tejados. Ir a una graduación y saber que me quedan dos. Granada sigue siendo todas esas cosas, pero sin Jandro. Para ver a Jandro, porque estaba enfermo, mis amigas y yo quedamos en Granada. Claudia estudió allí, lo propuso y todas dijimos que sí. Ella y Cristina venían de Málaga, yo de Mérida y Gema de Sevilla, que es otra ciudad que amo a pesar de todos sus pesares, que los tiene.

Rabo de Nube, Granada
El Rabo de Nube en una foto que le hice hace años

La cosa había surgido un año antes o así. Cristina iba a abrir Vegan Place y Claudia creó un grupo en el Facebook. No era un grupo: era uno de esos chats comunitarios que yo tanto odio con todo el odio del que soy capaz y de los que desaparezco en cuanto me añaden. Estábamos las tres y Álvaro, cocinero, vegano también, para que le habláramos a Cristina de ingredientes que podía tener en la tienda. En esto, mi gato Huck se puso malo, como todos tienen gatos yo les comentaba qué asustada estaba y me acordé de Gema, que hace quesos y que usa cosas como carragenato kappa.

Y Gema se pensó que era yo la que había creado el chat para hablar de Huck.

Luego empezamos a desbarrar. Pero a desbarrar. Y ya quitamos al pobre de Álvaro, que no tenía por qué aguantar cómo un grupo de cuatro mujeres rajaba de todo a todas horas (y las dos cosas son reales: De Todo. A Todas Horas) y nos hemos tirado hablando, ya por WhatsApp, pues no sé cuánto tiempo. Meses, quizá un año. Hasta que decidimos quedar. En junio, en agosto, en septiembre. Ninguna fecha cuadraba. Hasta que llegó octubre.

Claudia conocía en persona a Cristina y me conoce a mí; Gema me conoce a mí y Cristina a Claudia. Así que allí quedamos, en un apartamento de Granada, venga a ilusionarnos con el viaje, yo diciéndole a Jandro que llego el 6 de octubre y después me quedo unos días…

Y el 30 de septiembre tengo que salir de aquí pitando y el día 2 entierro a un tío que me ha acompañado los últimos 23 años de mi vida. Desde pagarme una matrícula de la universidad hasta salvarme la psique tres o cuatro veces y darme otra familia que también es mi familia: ese hombre lo ha hecho todo. El sábado 7 yo me largué a una misa en los maristas en la que me harté de llorar desde antes de que empezara hasta que acabó. En medio, un hospital cochambroso, despedirme a solas en la habitación, sin hablar, y pensar en te quieros y en gracias, porque mi vida hubiera sido mucho peor sin él; un tanatorio, un funeral y que te partan por la mitad.

Me preguntaron si quería cancelarlo y dije que no. Pasara lo que pasara, iba a necesitar alcohol.

A Jandro le gustaba mucho vivir. Le gustaba la vida, en general. Así que yo, después de esa misa que le hicieron en su colegio, me fui de nuevo al apartamento, con los ojos como dos manzanas rojas, a reírme, a tomarme un ron y a cantar, ronca como estaba. Porque eso casa más con la forma en que él vivió.

Gin tonic en Badajoz
Esta foto no es de ese fin de semana, pero el móvil se me rompió y… Bueno, que Gema se tomó un gin tonic y yo un ron na’ más vernos.

Así que, en todo este maremágnum de vida caótica, allá que nos plantamos. A comer y a hablar, a hablar y a comer, y a cantar canciones de la Jurado que yo no conocía y a encontrarnos con un tío que no paraba de decir que era informático, como si hubiera estudiado en el MIT (soy así de perra, qué pasa) y a visitar karaokes cuanto menos curiosos y a comer y a hablar y a comer. Porque a nosotras nos gusta comer. Y beber. Y hablar.

Justo 20 minutos antes de que saliera el autobús, a mí se me cayó el móvil al váter. Así que las fotos de esta entrada han salido como han salido y, además, no sé quién hizo cada una.

Seitán al curry en El Ojú
Seitán al curry en El Ojú

La primera parada, obligada para saludar (Claudia conoce a una de las chicas de la cooperativa) fue El Ojú. Allí comí yo por primera vez con dos de los hijos de Jandro, Marcos y Miriam y con la mejor amiga de Miriam, Cristina, y disfrutamos muchísimo (sobre todo cuando le dije a Miriam que las albóndigas que le estaban encantando llevan esas lentejas que tanto odia -descubrió que lo que no le gusta es el potaje de lentejas: si es que hay que cocinar las legumbres de modos distintos, señores). Me gustan más las raciones que las tapas. Tomamos albóndigas, perritos y ese seitán, que a mí me gustó mucho.

Perritos calientes en El Ojú
Perritos calientes en El Ojú

En fin: antes habíamos comenzado comiendo tortilla, pan de chocolate y naranja, pan integral, alioli y quesos de Gema, pero eso merece un párrafo aparte, mucho más aparte, y con fotos. O una entrada.

Albóndigas en El Ojú
Albóndigas en El Ojú

A mí ese fin de semana me iba a servir para ver cómo se comportan tres veganas de pro en bares en los que no hay opciones. Mi gozo en un pozo: hay que quedar en Mérida, señoras. Para que me enseñéis a sobrevivir. En un bar cualquiera solo hay ensalada con rulo de cabra o con pollo o con queso o con aliño de miel o con salmón o con todo a la vez. Me hace gracia cuando la gente dice que hummus o parrillada de verduras hay en todos los restaurantes. En Granada sí que hay opciones en todas partes. Como esta:

Falafel con pegotones de hummus en El Origen
Falafel con pegotones de hummus en El Origen

En un bar cualquiera de la calle Elvira (en la calle Elvira, 33) está El Origen. Y allí tomamos falafel con pegotoncitos de hummus por encima y patatas fritas y estaba todo muy rico y yo no paraba de pensar en por qué allí hay falafel en todos lados y hummus y salmorejo con aguacate y paté de berenjenas como en el Babel World Fusion. En TripAdvisor hay comentarios que lo ponen a caer de un burro, pero a nosotras la comida nos gustó mucho.

Paté de berenjenas en el Babel World Fussion.
Baba Ganoush. Creo. O paté con berenjenas. O algo. Pero rico. Lo sirven en el Babel.

En aquellos momentos ya solo quedábamos Cristina, Claudia y yo, porque Gema había partido a su casa y se perdió a los tres camareros guapos que había allí. Porque eran guapos. Pequeños para unas chicas de 40, más o menos (bueno, pequeños para mí, que tengo una paranoia con la edad. Sé que es orientativa pero no determinante y aun así…).

Salmorejo con aguacate en el Babel.
Salmorejo con aguacate en el Babel. Esto lo tengo que hacer yo.

También sin Gema nos fuimos a comer a un árabe del que no recuerdo el nombre, que tenía falafel, hummus, paté de berenjenas y cuscús con verduras. Y en el que pusieron un incienso que nos hizo salir de allí pitando, porque nos picaban los ojos que no veas.

Falafel, paté de berenjenas y hummus
Falafel, paté de berenjenas y hummus. Sí, la foto es una porquería.

Cristina y Claudia (no sé qué les pasó) no se pudieron acabar el cuscús. Que estaba muy rico.

Cuscús de verdura
Cuscús de verdura

Y hubo sitio para el postre.

En teoría deberían llevar miel, pero la glucosa es más barata
En teoría deberían llevar miel, pero la glucosa es más barata

Cenamos en El Ojú, he dicho (yo podría haberlo hecho todo cronológicamente, pero no sería yo) y, luego, recenamos tortilla con alioli y, al día siguiente, después de desayunar tortilla de nuevo (que sí, que mi tortilla, sin cebolla, sin pimiento, era la sosa, pero fue la primera que se acabó, ojito) y más queso, nos largamos al Páprika. Cristina, en un alarde de sensatez, pidió una ensalada

Ensalada crudívora en el Páprika
Ensalada crudívora en el Páprika

Claudia y Gema, que son gemelas aunque se hayan conocido ahora, pidieron fajitas… Con un seitán riquísimo. Yo tengo que aprender a cocinar el seitán: lo hago y siempre se lo pongo crudo a los platos: total, ya está cocinado.

Fajitas en el Páprika
Fajitas en el Páprika

Y yo comí, sin pimientos, unos fideos chinos con verduras asadas a la parrilla, que sabían ahumaditas y eran una delicia (sí, todo estaba riquísimo, pero es que comimos muy bien) y con salsa de soja. Que yo no hubiera bañado el plato en salsa de soja, porque acabé con la camiseta pintadita. Pero el sabor, tremendo.

Fideos chinos con verduras en el Páprika
Fideos chinos con verduras en el Páprika

Ah. Y guacamole. Que no era guacamole propiamente dicho, pero daba igual: amamos los aguacates.

Guacamole en el Páprika
Guacamole en el Páprika

Y cenamos en el Palmira, que está en la calle Elvira también. El Palmira fue un descubrimiento porque había un plato de garbanzos, tahini y tomate crudo, que pueden ser de mis tres cosas favoritas de la vida. Y yo intuí que, obviamente, era frío, aunque llevara pan frito en la misma preparación. Pero no: era caliente, se llama «fatteh» y es mi nuevo plato preferido. En A Lebanese Feast, libro que tengo, viene una receta estupenda.

Taboulé, hummus, fateh y pan de pita en el Palmira
Taboulé, hummus, fatteh y pan plano libanés en el Palmira

El hummus estaba muy rico; el pan libanés, una cosa esponjosa y calentita… y el taboulé era un taboulé de verdad. A ver: la gente hace taboulé con un montón de bulgur o de sémola y le planta dos ramas de perejil. No, señores. El taboulé lleva 200 gramos de perejil por 50 gramos de bulgur. Es una ensalada de perejil, no es una ensalada de cuscús con verduras. Vamos, que ver taboulé de verdad en un sitio ya es algo que me emociona y todo. El pan libanés estaba caliente, la charla en torno a la comida también (es coña, no me acuerdo de qué hablamos exactamente) y luego bebimos y luego… Creo que recenaríamos otra vez, no lo sé. Porque hablar y comer, lo hemos hecho con profusión. También tomar limonada con un montón de azúcar y hierbabuena. Y fumar en cachimba. Y Gema nos regaló pendientes monísimos.

Limonada en una tetería de Granada
Limonada en una tetería de Granada

Y pasamos por la tienda de La Antequerana y Claudia nos habló de sus polvorones de pistacho…

Polvorones de pistacho de La Antequerana
Polvorones de pistacho de La Antequerana

Y ahora sé cuáles son los únicos polvorones que voy a comer en la vida. Con aceite de oliva virgen extra, señores. Compactos, suaves, espectaculares. Sí, no son de los que cuestan 3 euros el kilo. La calidad se paga y Navidad solo es una vez al año.

La crónica sentimental la ha hecho Gema aquí. Yo hablo de las cosas del comer. Porque la parte sentimental es tan simple y tan bonita como la que ha contado Gema. Una reunión con amigas a las que les cuentas si te has sacado un moco y que transcurre como si nos hubiéramos visto ayer. Hablando, paseando, comiendo, riendo, descubriendo… sin reticencias («¿y si ahora nos cabreamos?» «pero, chiquilla, ¿tú con cuántas amigas te has peleado a lo largo de tu vida?»). Hubo gente haciendo eses (algunas de esas gentes no fuimos nosotras), tres tazas de café seguidas por la mañana, descanso con tortilla y pan integral, salidas a comprar leche de soja para sobrevivir, tapas, restaurantes, más charla y despedidas que no son tales.

Y la comida de Gema. Si estáis por Sevilla, le podéis decir que os haga algo. Poneos en contacto con ella en Kiss The Cook. Vais a flipar y la vais a querer besar. Nosotras la besamos mucho mientras nuestros ojos rodaban hacia atrás y los quedábamos en blanco y decíamos: «Ohhhhh».

Comida que hizo Gema, pan y café que trajo Cris
Comida que hizo Gema, pan y café que trajo Cris

En este plato hay: café con leche de soja, alioli hecho a mortero, camembert, pepper jack (de ese aún no ha puesto la receta: es el que tiene las motitas, claro está) y dos trozos de la tortilla sosa (es decir, patata nada más, sin cebolla) y uno de la que tenía cebolla y pimiento. El queso lo probaron omnívoros (omnívoros reales: de los que comen muchas verduras) y les encantó. La tortilla es jugosa, sabe a huevo y huele a la tortilla de mi madre, que hace (pero con huevo) las mejores tortillas del mundo. Junto a Eugenia, que es mi madre de Sevilla y junto a Gema, que no es mi madre y no se le parece en nada.

Como dice nuestra amiga Alba: «la comida de Gema es la mejor que he probado en mi puta vida».

Tenemos que quedar más. Trae cosas, mari. Kilos y kilos.

Vacaciones y una pérdida. Ecocentro y Viva Chapata en Madrid.

He tardado mucho en actualizar el blog. Primero, estuve de vacaciones en Madrid. Luego, cuando tenía una semana en casa para descansar, me avisaron de que el cáncer que le habían detectado a mi mejor amigo era incurable y me fui a Granada. Falleció el 1 de octubre, recién comenzado el día, mientras toda España estaba pendiente del referéndum catalán y yo no tenía cuerpo para abrir un periódico o ver la tele, que sigo sin tenerlo. No sabía cómo abordar este primer mensaje tras la vuelta, pero he decidido ir cronológicamente. Ya no recuerdo cuándo visité los restaurantes en los que comí, pero sí que comencé mi viaje a Madrid como si la visitara por primera vez: construyendo un mapa. Me he dejado muchos sitios por ver y comí en otros en los que no tenía planeado hacerlo, porque no apunté los restaurantes omnívoros con opciones veganas. Cada vez hay más. Menos en Extremadura, cada vez hay más en muchas ciudades de España. Y eso me encanta, porque a mí me gusta mucho salir a cenar por ahí. Y a comer. Y a desayunar.

Ensalada tipo Waldorf vegana en el Ecocentro
Ensalada tipo Waldorf en el Ecocentro

Alquilé un apartamento en Madrid, muy cuco, precioso, con una anfitriona que es un encanto, que es perfecto para pasar unas vacaciones yendo solo. Que era como yo iba. Me llevé el ordenador, lo cargué con un sinfín de capítulos de Fringe (qué maravilla de serie y qué maravillosos todos, pero sobre todo John Noble y Blair Brown) y, como llegué a las cuatro y pico de la tarde, me fui al Ecocentro, que era lo único que estaba abierto… para acabar comiendo un bocadillo de hummus con espinacas y una ensalada porque todos los platos, todos sin excepción, estaban decorados con una cantidad tremendamente alta de pimientos rojos. Las albóndigas, con pisto. Las hamburguesas de lentejas, con base de pimientos. Me cago en mi vida.

Coleslaw y bocata de hummus con espinacas en pan integral del Ecocentro
Coleslaw y bocata de hummus con espinacas en pan integral del Ecocentro

Con lo harta que estoy del hummus. Es falso, del hummus no me canso nunca, pero es cierto que, como ahora lo venden en los supermercados, cuando voy a casa de alguien, siempre tiro de él. Por supuesto, le hice fotos a todos los platos: muchas. Así que dividiré las vacaciones en varias partes. El bocata estaba bueno y la ensalada también. Tampoco unas explosiones de sabor, vamos a entendernos: supongo que lo demás sería más rico… si yo no odiara los pimientos tanto como los odio. Con la de oportunidades que les he dado, a los pimientos, pobrecitos. Con las ganas que yo tenía de hacerme al sabor y no ha habido manera…

El primer día en Madrid acabé en un autocine.

Autocine en Madrid
Autocine en Madrid

Opciones veganas en el autocine no conozco, así que nos fuimos a Viva Chapata (ya sé que os lo preguntáis: vimos Dirty Dancing, que, vista con ojos de adolescente, es una genialidad y vista con mis 41 años, da vergüenza ajena, pero, en estos casos, yo me dejo el cerebro en casa y disfruto de la música y ya está. Y de ver a Patrick Swayze, al que le tengo mucho cariño). Nos pusieron unos aperitivos: uno era hummus (me persigue). El otro, ni idea. Pero eran veganos, que la camarera se ocupó de recalcarlo, qué encanto de personal tienen allí, a pesar de que están hasta arriba.

Aperitivos en Viva Chapata
Aperitivos en Viva Chapata

Yo me pedí unas arepas, que vienen con unos sobrecitos de ketchup (luego descubrí por qué, y es que la masa es algo seca). Se llama «arepa reinventada» y es vegana (todo era vegano). Muy rica. El guacamole también.

Arepa reinventada en el Viva Chapata
Arepa reinventada en el Viva Chapata

Y la amiga con la que iba pidió (aunque al final lo compartimos todo) una pizza barbacoa. Y, como somos así de gochas, unas croquetas, que eran croquetones, de boletus. Crujientes y ricas ricas. Yo es que adoro las croquetas.

Croquetas veganas de boletus en el Viva Chapata
Croquetas veganas de boletus en el Viva Chapata

La pizza… Ay, qué rica la pizza. Las raciones son grandes tirando a enormes. Su salsita barbacoa, su blandura en el pan por arriba y su crujiente corteza por abajo, su soja texturizada, sus avíos… Tiene pimiento, pero está en trozos grandes y yo se lo quité. Sí, todo lleva pimiento en esta vida.

Pizza barbacoa en el Viva Chapata
Pizza barbacoa en el Viva Chapata

Y de beber, pedimos limonada con hierbabuena, que no es la típica limonada que te pueden servir en Granada, sino más bien agua con limón y hierbabuena, flojita, pero muy refrescante.

Limonada en el Viva Chapata
Limonada en el Viva Chapata

Y rodando como bolas nos fuimos a ver Dirty Dancing. Y a cantar y a bailar de cintura para arriba en el coche, que había que habernos visto.

Luego visité más restaurantes y, sobre todo, quedé con amigos y vi mucho teatro. También comí en casa y me levanté infinidad de capítulos de Fringe, serie que ya adoro. Y hubo tiempo no para ver museos, que los de Madrid me los tengo muy vistos (siempre merecen una visita, pero yo llevo cultura, ¿saben? y quería desconectar, que ya tenía compradas muchas entradas), sino para ver la exposición de Escher en Madrid (no vayáis, que ya no está) y que es una maravilla. Compré el catálogo. Siempre compro los catálogos… Es un vicio que tengo, junto a los libros de cocina. Que también me hice con dos en una librería preciosa, de la que ya hablaré, que si no, esto va a ser más largo que un día sin pan. Ay, el pan. Qué rico. Que sí, que nutricionalmente no será muy allá, pero qué rico está el pan…