Huck

Así llegaste.

Huck
Huck refugiándose

Eras todo ojos, grasa y mierda. Intentabas lavarte, pobrecito mío. Casi te mueres del hambre que tenías. Apareciste en el trabajo de un colega, que me preguntó por un refugio que acabó siendo el baño de mi casa. En verano.

Huck lavándose
Huck lavándose

En verano yo no paro en casa.

Salgo a las siete de la mañana, llego, duermo la siesta, a las nueve me largo, aparezco a las cuatro o las cinco de la mañana. Me cambiaba de zapatillas, me ponía otro vestido, tenía una caja en la puerta del baño para hacer la cuarentena correctamente. Los otros te bufaban a través de la puerta. Hacía un calor tremendo. Te veía quince minutos al día, con suerte: encerraba a los otros en el cuarto, iba a por ti, los otros aporreaban la puerta, yo estaba con taquicardias todo el día por el estrés, porque a mí cualquier cambio me estresa (por eso soy mala como casa de acogida, entre otras cosas) y te veía.

La primera vez te escondiste detrás de la columna del bidé, de lo muerto de miedo que estabas, y sudamos la gota gorda para sacarte de allí. Tapamos todas las rendijas con cartones y cinta aislante. Te puse un arenero, agua fresca, una camita, plumas para jugar.  Vino Elena y te observó. María Jesús vino a verte un fin de semana que yo me fui y Coyote le dio un bocado en la pierna.

Llorabas mucho.

Te difundí un par de días.

Huck en mi baño
Huck en mi baño

Comenzaste a ronronear en cuanto me acercaba. Como lo hacía Ororo de chica, como si fueras un martillo hidráulico. Te difundí, muy poco. Porque llorabas si me iba y luego dejabas de llorar porque sabías que no iba a volver y luego saltabas cuando me veías de nuevo y yo tenía unas ganas locas de ver cómo te integrabas.

Lo primero que hiciste fue lamerle la nariz a Coyote, que se tumbó en el suelo y dijo: Uff. Literalmente.

Eres el único con el que juega Coyote. Os dais carreras y, cuando yo he pensado que le tenías estresadito, me he dado cuenta de que Coyote te busca. Os acostáis uno encima del otro, os coméis la boca, os churrepeteáis a todas horas, entrelazáis los rabitos y os encanta estar juntos.

Coyote y Huck
Los bro cats.

Brea, en la que yo confiaba más que en nadie, estuvo bufándote una semana, como un aspersor. Ororo, de la que pensaba que te iba a matar en cuanto te viera, te acogió enseguida: a los dos días ya estaba lamiéndote. Esta vez hice bien las presentaciones: te saqué en el transportín, te miraron, te bufaron lo que quisieron y algo más, te saqué fuera… Y tardaste dos días en hacerte con la casa. Brea tardó una semana y pico en dejar de acosarte: ahora, cuando te ve por el pasillo, te lame.

Ororo y Huck
Ororo y Huck

Estoy enamorada de ti. Adoro la manera en que te apoyas en mi pecho y me miras entornando los ojos, la forma en la que ronroneas cuando te pongo un dedo encima, esa manía tuya de lamerme cada trozo de piel que queda cerca, que intentes quitarme la comida a todas horas, tus maullidos suaves (i-i-i), lo trasto que eres, lo valiente en todas las circunstancias que eras de chico y lo cagón que eres ahora, que cuando llega gente a casa te escondes debajo de la colcha temblandito. Te portas muy bien en el veterinario: la segunda vez que te llevé -“¿tú sabes que te lo vas a quedar, no?”, me preguntó Manolo. Y luego, le dijo a su mujer: “Se lo va a quedar, pero le está buscando casa”- te lanzaste a explorar la clínica y subiste por las estanterías. Te dejaste bañar y, cuando te hicimos los análisis y saliste negativo en todo, di un montón de saltos, literalmente, hasta por la calle.

Mi foto favorita de Huck
Mi foto favorita de Huck

Tu forma de besarme es morderme la barbilla.

Te encanta dormir poniéndome el culo en la cara. Y a veces te tiras pedos.

Y un par de noches, a las dos de la mañana, os he gritado a todos porque tú no parabas de querer jugar y yo me levantaba a las seis. Pero luego me miras, haces i-i-i y yo me muero de ternura. Porque, cuando te acaricio, me coges la mano con las patas para lamerme entera.

Allá por febrero, creía que tenías alergia al Drontal, porque comenzaste a sacar el tercer párpado y yo pasé una semana angustiada mientras tú estabas tan tranquilo: un día tuviste fiebre y te lo pasaste tirado, pero el resto saltabas y brincabas. Definitivamente, yo lo pasé peor que tú y descubrí que no puedo tener hijos (aunque creo que se me ha pasado la edad por unos 10 años). El 20 de febrero justo te diagnosticaron una cosa con un nombre horrible, colangitis hepática, de estas nomenclaturas que, si te pones a mirar en internet, te mueres tú del miedo antes que tu gato. Yo me tenía que ir a Plasencia. Vino María, que encontró a Ororo en la calle y me la dio, y te quedaste en la cama, temblando porque no te gustan las visitas. Te escondiste entre la colcha y la manta, pero te lo pudo administrar. El resto de los días, cuando yo estaba fuera, ya comenzaste a lamerle. Veías la jeringuilla y te subías a la encimera, pobrecito mío. Coyote le bufaba, como hace siempre que alguien entra en su territorio, y ella se lo ganó con comida húmeda.

Luego comenzamos a pensar que no era alergia, sino que habías comido tomate o cebolla o lo que sea, porque le metes mano a todo.

Eres el más bueno de mis gatos. El que más se deja medicar, el que se mete en el transportín sin protestar, el que se traga el jarabe aunque no le guste. El que maúlla muy bajito cuando no me ve, como hace Coyote, porque los dos gatos machos de mi casa están enamorados de mí.

Huck
Huck

Nunca había imaginado que te iba a querer como te quiero en tan poco tiempo. Porque comencé a quererte en muy poco tiempo, menos del que tardé, muchísimo menos, en querer a Brea y a Coyote. No sé por qué: no es porque eres un cachorro. Es porque eres tú, por lo fácil que es vivir contigo y porque cuando he llorado, alguna vez, porque se ha muerto alguien, has venido enseguida a lamerme las lágrimas.

Hoy hace un año que llegaste.

Qué suerte tengo.

Coyote y Brea

Lo más bueno, lo más cariñoso y lo más redondito de mi casa se llama Brea. Yo le digo Breíta, porque mi Breíta es un amor, esponjoso, siempre llenita de pelos ajenos y legañosa y se frota la carita con el cepillo ella sola, o te da lentamente en el brazo para que la acaricies. Cuando quiere mimos, no hace como el resto de los gatos: ella quiere que dejes la mano medio muerta, colgando del sillón, para ir caminando de un lado a otro y que tu mano la roce. Ronronea tan bajito que le tengo que poner la mano en la garganta para saber si está a gusto. Maúlla de vez en cuando, cuando quiere mucho amor. Insistentemente. Y se pasea de un lado a otro del sillón. Pero no la cojas: no aguanta que la cojas en brazos. Te araña. Y tiene las garritas como alfileres. En otoño e invierno, se mete debajo de las sábanas, bien pegadita a mi cuerpo y pone la patita en mi pierna. Nunca había bufado hasta que llegó Huck y descubro que tiene los dientes separados, porque espurrea. Es calmada hasta lo indecible, salvo cuando juega con Ororo. Se bufan, se persiguen, se dan zarpazos… Y luego se van a dormir juntas: Brea pegada al respaldo del sillón, Ororo estirada contra su barriga y Breíta le pone una pata por encima. Así duermen casi siempre. Abrazadas. Es lo que más le gusta. Casi tanto como la comida húmeda, que le pirra. Y la malta, también. Todo lo que sea comer, le encanta.

Llenita de pelos ajenos
Llenita de pelos ajenos

Yo tenía miedo cuando llegó Huck, porque Huck es como Ororo, muy activo (ejem: comparada con Huck, Ororo es calmada y mansa. Sí, siempre hay alguien peor). Y yo me dije: a ver si Ororo va a abandonar a Brea. Pero no: juegan todos juntos, alternativamente. Brea se esconde en unos cilindros que le compré para que Huck la persiga, Huck se tira encima de Ororo (Huck se tira encima de todo el mundo, la verdad), luego duermen juntos Huck y Brea, Ororo y Brea, Ororo y Huck. Coyote no. Coyote siempre duerme solo… excepto cuando se tumban todos encima de mí.

Huck, Ororo y Brea

Coyote ha aprendido a jugar desde que llegó Huck. Con las niñas no jugaba. El primer día que lo vio, Huck le lamió la nariz (fue lo primero que hizo), Coyote le bufó, empezó a ver que aquello era un trasto que no paraba quieto y se tumbó en el suelo y dijo: Uff. Literalmente. Dijo: uff. Cansado y agotado. Ahora corre por todo el pasillo. Huyendo. Y luego se abrazan. Huck se tira encima de él también: se sienta en su lomo, le abraza con las patas delanteras y es tan bonito verlos… Estresadito, me lo tiene. Pero le quiere, que yo lo sé, porque si estuviera harto, ya se hubiera llevado un zarpazo doloroso y nunca se hubiera vuelto a acercar.

Es mi viejito protestón. Quiere ir a la terraza para saludarme como hacen los perritos, para que le acaricie y entornar los ojos y mirarme muy despacio porque está enamorado de mí. Si se asusta, muerde. Lo sé yo y lo sabe mi amiga María Jesús, que la última vez que fue a cuidarlos, se llevó los cuatro dientes de Coyote clavados en la pierna porque ella cometió el error de moverse un poquito imperceptiblemente. Y como este es un cagao, pues muerdo al canto. La madre que lo parió. Está jodido porque le abandonaron, también lo sé. O quizá es que siempre fue así de asustadizo, este gatazo grande que protesta cuando lo llevo a la cocina (pero si lo cojo en brazos ronronea muy fuerte) y llenito de manías: come despacito, no le gusta que le toquen una de sus patas traseras (siempre se me olvida cuál), si lo cepillas se frota con todo lo frotable, duerme estirancado en verano y acurrucadito en invierno y siempre se tiene que poner a mi lado. Le gusta estar conmigo a solas. Y mirarme. Le encanta mirarme. Y ponerse delante de la tele cuando estoy viendo series.

No se puede ser más sexy en esta vida
No se puede ser más sexy en esta vida

Pero, aunque muerda a gente que no conoce o que sí conoce, porque a María Jesús bien que la conocía, es un gato muy bueno. Es tan bueno que, cuando le quitan la comida, se aparta y mira cómo comen los demás. Aunque tenga mucha hambre. Es tan bueno que me produce una ternura inmensa y siempre le pregunto si es feliz en mi casita. Porque le dejaron en una perrera, a este gato guapo que suelta tantísimo pelo y que te amasa la barriga y te clava las garras con todo el amor del mundo mientras te mira con timidez y se quiere montar en tu brazo porque está castrado pero no se acuerda. Y vivió con una familia y ahora quiero que viva conmigo al menos los mismos siete años que tenía cuando llegó. Ya han pasado dos.

Feliz cumpleaños, amores míos. Os quiero muchísimo.

Teatro y vacaciones

Margarita Xirgu. Obra de Eduardo Acedo. La estatua, la foto es mía.
Margarita Xirgu. Obra de Eduardo Acedo. La estatua, la foto es mía.

Hoy han comenzado, oficialmente, mis vacaciones. Mis vacaciones siempre comienzan cuando se ha acabado el verano, porque en verano, en Mérida, no me iría ni atada, cubriera o no el Festival. Siempre había pensado, además, que nunca cogería vacaciones durante el Festival de Teatro y Danza de Badajoz, pero, harta de no poder verlo entero nunca por trabajo (no tengo coche y no me lo voy a comprar: me operé de la vista, veo halos por la noche, daría igual que lo tuviera porque, cuando cae el sol, ya no podría conducir), me las cogí el año pasado. Me salió por un ojo de la cara, autobús va, autobús viene (siempre pago la entrada cuando no estoy de servicio: es un posicionamiento ético) pero me divertí muchísimo. Sobre todo, con O Chapitô. Si no habéis visto nunca a estos tíos, haceos un favor. Además, en Lisboa, ciudad que merece vidas enteras, tienen un restaurante. Pasamos el Festival pacense escuchando los ronquidos de un señor que había comprado el abono en primeras filas, pero que se dedicaba a siestear. Pues bien: en su Edipo (ved el vídeo), saltó de la silla en los aplausos para gritar vivas y bravos como un loco. Fue la única obra en la que no roncó. En las demás lo hacía en las escenas más dramáticas.

Este año, el Festival de Mérida (Festival significa verano) ha sido un infierno. Literalmente. Por el día también, ojo: no hemos bajado de 42 grados. Los jueves, en las previsiones del tiempo, ponían que las temperaturas nos darían un respiro. Los viernes, alerta naranja. Otra vez. He dormido bien tres noches en dos meses. En una incluso me planté la sábana por encima y sonreí. Enormes placeres de la vida cuando vives en el sur y todos los rayos del sol caen perpendicularmente en tu ciudad. En el concierto de Ara Malikian (que fue una maravilla) me levanté con el vestido mojado. En mi empresa, en la televisión, han hecho un programa dedicado al teatro, muy bueno, que se llama Scena Emerita y que presenta Sandra Hernández, que es mi amiga, además de ser mi homóloga en la tele porque su especialidad es cultura también (aunque ella hace muchas otras cosas). Tenía que salir yo. Había que maquillarse, porque si no, pareces una muerta. Pero hacía calor. Y yo sudo.

Acabé pintándome después de la obra, justo para grabar. El primer día, me maquillé en la mesa donde estaba el ministro de Cultura, que había venido a la inauguración. Me estaba plantando el rímel en el ojo, levanté la vista para comprobar si parecía un mapache y allí estaba el señor Íñigo Méndez de Vigo, mirándome divertido mientras yo me quería morir de la vergüenza. Con razón era la única mesa que estaba despejada.

A mí el calor me pasa una factura que no os imagináis. Estoy cansada todo el día. Como si tuviera anemia. No puedo con mi cuerpo. No reacciono bien a absolutamente nada: voy como un robot. Me he pasado dos meses pensando que estaba enferma, que tenía algo de tiroides, que me faltaban nutrientes, yo qué sé, hasta que he recordado que me pasa lo mismo todos los veranos desde hace cuarenta. Y hasta el año pasado y desde hace un lustro, gracias a mi colitis ulcerosa, se me hinchaban las piernas desde la ingle que parecía un elefantito. Este año, no. A pesar de que ha hecho más calor que nunca. ¿Por qué? Por el deporte. Haced deporte, chicos.

Sumadle noches de ensayos y estrenos, que acabas de trabajar a las tres o las cuatro de la mañana, artículos para El Periódico, reportajes varios y demás. La muerte. Porque yo esto, hace diez años, lo llevaba mejor.

El peristilo del teatro romano de Mérida. Magia.
El peristilo del teatro romano de Mérida. Magia.

“Estas piedras me han aburrido, me han hecho enojar, me han traído el sabor terroso de la envidia y me han salvado la vida como me la van a volver a salvar esta noche”. Lo escribí hace cuatro años. Ahora valoro también mucho lo que está detrás de las obras, lo que me aportan a mí personalmente las propuestas, aunque no hayan sido lo redondas que me hubieran gustado una vez se escenifican. Hélade, por ejemplo, me dio la oportunidad de hablar con Pou por vez primera: al principio no le apetecía mucho y después me pidió un abrazo.

Me he pasado años odiando las entrevistas, hasta que llegó Luis Luque y nos pusimos a hablar como si fuéramos dos amigos, quitándonos la palabra de la boca de tal manera que nos faltaba el café al lado del micrófono.

Este año no ha sido el equipo 48. Ha sido el equipo 52, que es el número de la grabadora, con los dos micrófonos, los pies de micro, el cable en forma de Y que en realidad se llama T, los cascos que a final de verano terminan destrozados, preparar las entrevistas durante un par de horas, leer mucho (este año ha tocado recuperar la biografía de Alejandro Magno de Robin Lane Fox y algún canto de la Odisea), empalmar una noche que acabó con la gata que tenemos adoptada en el trabajo encima de mi regazo a las cinco de la mañana, ronroneando tranquilamente.

Este año comenzó hablando con Paloma San Basilio sobre hipersexualización de la mujer y sobre feminismo, me dejé una cena en la mesa porque me atendía Verónica Forqué (a la que se le había estropeado el aire acondicionado y no pidió un cambio de habitación porque llegó muy tarde del ensayo y no iba a molestar a la gente), aprendí de flamenco gracias a dos grandísimos aficionados y releí, de cabo a rabo y de rabo a cabo, las Meditaciones de Marco Aurelio, que siempre será un libro que me asombre. Me reí con  Paca Velardiez, que es una bestia parda, como José Vicente Moirón, que sigue siendo el mejor Edipo que he visto en ese escenario (y he visto alguno) y no cantó en gaélico Denis Rafter, qué se le va a hacer. Hablé de teatro con actores que también son colegas: de cómo se elige una dirección, de los tipos de público, del verso con Esteve Ferrer y Pedro Rodríguez, Suripanta cumplió 30 años y Teatrapo, 25 estrenándose en el teatro romano y, aunque ha sido un Festival raruno por cosas externas al propio Festival y por el calor inaguantable, sigo diciendo lo mismo que hace un par de años: Amo ese lugar como amo pocas cosas en mi vida.

En medio de todo esto, esta cosa apareció en el trabajo de un amigo que me preguntó si conocía algún refugio.

El refugio acabó siendo mi baño.

En realidad, llegó lleno de grasa porque se metió por todas las máquinas que vio. Lo llevamos en una caja de cartón al veterinario y, en cuanto Manolo me vio llegar me dijo: “¿Otro gato?”. Yo lo difundí en Facebook un poquito. Porque oye, quiero valer como casa de acogida. Pero no valgo. Charo (mujer de Manolo, veterinaria, anestesista) llegó a conocerlo: “¿Te lo vas a quedar?” “Se lo va a quedar, pero le está buscando casa”.

Lo llamé Huck. Como Huckleberry Finn.

Se ha tirado el pobre 15 días en mi baño, mientras lo testábamos (que, si lo testas antes de los seis meses, puede dar un falso positivo, pero yo lo testé igualmente porque los negativos siempre son fiables y no quería dejarlo casi cuatro meses en un baño enano). El primer día se escondió temblando detrás del bidé, que es vano y tardamos un montón en sacarlo (lo de “tardamos” es plural mayestático: lo sacó María Jesús). La primera semana estaba más o menos tranquilo: comía, cogía peso, jugaba solito. Yo casi no paraba en casa. La segunda empezó a llorar y yo lo he pasado peor que él porque había días que le veía cinco minutos. Ahora está integrándose con mis gatos. Le bufan y le gruñen, mientras él se acerca a todos a darles manotazos porque quiere jugar, pero ya tengo práctica en esto. He comido, me he duchado y he hecho vida normal mientras los demás marcaban su territorialidad con un bebé que lo único en lo que pensaba era “Uau, qué palacio más grande, exploremos, saltemos, juguemos, oh, cuántos amiguitos”. El único problema es que está más loco que Ororo y no me va a dejar dormir. Lo primero que hizo fue lamerle la nariz a Coyote, el inconsciente.

Cuando le pongo un dedo encima, ronronea. Da besitos. Trepa. Vuelvo a estar llena de arañazos, vuelvo a tener que enseñarle a un gato bebé que mis manos no son un juguete y me pica todo. Nota mental: en cuanto se quede quieto, no sé en qué punto del día porque lleva siete horas saltando sin parar, le tengo que cortar las uñas.

Quién me mandaría a mí.