Breíta y Coyote – Tres años

Breíta
Breíta

Hace tres años llegó para quedarse días en un rascador sin salir nada más que al arenero, muerta de miedo, maullando por las noches, porque no quería estar sola, pero yo no lo sabía. Sigue huyendo cuando llega gente. Si se quedan mucho tiempo, sale del cuarto en dos días y salta como una ballena varada en el sillón, porque está gorda a pesar de mis esfuerzos para que adelgace.

Brea me produce tantísima ternura que la llamo Breíta siempre. Cuando llego a casa, Huck y ella hacen la croqueta: ella salta sobre sus cuatro patas, a la vez. Si la acaricio, se posa sobre las dos traseras para llegar mejor a mi mano. Me habla mucho (sobre todo cuando quiere que le abra el grifo del bidé: le he comprado dos fuentes y no las quiere salvo para chapotear en ellas y llenarme el pasillo de agua). Cuando dormimos y es invierno, se mete debajo del edredón, pegadita a mi barriga, y me muerde la manga del forro polar y ronronea tan bajito que le tengo que poner el dedo en la garganta para notarlo. Le gusta jugar con Huck a meterse en el túnel sonoro que les compré. Le gusta pelear con Ororo por las tardes y tumbarse a mis pies cuando duermo la siesta.

Breíta y Coyote
Breíta y Coyote. Sí, está Breíta también

Coyote tiene el cerebro jodido porque le abandonaron, así que, cuando no me ve en 10 minutos, se desespera y aporrea la puerta y llora un montón. Es un poco tontorrón, porque no se ha dado cuenta de que la cocina tiene dos puertas. Cuando le dejo entrar, se pone a temblar de la emoción. Creo que nadie me quiere así, qué queréis. ¡Al menos, nadie tiembla cuando me ve! Le gusta estar en la terraza, menos cuando llueve, que no se atreve a salir. Le gusta darme besitos en la cara por las noches. Adora pelearse con Ororo, a veces encima de mi cara. Le gusta estar con Huck y montar a Huck, pero eso solo lo he visto una vez y espero no verlo nunca más, que me crea trauma. A veces se tumba encima de mí y me abraza el cuello con las dos patas y me mira entornando los ojos y ronronea.

Hoy hace tres años que son mi familia. Soy una suertuda.

Coyote y Brea

Lo más bueno, lo más cariñoso y lo más redondito de mi casa se llama Brea. Yo le digo Breíta, porque mi Breíta es un amor, esponjoso, siempre llenita de pelos ajenos y legañosa y se frota la carita con el cepillo ella sola, o te da lentamente en el brazo para que la acaricies. Cuando quiere mimos, no hace como el resto de los gatos: ella quiere que dejes la mano medio muerta, colgando del sillón, para ir caminando de un lado a otro y que tu mano la roce. Ronronea tan bajito que le tengo que poner la mano en la garganta para saber si está a gusto. Maúlla de vez en cuando, cuando quiere mucho amor. Insistentemente. Y se pasea de un lado a otro del sillón. Pero no la cojas: no aguanta que la cojas en brazos. Te araña. Y tiene las garritas como alfileres. En otoño e invierno, se mete debajo de las sábanas, bien pegadita a mi cuerpo y pone la patita en mi pierna. Nunca había bufado hasta que llegó Huck y descubro que tiene los dientes separados, porque espurrea. Es calmada hasta lo indecible, salvo cuando juega con Ororo. Se bufan, se persiguen, se dan zarpazos… Y luego se van a dormir juntas: Brea pegada al respaldo del sillón, Ororo estirada contra su barriga y Breíta le pone una pata por encima. Así duermen casi siempre. Abrazadas. Es lo que más le gusta. Casi tanto como la comida húmeda, que le pirra. Y la malta, también. Todo lo que sea comer, le encanta.

Llenita de pelos ajenos
Llenita de pelos ajenos

Yo tenía miedo cuando llegó Huck, porque Huck es como Ororo, muy activo (ejem: comparada con Huck, Ororo es calmada y mansa. Sí, siempre hay alguien peor). Y yo me dije: a ver si Ororo va a abandonar a Brea. Pero no: juegan todos juntos, alternativamente. Brea se esconde en unos cilindros que le compré para que Huck la persiga, Huck se tira encima de Ororo (Huck se tira encima de todo el mundo, la verdad), luego duermen juntos Huck y Brea, Ororo y Brea, Ororo y Huck. Coyote no. Coyote siempre duerme solo… excepto cuando se tumban todos encima de mí.

Huck, Ororo y Brea

Coyote ha aprendido a jugar desde que llegó Huck. Con las niñas no jugaba. El primer día que lo vio, Huck le lamió la nariz (fue lo primero que hizo), Coyote le bufó, empezó a ver que aquello era un trasto que no paraba quieto y se tumbó en el suelo y dijo: Uff. Literalmente. Dijo: uff. Cansado y agotado. Ahora corre por todo el pasillo. Huyendo. Y luego se abrazan. Huck se tira encima de él también: se sienta en su lomo, le abraza con las patas delanteras y es tan bonito verlos… Estresadito, me lo tiene. Pero le quiere, que yo lo sé, porque si estuviera harto, ya se hubiera llevado un zarpazo doloroso y nunca se hubiera vuelto a acercar.

Es mi viejito protestón. Quiere ir a la terraza para saludarme como hacen los perritos, para que le acaricie y entornar los ojos y mirarme muy despacio porque está enamorado de mí. Si se asusta, muerde. Lo sé yo y lo sabe mi amiga María Jesús, que la última vez que fue a cuidarlos, se llevó los cuatro dientes de Coyote clavados en la pierna porque ella cometió el error de moverse un poquito imperceptiblemente. Y como este es un cagao, pues muerdo al canto. La madre que lo parió. Está jodido porque le abandonaron, también lo sé. O quizá es que siempre fue así de asustadizo, este gatazo grande que protesta cuando lo llevo a la cocina (pero si lo cojo en brazos ronronea muy fuerte) y llenito de manías: come despacito, no le gusta que le toquen una de sus patas traseras (siempre se me olvida cuál), si lo cepillas se frota con todo lo frotable, duerme estirancado en verano y acurrucadito en invierno y siempre se tiene que poner a mi lado. Le gusta estar conmigo a solas. Y mirarme. Le encanta mirarme. Y ponerse delante de la tele cuando estoy viendo series.

No se puede ser más sexy en esta vida
No se puede ser más sexy en esta vida

Pero, aunque muerda a gente que no conoce o que sí conoce, porque a María Jesús bien que la conocía, es un gato muy bueno. Es tan bueno que, cuando le quitan la comida, se aparta y mira cómo comen los demás. Aunque tenga mucha hambre. Es tan bueno que me produce una ternura inmensa y siempre le pregunto si es feliz en mi casita. Porque le dejaron en una perrera, a este gato guapo que suelta tantísimo pelo y que te amasa la barriga y te clava las garras con todo el amor del mundo mientras te mira con timidez y se quiere montar en tu brazo porque está castrado pero no se acuerda. Y vivió con una familia y ahora quiero que viva conmigo al menos los mismos siete años que tenía cuando llegó. Ya han pasado dos.

Feliz cumpleaños, amores míos. Os quiero muchísimo.