Un mes con agujetas

Ya conté que me había puesto a hacer deporte con Germán. Que es un muchacho muy lindo que siempre me dice qué bien lo hago y lo que mejoro aunque solo pueda bajar medio centímetro en las flexiones y los burpees me salgan fatal. He notado varias cosas durante este mes.

1.- Estoy de muy buen humor. Sí, tengo con qué comparar. Me he pasado las últimas treinta y pico primaveras oprimida, deprimida y llorando por las esquinas. Tengo astenia primaveral, que no sé si está científicamente asumida, pero a mí me pasa. Cuando todo el mundo está feliz y alterado y con ganas de echar un polvo con casi cualquier persona, yo ando pensando en la futilidad de la vida, AKA “no somos nadie”. Ya no.

Ororo en mi cama

2.- Duermo como un lirón. Duermo menos que nunca; de hecho, mis gatos llevan días despertándome a las cinco y cuarto de la mañana. Me acuesto a las diez y media o las once. Y me levanto con una energía tremenda. Muy descansada.

3.- Tengo los brazos duritos. Antes estaban fofos. Es una gilipollez, pero me ha hecho mucha ilusión. Y se me marcan los abdominales oblicuos. Luego me sale una barrigota de impresión, pero esas rayitas verticales en mi cuerpo yo no las había tenido nunca. Es bueno comprobar los progresos porque, aunque yo sigo gorda como un trullo, observar que mejoras (que bajas más en las flexiones, que las sentadillas no son una tortura como antes, que aguantas bien los 30 segundos de plancha) sirve para motivarte.

Puntos negativos.

1.- Me duele todo. El primer día parecía una viejita a la que tenían que ayudarle a subir las escaleras. Tengo agujetas en partes de mi cuerpo que ni sabía que podían doler, como las axilas. O los músculos de la espalda. Se van quitando conforme haces más ejercicio, pero duele igual. Menos, pero no deja de doler. Eso sí: cuando ves que no puedes levantar la taza del café, te ríes mucho. Y tus amigos también. Extendamos el humor por la galaxia.

2.- Como he heredado lo mejor de cada casa, tengo una especie de alergia al sudor, así que ahora mis mejillas, sobre todo justo debajo de los ojos, están llenitas de granos. Y la espalda también. Porque, por supuesto, ahora sudo mucho.

3.- Me lo como todo. Creo que me comí en 15 días una caja que tenía de un kilo de dátiles Medjoul. Que no he vuelto a comprar porque me la hubiera comido igual. Dios, qué hambre tengo todo el puto día. Y no, hacer deporte no implica que vayas a adelgazar: si te comes veinte kilos de dátiles y de frutos secos, pues engordas aunque te mates a hacer deporte. Que yo no me estoy matando: hago dos días de alta intensidad y tres días en casa (en teoría de baja intensidad: yo la intensidad la noto mucho, ¿eh? La noto), que son cinco horas semanales: la semana tiene 168: tampoco es que sea un porcentaje muy alto. Pero Dios, qué hambre, coño.

He quedado con mi nutricionista el día 13 para que me ajuste la dieta. Porque, de verdad, tengo hambre a todas horas. Procuro hacer elecciones conscientes (siempre me digo que picar frutos secos es mejor que picar patatas fritas), pero en realidad es que me muero por un bizcocho de zanahoria. Lo he escrito bien: un bizcocho. No “un trocito de bizcocho”. Con su cobertura y sus nueces. Si tiene zanahorias, cuenta como verdura.

He dicho.