Cinco años como cinco soles

Coyote sentado en mi regazo. Ororo está debajo de la falda camilla.

Les he puesto dos camas encima de la mesa, para que no acaben con mis libros ni me tiren los bolígrafos ni las cuartillas, pero este sigue siendo su sitio favorito: Ororo debajo de la falda camilla, Coyote encima ronroneando, mientras me empuja con la cabeza porque le molesto al teclear.

Hoy hace cinco años que llegó, porque, donde caben dos, caben tres y lo habían abandonado en la perrera e iba a morir. Huele a suavizante, este gato gordo y viejito (tiene 12) que no huye, como el resto de los animales, si se asusta. Él se lanza y ataca. Es la razón por la que no le pido a mis amigos que me cuiden a los gatos: por si acaso.

Coyote

El resto del tiempo, me mira así, o entornando los ojos (es el gato más expresivo del mundo: le notas enseguida cuándo está cabreado) y sigue aporreando la puerta de la cocina y maullando como si lo fueran a matar si no me ve en dos minutos. Le gusta la comida húmeda, darme un beso de buenas noches en la cara, lamerme el pelo a veces y sigue haciendo su rito diario: saltar a la cama para dormir, bajar, pasear por el pasillo maullando desconsoladamente, saltar a la cama, bajar, pasear por el pasillo maullando desconsoladamente, saltar a la cama, acurrucarse donde le dejan.

Le tiembla todo el cuerpo cuando llego a casa.Yo adoro meter la nariz en su pelo, porque huele a suavizante.

Qué bien huelen los gatos.

Ororo, Brea y Huck mirando pájaros en la tele

Cuando llegó Brea, Ororo dejó de sentarse en el suelo de la cocina para hablar conmigo. Ya tenía una compañera y ahora solo hace prrr prrr cuando Coyote está encima de mí y no le deja espacio. Quien habla ahora es ella: para pedir comida húmeda, para pedir caricias, para pedir que le abra el grifo de la bañera o del bidé. Mientras Ororo lame directamente, ella espera a que caiga el agua, la recoge con la patita delicadamente y se chupa la pata.

Brea en mis piernas

No la puedes coger, porque araña (no os imagináis lo que es meterla en un transportín). En el regazo se pone pocas veces. Siempre en los tobillos, mientras yo leo o veo alguna película o una serie, o me echo la siesta en el sofá. En la cama se acurruca junto a mí, con las patas en mi barriga (las cuatro) y empujándome a la otra punta de la cama hasta que la señora está cómoda. Luego, cuando necesita amor, lo que hace es pasearse por los brazos del sofá y mi regazo, aporreándome las piernas una y otra vez o mordiéndome la manga del pijama. Pero no intentes que se siente: ella solo se quiere pasear. Y que la toques. Cuando ella quiere.

Brea estirada

También se estira en el sofá, a mi lado, para que le rasque la barriga. Le encanta que le rasque la barriga. Y que la cepille y coger el cepillo y quitármelo y darle golpes con las patas traseras, como si fuera un animalillo que acaba de cazar. En invierno se pasa el día en mis tobillos o en un cojín cerca del radiador.

Es la gata más buena de mi casa. La más tímida también: si viene alguien, se esconde en el pasillo y sale solo si ve que la visita no está por irse pronto.

Me lo tienen todo lleno de pelos: las boinas, los guantes, las bufandas, los jerseys. A veces se ponen pesadísimos (que suele ser cuando yo quiero que me dejen tranquila). Coyote me despierta a las cuatro y pico o las cinco de la mañana todos los días. Brea me pone de los nervios cuando tengo a dos gatos encima (Coyote y Ororo, generalmente), pero me llama gritando para que le abra el grifo de la bañera. O cuando sale a la terraza pero luego oye una voz de un vecino y se asusta y se pone a maullar aterrorizada y se va pero quiere volver por si el vecino se ha ido y así tres o cuatro veces mientras yo estoy picando cebolla o pelando zanahorias.

Coyote y Huck. Luego que si no veo series.

Antes de vivir con gatos, pensaba que todos los gatos eran iguales: más o menos cariñosos, pero ya está. Ahora sé que cada uno de ellos tiene su carácter, sus manías, sus gustos, sus miedos. Llevo aprendiéndolo cinco años. Hoy hace un lustro que llegaron, para desatar la III Guerra Mundial durante una semana en mi casa.

Feliz cumpleaños, bonitos míos.

Cuatro años de amores y peticiones

Brea y Coyote
Brea y Coyote

Cuando Brea llegó, perseguía a Ororo por toda la casa para jugar con ella. Ororo hablaba mucho: ahora, es Brea quien habla, con mil maullidos diferentes, en tono y en fuerza: los más gritones son para pedir agua, porque a la señora le gusta beber del grifo (antes del bidé, ahora ha descubierto que la bañera es más divertida, porque caben todos) y adora la comida húmeda. También demanda amor: se pasea por encima de ti para que la acaricies, te da con la pata, amasa aporreando o te muerde la manga del pijama.

Breíta
Breíta con legaña.

Odia que le quite las legañas y que le corte las uñas: cuando acabo, se va directa al rascador a afilárselas todo lo posible. Sigue durmiendo pegadita a mí, pero ahora Huck se ha unido a la fiesta, así que mis noches son un trajín de gatos entrando y saliendo de debajo del edredón, en invierno, hasta que los dos se colocan juntos y Brea comienza a empujarme o a darme patadas: supongo que tener hijos debe de ser algo así. Huck ronronea como un martillo pilón y a Brea le tienes que poner el dedo en la garganta para saber si está contenta. No hace nada de ruido: ella, con maullar a todas horas, tiene bastante. Si me tumbo en el sofá, se pone encima de mis tobillos o en el respaldo. Acude siempre, aunque esté medio dormida en el rascador. Y, si me voy dos días, se pone a hacer la croqueta en cuanto entro por la puerta.

Coyote
Coyote

Coyote es el gato más expresivo del mundo, tanto al protestar maullando, como cuando te mira: si está enfadado, va a fruncir el ceño antes de ponerse a dar golpecitos con la cola. Desde hace unos meses, me muerde la cara para darme besitos, sobre todo cuando llego a casa de trabajar y para darme las buenas noches. Sigue yéndose a la mesa de la entrada y maullando como un loco porque no me ve, cuando estoy al doblar la esquina. Él es así: un gato haciendo cosas de gato. Por la tarde, se pelea con Ororo como si fueran a matarse. Por la mañana y por la noche, Ororo le busca para darle cabezazos y que le lama la cabeza. A veces duermen juntos. Pero pelearse, se pelean. Con gruñidos, zascas y todo. Yo a veces me asusto mucho, pero nunca se han hecho nada. Eso sí: su mejor amigo es Huck.

Coyote y Huck
Coyote y Huck

Por Huck, que es, con mucho, el gato más divertido de mi casa, Coyote siente adoración. Están muchísimo rato juntos, juegan sin matarse, se lamen, se muerden con fruición las orejitas, se chupan y se quieren. Pero a quien Coyote adora de verdad, es a mí. Si estoy en casa y no me ve en dos minutos, maúlla como si lo fueran a matar. Si no abro la puerta de la cocina porque estoy cocinando y se mete en medio y le piso y hay peligro, aporrea la puerta llorando como un loco (sí: sabe llorar).

Brea y Coyote. Sí, a la izquierda está Brea, aunque no se note.
Brea y Coyote. Sí, a la izquierda está Brea, aunque no se note.

Hoy hace cuatro años que llegaron para montar la tercera guerra mundial en casa durante una semana. A veces quiero matarlos a todos (sobre todo, cuando no me dejan dormir, o cuando a Coyote le da por comprobar si estoy viva a las cuatro de la mañana), pero todos los días, en algún punto, digo una frase. Todos: «yo me quiero ir a mi casa y estar con mis gatitos».

Breíta y Coyote – Tres años

Breíta
Breíta

Hace tres años llegó para quedarse días en un rascador sin salir nada más que al arenero, muerta de miedo, maullando por las noches, porque no quería estar sola, pero yo no lo sabía. Sigue huyendo cuando llega gente. Si se quedan mucho tiempo, sale del cuarto en dos días y salta como una ballena varada en el sillón, porque está gorda a pesar de mis esfuerzos para que adelgace.

Brea me produce tantísima ternura que la llamo Breíta siempre. Cuando llego a casa, Huck y ella hacen la croqueta: ella salta sobre sus cuatro patas, a la vez. Si la acaricio, se posa sobre las dos traseras para llegar mejor a mi mano. Me habla mucho (sobre todo cuando quiere que le abra el grifo del bidé: le he comprado dos fuentes y no las quiere salvo para chapotear en ellas y llenarme el pasillo de agua). Cuando dormimos y es invierno, se mete debajo del edredón, pegadita a mi barriga, y me muerde la manga del forro polar y ronronea tan bajito que le tengo que poner el dedo en la garganta para notarlo. Le gusta jugar con Huck a meterse en el túnel sonoro que les compré. Le gusta pelear con Ororo por las tardes y tumbarse a mis pies cuando duermo la siesta.

Breíta y Coyote
Breíta y Coyote. Sí, está Breíta también

Coyote tiene el cerebro jodido porque le abandonaron, así que, cuando no me ve en 10 minutos, se desespera y aporrea la puerta y llora un montón. Es un poco tontorrón, porque no se ha dado cuenta de que la cocina tiene dos puertas. Cuando le dejo entrar, se pone a temblar de la emoción. Creo que nadie me quiere así, qué queréis. ¡Al menos, nadie tiembla cuando me ve! Le gusta estar en la terraza, menos cuando llueve, que no se atreve a salir. Le gusta darme besitos en la cara por las noches. Adora pelearse con Ororo, a veces encima de mi cara. Le gusta estar con Huck y montar a Huck, pero eso solo lo he visto una vez y espero no verlo nunca más, que me crea trauma. A veces se tumba encima de mí y me abraza el cuello con las dos patas y me mira entornando los ojos y ronronea.

Hoy hace tres años que son mi familia. Soy una suertuda.