Las que vamos tirando: 8M

Muchas llegamos a este 8M cansadas, exhaustas, muy desgastadas y enfermas. Llegamos con la impresión de que miramos desde fuera, por un agujerito, al feminismo real, al que tiene poder, al que ocupa los centros de todos los discursos, al único validado mediáticamente; a ese feminismo que nos dice qué es una mujer, cómo es una mujer, lo que tiene que pensar una mujer y las cosas por las que tiene que luchar una mujer y hablan de primeras, segundas, terceras y cuartas olas, como si todas supiéramos la historia (una historia unívoca, lineal) y cuál es nuestra genealogía. Es ese feminismo excluyente al que miramos como hemos mirado muchos movimientos que en teoría nos tenían que acoger durante toda nuestra vida: desde el margen que implica no encajar. Las discas, las racializadas, las trans llevan hablando de esto todo el año, no solo en marzo.

Cartel de la mani de Barcelona realizado por Inma P.nitas.

Luego miras a las asambleas feministas de otras partes del país, como la de Canarias, llenas de mujeres (pensionistas, trans, migrantes, gitanas) y se te va un poco el disgusto. Luego recuerdas a chicas de 19 años, cisheteros, sin contacto con ningún colectivo LGBTIQ+ en su vida, dejando de seguir en Instagram a mujeres transexcluyentes después de un escueto: «Ay, qué decepción» y te das cuenta de lo mucho que aprendes de ellas dos.

Estamos haciendo esfuerzos para acoger, muchas veces en solitario. Muchas veces en la sombra. Para que los hombres tomen la palabra y expliquen cómo deconstruyen sus privilegios en muchas asambleas casi clandestinas. Para que se reconozca la lucha de otras compañeras. Para que las putas y las discas tengan voz también (pienso en Mariángeles Ballesteros, ex modelo, puta, heroinómana, que me abrazó un día muy fuerte y me dijo: «Y a ti, ¿quién te cuida?«. Veinte años después, reflexiono sobre los cuidados, sobre el autocuidado y sobre lo poquito que me dejo mimar). Para no asumir los discursos identitarios de otras mujeres. Para no patologizarlas, ni diagnosticarlas.

Mariángeles murió. Si una mujer es adicta, a drogas o a juego, va a tener mucho menos apoyo social que un hombre. Me lo contó la psicóloga Ana Estévez, que lleva décadas investigando sobre el juego de azar y las adicciones sin sustancia, entre otras cosas.

La mayoría de las que lideran ese feminismo que ostenta el poder solo se ha relacionado con mujeres blancas, clase media, media baja, media media, media alta.

Al resto no nos han visto ni en el cine.

«Estoy harta de relatos de mujeres empoderadas», le decía la semana pasada a Nathalie Poza. De verdad, no saben lo cansada que estoy de representaciones femeninas de mujeres empoderadas. Las mujeres que yo conozco trabajan como unas burras, no llegan a casi nada o sienten que no llegan a casi nada, andan criando hijos y suspirando por meterse en una cama a dormir, aprovechan las vacaciones para leer dos páginas de un libro y quedarse dormidas antes de levantarse del sofá e ir al parque con las niñas o a recoger a alguna adolescente o se pasan la tarde en un hospital con alguna de las personas a su cargo o están bregando con depresiones de larga duración o con trastornos alimentarios o con caminos de hormonación, estudiando violín mientras llaman al pintor y redactando proyectos para irse con una beca a estudiar artes o comprando una bandeja de napolitanas porque es más barato que ir a la frutería a pensar en qué puedes cocinar en la media hora que podías estar sentada con unas cebollas, unas berenjenas y unas alcachofas.

Conozco a heroínas cotidianas y a un puñado de tíos que caminan al lado también, porque mi mundo ha sido, como el de más o menos todas, esencialmente masculino. Carmen Martín Gaite, Carson McCullers, Hanna Arendt, Ana María Matute y Elena Poniatowska, Elizabeth Barret Browning, Louise Cooper, Virginia Woolf y sor Juana Inés de la Cruz llegaron mucho más tarde que Mark Twain, Charles Dickens, Chris Claremont, Frank Miller, Steve Ditko, Henry Miller o Rudyard Kipling: la única que estuvo desde el principio era Gloria Fuertes por la sencillísima razón de que escribía para niños. Ojalá las que vengan detrás tengan más referentes, poderosos o no. Ojalá nadie les diga qué son o cómo han de ser.

Tenemos bastante con lo que tenemos, de verdad, individual y colectivamente. Yo escribo esto tres días antes del 8M, sin saber si voy o no a ir a la manifestación, porque había decidido sacar fuerzas de donde no las tengo (ando hinchada, sangrando, con brote de colitis ulcerosa) para cocinar y dejar de comer bocadillos, que es en lo que ha consistido mi dieta las últimas semanas. Y necesito pararme, pensar, retomar. Dejar de fumar está muy bien, pero viene con ansiedad, brote y 10 kg de más, dejadez y mucho caos que no sé controlar. Las mujeres vamos a tardar más de 200 años en conseguir la igualdad real si la cosa va a este ritmo, así que, por favor, no hace falta dejar a las más desfavorecidas en el camino.

Esas cocineras veganas que me cambiaron la vida

El 8 de marzo había huelga feminista convocada en infinidad de países. Yo vivo en Mérida (España), una ciudad apática, según los propios emeritenses, en las que siempre nos manifestamos los mismos, salvo el jueves. Yo hice huelga, no ese paro ínfimo de dos horas que se nos pidió (estoy en contra del paro: creo que ha sido una traición ideológica de los sindicatos mayoritarios de mi país). La hice con todas las dudas que conté en este artículo del Periódico: «La opinión es un espacio de poder«. Y se me olvidaron (siempre se aprende) las mujeres con discapacidad intelectual, que salieron conmigo a la Plaza de España desde las 11:30 de la mañana a ocupar las calles.

Concentración en la plaza de España de Mérida. Fuente: Cadena SER

Yo no había visto algo así en la vida. No sé qué consecuencias tendrá. Pero ver a miles de mujeres, en Reino Unido, Francia, Estados Unidos, Turquía, Portugal… me demuestra que lo mismo es que algo está cambiando en las mentalidades. Que queremos leyes nuevas, espacios públicos colectivos, una nueva política de los cuidados que no recaiga en nosotras y no nos esclavice. Otra manera de ejercer autoridad. Otro imaginario colectivo. Etc.

Este fin de semana lo he pasado cocinando y leyendo. También libros de cocina. El otro día pensaba en que no tenía recetas nuevas para el blog, pero quería escribir más y más variado. Recordé algo que decía mi tío Javier: que las mujeres no estaban en primera línea de la gastronomía (esos renombrados chefs) porque quizá han tenido que cocinar, por obligación, toda la vida. Yo creo que hay más causas, además de esa: una, que no somos competitivas. Otra, que el espacio público y de las noticias en los medios de comunicación corresponde al hombre. El techo de cristal de la visibilización también funciona en áreas que son casi de nuestra exclusividad. Como coser (destacan los modistos). Como cocinar.

Salvo en el mundo de los chefs veganos. Ganan las mujeres. Y son ellas las que me han abierto el camino a cocinar bien, a aprender qué es pochar una cebolla, a saber cuál es la textura que ha de tener una hamburguesa para que no quede durísima, a conocer procesos, a adaptar recetas y a no tenerle miedo a la cocina.

La primera fue Isa Chandra Moskowitz. El primer libro que compré fue el Appetite for reduction. Me enamoré tanto que ahora los tengo todos. En español está la primera edición del Veganomicon y el V de vegano, que en realidad es Isa Does It. Si queréis recetas fáciles y rápidas, este es vuestro libro.

V de Vegano - Isa does it
V de Vegano – Isa does it

A Isa Chandra Moskowitz no se la entiende sin Terry Hope Romero, con la que ha escrito desde el imprescindible Veganomicon hasta enciclopedias de cupcakes, pasteles y galletas.

Pero hay muchas más. Están Kathy Hester, Jill Nussinow, Chloe CoscarelliAllyson KramerDreena BurtonKris Holechek PetersKristy Turner y mi adorada Miyoko Schinner. Todas ellas escriben libros que yo compro compulsivamente… y con plena confianza: siempre saldrá bien. Siempre me descubrirán combinaciones y sabores nuevos. Siempre serán estimulantes.

Hay hombres cocinando, sí, y al frente de restaurantes veganos de renombre. Pero creo que ellas han sido las pioneras y han sido, además, las más visibles, extrañamente en un mundo, el de la gastronomía, dominado también por ellos. Son los referentes, lo mismo que Ginny Messina lo es en nutrición vegana por su cientifismo, su apego a la realidad y a los estudios y su compromiso con el paciente. Y que, en un campo, los referentes sean mujeres es algo que a mí me hace tener esperanzas. El techo de cristal se puede romper. Se debe romper.