Coyote y Brea

Lo más bueno, lo más cariñoso y lo más redondito de mi casa se llama Brea. Yo le digo Breíta, porque mi Breíta es un amor, esponjoso, siempre llenita de pelos ajenos y legañosa y se frota la carita con el cepillo ella sola, o te da lentamente en el brazo para que la acaricies. Cuando quiere mimos, no hace como el resto de los gatos: ella quiere que dejes la mano medio muerta, colgando del sillón, para ir caminando de un lado a otro y que tu mano la roce. Ronronea tan bajito que le tengo que poner la mano en la garganta para saber si está a gusto. Maúlla de vez en cuando, cuando quiere mucho amor. Insistentemente. Y se pasea de un lado a otro del sillón. Pero no la cojas: no aguanta que la cojas en brazos. Te araña. Y tiene las garritas como alfileres. En otoño e invierno, se mete debajo de las sábanas, bien pegadita a mi cuerpo y pone la patita en mi pierna. Nunca había bufado hasta que llegó Huck y descubro que tiene los dientes separados, porque espurrea. Es calmada hasta lo indecible, salvo cuando juega con Ororo. Se bufan, se persiguen, se dan zarpazos… Y luego se van a dormir juntas: Brea pegada al respaldo del sillón, Ororo estirada contra su barriga y Breíta le pone una pata por encima. Así duermen casi siempre. Abrazadas. Es lo que más le gusta. Casi tanto como la comida húmeda, que le pirra. Y la malta, también. Todo lo que sea comer, le encanta.

Llenita de pelos ajenos
Llenita de pelos ajenos

Yo tenía miedo cuando llegó Huck, porque Huck es como Ororo, muy activo (ejem: comparada con Huck, Ororo es calmada y mansa. Sí, siempre hay alguien peor). Y yo me dije: a ver si Ororo va a abandonar a Brea. Pero no: juegan todos juntos, alternativamente. Brea se esconde en unos cilindros que le compré para que Huck la persiga, Huck se tira encima de Ororo (Huck se tira encima de todo el mundo, la verdad), luego duermen juntos Huck y Brea, Ororo y Brea, Ororo y Huck. Coyote no. Coyote siempre duerme solo… excepto cuando se tumban todos encima de mí.

Huck, Ororo y Brea

Coyote ha aprendido a jugar desde que llegó Huck. Con las niñas no jugaba. El primer día que lo vio, Huck le lamió la nariz (fue lo primero que hizo), Coyote le bufó, empezó a ver que aquello era un trasto que no paraba quieto y se tumbó en el suelo y dijo: Uff. Literalmente. Dijo: uff. Cansado y agotado. Ahora corre por todo el pasillo. Huyendo. Y luego se abrazan. Huck se tira encima de él también: se sienta en su lomo, le abraza con las patas delanteras y es tan bonito verlos… Estresadito, me lo tiene. Pero le quiere, que yo lo sé, porque si estuviera harto, ya se hubiera llevado un zarpazo doloroso y nunca se hubiera vuelto a acercar.

Es mi viejito protestón. Quiere ir a la terraza para saludarme como hacen los perritos, para que le acaricie y entornar los ojos y mirarme muy despacio porque está enamorado de mí. Si se asusta, muerde. Lo sé yo y lo sabe mi amiga María Jesús, que la última vez que fue a cuidarlos, se llevó los cuatro dientes de Coyote clavados en la pierna porque ella cometió el error de moverse un poquito imperceptiblemente. Y como este es un cagao, pues muerdo al canto. La madre que lo parió. Está jodido porque le abandonaron, también lo sé. O quizá es que siempre fue así de asustadizo, este gatazo grande que protesta cuando lo llevo a la cocina (pero si lo cojo en brazos ronronea muy fuerte) y llenito de manías: come despacito, no le gusta que le toquen una de sus patas traseras (siempre se me olvida cuál), si lo cepillas se frota con todo lo frotable, duerme estirancado en verano y acurrucadito en invierno y siempre se tiene que poner a mi lado. Le gusta estar conmigo a solas. Y mirarme. Le encanta mirarme. Y ponerse delante de la tele cuando estoy viendo series.

No se puede ser más sexy en esta vida
No se puede ser más sexy en esta vida

Pero, aunque muerda a gente que no conoce o que sí conoce, porque a María Jesús bien que la conocía, es un gato muy bueno. Es tan bueno que, cuando le quitan la comida, se aparta y mira cómo comen los demás. Aunque tenga mucha hambre. Es tan bueno que me produce una ternura inmensa y siempre le pregunto si es feliz en mi casita. Porque le dejaron en una perrera, a este gato guapo que suelta tantísimo pelo y que te amasa la barriga y te clava las garras con todo el amor del mundo mientras te mira con timidez y se quiere montar en tu brazo porque está castrado pero no se acuerda. Y vivió con una familia y ahora quiero que viva conmigo al menos los mismos siete años que tenía cuando llegó. Ya han pasado dos.

Feliz cumpleaños, amores míos. Os quiero muchísimo.

Brea y Coyote

Pasaste días encerrada en la caseta del rascador. Yo no te miraba a los ojos, me acercaba siempre de lado para no intimidarte y te metía, a duras penas, el comedero por la puerta para que no te murieras de hambre. También te puse el arenero debajo, por si no querías salir, de lo asustada que estabas. A los dos días, volví a ponerlo en el baño y, cuando creías que no te veía nadie, salías allí despavorida. Corres como si tus patas fueran dos pompones, moviendo el culo que ni las modelos calzadas con 17 cm de tacón de aguja. Las Navidades me las pasé apuntando tus vómitos, echándote colirio en los ojos y observando cómo Coyote te mimaba porque Ororo te odiaba desde que llegaste. El día 27 de diciembre os encontré a las dos así, tras una semana de carreras y zarpazos y por poco no lloro:

Las primeras noches maullabas mucho porque no querías estar sola, pero tampoco que yo me acercara. Coyote iba a cuidarte: se pasaba las horas de tu cueva a mi cama. El 13 de enero, lo apunté, tuviste por primera vez la nariz húmeda, después de un constipado tremendo que me asustó muchísimo. Fue, también, el primer día que Coyote me besó. Tú lo hiciste el 19. El 27 me demostraste que estabas feliz de verme saltando sobre tus cuatro patas y haciendo la croqueta. No sabía que podías ser tan cariñosa. Luego descubrí, cuando ya fuiste valiente y saliste del rascador y permitiste que te acariciara, muy poquito cada día, que necesitas dormir muy pegada a mí: en verano, que hace calor, te separas mucho, te estiras todo lo larga que eres… y pones tu patita en mi brazo.

Eres la primera que se viene conmigo. Sin molestar. No te peleas con nadie, como hacen los otros dos, venga carreras y bufidos antes de dormir. Solo los miras, muy atenta, sentada a mi lado. Me das cabezazos para que te acaricie, caminas por la almohada maullando bajito, te tumbas a mi costado y me agarras el brazo con las dos patitas para darme mordiscos pequeños y para que te toque la barriga. Te encanta que te toque la barriga. Luego esperas a que Ororo termine de mamar para que vaya contigo y durmáis juntas.

Quién te lo hubiera dicho a ti, que pasaste la primera semana en casa intentando jugar con ella y ella parecía la hidra de siete cabezas. Cuando te esterilizaron (el mismo día que descubrimos que la mancha blanca de tu pecho es un corazón perfecto) y llegué sin ti, se volvió loca y comenzó a llorar. Siempre pienso que ojalá os muráis las dos el mismo día con dos minutos de diferencia, porque no sé cómo voy a lidiar con la depresión de la que sobreviva.

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Tengo una cicatriz en el brazo de la última vez que te llevé al veterinario. Odias que te coja en brazos, odias el transportín, amas cualquier comida húmeda por encima de todas las cosas (amas comer por encima de todas las cosas: a quién habrás salido) y me llamas justo cuando acabo de sentarme para que te abra el grifo del bidé. Siempre lo digo: para Ororo soy su madre; para Coyote, su novia; para Brea, su esclava. A veces te vuelves loca de amor y te pones a aporrearme la barriga con mucha fuerza y mucha fruición mientras me miras a los ojos y ronroneas muy bajito. Ronroneas tan bajito que tengo que tocarte el cuello para saber que estás feliz. Juegas a lo bruto con los plumeros: así haces ejercicio, porque te has puesto como un trullo: yo, que pensaba que iba a tener un gato negro estilo egipcio y tengo una ballena varada de ojos amarillos con legañas todo el día. También odias que te limpie las legañas.

No tienes ni idea de la ternura que me produces.

Desde hace un par de días, te ha dado por subirte a mi hombro, poner las patas alrededor de mi cuello y plantarte ahí, como si fueras un trofeo. Ororo hace lo mismo para refregar su cara contra mi mejilla. Tú, para enseñarme el culo primero. Eres un romántico.

Yo iba a acogerte. Iba a acogerte hasta que alguien te quisiera y te largaras de mi casa. El primer día me diste un zarpazo porque pasé cerca (ahora sé que aquello no era un zarpazo, pero esa noche me acosté con taquicardia y me desperté a las dos de la mañana para darte comida húmeda y ganarte: está en casa, no le puedes abandonar, no le puedes tener miedo, me decía. Esas primeras noches, también, Brea maullaba porque estaba solita pero no se atrevía a salir del rascador y tú ibas a verla, la lamías, te venías conmigo. Pasaste meses maullando lastimeramente: ya no lo haces. Ahora llegas, pones tu cara al lado de la mía y te duermes ahí. Cuando Brea y Ororo pasaron una semana bufándose (bueno, cuando Brea quería jugar y Ororo era la princesa destronada), tú te levantabas y las vigilabas. Si veías que la cosa se ponía fea, te metías en medio.

Me enamoré de ti un poco por eso y me enamoré aún más cuando Ororo llegó a gruñirte porque estabas comiéndote SU comida de SU comedero y la miraste como diciendo: “pero a dónde crees que vas y quién te crees que eres” y seguiste, con parsimonia. Y te amé con locura la semana en la que, durante tres días, paré en casa solo cuatro o cinco horas y te sentaste en mi barriga, pusiste las patas alrededor de mi cuello, enterraste tu cabeza en mí y te pusiste a maullar muy bajito porque me echabas de menos. Tardé tres días en decidir que no eras acogida: dónde ibas a ir tú, cariño mío, otra vez a estresarte (porque te estresas hasta cuando cambio los libros de sitio), de una casa a la perrera, de la perrera a casa de Agus, de casa de Agus a la mía. Así llegaste, malito malito.

Llegaste malito, a los diez días te llevé al veterinario porque si te tocaba cerca de la boca me dabas un golpe de aviso y pensé que te dolía (ahora no, ahora te acaricio donde quiero). Te moriste de pánico cuando quise meterte en el transportín. Cuando tuve que volver a hacerlo, tardaste dos segundos en entrar. Luego lo pensé: las cuatro últimas veces que te habían metido en el transportín, fue para abandonarte. Lo que lloré cuando me di cuenta.

Eres mi viejito protestón. El viejito protestón que gruñe cuando lo levanto de la cama, que gruñe cuando le quito del sillón para sentarme, que gruñe cuando le aparto del brazo que me quiere montar a todas horas (porque tú, cariño, llevas siete años castrado, pero todavía no lo sabes). Es que pesas ocho kilazos, precioso. Ocho kilos que están siempre y a todas horas encima de mí, porque cuando desaparezco para cocinar, tardas cinco minutos en aporrear la puerta de la cocina maullando como si te mataran para que te acaricie. Siempre he de estar dentro de tu ángulo de visión. Aunque vayas a dormir, porque te pasas el día durmiendo. Los gatos son independientes, me decían. Van a su bola, me decían. Son poco cariñosos, ariscos, traicioneros. Cuando te acaricio, levantas la cabeza, cierras los ojos y sonríes.

Porque tú sabes sonreír, sabes besarme apasionadamente y acercar tu nariz a la mía con los ojos muy abiertos. También has aprendido a jugar sin moverte y que esta es tu casa y yo te cuido. Has tardado mucho y ha sido un viaje fantástico.

Estás enamorado de mí.

No se lo cuentes a nadie, pero yo también estoy enamorada de ti.

Feliz cumpleaños, amores míos.

Entre bufidos y gruñidos

Ororo llevaba dos meses justos en casa cuando la destronaron. Llegaron Brea, una gata negra de su edad acostumbrada a estar con gatos y que solo quiere jugar (pero Ororo solo quiere bufarle y gruñirle) y Coyote, un gatazo impresionantemente grande (para lo que yo estoy acostumbrada a ver, que es un cachorro), de siete años de edad, que se pone tenso cuando se bufan. Cuando Ororo bufa: Brea maúlla lastimeramente. Creo que no la entiende, pobrecita.

Brea y Ororo, la primera vez que durmieron juntas.

Yo me he querido morir, literalmente. El primer día me los trajeron Agus y Miguel, que tienen gatos de todo tipo: los leucémicos en casa, los demás en las gateras. Ellos juraban y perjuraban que todo iba bien mientras Ororo no paraba de bufar como no la he visto bufar nunca. No ha atacado: sé cómo ataca porque quiso hacerlo con un perro que le sacaba diez cuerpos la segunda vez que fue al veterinario. Solo gruñe.

Lo he pasado yo peor que los gatos. La primera noche, cuando regresé de una cena que no disfruté porque pensé que, cuando llegara a casa, iba a ver el cadáver de alguno colgando de las cortinas, casi ni dormí. Coyote me recibió con un zarpazo pequeño en cuanto pasé por su lado. Me fui muerta de miedo a mi cuarto con Ororo, cerré la puerta mientras los oía maullar y me desperté con taquicardias, que me acompañaron todo el día. A las tres de la mañana, decidí vencer mi miedo (fue un rasguño de nada: luego me han mostrado fotos de qué es lo que ocurre cuando la adaptación no va bien y sí: sale sangre). Salí del cuarto, le di comida húmeda a Coyote en su cuarto y me fui a la cama otra vez. Al día siguiente solo me senté en el sofá. No hice más. Estar sentada en el sofá y tener taquicardias. Me calenté un puré que tenía que haber pasado por la batidora y tenía una textura horrible, comí la mitad, cené nada y menos.

Me pasé el día hablando con mis amigos gatunos: Álvaro, que me dijo que si se pegaban, tampoco pasaba nada. Claudia, Tralarí, Cor-de-laranja… Va muy bien, decían. Yo me quería morir, pero por lo visto iba muy bien. A mí me parecía la tercera guerra mundial en mi salón, pero iba muy bien. Llamé a Noemí, que me calmó, porque Noemí siempre calma. Agus, Raquel y Anna han estado pendientes en la distancia todo el día. Agus, divertidísima, porque ella tiene 50 gatos. Sí, 50. Buscan un hogar, por cierto, todos ellos.

Al día siguiente, que fue ayer, con un dolor de cabeza importante por la desnutrición (juas juas juas), me desperté calmadísima. Vino María Jesús a hacerme un risotto de calabaza y pude ducharme, por fin. Un día sin ducharme. Cómo lo echaba de menos. Ella se encerró en la cocina mientras yo, por fin también, me depilaba y me echaba crema hidratante, porque Ororo ha dejado de hacerme heridas. María Jesús ha tenido gatos y es muy calmada, así que nos ventilamos el risotto (el mejor del mundo), vimos Stalag 17, de Billy Wilder, y yo pensé que ya puedo comenzar a recuperar mi vida.

Coyote abraza a Brea los primeros días.

Y aquí estoy. Ororo bufa, Coyote quiere amasarme el brazo (me agarra la tela con los dientes, se pone encima y hala, a masajear). Se pasa el día durmiendo o vigilando que estas dos no se maten. Brea se pasó los dos primeros días escondida en el rascador muerta de miedo y ahora ya se deja acariciar. Poquito, pero se deja. La he cogido y todo para sacarla de algún cuarto y de la cocina: se revuelve, pero no ataca. Ororo me bufa a mí y me muerde la mano como con rabia (pero nunca clavando los dientes ni sacando las uñas) y Brea ya explora la casa. Coyote y Ororo duermen conmigo. Brea maúlla pidiendo compañía: Coyote se va con ella. Luego vuelve. Brea maúlla otra vez y así un par de veces durante la noche.

Coyote tiene que tomar pienso Urinary porque está malito de los riñones. Para mí era un mundo. Pero Agus, de Gatos Ancat, me puso en contacto con Anna (no sé qué hubiera hecho sin ella sin su generosidad a todas horas, su paciencia y su carácter tan tranquilizador), que ha tenido siete gatos y ahora tiene cinco. Varios de ellos necesitaban comida especial y uno, además, era ciego y no se dejaba tocar. Pero aprendieron. El truco es darles de comer varias veces al día, mínimo cuatro (yo, cuando me levanto, a las siete de la mañana, a las cuatro de la tarde, a las siete y a las diez de la noche: lo he hecho así porque son las horas a las que estoy en casa, ya que algunos días tengo inglés). Yo también voy aprendiendo con ellos. Hay que darles algo de tiempo y tengo que cambiar las rutinas de Ororo y Brea, que comen ahora en el pasillo. Pero deberían comer en el salón, que se puede cerrar, porque son más lentas que Coyote. Tenía algo de miedo por si echaba demasiada comida y se me ponían como trullos, pero se regulan: no se lo comen todo y no comen con ansiedad. Por ahora. Ya iremos viendo.

Tiempo, bufidos, zarpazos y paciencia. Así transcurre mi vida estos días. Ya sin taquicardias.