Cuando cocinan para ti

Sal, grasa, ácido, calor. Así se llama una serie de cuatro capítulos de Netflix, de la cocinera Samin Nosrat, que podéis ver en Netflix y que nació de un libro que se llama exactamente igual. Está en castellano: pongo la dirección web de una librería que también es una escuela de cocina y que está en Madrid, pero haced el favor de pedirlo en vuestro barrio. La he estado viendo con mucha atención. Salen animales muertos a cascoporro, aviso y, cuando no están muertos, están estabulados aunque se considere ganadería tradicional. Y, sin embargo, he disfrutado muchísimo y he aprendido alguna que otra técnica. Al final del último capítulo, Nosrat dice que, para ella, la cocina es lo que ocurre alrededor de la mesa una vez que la comida está servida pero que, cuando invita a la gente a comer a su casa, todos saben que han de llevar un delantal porque van a trabajar.

Ensalada especiada de garbanzos y zanahoria

Yo me senté y bebí vino la última vez que cocinaron para mí. Lo hizo mi prima Belén, que es una chef magnífica y que tiró la casa por la ventana con muchos platillos. Luego he usado su salsa de yogur de soja con garam masala para aliñar otras ensaladas. Ella la utilizó para una que llevaba garbanzos y zanahorias cocidas.

Barquitas de lechuga rellenas de tartar de champiñones

Había varias ensaladas en la mesa. Una consiste en un tartar de champiñones servido en hojas de lechuga, con zumo de limón (el sabor ácido, siempre tan importante).

Ensalada de trigo

Otra, una ensalada de trigo con granada y verduras.

Edamame. Qué rico está, por Dios.

Y picoteamos edamame, primero cocido y luego salteado en la sartén con ajo muy picado y salsa de soja.

Luego comimos ajoblanco con uvas (le hice la foto antes de ponerle las uvas). Belén me contó que, normalmente, no suelen hacer ajoblanco porque es muy calórico, pero ya que iba yo, aprovechaban. Yo siempre pienso: nadie ha ido al nutricionista por comer muchas almendras, como dice Pablo Zumaquero.

Y, entre picoteo y picoteo, hablamos de comida. Porque, como me dijo una vez, cenando, el escritor Antonio Muñoz Molina, “los españoles somos los únicos que nos sentamos en la mesa y hablamos de comida y restaurantes”. Recuerdo una anécdota que contaron en el entierro de Julián Rodríguez (la cultura hispanoparlante le debe mucho a este señor, que nos dejó con 50 años y un sinfín de proyectos por delante). Le dio un pastel comprado no sé dónde (no sé si era un pastel, pero sí se comía) a un amigo. Ese amigo se montó en el tren, abrió la caja, le dio un bocado y estuvo tentado de decirle a su compañero de asiento, al que no conocía de nada: “Por favor, pruebe y hablemos sobre esto”.

Una cosa tremenda.

Yo lo hubiera hecho con estos pastelitos fritos de guisante y menta con mayonesa de tahini y soja. Qué delicia.

Hablar de comida es maravilloso. Porque comienzas hablando de restaurantes y luego hablas de vivir, en general, con todas sus etapas horribles y sus risas a pesar del dolor y los sitios donde disfrutaste y recuerdas lo que te ha costado cocinar los últimos años y lo que supuso adentrarse en otras culturas gastronómicas: la japonesa, la mexicana, la italoamericana, la italiana en la mismísima Florencia, la canadiense (con sus influencias inglesa y francesa), la neoyorquina.

Está movida, pero es la única que tengo.

Y de la mezcla de ingredientes que antes eran exóticos, como el jengibre, sale este tartar de frutas. Lleva jengibre, cúrcuma, vinagre, azúcar, albahaca y fresas, mango y kiwi. Y creo que va a ser mi postre de Navidades, con la fruta de temporada que haya en diciembre, porque es ligero y está riquísimo.

Yo llevé el vino. A ver si os creéis que yo tenía tiempo la primera semana de teatro de cocinar algo en esta vida… Mis recetas más elaboradas han consistido en mezclar lentejas cocidas con verduras y echarles sal, aceite de oliva de Monterrubio y vinagre.

Disfruté un montón comiendo con mi prima Belén y mi madrina Pili: llevamos años diciendo que nos vamos a ver en otra fecha que no sean los Reyes Magos y esto es solo el principio…

Tres años, tres

Ororo y yo viendo Twin Peaks
Ororo y yo viendo Twin Peaks en la oscuridad

Tus sitios favoritos son: en lo más alto del rascador, encima de la estantería más alta de la casa, en una silla al sol en tu cuarto (sí, los gatos en mi casa tienen un cuarto: allí está la elíptica, un rascador con forma de tambor, el congelador que compré para poder hacer comida en cantidades industriales y varias sillas para esas visitas que nunca vienen porque vivo con gatos). Si estás en el salón durmiendo y yo me siento en el sillón a ver la tele, maúllas y bajas para ponerte conmigo. Si me pongo a leer, lo mismo. Te restriegas contra mi cara: te pones entre el libro y mi cara, de hecho, te pones a refregarte y te lanzas a mamar. Siempre.Que.Leo. Todas las veces. Todas. Tardo siglos en comenzar a leer un libro que ya tengo abierto.

Ororo al solecito
Ororo al solecito

Antes dormías entre mis piernas y ahora te ha dado por dormir con la cabeza apoyada en la mía, después de mamar, entre las dos almohadas, bien pegadita a mí. Si me doy la vuelta, protestas y te vienes a un sitio donde puedas verme la cara. Sigues mamando y sigues metiendo el morro en mi café por las mañanas. Te gusta estar conmigo. A todos os gusta estar conmigo, en realidad. Pero, mientras los demás no se van del cuarto en el que yo estoy, tú te puedes pasar las tardes enteras dormitando en otra parte. Tardas en levantarte porque te quedas así un buen rato en mi cama mientras los demás ya estamos en el salón:

Ororo en la cama

Sí, mi vida está llena de pelos. Tuyos no, que no sueltas muchos, ni siquiera cuando te cepillo. Cuando quieres comer (necesito unos comederos de los de chip, pero es que son carísimos), te pones en la puerta de la cocina y haces Prrr. Si no te hago caso, ya maúllas gritando como una loca. Hay que ponerte la comida en el suelo. Y mirarte mientras te la comes, poquito a poco. Me das cabezazos a todas horas para que te acaricie. Eres como yo: muy cariñosa, muy independiente.

Ororo encima de las especias
Ororo encima de las especias

Este año te he dejado sola en dos tandas, nueve y once días. Me han mandado vídeos de ti, dándoles cabezazos a Andrés y Laly, para que te acariciaran. Ya he descubierto que os puedo dejar sin mí y que no os morís de la depresión (ni siquiera Brea, a la que nunca ven porque se esconde), así que han vuelto mi capacidad de ahorro para las vacaciones y mis ganas de ver mundo.

Me gusta mucho vivir contigo. Me gusta esta relación de cuidado mutuo que tenemos. Me gusta mucho mirarte, la verdad. Y me gusta que, cuando me tumbo en el sofá, te enrosques en mi pecho y te quedes ahí, durmiendo tú también, tranquilamente.

Hoy hace tres años que llegaste. Felicidades, Ororo. Cumple muchos más.