Todas las fases del duelo

El duelo no tiene fases. No como todo el mundo las dice. Sí, te cabreas. Sí, lloras mucho. Sí, dejas de llorar. Sí, lo niegas, cómo me puede estar pasando esto. Y luego vuelves. Y recuerdas cosas muchos días. O te descubres pensando: «Esto te lo hubiera contado». Y, sin venir a cuento, en cierto sillón de Granada, ves que puedes llorar lentamente, como lloran en las películas.

Klaus (Joseph Morgan) y Elijan (Daniel Gillies) brindando

He visto estos días una serie de estas destinadas al público adolescente, de vampiros (pasé años queriendo ir a Rumanía contigo: Transilvania es uno de los viajes que se nos quedó pendiente. Iré con Mariana y los niños: creo que te lo debemos todos), hombres lobo, brujas, en Nueva Orleans (también estoy enamorada de Nueva Orleans) que en realidad se rodó en Georgia, pero no importa porque sale Jackson Square y hay relaciones complejas y un tipo que busca redimirse y una psicóloga que te diagnostica en cuanto te ve, pero que me cae muy bien y hay muchas pérdidas y hay entierros y una madre le dice a su hija que ojalá viva al menos una gran historia de amor.

También hablan de que no hay una manera correcta de despedirse. Yo hice que una de tus hijas sacara a tu madre de la habitación del hospital (tu madre, ya sabes: esa yegua). Y solo te miré, sin creérmelo, y sonreí todo lo que pude para que los niños no notaran nada y nos fuimos a los bares de la plaza de toros y nos reímos y se pelearon y fue casi como un día normal, salvo que, cuando tu mujer me pidió que los llevara a casa, yo sabía que no te vería más.

Recuerdo la sonrisa de Martina. Sigue recordándome a ti de una manera que a veces me resulta dolorosa.

Ojalá hubiera podido hacer las cosas de otra manera. Ojalá yo no fuera yo ni tuviera mi historia, una historia de la que he descubierto los mecanismos a trompicones en los últimos años, esos años en los que hablo con tus hijos todas las semanas («qué bien que ellos tengan una amiga como tú») porque una vez me rompí y tú me dijiste: «Está bien que seas pequeña«.

Están creciendo bien. Son personas decentes, para empezar. En estos dos últimos años y pico han crecido mucho. Han crecido bien. Te gustarían. Estarías muy orgulloso de ellos.

Están vivos, están sanos, van descubriendo amores, están forjando relaciones, descubriendo otros cuerpos.

Cristina sigue al lado de Miriam: «Mientras tu hija tenga al lado a Cris, y viceversa, no me preocuparé», te prometí un día.

Un año de estos iré al Orgullo con Marcos. Este año no será: estamos encerrados. Hay un virus en el ambiente.

En fin. Que te echo de menos. Que llevo tres días echándote mucho de menos y llorando como si acabaras de largarte. Ojalá hubiera una vida después de la muerte en la que pudiéramos bajarnos al Sancho y beber vino y desayunar churros en Bib-Rambla.

Hamburguesa granadina

Este año no he ido a Granada por el aniversario (el segundo ya) de tu muerte. Iba a ir después, pero me robaron la cartera. Con toda la documentación. La voy recuperando poco a poco. Tu hija mayor dejó de comer carne hace dos meses. Tu hijo menor hace bastante más: hasta se fue de campamento y pidió comida vegetariana. Se toman su dosis de B12 semanal, no te preocupes, y no se pierden una manifestación feminista, del Orgullo, antifascista o cualquier otra cosa: están tomando las calles más que nosotros y se enfrentan con los profesores y los compañeros si hace falta. Me hubiera gustado verte con todo eso, en casa y en el curro, mientras como palomitas.

Al final de mis vacaciones, que es cuando escribo esto, porque los días de diario no me da tiempo, cogí la cámara para hacer fotos de la comida y me encontré con la graduación de Miriam, el último día que te vi activo. Tenemos una foto juntos y no sé ni hacia dónde coño estás mirando y yo estoy desenfocada, pero la pondré en el salón, porque había berenjenas con melaza y alcachofas y piononos y yo no estuve contigo casi nada de tiempo porque tenía que conocer a los amigos de tus hijos, que estaban todos allí, pero nos reímos y estabas pendiente de cuando pasaban los camareros con los verdurajos para mí y te echo de menos todos los días.

Y, como siempre, te escribo. Aquí, en el periódico o en alguna libreta. Porque me jode que te estés perdiendo tantas cosas importantes y me jode no hacerte magdalenas de chocolate ni enseñarte a cocinar hamburguesas para los nuevos vegetarianos y futuros vegetarianos que tienes en casa. Que hasta Martina está reduciendo. Martina, AKA: «Vamos al Burger King, yo en un vegano no como, que esto está asqueroso. Vamos al Burger King. Quiero una hamburguesa. Yo voy a comer carne». Esa. Martina. Que, cada vez que suelta una bordería, yo le digo: «Es que eres igual que tu padre».

Así que aquí van, las hamburguesas granadinas. For you.

Ingredientes para 10 hamburguesas (depende del tamaño; las mías siempre son pequeñitas):

  • 2 cucharadas de aceite de oliva
  • 300 gramos (2 tazas) de calabaza picada en cubitos pequeños
  • 160 gramos (1 taza) de cebolla picada en cubitos pequeños
  • 110 gramos (1 taza) de coliflor picada chiquitita
  • 145 gramos (1 taza) de guisantes, frescos o congelados (pero descongelados)
  • 360 gramos (2 tazas) de alubias carillas cocidas y bien escurridas
  • 4 cucharaditas de especias de Granada (a ver, que si no tenéis, no pasa nada: le ponéis la mezcla de especias que tengáis y ya está)
  • 2 cucharaditas de psyllium en polvo
  • 1 cucharadita de sal
  • Pan rallado, gluten, harina sin gluten, harina de garbanzos, de avena, de arroz o lo que queráis por si acaso quedan húmedas

Preparación:

Calienta una sartén grande a fuego medio. Cuando esté caliente, añade el aceite y deja que se caliente a la vez. Luego, echa la calabaza y sofríe 20 minutos, hasta que esté blandita. Agrega la cebolla, la coliflor y los guisantes y dale unas vueltas durante 5 minutos más. Ahora, incorpora las alubias y sofríe un par de minutos. Ponlo todo en un robot de cocina, pero no batas.

Añade la sal y las especias. Espolvorea el pysillium por encima y pulsa, a intervalos cortos, hasta que todo se pique bien. No quieres un hummus ni puré: quieres hamburguesas, así que no lo batas. Ve raspando las paredes de vez en cuando. Forma hamburguesas. Si ves que te quedan húmedas, que puede que te ocurra, añade la harina que quieras, con gluten o sin gluten, dependiendo de si eres celíaco o no.

Ahora, calienta la misma sartén y la otra cucharada de aceite y sofríe las hamburguesas 15 minutos a fuego medio-bajo (yo las pongo al 3 en una vitrocerámica que va del 1 al 9). Luego, dales la vuelta y tenlas 10 minutos. Y ya las puedes servir.

Yo me las como así y por eso hago la foto así, porque algún día me quitaré los tropecientos kilos que me sobran. Esta es la razón de que no haga una fotografía de una hamburguesa como mandan los cánones: con su bollo de pan, sus verduras por dentro, sus salsas, sus patatas fritas. Yo, lo más que hago, es dividir una rebanada de pan integral por la mitad, una vez tostado, echarle una mijina de mostaza, ponerle la hamburguesa y cebolla cruda y p’adentro. Qué se le va a hacer. Así es mi vida.

Pero, cuando las hagamos en tu casa, van a ir con todos los aperos. He dicho.

Veganeando por Granada

Granada desde el Paseo de los Tristes.

-Recuerdo cómo abrazabas a mi padre.
-Es que yo a tu padre le quería mucho.

Me lo dijo, después de cenar, la hija mediana de Jandro. En mi Facebook, durante cinco días, el año pasado, no sale ningún recuerdo: ni actualicé, ni podía, ni quería. Las cosas importantes no se cuentan ahí, aunque el resto del tiempo parezca una impúdica. Volví a irme a Granada este año. Comencé a llorar en el autobús de ida («vosotros estáis en vuestra casa y ya no lo notáis tanto, pero, para mí, llegar a la estación y que no esté vuestro padre…») y terminé de llorar en el autobús de vuelta, cólico menstrual mediante que me tuvo postrada viendo de golpe las dos temporadas de Stranger Things.

Te compré una gerbera roja.

Los niños no me dejaron pagar nada. Y, tras un día casi sin comer, porque justo antes de salir a Granada firmé un contrato indefinido tras doce años presentándome a exámenes y cogí el bus (sí: cogí un bus: ahora que tengo coche, descubro que me sale mucho más barato el bus para ir a Granada y, además, tengo una tendinitis que me hubiera impedido conducir aunque me hubiera atrevido a circular cinco horas yo solita), nos plantamos en el Hicuri Art Vegan. Y comimos muchas cosas ricas. Bueno, comimos Marcos y yo, porque Miriam tenía la boca llena de llagas y la pobre, comer, no ha comido mucho estos días.

Aperitivo de zanahorias con salsa de yogur

El camarero que nos atendió era majísimo. Majísimo, eficiente y de todo lo bueno. No tenían bacon, así que nos puso aguacate en las hamburguesas. Y el aguacate siempre ganará por goleada a cualquier bacon y a cualquier cosa. Como si me quieres poner un bocadillo de aguacate solo. Aquí, la hamburguesa Hicuri:

Hamburguesa Hicuri

Y aquí, la hamburguesa de pollo que se pidió Marcos y que es una cosa exquisita. Marcos es vegetariano desde hace meses (Jandro, la de cosas que te estás perdiendo es que ni te las imaginas).

Burger estilo pollo con patatas
Burger estilo pollo con patatas

Miriam se pidió una lasaña de verduras súper suave que, como tenía tomate, no se pudo comer, porque le dolía la boca una barbaridad, así que acabó en mi estómago.

Lasaña

Y, de postre, como estamos concienciados de no engordar (yo: ellos están en normopeso) compartimos una tarta crudivegana de queso. Una cosa voluptuosa y riquísima. Ha sido mi primera tarta crudivegana. Nunca las había probado. Hay que reconocer, también, que a mí me ponen algo ácido encima de una tarta y soy feliz y aquí había fresas y frutos del bosque y todo esto… con una base exquisita y crujiente.

Tarta crudivegana de queso

Al día siguiente pedimos comida de El tablón verde. Salmorejo, tortilla de patatas vegana y cuscús con verdura, que Miriam adora pero que tampoco se pudo comer.

Salmorejo. Sí, me acabo de dar cuenta de que la foto está movida

Eso sí: si queréis comer una tortilla de patatas como Dios manda, pinchad en Kiss the cook, que la de Gema es imbatible. Esta no está mala, yo me la comí con todo el gusto del mundo, pero después de haber probado la de Gema… Es que solo se le parece la de mi madre… (sí, mi madre cocina muy bien).

Tortilla de patatas. Como la de Gema no hay otra.

Y, viendo este cuscús con su mucho pimiento, pienso que debería poner algún día una receta de cuscús: cuando vuelva a comer hidratos en las comidas principales, que me los estoy recortando del todo estas semanas en previsión de lo que va a pasar durante el puente de octubre y el siguiente…

Cuscús

También (esto es un rito) nos fuimos a desayunar churros a la plaza de Bib-Rambla. Cada vez que iba a Granada, Jandro y yo lo hacíamos, así que ahora lo hago con sus hijos. Los churros, en Granada, que no falten. Además, tienen leche de soja, con lo cual yo soy muy feliz. En Extremadura hay muy pocos sitios donde tengan leche de soja. Te ofrecen sin lactosa. No quiero leche de vaca, señores: no es lo mismo una leche vegetal que una de vaca…

La tradición de los sábados

Al día siguiente, después de habernos comido la tostada, llegó Gina con más churros y redesayunamos. Porque lo mejor de los domingos es el re-desayuno. De eso no hay foto porque nos abalanzamos sobre ellos como si no acabáramos de comer. Además, estábamos muchos en casa porque el día anterior se quedó a dormir Cristina, que es la mejor amiga de Miriam.

Aprovechamos que íbamos a quedar ese sábado por la noche para comenzar la juerga por la tarde e ir al Mimimi y tomar café y tartas veganas.

Detrás están las gafas molonas de Miriam. Cuando adelgace, sé quiénes me van a llevar de compras…

Realmente empezamos por la mañana, viendo una exposición de instrumentos de tortura en la Inquisición, pero les ahorro las fotos del horror. La tarta de zanahoria y la de chocolate son mejores:

Tarta de zanahoria vegana

Lo sé: no tenemos fondo.

Tarta de chocolate y plátano

Por la noche, fuimos al Páprika. Qué calor, porque no hay aire acondicionado. Pero lo cierto es que, una vez dentro y pasado el primer golpe de calor, te acostumbras y ya no tienes. Del Páprika ya he hablado en otra entrada, pero probamos otros platos. Entre ellos, el Dip it, que es un entrante con muchos untables. Riquísimo:

Desde arriba y en el sentido de las agujas del reloj: hummus, salsa de remolacha, guacamole y algo que no sé qué es pero que fue lo primero que se acabó porque Cristina y yo le metimos mano que daba gusto

Marcos pidió las fajitas y yo, como estaba llena de la tarta del Mimimi, una quesadilla de tofu con tomate.

Quesadillas de tofu con tomate

Obviamente, este plato no tiene gracia si no abrimos la quesadilla…

Por dentro es así: tofu con tomate y hojas verdes.

Eso sí: el plato que triunfó fue el wok asiático que pidió Cris. Qué cosa más rica…

Wok asiático. Un must. Ya tenía yo ganas de poner «un must» en algo que no fuera de moda.

Por supuesto, me pasé por Especias Barranco para traerme un montón de té. Todos negros, porque verde tengo para poner una tetería en casa. Y a mí en invierno el té me gusta muchísimo, porque tiene especias y su canela y su anís y sus perlitas de azúcar y sus granos de pimienta rosa… Me traje muchísimos. Muchísimos son seis clases distintas. Y me regalaron este anillo tan precioso…

Gatitos!

Y esta taza tan monísima.

Todo lo que necesitas es amor y maullidos

Y llegué y el tiempo cambió. Escribo con calcetines en los pies y las zapatillas de invierno ya. Ha llegado el otoño. Viva el otoño, con sus purés, sus potajes, su fresquito al salir a la calle, sus hojas caídas, su vida renovada… Es mi estación favorita del año. Espero que la disfrutéis. Los del otro lado del planeta, ¡que disfrutéis de la primavera!