Qué se puede hacer para cambiar los hábitos (I): La palabra y el corto plazo

Hace un par de meses, me caí con todo el equipo. De nuevo. Bueno, no me caí. Me fui cayendo. Lo bueno es que ahora veo si me caigo y cuán rápido y por qué. Aún tengo que tomar decisiones (seguir con la terapia, dejarla un tiempo, buscar otro profesional, yo qué sé, porque no me veo contando las mismas cosas de nuevo. O sí. O no. Qué pereza, Dios mío), que yo para las decisiones soy muy lenta a no ser que me dé un siroco y vaya a bocajarro y sin pensar. Que es, por otra parte, como hago todo en esta vida.

Hay que tirar de los amigos a veces. Sobre todo si tus amigos son profesores de Psicología en la Universidad. Y, en espera de tomar o no decisiones (qué pereza: ¿he dicho que me da pereza?), me puse a leer blogs de psicólogos. Podría enlazaros un montón de blogs o páginas profesionales mal escritas y que comienzan, más o menos, con todas las variantes de la frase: «Un día, Juan vino a la consulta porque se sentía triste«. Yo ahí dejo de leer porque me sale un sarpullido y me tengo que rascar. También me sale un sarpullido con la Programación Neuro-Lingüística, la Gestalt, y el psicoanálisis y, en general, con todas las áreas de las que hay estudios científicos demostrando su ineficacia. Y sí: he leído a Freud. Lo leí a los 13 años, de hecho. Y a Bloom hablando de Freud y Shakespeare un lustro después. Y me río mucho cuando Bloom dice aquello de que la alegorización freudiana de Shakespeare es tan insatisfactoria como las alegorizaciones foucaultianas, marxistas y feministas al uso, porque su teórica del resentimiento a mí me hace partirme de risa y llevarme las manos a la cabeza a partes iguales. Se lo perdono (relativamente) porque me enseñó a leer a Dickinson.

Pero yo no he venido aquí a hablar de literatura.

En ese proceso de tomar decisiones (que no sé si tomaré o no, o yo qué sé, porque aunque esto lo programe para después de la Nochebuena, ahora mismo es 9 de diciembre), me acordé de Ramón Nogueras, que fue el primer psicólogo que entrevisté para la radio. No fue una entrevista emitida como tal: fue un reportaje sobre libros de autoayuda que me encargaron, porque algunos de mis compañeros suelen encargarme temas pensando que yo estoy a favor de ciertas cosas, como de los libros de autoayuda, que es la cosa que más he odiado siempre en esta vida (mi jefe de informativos, en cambio, me conoce y me envía correos de Rafael Santandreu para que se me atragante la tostada), o como el porno para mamás a cuenta del libro ’50 sombras de Grey’, porque resulta que cuando salió, todos los medios de comunicación parecieron descubrir que a las mujeres nos gusta el sexo. Luego, claro, desmonto todo el chiringuito, porque busco otras fuentes más serias. Al fin y al cabo, el trabajo de un periodista es ese: buscar fuentes, saber cuáles son las mejores a las que tiene acceso, contrastar las historias de las que no conoces nada y armar un relato que sea honesto. Cuando no tienes a nadie a mano, le preguntas a los amigos. En este caso, a Ingrid. Si tengo que hablar de ciertos temas, yo le pregunto a Ingrid. Y si Ingrid me recomienda a alguien, yo le llamo. Así que le llamé. En el blog tiene una serie que se llama «De cómo nos jodemos la vida» que es muy reveladora. Además, el tío escribe bien.

A mí me pone la gente que escribe bien.

Lo sé porque, en este trabajo de investigación de «a ver qué hago con mi vida, que ya no me aguanto ni yo», me leí el Sesgo de confirmación de cabo a rabo. Y eso me llevó (gracias Twitter) a Eparquio Delgado (si creéis que estamos enganchados al móvil, buscad sus entrevistas), María Xesús Froján (este texto no tiene desperdicio: pocas veces he orgasmado más leyendo algo), Eduardo Polín y Ricardo de Pascual (de Polín estoy a dos o tres tuits de enamorarme y, para cuando salga este texto, dentro de diez o veinte días, lo mismo ya me he declarado y todo). Y me he puesto a leer. Que tenía que haberlo hecho hace tres años, pero hace tres años yo no estaba para nada en esta vida.

La actriz Catherine Coulson portando su leño inseparable en Twin Peaks. Qué llorera me di cuando la vi en el último capítulo… Hay gente de la que te despides porque lleva contigo casi 30 años. Sí, yo vi Twin Peaks cuando comenzó a emitirse y he tardado 27 años en ver un «desenlace». ¿Qué hace aquí? Sigue leyendo.

Somos lo que (nos) narramos/decimos

Nos pasamos el día contando historias y asumimos mil discursos diferentes. No actuamos igual con nuestros padres que con nuestros amigos que con la persona que nos queremos llevar a la cama. De hecho, nadie es lo que parece y las cosas no son lo que parecen, como decía Lady Log (AKA «la señora del leño») en Twin Peaks. ¿No habéis visto Twin Peaks? Dejad de leer esto ahora mismo. Y, sobre todo, somos lo que nos decimos a nosotros mismos que somos. También somos lo que nos dicen. Si tus padres te han criado diciéndote que eres un inútil, un vago, un cerdo y que nadie te va a querer nunca, posiblemente crezcas pensando que eres un inútil, un vago, un cerdo y que nadie te va a querer nunca. La capacidad performativa del lenguaje es una de sus características más poderosas: es capaz de conformar la realidad y de que tú veas esa realidad tal cual tú eres y actúes en consecuencia. Eso también lo sabemos bien los periodistas.

Yo es que siempre…

A ver, ya. Siempre he hecho esto, siempre ha sido así, siempre he tenido ansiedad, siempre etc. Y es que mi entorno no va a cambiar. Ya. El mío tampoco. Pero espero poder cambiar las respuestas que le doy a ese entorno, porque yo parto de la base de que «lo mío» (mi ansiedad y mis otras cosas, que tengo otras cosas que no voy a contar en un blog aunque me torturen) es una respuesta adaptativa a ciertos estímulos que no puedo controlar. No puedo controlar los dos: ni los estímulos ni las respuestas. Si cambiamos las respuestas, podemos cambiar las conductas. Y lo que nos decimos a nosotros mismos. Y nuestro entorno, a veces. O, más bien, la relación que tenemos con nuestro entorno. Porque, al final, somos lo que nos narramos y somos lo que hacemos. Esto hay que aprenderlo y esto se aprende.

Se aprende previo pago de su importe: en terapia. No sé de nadie que haya cambiado conductas profundamente arraigadas (su relación con la comida, su ansiedad, su depresión, su falta de autoestima o los tíos mierdas con los que establece relaciones uno detrás de otro) sin ayuda profesional. Bueno, sí: el único libro que funciona como una terapia es este: Sentirse bien, pero hay que hacer los ejercicios. No puedo decir cómo está, porque no lo tengo. Los de Planeta, que lo mismo editan maravillas de estas que otras muchas mierdas acientíficas, lo han metido en el apartado de Autoayuda. Si hay uno de Historia, Matemáticas y Ciencia, debería haber uno de Psicología, pero en fin. Ahora todo es autoayuda y coaching y mindfulness y encontrarse a sí mismo y si quieres puedes y si no puedes es que no has querido lo suficientemente fuerte. En qué momentos nos volvimos tan lerdos ya no lo sé. Lo mismo las sobredosis de homeopatía que llevamos p’al cuerpo tienen algo que ver.

Cocinando boloñesa de tempeh un domingo a las diez y media de la noche

Y no se trata de fuerza de voluntad. Lo de la fuerza de voluntad es una patraña que solo os va a causar sufrimiento: si no te comes el brócoli nada más aunque haya una tarta ahí al lado y tú estás muerta de hambre y al final te comes la tarta, es tu puta culpa, porque eres una débil que no tiene fuerza de voluntad. Eso me lo han dicho a mí 800 veces. De hecho, la primera vez que una amiga mía me dijo que no podía ponerme a dieta porque no tenía fuerza de voluntad, perdí 14 kilos. Luego los gané, los volví a perder y así, un yoyó hasta que fui a una nutricionista y a otra y a otra y…

Adherencia

Durante todo este tiempo he cambiado muchas conductas: ya no uso azúcar en el café, he comenzado a hacer deporte, tengo una vida activa. Yo. Doña culo plantado en el sofá. Mantengo un blog de cocina. Cocino. He cocinado hasta con depresión y arrastrándome. Como verduras. Como hasta fruta, coño. Quién me ha visto y quién me ve. También he cambiado otros comportamientos y otros modos de actuar con el resto del mundo, los amigos, el entorno laboral. Adopté gatos.

Pero no he cambiado otras cosas. Por qué. Porque los primeros 20 kilos son los fáciles de perder. Y, cuando el objetivo está lejos, que son otros 20 kilos más, tu cerebro peta y no lo procesa porque nuestro cerebro está acostumbrado a los plazos cortos. Cortísimos. El mío, cortísimos. Tú a mi cabeza no le puedes decir: «El año que viene pesarás 65 kilos». Tú a mi cabeza le tienes que decir: «Ahora te vas a levantar de la silla y vas a ir al baño sin mirar los pasteles. Y al salir del baño mirarás la máquina de vending que tienes justo enfrente y no vas a comprar nada». Y a los 10 minutos le dices: «Ahora vas a ir abajo a por tu media mañana, abrirás la nevera, la subirás y, mientras redactas las noticias, te comerás la manzana con leche de soja, semillas de chía y nueces y vas a comértela más lentamente que otras veces». Y, cuando se acaba la manzana y aún es la una y media y te queda una hora para bajar a comer, tienes que decirle: «Esta sensación que tienes no es hambre, porque tu estómago está lleno, así que no vas a levantarte a comprar nada». Y traen pasteles y le dices: «Como te has comido tu manzana, no vas a comer pasteles ahora». Y al cuarto de hora le dices: «En el próximo cuarto de hora tampoco vas a comer pasteles».

A otra gente le basta con un: «Hoy no vas a comer pasteles». Yo me tengo que hablar mucho. Al cerebro se le dan órdenes concretas, medibles y cuanto más detalladas mejor. No es «voy a ponerme a dieta». Es «hoy he de sacar la sopa de verdura y la soja texturizada del congelador para tenerlo todo listo mañana por la mañana y poder comer en el trabajo».

Otra foto de mi trabajo un día cualquiera. Creedme: tengo miles.

Hay otra parte del cerebro que también habla, ojo: «Los pasteles están muy ricos y son de esa pastelería que te gusta. Mira ese pastel de chocolate. Coño, hay hojaldre, con lo que te gusta a ti el hojaldre. Y trufa. Y mira, la moka. Dios, moka. Total, por un día. Pero si sabes que al final te lo vas a comer».

Porque ahí estás tú, hablando contigo misma y con tu otra personalidad. Y, cuando el «si sabes que te lo vas a comer» es más fuerte que el «no te lo vas a comer» porque resulta que lo primero ofrece una gratificación inmediata y lo segundo (sobre todo cuando en tu trabajo hay pasteles día sí y día también) te hará adelgazar (en teoría) y te hará adherirte a unas pautas de comida sana y que no te hinche ni haga que te duela la barriga, pero solo Dios sabe cuándo, pues te lo comes. Porque has perdido el objetivo que tu cerebro se marcó y piensas a largo plazo y la cabeza eso no lo aguanta. No la mía: creo que la de todo dios. El objetivo no es «voy a perder 20 kilos este año». Es: «este próximo cuarto de hora no me voy a comer los pasteles».

Pero, para tener un objetivo, hace falta un porqué.

Sí: se escribe junto.

La comida emocional y el entorno

Os presento al enemigo de mi veganismo. Esto es lo que hay, con sus muchas variantes, un día cualquiera en mi trabajo. Poned donuts, bombones, magdalenas, surtidos, napolitanas… Porque es el cumpleaños de alguien, porque es el santo de alguien, porque se despide un becario, porque una becaria se va, porque alguien ha pasado por la pastelería, porque otro tiene galletas en casa y le van a caducar, porque otra vez cumple años quien sea, porque es martes, porque es viernes y hoy es fiesta y compramos churros.

Yo tengo ansiedad. Diagnosticada en dos charlas informales, vale. Pero es que las charlas eran con mi médica de cabecera. Y oye, una se fía de su médica, qué cosas. Total, que si bien mi cerebro tardó cuatro años en hacer el cambio y pasar de una dieta carnívora a una vegetariana, y ya miro el chorizo (porque no solo hay pasteles: también hay jamón y chorizo y salchichón y patatas fritas) y no lo como (y yo adoro el chorizo, ojo, aunque lleve no sé cuántos años sin comerlo), lo demás no ha resultado. Resulta el 90 por ciento del tiempo, pero el veganismo, ya lo sabemos, exige pureza. No comer pasteles con mantequilla y huevo y nata porque resulta que tienes taquicardia y están al lado de tu mesa con todo el olor de la canela dándote en la pituitaria y de pronto lo mandas a tomar por culo todo, porque el cerebro es así. El cerebro se va a lo conocido. Y lo conocido es el sabor de los pasteles de esta pastelería, que, por cierto, están que te cagas.

Con toda su harina refinada, su nata grasienta, su mantequilla y sus huevos baratos, porque no creo que ninguna pastelería vaya a tener huevos de campo en la puta vida. No sería rentable.

Pasteles
El entorno

No me he comido ni un pastel de esa caja. Viva yo.

Lo mismo repito ideas del post anterior, porque tengo una gata paseándose por el teclado (Ororo, quién si no) y me da miedo abrirlo por si me lo descogorciona.

Comida emocional

En infinidad de mensajes de blogs de internet, de psicología, de coaching nutricional (tengo mis reservas con todo lo que lleve la palabra coaching por delante) y de experiencias personales, se define el hambre emocional como repentina, urgente, que desea comidas específicas (generalmente, mierdas), que no sacia cuando comes y siempre quieres más (¡esa soy yo! Con una bolsa de quicos no tengo bastante. Han de ser tres. Y son tres porque las como casi cuando van a dar las dos y media de la tarde, que es el tiempo que tengo en mi trabajo para comenzar a comer: a las dos y media salgo del estudio y voy disparada al comedor. Si no, serían más) y que luego genera culpa, frustración y esa sensación de que no controlas la comida, de que eres una puta enferma ansiosa y de que no vas a poder adherirte a una dieta con estos picos de estrés diarios.

La peña, como es así de bienintencionada, da consejos. Algunos de los más comunes son:

  • Escribe lo que sientes cuando comes. No tengo nada en contra: escribir te saca de ti mismo: lo sé bien: escribo desde que puedo empuñar un bolígrafo. El primer castigo que me impusieron en casa fue no entrar en lo que llamamos «el cuarto de la plancha», que es donde yo me enclaustraba, con una libreta, una pluma y varios libros: tenía siete años. El problema es que yo no siento nada, solo pulsión. Y no tengo tiempo de ponerme a analizar justo en el momento y ya sabemos lo que hace la memoria.
  • Da un paseo. Tampoco tengo nada en contra. Pasear es bonito, respiras aire puro, piensas con más claridad y te mantienes activo (aunque no, no adelgazas paseando). El problema es que te mandan hacerlo cuando tienes el pico de ansiedad. Y yo lo tengo en el trabajo cuanto más trabajo tengo. No me puedo ir a pasear.
  • Haz flexiones. Machácate vivo. Ay, no veo la hora en la que yo pueda volver a hacer flexiones… y a estirar el brazo por encima de mi cabeza. Ahora no puedo, me he jodido el tendón del hombro. Duele horrores. Pero tampoco me puedo poner en el trabajo a hacer deporte.
  • No compres productos insanos. Bien: no los compro. Los llevan mis compañeros, todos los días a todas horas.
  • Ponte música relajante. A mí la música relajante me carga los nervios y trabajo en radio, con lo cual he de escuchar entrevistas o declaraciones. No música.
  • Ponte a dibujar. No puedo pararme a dibujar tampoco.
  • Y un puñado de cosas así. Todas se resumen en cambiar de actividad, salvo la de no comprar productos insanos, que podríamos definir como ‘evita la tentación‘. Pero a veces no puedes cambiar de actividad.

Problemas:

  • Dan por hecho que estás en tu casa o en un entorno controlado. Yo en mi casa no tengo problemas. Los tengo «fuera de». En casa de amigos, en restaurantes, en el trabajo. En ese trabajo con dos máquinas de vending llenas de guarrerías y con muchísima oferta.
  • Comer patatas o quicos es algo que puedes hacer mientras haces otras cosas. En mi caso, mientras trabajo, saco cortes de voz (un corte de voz es eso que oyen en un informativo: «Escuchamos a Barack Obama», dice el locutor: y salen 20 segundos de la voz de Obama: eso hay que extraerlo de una intervención más larga, con un programa para acotar audios). Obviamente, no puedo ponerme música relajante. Y, además, la música relajante a mí me levanta taquicardia igual, tan lentita, tan coñazo. Ni me puedo poner a dibujar ni a hacer deporte ni a nada que no sea el trabajo.
  • Y, además, ya os he enseñado una foto, pero puedo enseñaros varias más, mi ambiente de trabajo es lo más obesógenico del mundo, si exceptuamos una pastelería.

    Donuts
    Donuts de otro día

Luego están ya los mensajes cachondos: uno de mis preferidos es «escucha a tu cuerpo«. Mi cuerpo, como el de todos, pero el mío más, que para algo tengo colitis ulcerosa, produce borborigmos y tiene gases. Mi cuerpo quiere desayunar tarta de zanahoria y merendar bolo de bolacha (que es una tarta portuguesa maravillosa, con sus galletas y su crema de moka y su azúcar y su tó). Es mi mente la que pide, en lugar de las tartas (que las hay donde voy a desayunar) su tostada con sus rodajas de tomate (porque mi mente sabe que las rodajas son mejores que el tomate refregao), aceite de oliva virgen extra, pelín de sal y café con leche de soja. Si estáis por Mérida, el Costumbres Argentinas tiene uno de los mejores cafés de la ciudad. Y es mi mente la que, aunque yo era de las que me echaba sobre y pico de azúcar, pudo ir, como las yonkis, echando cada día un poquito menos de dosis, para tomar el café a pelo ahora. Y por eso sé que, en el Costumbres Argentinas ponen uno de los mejores cafés de la ciudad: porque el azúcar enmascara los sabores.

Desayuno en el bar Costumbres argentinas
Desayuno en el bar Costumbres argentinas

Estrés

Mi trabajo es un trabajo altamente estresante. Ya está. Cuando no hay imprevistos, hay un montón de horas límite todos los días: a las 8:57 yo tengo que tener tres minutos de noticias, con sus cortes de voz y sus músicas hechos, para contarlos en un informativo. A las 14:28, una noticia. A las 15:29 un avance del programa que haré de 15:30 a 16:00. Y el programa, claro. Y las entrevistas. Y una rueda de prensa. Y un «sácame esto de esta entrevista porque no tenemos gente». Y pasteles a todas horas y taquicardia y un cerebro que te dice: come, come, come, si ya sabes que vas a comer, pues come una bolsa nada más; bueno, come otra y venga, si total ya te has comido dos y mañana ya te pones de nuevo y todo el cortisol ahí, dando por culo y haciendo que las comidas con grasa y sal y azúcar (que son los tres productos estrella que le pone la industria alimentaria a absolutamente todo) te sean más apetecibles que la manzana con leche de soja, nueces y semillas de chía que tienes en el frigorífico del trabajo… o que justo te has acabado de comer. Porque sí, señores: yo me puedo comer medio kilo de fruta y luego, pimplarme 120 gramos de quicos, que son como 800 calorías de mierda. Porque no tienes hambre. Tienes impulsos, ansiedad y respuestas aprendidas. Y taquicardias.

Entonces, ¿esto no tiene arreglo? 

Sí, sí lo tiene.

La mala noticia: el arreglo hay que trabajárselo. Nadie dijo que cambiar conductas fuera fácil.

El batiburrillo: regla, ansiedad, estrés, comida emocional y bombones

Menstruación
Moderna de Pueblo..

El otro día, un nutricionista (supongo que sería UNA nutricionista, pero ahora no recuerdo quién), preguntaba en Instagram si las Navidades nos causaban ansiedad. A mí todo me causa ansiedad en esta vida, excepto estar en mi casa. Y las Navidades, ahora que voy perdiendo peso paulatinamente y con mucho esfuerzo (bueno, escribo esto el día que me he comido todos los bombones del planeta, pero ahora iremos ahí), me causan más estrés del que me han causado nunca.

Yo sí sé qué comer

De verdad de la buena: yo sí sé qué comer. Cuando el resto de la humanidad me dice: «No, si comer sabemos todos», yo me río, porque sé que piensan que la verdura es el tomate frito de bote con el que han hecho el pollo que se van a pimplar, sin una ensalada ni nada. Y no han visto un arroz integral ni en el lineal del supermercado.

  • Sé que tengo que comer verduras al menos en las dos comidas principales. Muchas. Y muchas son, mínimo, 250 gramos-300 en cada ingesta. En el desayuno también la como, porque me pido tomate a rodajas. El tomate, mejor a rodajas que rallao en el pan.
  • Sé que he de comer fruta también y, como la fruta no me gusta, creo estrategias: mezclo manzana o mango o caquis o pera (fruta que jamás me comería sola) con leche de soja, semillas de chía, especias y frutos secos y me las llevo en un tupper. La fruta nunca pesa menos de 200 gramos tampoco. Si las manzanas son pequeñas, pongo dos.
  • Sé también que mi ingesta proteica ha de basarse en legumbres (legumbres tal cual y tofu y tempeh y soja texturizada) y que es innegociable en las comidas principales. Y que el seitán tiene bajo valor biológico, pero está rico, así que lo como de ciento en viento. Y de ciento en viento es de ciento en viento. Creo que hace 8 meses o así que no lo pruebo.
  • También sé que los hidratos son prescindibles pero que, de tomarlos en forma de cereales (no hablo de patatas o boniatos), han de ser integrales: arroz y pasta integral y añadimos quinoa, mijo, bulgur integral y avena integral y compañeros mártires.
  • Sé leer las etiquetas del pan y que, cuando pone «harina de trigo» y «salvado», por muy marrón que parezca, de integral no tiene nada. El resto de las etiquetas no las leo casi nunca, porque…
  • No compro, normalmente, productos altamente procesados insanos. Compro productos procesados: aceite de oliva, soja texturizada, tempeh, tofu. Cuando los compro, que sí que compro morcilla de Veg-In porque nunca he hecho morcilla vegana aunque siempre me digo que tengo que hacerla (sí, cada uno tiene sus contradicciones), leo los ingredientes: si tienen grasa como primer ingrediente, como los quesos veganos estos horribles, paso. Por muchas ganas que tenga de comérmelos. Que tengo ganas.

Si yo comiera lo que sé que tengo que comer, tendría un cuerpazo de la hostia. O NO. Porque ocurre esto: hay un sinfín de variables que influyen en que estemos gordos, desde la aceptación social de la obesidad (siempre que no sea mórbida) hasta la abundancia de empleos sedentarios, el nivel cultural y económico (las clases sociales más bajas son las que tienen más problemas de sobrepreso), la presión de los medios de comunicación (e internet es un medio de comunicación), si te han amamantado o no, tu actividad física, la dependencia del transporte motorizado y tu cuerpo: dónde está tu nivel de saciedad, si controlas el apetito primario o no… (por cierto, no he encontrado qué es el apetito primario). Etcétera.

Lo publicó la administración del Reino Unido. Os confieso que no lo he leído entero porque me mareo. Solo he leído los cartelitos y me he saltado las flechas.

También sé cuáles son mis problemas con la comida. Os los puedo resumir:

  • Tengo un trabajo altamente estresante todos los días, con horarios marcados. Hay trabajo que tiene que estar hecho a determinadas horas (cuatro, cinco o seis al día). Es decir, no hay descanso: no es un «puedo hacerlo mañana». A las 8:57 yo tengo que tener hechos tres minutos de noticias culturales, a las 14:28 tengo que cerrar un informativo, a las 15:29 también y a las 19:58 ha de salir otra noticia mía. Más las cosas que surjan diariamente: entrevistas, ruedas de prensa y demás. A veces con media hora para preparar una entrevista con un compositor de música clásica contemporánea española del que no has oído hablar en la vida porque, oh, horror, no estudiaste en el Conservatorio salvo hasta Primero de Piano. Y, además, un programa de media hora de duración diaria que tiene que salir en antena sí o sí.
  • El estrés me crea ansiedad. La ansiedad se manifiesta de la siguiente manera: me entra taquicardia (a veces fuerte) y pienso: «Comer, comer, comer, comer, comer». Me la quito como las yonkis. O como o salgo a fumar. Porque yo fumo. Y no debería, pero si no fumara, no habría máquinas de vending en el mundo suficientes para mí. Porque yo no me como una bolsa de quicos. Yo me como tres. Y luego cae una de patatas. Y luego una chocolatina. Y luego cojo un dulce de los que hay al lado de mi mesa. Y el día que escribo esto habían llevado bombones de chocolate negro y creo que al décimo que me he metido en la boca he dejado de contar. Y todo eso lo he hecho después de haberme comido 300 gramos de manzana con canela, 10 gramos de semillas de chía, 20 gramos de avellanas y 120 gramos de leche de soja, porque yo peso las cosas. Porque, si no las peso, no sé controlarme. Me digo mil veces al día que no voy a comer, se me dispara la taquicardia, sigo sin comer mierdas, se me vuelve a disparar, me levanto y compro, me digo que una bolsa nada más cuando sé que van a caer tres, se me quita la taquicardia, me meto una Coca-Cola también porque no hay bastante con los quicos, me duele la barriga, tengo gases y llega la culpa. Esto ocurre a menudo. Al menos seis veces al mes. La última semana de septiembre, resistí. Ha sido la única.
  • No solo el estrés me crea ansiedad. Todo lo que sea estar fuera de mi casa me crea ansiedad. Y «fuera de mi casa» implica: restaurantes, casas de amigos, casa de mi madre, estaciones, plazas y cualquier lugar del mundo que os podáis imaginar. No como en el gimnasio porque voy a hacer deporte: si no, comería.
  • En mi trabajo hay dulces día sí y día también. Hoy había dos tartas caseras y una caja de bombones. Ayer había bombones de Bélgica. Por la tarde hay galletas: siempre. Pero yo, menos mal, salgo del estudio y me largo a las cuatro de la tarde.
  • Una vez al mes, viene la regla. Mi regla es Dios: es todopoderosa. Dos días antes de que llegue, o cuatro, depende, puedo matar a quien sea. O me hundo en la miseria más miserable. El día que llega y que me muero de dolor, me comería todo el chocolate de la tierra: de ahí los diez o quince o veinte bombones que me he pimplado. A mí el chocolate me gusta, pero el resto del mes me da igual. Tengo una tableta de chocolate en casa desde agosto. No la he tocado. Porque está en mi casa y yo en mi casa no tengo ansiedad. Eso sí: recordad: hay ambiente obesógenico en el trabajo. Los bombones. Los bizcochos. Los dulces. Y tú ahí, con la regla, muriéndote de dolor, con una bolsa de agua caliente en los riñones, sin que te haga efecto el naproxeno, porque a mí los analgésicos no me hacen efecto (amo esa frase: «Pero si esto tumba a un caballo». A un caballo sí, pero a mí no), trabajando con todas esas horas límite en el horizonte, escribiendo como si no hubiera un mañana, preparando entrevistas rápidamente… y con todo eso al lado de mi mesa y la máquina de vending al lado del baño. Que aunque no quieras verla, la ves. Porque podría estar escondida. Pero no lo está. Me he llegado a plantear si podría aguantar ocho horas sin hacer pis. Pero, como bebo 3 litros de agua en el curro, no puedo. La respuesta de mis compañeros, que de industria alimentaria, capitalismo, biopolítica y mecanismos de ansiedad no saben una mierda, es que nadie me obliga a comprar y yo compro porque quiero. Y, mirad, yo no tengo fuerzas ya para educar a la gente. Ni edad. Ni salud.
  • Entonces, cuando me hablan de comida emocional, de fuerza de voluntad versus disciplina y de decirse a uno mismo que él puede controlarlo, a mí me da la risa. Porque a veces se puede y a veces no. Y ojo: yo voy a terapia. Que en la comida no nos hemos centrado porque yo tenía tantas cosas que arreglar antes, tantas putas conductas aprendidas (que durante los últimos 38 años serían muy funcionales pero ya no me valen una mierda) que no me he centrado en eso.
  • Me he llegado a plantear hacer una terapia específica con alguien solo de comida, pero las terapeutas que hablan de comida en el Instagram (sí, hay profesionales en Instagram y se divulga allí: es el peor medio del mundo, pero como a todo el mundo le ha dado por él, qué hacemos) hablan también de reconectarse con una misma y de comer con calma y amor por tu cuerpo y a mí eso me suena muy new age y me salen sarpullidos. No me creo ese tipo de mensajes. Yo sé que hay peña muy Paulo Coelho por ahí a la que estas cosas les funcionan. Y también les funcionan las variaciones del mensaje tipo: «No intentes ser perfecta», «Permítete fallar». Pero como yo no intente ser perfecta, me como tres bolsas de patatas cuatro veces por semana, coño. A mí lo único que me funciona (a veces: otras veces asalto la máquina) es ese ejercicio tan jodido y tan horrible de ejercer violencia sobre y contra mí misma y pasar el mono a pelo. Porque esto es un mono.
  • La terapia es como la pérdida de peso: no es una línea continua descendente: a veces estás arriba, otras abajo, otras eres poderosa y otras eres una puta mierda. Porque hay que trabajar. Y a veces el proceso es doloroso y a veces ves los cambios en los comportamientos que se han producido en tu vida y dices: chapeau. Con lo que era yo antes. Y luego viene otra cosa y vuelves a comportarte como anteriormente porque el comportamiento adquirido desde pequeña es más fuerte que el aprendido (al menos en mi caso y por ahora), pero al menos lo detectas.
  • Porque, sí: la clave está en cambiar conductas.

Y a eso vamos.