Mi primer ingreso hospitalario, chispas

Cuando leáis esto, yo estaré deshidratadita perdida, yendo al baño cada dos por tres, porque en una hora tengo una maravillosa colonoscopia. Otra. De aquí en adelante, el 2020 solo puede ir mejorando. De verdad.

O no: todo puede ir peor.

La vía. Siempre hay que poner una vía.

El miércoles 15 sangré tres veces en una hora, con abundancia. Grabé el programa, porque yo soy así de cumplidora, y me largué a Urgencias del hospital, porque llevaba ya tres días con moco y sangre y con una mala leche que no me aguantaba ni yo, además de con hinchazón en las piernas y un dolor de espalda horroroso. Pero tres veces en una hora ya era suficiente.

La médica, Carmen, residente, me dijo: «Te tengo que ingresar«. Y yo: «No. Yo tengo gatos«. No tenía ni el cargador del móvil en el bolso. Me plantó un paracetamol intravenoso para el tenesmo, que es una cosa muy desagradable de sentir pero a la que estoy más o menos acostumbrada y hala. A sentarme y a esperar.

Cuando estaba en Urgencias, llegó un chaval con bata, monísimo. Me dijo: «Estás en muy buenas manos. Es muy buen médico». Le pregunté: «¿Tú eres médico, enfermero, qué eres?» Y me respondió: «Soy médico también. Pero ella es mejor que yo«.

Con qué facilidad sube uno de puntos, oigan.

También me hicieron una placa de la barriga. Ahora sé cómo se ven las cacas en una radiografía. Y he podido deducir que no he puesto tantos kilos en Navidad. Viva.

Sí: la colitis ulcerosa va de heridas en el intestino, gases y mierdas. Y visibilizarla es mi misión divina.

Pues allí me quedé. Ingresada. Sin cenar, porque cuando me subieron a planta, ya había pasado la cena. Es la primera vez que me alegro de que haya máquinas de vending en el hospital. Que no deberían estar allí, pero ese día me salvaron la vida (y sí, no debería haber comido mierdas con un brote, pero tenía hambre).

Y comenzó el trasiego.

Pruebas y más pruebas

Tomar la temperatura, tomar la tensión, mesalazina, enemas rectales de mesalazina y budesonida, antibióticos intravenosos, análisis de heces, análisis de sangre… El protocolo de un brote leve de colitis ulcerosa es «Olga se está muriendo». Y radiografía y colonoscopia. Ea. Me vine a casa con un tres cajas de medicamentos del hospital porque era viernes y en la farmacia no los iban a tener hasta el lunes. Eso sí: los desayunos son una cosa triste triste.

Y, además, dije que soy vegetariana y cortocircuitaron. Me pusieron leche de vaca, pero no mantequilla porque… No sabemos. Y en la primera comida, las proteínas no estaban por ninguna parte. Había solo verdura. Luego ya dije que me hicieran una tortilla. En Extremadura, un vegano, para la parte proteica, no lo tendría bien, me temo. A no ser que tenga pareja que sepa cocinar, o una amiga molona como yo, y le lleve tofu. Porque tofu me dijeron que no tienen. Eso sí: en la comida siguiente, me pusieron tortilla de patatas y puré de alubias, así que lo mismo se puede hablar con el nutricionista para que ponga legumbres. Lo de la dieta baja en FODMAPs ya no sé.

Desayuno del hospital. Una cosa triste.

Es la única queja: que necesitamos (más) nutricionistas (actualizados) en el Sistema de Salud. Pero la comida estaba riquísima (eso es así: el puré de alubias, muy rico y las tortillas también y el puré de zanahorias y los espárragos con picadillo y todo lo que comí y cené era muy sabroso: bravo por los cocineros).

El hospital estaba saturado, que es una cosa que ocurre en enero y febrero, con las gripes y los problemas respiratorios del invierno. Y las enfermeras, sobre todo Marifé y Esther, que fueron las mías, son el amor y la diversión más absolutos. Y el doctor Agustín Cabanillas me preguntó de todo («no tengo prisa ninguna») y me dijo que iba a salir de allí con un digestivo asignado, que básicamente era mi objetivo. Salir con un digestivo asignado, a ver si me meten de una vez en el programa de Enfermedades Inflamatorias Intestinales (EII) en el que están todas mis amigas (que son dos: no conozco a tanta gente con colitis ulcerosa en Mérida).

La aventura

¿Os he dicho que los brotes de colitis ulcerosa vienen con irritabilidad y que, además, yo vivo sola, así que, cuando no hay el más absoluto silencio en mi casa, es porque yo he elegido el ruido?

Pues aquello estaba lleno de gente a todas horas. Mis amigos también vinieron, pero yo los sacaba de la habitación.

El resumen es que he estado allí 48 horas y se me han hecho eternas. Un hospital es como un micromundo en el que todo el mundo te pregunta qué tienes y opina. Por ejemplo, una señora a la que no había visto en la vida me dijo: «Dúchate«, cuando me había duchado el día anterior por la noche y eran las 9 de la mañana. Otra quería saber el número de pastillas que me tomaba. Todos los demás, mi diagnóstico. Y mira que los médicos y las enfermeras echan a todo el mundo de allí en cuanto te van a informar, pero eso, a los familiares, no les importa. Porque, en un hospital, no hay mucho que hacer, salvo hablar y poner la tele a todo volumen.

Había dos mujeres conmigo, las dos mayores y una, además, era sorda, no podía hablar bien y se comunicaba gritando (aunque, como me hizo notar Pablo, ella desconoce el volumen de su voz) y con muchos aspavientos. Me levantó un día de un sillón para sentarse exactamente tres minutos.

Me hizo pensar mucho sobre el derecho a la comunicación y sobre las frustraciones cuando no se te entiende y sobre si existirá alguna vez un aparato que sirva para esto mucho mejor. Para quienes están encerrados en sí mismos por algún accidente o enfermedad, existen dispositivos de los que hablamos Ana Titos y yo en este programa de Las perras de Pavlov.

Eso sí: yo acabé hasta el moño, porque tengo un problema con los malos modos. Incluso aunque entienda que tú a lo mejor no te sabes comunicar sin malos modos. Porque asumo que no te sabes comunicar, pero lo de sentarte tres minutos en el sillón y levantarme a mí cuando hay otro sillón libre, pues no lo achaco a que la mujer sea sorda, sinceramente.

Lo más bonito es que vinieron mis amigos y me trajeron libros.

El National Geographic me lo trajo Laura Nieto y los libros, Inma P.nitas

Y zapatillas de estar por casa y braguitas (yo andaba con lo puesto) y comida (Israel y Ángel) y Sandra me regaló calcetines de los normales y de los gorditos y una manta de sofá.

Mi mantita de sofá

He estado mimadísima, la verdad.

Y, ya que tenía el móvil y en el hospital hay Wi-Fi para los pacientes, yo aproveché para ver una serie absolutamente deliciosa, Anne with an E, en el móvil, que sí, no será la mejor manera de verla, pero si estás en un hospital, te vale cualquier dispositivo. Intenté leer American Gods, pero con tanto jaleo me fue completamente imposible. Yo estoy acostumbrada al silencio. Si lo rompe algo, es la música que elijo. Así que nada: Ana de las Tejas Verdes.

Qué preciosidad de serie. Qué pena que la hayan cancelado.

Y qué divertido fue salir de casa el sábado, para ir a comprar la comida de la preparación de la colonoscopia, y descubrir lo bonito que es el Maxi Dia, con sus carteles: «Fruta», «Verdura», «Patatas» y esos lineales llenos de chocolate que no puedo comer y los colores y el cielo nublado y la humedad en la cara y las ramas peladas de los árboles llenas de gotitas colgando.

Qué bonito es el mundo cuando no te han dejado salir de una institución en dos días.

No me quiero ni imaginar la sensación de extrañeza y de dolor que ha de suponer para alguien privado de libertad durante mucho más tiempo.

Sanidad pública

En dos días enteros, me han visto tres médicos, unas seis u ocho enfermeras, cuatro auxiliares de clínica. Me han puesto en vena paracetamol y antibióticos. Me han tomado la temperatura tres veces al día y la tensión dos. Me han hecho una placa. Tengo programada otra radiografía. He ocupado una cama de hospital dos noches. He de hacerme una colonoscopia (son 600 euros en una privada teniendo seguro). Me han dado dos desayunos, dos comidas, una cena y una merienda.

No voy a calcular el precio de todo eso en una clínica privada. Porque lo único que sé es que yo no lo podría pagar.

En los últimos tiempos, hemos puesto sobre la mesa el tema de la sanidad pública y hay mucho proletario sin conciencia de clase que piensa que, pagando 30 euros al mes, tiene cama propia en un hospital y tratamiento para un cáncer, porque ciertos discursos públicos se construyen así: con mentiras. Son mentiras bastante complicadas de rebatir, porque entran las creencias en juego y demasiados temas emocionales, entre los que se encuentran creernos mejores que los demás o considerar la sanidad como un bien que paga quien lo pueda permitir, como si fuera un Ferrari, o como un servicio universal, para las clases altas (a las que hay que incluir) y para las bajas. Lo explica Javier Padilla en esta entrevista. Es larga. Como este post. Ha escrito un libro llamado «¿A quién vamos a dejar morir?«.

Ojalá defendamos la sanidad pública con uñas y dientes. Como si fuéramos a la guerra.

Colitis ulcerosa. #DSPIntestinal

Hace unos días, participé en un evento de Dietética sin Patrocinadores sobre Enfermedades Inflamatorias Intestinales. Lo podéis ver aquí.

Colitis ulcerosa. El inicio.

Un día, hace cuatro años, creo recordar, comencé a sangrar. Dejé de fumar y zasca. Yo no he ido al médico desde que iba al pediatra, así que tardé una semana en acudir, que es el plazo que me di para averiguar dónde demonios estaba el centro de salud y qué tenía que hacer para tener un médico, cuestiones que, hasta el momento, no me habían preocupado lo más mínimo en ninguna de las ciudades en las que he vivido.

Me hicieron el sempiterno tacto rectal para colegir que no, que no eran hemorroides, cosa que yo ya sabía, y me mandaron a hacerme una prueba de heces. Había prácticas en el hospital, así que me dijeron mal cómo tenía que hacerme la prueba. A la semana fui, me dijeron que esa muestra no era correcta, yo sangraba ya diez veces al día y, después de un episodio muy desagradable en el que el médico ni estaba, ni se le esperaba, ni nada y encima había rellenado mal el papel de los análisis y no me los querían coger para llevarlos al laboratorio, me cagué en la puta de los enfermeros, puse dos hojas de reclamaciones, una en una cita y otra en otra cita posterior, cambié de médico y me fui con mi compañera de inglés (que lleva sentada a mi lado cinco años en clase) y me dijeron que me tenía que hacer una colonoscopia… seis meses después. Preferente.

Vivo en una ciudad de 50.000 habitantes. A 15 kilómetros hay otro hospital. Debe de haber un sinfín de personas con cáncer de colon en Mérida. Seis meses.

En el interín, yo me fui a Barcelona. Avisé a todos mis amigos de que cagaba sangre por las esquinas (sí, este post habla de mierdas. La colitis es mierda, gases, diarreas, estreñimientos y demás) y que necesitaba un baño cerca para después de comer. En seis meses pasan muchas cosas. Entre otras, que ya no sangras diez veces. Sangras todo el día. Llegó el día de la colonoscopia. La anestesia me funcionó después. Después, repito. Le eructé a una persona todo el gas que me habían metido bajando las escaleras del hospital. En toda la cara, pobre mujer. Yo tenía tal ataque de ansiedad que me tragué dos bolsas de minibollicaos.

Porque yo, señores, soy la única persona de España y del mundo mundial que, sangrando 40 o 50 veces al día y teniendo que hacer programas en directo, con sus gases y sus eructos, ni se dio de baja ni adelgazó. Ni un gramo. Engordé, de hecho. Es que yo comía cosas como esta:

Tarta Sacher en Barcelona. Mini, de una ración. Mini no era, pero me la pimplé igual

Porque yo tengo ansiedad. Pero eso vino después.

Moraleja: daos de baja. Sufrir no es necesario. Ni te hace más fuerte. Ni aprendes. Ni ninguna hostia de las que nos venden para que afrontemos los golpes de la vida. Sufrir es sufrir y es una mierda. Y no vale absolutamente para nada. Quedaos en vuestra casa con vuestros libros y vuestras películas. Es una orden.

Una vez diagnosticada, el digestivo lo único que me dijo fue que tenía 25 cm. de colon afectado, que moderara el alcohol y que no tomara picante, porque lo que pica en la boca, pica en el culo. Gran verdad. Lo sé porque lo he probado, en mis propias carnes. Y pica. Si tenéis colitis ulcerosa, no toméis picante. O no abuséis, porque yo sí sigo usando pimienta, cayena y chile. Pero en cantidades muy pequeñas.

Sexo, regla y compañeros mártires.

Me pasé seis meses tomando lo único que sabía que me sentaba bien: ternera a la plancha, pescado al vapor. Algún tomate de vez en cuando. Y, una vez con mi diagnóstico y mi Pentasa y mis pastillas, pensé que todo iría bien. Las pastillas son Mezavant, dos por la mañana. El Pentasa es un enema que tenía que ponerme por la mañana y por la noche y que además tuve que usar un fin de semana de lujuria, pasión y desenfreno: sí, así es la colitis ulcerosa: molesta hasta para follar. Lo cuento porque de eso no se habla: y es una de las cosas más incapacitantes de la enfermedad: que conoces a alguien, quedas el fin de semana, te vas a un hotel monísimo, y tienes que cargar con tu Pentasa. ¿Por qué no quedas otro día? Porque, cuando me vino la colitis e investigué por internet, me encontré con un foro lleno de tipos quejumbrosos al borde de la depresión con historias muy duras y que no salían de casa ni a la vuelta de la esquina y yo me dije que a mí eso no me iba a pasar. Que si hay que ponerse un pañal, una se pone un pañal. Total, a sangrar ya estamos acostumbradas: soy mujer, tengo la regla.

Monísimo, el hotel. Algún día lo usaré con alguien que no sea gilipollas. Prometido.

La regla. Otro episodio divertido. Pero antes, lo de follar. En la mayoría de los artículos que leí por internet, se hacía hincapié en que la mujer puede tener menos deseo y depresión. La mujer. Luego se mencionaba de pasada que los hombres pueden tener disfunción eréctil. Y algunos quizá menos deseo. No todos, por dios. El hombre es la potencia. El hombre siempre quiere. La mujer no, que somos todas unas frígidas y tenemos depresión. Ellos no. La depresión es cosa nuestra, que somos unas histéricas.

No conozco a ninguna mujer con colitis ulcerosa. Todos son hombres. Y todos tienen o han tenido depresión. Silenciar esto para mantener la imagen del macho alfa es una irresponsabilidad. También se hablaba de que muchos pacientes, por la enfermedad, tienen miedo al rechazo de su pareja y se preguntan si van a poder mantener relaciones sexuales.

Si tienes una pareja y tienes miedo de su reacción cuando te diagnostican una enfermedad crónica, vete a un psicólogo y corta con tu pareja, porque o tú eres imbécil o tu pareja es una hija de la gran puta. Lo pongo en femenino porque pareja es femenino, no por referirme a la mujer como género. Que conste. Y no: relaciones sexuales cuando tienes un brote no vas a querer tener. Es que no vas a querer hacer nada cuando tienes un brote. Salvo que seas una mala bestia como yo, que se fue de vacaciones, iba a trabajar haciendo programas en directo de una hora aguantando como podía (porque sangrar es incontrolable pero tú cierras los esfínteres y sigues hablándole al micrófono. Con un par) y salía a correr. Eso sí: después de correr… qué penterre. Qué manera de correr… al baño.

Regla. Ahora sí. Mi regla duele. Mucho. Durante dos días, el primero y el tercero. Y mucho es mucho. De no poder dormir. Ibuprofeno, prohibido. Así que aquí estoy yo, como las abuelas, con mi bolsa de agua caliente, que todos en mi trabajo se enteran de cuándo me ha venido la regla (si sois pudorosos, con la colitis ulcerosa lo vais a pasar de pena, por cierto), que no tengo intimidad ninguna. Lo de la bolsa de agua caliente, en invierno, está muy bien. En verano, cuando hay 42 grados en tu casa, ya no es tan divertido. Pero es calor o dolor.

Carencias del tratamiento médico.

Y todas estas cosas las fui descubriendo por mí misma. Porque a mí las únicas indicaciones fueron que comiera de todo (sin preocuparse de cómo comía yo, si me hartaba de hamburguesas o si no veía las verduras) y que moderara el alcohol. Que fuera viendo (viendo, ¿el qué? Si en cada sitio ponían una cosa: que te sentaba mal la comida a las seis horas, que te sentaba mal justo después de comer…). A mí me salvó la vida Juli, señor maravilloso, que se vino conmigo a una quedada fotográfica cuando yo estaba en Barcelona en pleno brote y que es osteópata y me dijo: te van a doler las piernas y se te van a hinchar, te van a doler las ingles y a lo mejor notas que ves mal. Todo me había ocurrido antes de verle, pero nadie me había dicho nada.

El digestivo se ocupa de los 25 cm. de tu intestino. De nada más. De mi flojera por perder hierro y mi anemia galopante, de mi pérdida de nutrientes, de mi estado de ánimo cabrón, irritable, asustado, histérico; de mis deposiciones (ahora estreñimiento, ahora diarrea, ahora gases horribles y dolorosísimos, ahora no poder salir porque dos horas de cine son muchas horas de cine), de la frustración de ir a hacer fotos al Parc Güell y tenerme que volver con los pantalones manchados (que menos mal que eran oscuros)… De eso no se ocupa nadie.

Y un buen día, por aquello de «voy a volver a introducir las verduras, que son muy buenas y algo de verde tendrás que comer si no absorbes bien los nutrientes», me dio por comprar en Amazon un libro de cocina vegetariana. Era vegano, yo no tenía ni repajolera idea de qué era el veganismo, ni me había preocupado nunca por la industria alimentaria (si está en el súper, se puede comer). Tuve que traducir del inglés y, como no me gusta trabajar para mí sola, me metí en el Foro Vegetariano, me presenté y conocí a Lucía.

Yo no sabía que existían los dietistas-nutricionistas.

Tenía colitis ulcerosa, pesaba 101 kilos con 300 gramos, muy bien repartidos, y me dije: hasta aquí.

Comencé a cocinar las recetas del Appetite for reduction y ahora, libro que saca Isa Chandra Moskowitz, libro que me compro. Hice dieta con Lucía, perdí 13 kilos y encontramos a Mónica. Le dije que quería una dieta vegetariana. No por conciencia animalista ni por conciencia en contra de la industria alimentaria ni nada. Yo quería una dieta vegetariana para obligarme a cocinar. Y para introducir más verduras en mi dieta. Y fruta, porque solo me gusta la fruta muy ácida y, si no, pues las manzanas se me pudren y esas cosas. Sí: la fruta es mi problema. Ahora hay cerezas así que soy feliz y cuando se acabe la temporada de las picotas del Jerte lloraré como todos los años.

Con pastillas, mi VSG era de 29. Con nutricionista, bajó a 15. Con nutricionista y psicólogo, a 8.

Pon una Isabel en tu vida.

Porque, un tiempo después de diagnosticarme, como un año y pico después o dos, a mí me dio un chungo. Eso no lo voy a explicar aquí, pero me dio. En la tercera sesión me acordé de comentarle lo de mi colitis. Infinidad de pacientes suyos tienen colitis ulcerosa, Crohn o colon irritable. Yo no sé qué causa la colitis ulcerosa, pero sí sé que hay que aprender a gestionar el estrés y que puede que a lo mejor uno esté haciendo las cosas mal consigo mismo, con sus relaciones (yo he mandado a tomar por culo, o se han ido, a unas 20 personas, ya he perdido la cuenta). De hecho, toda la gente que conozco que tiene colitis ulcerosa ha hecho las cosas mal… o les han hecho las cosas mal. No me voy a extender tampoco sobre esto, porque eso cada uno lo descubre en terapia. Pero yo me di cuenta de que tengo ansiedad desde que nací y esa ansiedad se va quitando con el tiempo. Con el tiempo y previo pago de su importe, que me he tirado un tiempito sin llegar a fin de mes.

Para hacer terapia hacen falta huevos. Con la terapia hay más mitos que con la nutrición. Para empezar, nadie cree que la necesite. Eso es para locos, maltratados y gente con depresiones. Luego te encuentras con peña agresiva, quejumbrosa, machista a más no poder (sí, también se quita con terapia), manipuladora hasta el descaro o encerradas en vidas que no quieren porque cómo se van a separar ahora con 41 años. Pero ellos no necesitan terapia, ojo. Ellos tienen unas relaciones sanísimas y están de puta madre.

Yo he mandado a tres personas ya a Isabel Oliva (qué buena es, la cabrona. Yo muchas veces llego a la consulta, me pregunta qué tal estoy y le digo: es que eres muy buena. Y le entra vergüencilla y todo). Porque, cuando vas a terapia, ya sabes en qué puedes ayudar y en qué no.

Llevo año y medio. He tenido dos sesiones duras. En las demás, he salido mejor de lo que entré. También es cierto que, por lo visto, yo, de fortaleza psicológica, estoy bien servida. El resumen de esta historia es que, cuando estás cagando sangre 30 veces al día, o 40 o 50, el estado de ánimo se resiente: porque pierdes nutrientes y porque cada vez que vas al baño te cabreas o te cansas. Y parece que no se va a acabar nunca.

A veces no se acaba: hay gente que encadena entradas en el hospital con entradas en el hospital, medicamentos y medicamentos y que no pueden comer casi nada porque todo les sienta mal. Hay pensionistas con 37 años por la colitis ulcerosa.

Pero quejarse no es la solución. Ni dar pena. Y os lo aseguro, hay mucha gente en plan «ay, mísero de mí, ay infelice». Eso es un círculo vicioso: los amigos se alejan porque el llanto constante no hay dios que lo soporte muchos días seguidos; te sientes mal por la traición; te encierras en ti mismo porque la gente es muy mala en lugar de pensar que lo mismo el problema eres tú; la enfermedad se agrava porque tienes estrés (el estrés no es solo «tener mucho trabajo») y te quejas otra vez y etc. etc. etc.

A mí esto no me pasó: yo estuve en el otro lado. Yo fui la mala que se largó.

Pero los psicólogos son para la gente que está loca.

Me cago en la puta.

Entonces tú, ¿qué?

Yo, generalmente, estoy bien. Es decir, estoy todo lo bien que se puede estar teniendo colitis ulcerosa. Porque la colitis ulcerosa es una enfermedad que no se sabe de dónde viene y que afecta a cada persona de un modo distinto.

Tengo episodios de gases tremendos cuando voy a afrontar algo que sé que va a ser incómodo, como conocer a nueva gente, quedar con un chico que me llama la atención (no es agradable tener un primer café con alguien cuando estás que pareces una bolita y tienes miedo de peerte viva o eructar. Pero a ver, qué se le va a hacer, oyes, tampoco vas a dejar de quedar) o afrontar exámenes o algo.

Con respecto a la alimentación, se habla de la dieta paleo, de comer mucha proteína cárnica, de quitar el gluten y los lácteos. Yo he estado baja de proteína cuando no he comido proteína porque se me ha olvidado incluirla (sí, también era descontrolada: con eso hay que contar), pero no porque no comiera proteína animal. De hecho, mis niveles de hierro, de colesterol, de glucosa, de triglicéridos, de vitamina D (sin suplementación) y de lo que os podáis imaginar son inmejorables.

Sí hay cosas que no me sientan bien. Las tartas y los dulces, caseros o industriales, dependiendo de la cantidad. La leche de vaca (no he probado la de cabra) me da gases, salvo que sea desnatada y en poca cantidad. Las chucherías (sobre todo las esponjitas o nubes). Las patatas fritas de bolsa tampoco debería tomarlas mucho. Ni debería comer rápido, cosa que hago muuuuuuchas veces. Si como lo que no debo comer, al día siguiente voy dos o tres veces al baño en lugar de una. También si como más de lo que debo comer.

No he dejado de tomar mis dos pastillas de mesalazina diarias. Sé de gente que lo dejó y comenzó a encadenar brote tras brote. Y sé de gente que lo ha dejado y está genial. Yo, como no me quiero arriesgar porque no tengo necesidad ninguna, no las dejo y una vez al mes voy a comprar mi cajita de Mezavant a la farmacia. A veces se me ha olvidado tomarla: una vez estuve tres días. No me pasó nada, pero no quise estar más tiempo.

Mi Mezavant y yo.

De las cosas que he probado en este tiempo de colitis ulcerosa y trastorno alimentario (porque pesar 101 kilos con ansiedad de toda la vida es un trastorno alimentario, esté o no contemplado como tal -oh, sí, soy experta en autodiagnósticos-), lo demás me sienta bien. Hay cosas que no he probado, como el hígado o los sesos, que por lo visto son geniales: los sesos no los he comido nunca y la última vez que probé un trocito de hígado fue en Canadá hace cinco años. Qué asco.

Lo demás, durante todo este tiempo, sí. Durante todo este tiempo he comido los productos animales más o menos típicos de una dieta omnívora en Extremadura, exceptuando conejo y algunas vísceras, que nunca me gustaron. Pescados, también. Incluso los que no deberían estar en mi país también. Y peces en peligro de extinción: me los he comido todos. Ya lo conté. No me sientan mal. Los huevos tampoco me sientan mal, pero no los compro porque descubrí que se quedaban ahí en la nevera muertos de risa hasta que habían caducado como tres meses antes. Así que dejé de comprarlos. Una vez comprobado que puedo comer lo que me dé la gana, decidí (por razones sociales, no de salud) que en mi casa no entra un animal que no esté vivo.

Y ahora tengo tres gatos.

Coyote, lo más guapo del mundo
Coyote, lo más guapo del mundo

Ororo. Piensa que soy su mamá.

Brea es lo más bueno y cariñoso de mi casa.

Tengo claro que, con una enfermedad inflamatoria intestinal y con un trastorno con la comida, tú no puedes elegir qué comer. O, al menos, no lo vas a poder elegir siempre. No creo que haga falta explicar las razones a estas alturas de la vida, sobre todo las razones mentales. Pero, como ahora estoy asintomática y medio controladita, elijo. Cuando no esté asintomática, ya veré. Pero espero que eso tarde mucho.

Hay gente que no puede elegir. De verdad que no. Incluso con colitis ulcerosa, es tan pequeña la cantidad de alimentos que pueden comer, que dudo mucho que pudieran llevar una alimentación vegana. Con respecto al tema de este blog y la policía que de vez en cuando me manda correos en plan Klu Klux Klan purificador solo una cosa: que os vayan dando. Mucho. Con grande dolor, retortijones y sangre. Y luego venís y me decís que todo el mundo, independiente de su condición física y mental y sin saber qué le pasa o le deja de pasar, puede ser vegano. Que me voy a descojonar un rato en vuestra cara.

Otra cosa distinta es que si tienes colitis ulcerosa no puedas ser vegano o vegetariano porque tengas que comer pescado a la plancha. Eso es falso. Sí, la colitis ulcerosa se puede tratar con una dieta vegana. Y vegetariana, que es la que yo hago. Pero depende de lo que puedas o no comer. Esto no lo sé, pero lo mismo se puede pautar una dieta vegana sin comer gluten, ninguna clase de legumbres, arroz y muchas clases de verduras (hablo del caso más grave que conozco, que es muy grave). Se puede llevar una dieta paleo vegana, por cierto. Se llaman Pegans. Y existen. Hay hasta doctores. También se puede hacer una dieta baja en carbohidratos vegana. Y una dieta cetogénica.

¿Qué comes?

Ahora que estoy asintomática, repito, como pan integral (industrial); tortillas mexicanas de trigo o de maíz (preferiblemente de trigo, porque las de maíz se deshacen), leche de avena con el café, seitán. Es decir, como gluten a tutiplén. Yo no he notado nada. También como tofu, soja texturizada, levadura de cerveza, levadura nutricional, todo tipo de legumbres (con prevalencia por goleada de garbanzos, porque es que me chiflan), arroz de todas clases (blanco e integral y de distintas variedades), semillas, distintas clases de aceite (sobre todo de oliva, pero también de lino, cártamo, pepitas de uva, cacahuete, sésamo, sésamo tostado… Tengo aceites para parar un tren), queso, especias a tutiplén (no las voy a nombrar todas, porque tengo más de 70 especias y mezclas y hierbas distintas), hierbas frescas (perejil, albahaca, hierbabuena, salvia, cebollino, cilantro…), verduras en profusión cocinadas y crudas (menos los pimientos, que los odio, y las coles de Bruselas, a las que debería darles otra oportunidad), pasta de todo tipo (integral y blanca), café y más café, quinoa, mijo, avena… Y tengo dos botes de tempeh en casa que algún día probaré. Ah. Y fruta. Con la fruta tengo el problema de que me gusta muy ácida, pero ahora estoy obligándome a tomar fruta, a ver si el paladar se me acostumbra. Más que nada porque me parece raro: a mí me dan algo dulce y me muero del gusto y del placer. Pero la fruta dulce (de hecho, odio el plátano hasta el punto de que el olor me produce arcadas) no la soporto. Salvo uvas y cerezas. Ah. Como cosas que engordan. Juas juas. Aguacates y frutos secos (crudos o tostados por mí). Bimba, zasca, boom.

Y voy ampliando: tengo un bote de aceite de coco, semillas de chía, bayas, otras semillas que no sé ni qué son, aceite de nuez, teff y fonio, que todavía no he probado, pero que probaré.

De hecho, quiero ampliar los desayunos. Las tostadas y el bocata de hummus me gustan, pero el cuscús de maíz o la quinoa con canela y cerezas también. Estoy recopilando recetas. Yo lo hago todo muy lentamente. Me he pasado forzando cosas toda mi vida: ya no quiero más violencia.

Voy al baño como un reloj: a las siete y diez de la mañana, ni un minuto antes ni uno después. La dieta tiene una parte negativa: antes, si me colaba dos gramos, estaba dos días muriéndome sin poder comer. Ahora me puedo comer tres kilos de patatas que solo tengo gases. La terapia también tiene una parte negativa. La gente que antes te parecía normal, ahora no la quieres cerca ni aunque te den dinero. Hay mucho enfermo mental suelto por ahí.

No sé si como bien para mi enfermedad según las últimas investigaciones. Es decir, no sé si me tendría que quitar el gluten (no entiendo la demonización del gluten, de todos modos) o todos los lácteos y tomar probióticos (que no sé ni lo que son) y suplementos de hierbas. Mi nutricionista sabe de mi colitis, ha leído todos los informes, me puso una dieta personalizada y me dio una serie de indicaciones para los brotes. En las webs de colitis ulcerosas hay dietas que no contemplan muchos de los alimentos que yo ingiero y un montón de los que no me apetece comer.

Yo como de todo. De todo lo que mi cultura me deja comer y de todo lo que yo quiero comer. Alpargatas no como. Carne de perro tampoco. Ni lagarto. Ni pimientos ni plátanos ni melón ni sandía ni chirimoyas (¿veis como tengo un problema con la fruta?). Doy la coña en los restaurantes de confianza. Hasta el Parador de Mérida me va a hacer un menú para mí. En los que no son de confianza no doy la coña. Todavía no. Algún día la daré.

Voy muy lenta. Y no pretendo salvar el mundo hasta dentro de un año o dos. Porque ahora sé que los cambios se producen por inercia.

Y entonces sí serán definitivos y con conciencia. Incluso dejar de fumar, que me lo han prohibido. Terminantemente. Y en este punto, la gente se echará las manos a la cabeza y dirá: pero cómo. Y yo diré: es que a veces es mejor fumar que comerse las paredes y reventar. Porque yo tengo ansiedad. A todas horas. Y cuando tengo ansiedad, como. No me da por morderme las uñas, no me da por cantar ni por saltar. Me da por comer. Y me da por comer mierdas y en cantidades industriales. Muy vegetarianas, pero mierdas, por cierto. Porque vegetariano se puede comer fatal.

Sé que no he vuelto a tener un brote, que voy bien al baño, que no tengo molestias salvo cuando me cuelo o tomo refrescos o fumo más de la cuenta (sí, volví: sí, tengo ansiedad, qué pasa) y también sé que dar recomendaciones generales sin conocer a los pacientes, no es bueno, ni con la colitis ni con ninguna otra enfermedad. Y sé, por supuesto, que como muchísimo mejor de lo que comía antes, mucho más variado y de mejor calidad porque no compro nada procesado (salvo la pasta integral y el pan), así que la colitis es una cosa que no ocupa ningún pensamiento diario en mi vida. No me acuerdo de ella. Sé que está ahí, pero no me condiciona. Por eso no leo artículos sobre la colitis, ni investigo ni nada. No me ha dado por ahí porque yo tuve un brote y luego nunca más se supo.

Me han preguntado muchas veces cuál es mi dieta, tanto personas con colitis ulcerosa como personas que quieren adelgazar. Nunca la digo y nunca la doy. Lo único que expongo es que, para comer bien, hay que cocinar. ¿Por qué hago esto? Porque comprendo la necesidad de esparcir buenas nuevas: «¡Eh! ¡Esto te cura!», pero no creo que la dieta paleo ni la dieta vegana ni la dieta cetogénica curen la colitis ulcerosa. De hecho, ni siquiera creo que tenga cura, hoy por hoy. Digo «creo». Es una creencia. No hay base científica en lo que digo, ojo. Yo no creo que tenga cura. Pero no sé si la tiene. Conozco a personas que no pueden comer nada crudo. Que no pueden comer legumbres ni arroz. Que no pueden comer maíz. Que no pueden comer gluten. Que no pueden comer verduras o no todas las verduras. O que no pueden comer determinados tipos de carne o pescados grasos o etc. A cada uno le sienta bien o mal una cosa. Y cuidar de los micronutrientes, ver si te hace falta suplementación, es trabajo del nutricionista.

La frase «no hay enfermedades, sino enfermos» a mí me parecía muy new age, hasta que me he dado cuenta (es que yo no iba al médico desde el pediatra, ¿saben?) de que es verdad y de que nuestro sistema sanitario es muy parcelado. El médico se ocupa de su trocito de intestino y ya está. No sabe de nutrición y tu estado mental no le importa. Y mi médico es muy bueno, ojo. Y además es muy entregado, que el pobre sale de la consulta a las seis o siete de la tarde si hace falta. Pero hacen falta equipos multidisciplinares. No solo con esto. Imaginad: enfermos de SIDA sin atención psicológica. YUPI. Y enfermedades del aparato digestivo sin nutricionistas en el sistema de salud. Tracatrá.

España. Primer mundo. Como en España, en ningún sitio.

Ejem.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, la única recomendación que yo puedo hacer es: busca un buen dietista-nutricionista, sigue las recomendaciones de tu médico, vete a un psicólogo que te enseñe a gestionar el estrés y haz el deporte que puedas hacer.

Y que tengas suerte.

Qué hubiera pasado si…

Me llamo Olga, tengo colitis ulcerosa y sobrepeso. Creo que, más que sobrepeso, lo mío se llama obesidad. Viene de una relación un tanto extraña con la comida, que merecería un estudio psicológico si no se supiera ya que hay quien paga todas sus frustraciones atacando una máquina de snacks. En esa máquina de patatas fritas, que ha sido mi amiga y mi enemiga durante cinco largos años, hay bebidas carbonatadas, bolsas de patatas, bolsas de Risketos, de Triskis, galletas con chocolate blanco y negro Gullón, Huesitos, kicos y Kit Kats. Antes, hace mucho tiempo, había un par de sándwiches que nadie comía. Ahora me pregunto qué hace esa máquina en mi puesto de trabajo.

He vivido en una casa en la que, supongo, ha pasado como en todas: lo que no gusta, no se cocina. Y es normal: yo no como pimientos, no los compro y no los cocino, porque no me gustan. Tampoco me gustan las acelgas ni la casquería. No sé prepararlas, no he asado nunca pimientos en un horno (hasta hace nada no había encendido un horno) y no estoy acostumbrada a comer fruta. De hecho, ni siquiera me gustan la mayoría de las frutas. Tampoco he probado nunca las pencas de acelga (sí la hoja y espero no comerla nunca más) ni los cardos ni las borrajas. No sé qué significa «quitarle el hilo verde a las judías» y, hasta que no tuve 35 años, no desgrané jamás unos guisantes. Y, sin embargo, creo que he comido todas las clases de pescado y de carne que hay en mi país. Incluso ese pescado que no debería estar en mi país también. Tampoco he sabido nunca cuáles eran los productos de temporada ni que había también temporadas para el pescado y para la carne. Crecí con un sinfín de conceptos erróneos. Entre ellos, que para adelgazar había que limitar la dieta a purés, sopas, pescado al vapor o a la plancha y ternera a la plancha. Con alguna lechuguita. Mi madre me riñó el otro día porque le dije que iba a comprar alubias y garbanzos: «No deberías comer alubias ni garbanzos porque engordan mucho». Y, en su descargo, diré que mi madre no es una persona inculta. De hecho, es muy culta, lee mucho (pero no ensayos nutricionales) y trabaja en un hospital como auxiliar de clínica. Sabe que el sobrepeso que tenemos, ella y yo, no es sano, pero nunca ha sido capaz de controlar el suyo porque, cuando incorpora más verduras a su dieta, se aburre y acaba cocinando coliflor con bechamel o comprando croquetas y cazón adobado en El Corte Inglés.

La colitis ulcerosa, dicen, no tiene nada que ver con la alimentación. Pero, como los médicos tampoco saben por qué se produce, yo no acabo de creérmelo del todo. No sé si somos lo que comemos, pero me niego a pensar que nuestro tipo de alimentación no influya en enfermedades del tracto intestinal. Puede que lo que comas no desencadene un brote, pero ¿que no tenga nada que ver? Me parece ingenuo y absurdo. No voy a decir que mi manera de alimentarme haya causado la enfermedad, porque además me parecería un tanto injusto (lo mismo sí, pero lo mismo la causa un virus minúsculo que no se ha descubierto, o la cal del agua, vete tú a saber) pero sí he comprobado que, dependiendo de lo que como, estoy mejor o estoy peor.

A mí nunca me enseñaron a comer.

Ni a cocinar.

Es decir, yo crecí con la idea de que los hidratos de carbono eran muy malos y luego seguí adquiriendo más conceptos erróneos: que solo podías tomar 30 gramos de pan con la comida, que la pasta engorda, que las legumbres engordan, que hay que tomar carne roja por las proteínas y por el hierro, que el pescado es sanísimo aunque lo compres de piscifactoría y lo alimenten con harinas y que la leche de vaca es un alimento indispensable para evitar la osteoporosis que, sin duda, vamos a tener todas las mujeres en la menopausia. También crecí con la idea de que el único aceite bueno es el aceite de oliva y los demás son muy dañinos para el organismo (ahora he descubierto el aceite de pepitas de uva o el de cártamo), aunque sigo cocinando en un 90 por ciento con aceite de oliva (y ya conozco las variedades, que antes no las conocía: picual, hojiblanca, arbequina…); que la mantequilla es mejor que la margarina (nada sabía de hidrogenaciones); que no se pueden comer más de dos huevos a la semana por el colesterol y que el único cereal que existía en el mundo era el arroz, porque el trigo solo valía para hacer harina y el maíz solo valía para las gallinas y para hacer kicos.

Cuando crecí, aprendí que los hidratos de carbono no eran tan malos pero que no había que comerlos en la cena; que había que seguir comiendo mucha carne y pescado, todos los días de la semana y que esa dieta era sanísima aunque no te comieras la verdura y aunque las legumbres no las probaras más que una vez cada diez meses. Mi mejor amiga odia la pescadilla porque en sus temporadas de dieta, que han sido muchas, se ha hartado de pescadilla congelada. Ahora no puede ni verla. A mi madre, el jamón de York y el pollo le parecen comida «de dieta» o comida «de enfermo». El único arroz que se cocinaba en mi casa era o paella o arroz a la cubana. Yo no probé un arroz caldoso hasta bien mayor. Cuando me fui de casa, a los 18 años, le juré a mi madre, cual Escarlata O’Hara, que jamás comería un plato de lentejas: a los seis meses, estaba pidiéndole la receta de las lentejas a la madre de mi amiga Julia.

No sé comer. En la escuela no se enseña a comer. En los centros de salud no se enseña a comer. Y bueno, eso me daría igual porque hasta los 35 no los he pisado. Ahora tengo que volver a aprender a comer, y estudiar qué es una proteína y cuántas necesitamos, y cómo combinar los diferentes grupos de alimentos, y cómo se cocina esto o aquello (yo, que lo más elaborado que hacía era meter un hueso de jamón, un trozo de ternera, un trozo de tocino fresco y un trozo de tocino añejo en una olla -sí, sin verduras: en mi casa el caldo nunca ha sido de verduras- y dejarlo hacer chup chup un par de horitas; o pasarme un filete a la plancha o enchufar la vaporera para el pescado). Hemos crecido con la idea de que la dieta mediterránea es la más sana… sin reconocer, realmente, que, en la dieta mediterránea clásica, la gente comía productos de temporada (incluidos carne y pescado) y no comía carne todos los días… simplemente porque no podía comprarla, a no ser que en su casa hubiera matanza (soy del interior: en otras partes, sé que el bonito es como en Extremadura el cerdo)… pero, si había matanza, la carne fresca se guardaba porque el cerdo tenía que servir para todo el año. Se mataba un cerdo o dos y ya. Un cerdo no da para 365 días. Dos cerdos tampoco. Creo que harían falta 100 cerdos para alimentar a una familia.

Es decir, la dieta mediterránea, como bien dice mi médico de cabecera, es, en su mayor parte, vegetariana. No es esta bacanal de carnes y pescados traídos de aguas de Somalia en las que ni deberíamos estar pescando (ah, que nos hemos cargado la fauna marina del Cantábrico). Y Gaspar Rey, que ya murió, me dijo una vez que comer era un acto político. Y comprar y consumir, añado yo.

Y aquí estoy. Ahora. Preguntándome por qué a los niños se les dice que se coman la carne y no la verdura cuando no tienen más hambre; intentando aprender qué es un hidrato de absorción lenta y qué significa índice glucémico, para qué sirve la vitamina K y de qué manera absorbe uno el hierro correctamente. Intentando aprender a comer con 35 años porque nadie me enseñó ni yo me preocupé por aprender.

Si aprendo ahora, cuando tenga 70 años, si es que llego, habré pasado la mitad de mi vida comiendo mal (y con sobrepeso un tercio al menos de esa mitad) y la otra mitad manteniendo una alimentación saludable. Y eso, dando gracias, porque en el Primer Mundo podemos comer todos los días.

Y todo eso por no plantearme que quizá las creencias no eran verdad.

Ahora voy a tener un sobrino. Me pregunto qué mitos sobre la alimentación creerá él sin pensar siquiera si son verdad o no.

Esta entrada participa en un evento que se llama Primer Carnaval de la Nutrición. El lema es Enseñar a comer, enseñar a crecer. Yo no soy madre ni creo que vaya a serlo jamás y ni siquiera sé si este mensaje tiene mucho que ver con lo que se pedía en el evento, pero he querido participar de esta manera.

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