El brócoli no se anuncia en televisión

Vengo de una profesión individualista, poco corporativista (sí, hay un corporativismo «bueno») y plagada de egos. No trabajo en equipo desde tiempos inmemoriales: ni recuerdo cuándo fue la última vez. Tampoco sirvo para trabajar en equipo, pero ese es otro tema. De todos modos, echo de menos una red. Así que, cuando vi a los dietistas nutricionistas en Cáceres, muchos con consulta propia (es decir, muchos que son competencia directa de sus propios compañeros), preguntándose, trabajando juntos, pasándose información y cambiando e intercambiando ponencias, sentí alivio. Hay otra manera de hacer las cosas y otras actitudes. Y, para una persona que cree que la mejor manera de existir es compartiendo, observar desde fuera cómo transcurría eso de manera tan natural es, como poquito, reconfortante.

Eran las I Jornadas de nutrición y dietética de la AEXDN (de las que ha hablado una de las ponentes: Lucía Martínez Argüelles). El programa me interesaba desde el principio: de hecho, no comprendo cómo no le ha interesado a más personas, porque no había charlas técnicas. Se abordaron muchos temas: desde qué es una alimentación equilibrada hasta la industria alimentaria y el papel que tienen en ella los dietistas-nutricionistas. No fueron técnicas, no estuvieron plagadas de palabras desconocidas, comer es algo que hacemos varias veces al día porque tenemos esa suerte. Pero, con estas cosas me pasa como con esas películas en las que estamos veinte. Luego sales de allí y piensas: yo estuve allí. Y, si los demás se lo han perdido, qué se le va a hacer.

Este tío es Aitor.

005 Aitor

Aitor Sánchez García. No ha cumplido los 30. Cuando veo a gente así que no ha cumplido los 30, pienso: qué demonios he hecho con mi vida. Es el responsable de la web Mi dieta cojea y lo que ha estudiado lo pueden leer aquí. El título de su ponencia: «El dietista nutricionista en la industria: ¿incompatibilidad moral?». Bien. Hay que definir primero qué es industria. Industria es lo gordo, señores. La pequeña almazara de Gata-Hurdes no es industria. Industria es Coca-Cola; industria es Unilever; industria es Nestlé.

Desconozco qué pinta un dietista-nutricionista en una empresa que fabrica salsas de tomate con cantidades pantagruélicas de azúcar. Salvo que sea un cargo nominal, por si alguien te denuncia (no sería raro: en Estados Unidos denuncian a las tabaqueras. Y aquí también). Nadie te obliga a comer gusanitos, esponjitas, patatas fritas y Coca-Cola. Ni a fumar. Ni a beber. No. Obligar, nadie obliga. Ni a no hacer ejercicio y sentarse delante de la tele. Obligar, nadie obliga. Eres libre de elegir, nos dicen. Yo siempre respondo lo mismo: «O no».

Somos menos libres de lo que nos gusta creer.

La industria es tan poderosa que, cuando Juan Revenga escribió un artículo sobre las pirámides alimentarias, se lo censuraron. Coca-Cola no sé si tiene dietistas, pero abogados sí. Muchos. Muy buenos. Jodidamente buenos. ¿Les pica el gusanillo y lo quieren leer entero? Lo rescató Dime qué comes. Le pregunté a Aitor si creía que la industria era responsable de haber modificado el gusto de los españoles. O de los occidentales. Quizá sea exagerado, respondió. Al fin y al cabo, el gusto también se educa en casa. Pero. Yo, salsas de tomate caseras he comido cuando he comenzado a hacérmelas yo. Antes no. Antes siempre eran de bote. Con toda su azúcar.

Y la industria ocupa el mercado. Es el centro del mercado. Observen cuánto espacio de verduras y frutas y cereales y legumbres hay en los supermercados y luego observen cuánto hay de refrescos, patatas fritas y aperitivos, latas (de atún, mejillones, berberechos, atún con salsas, calamares a la americana, picantes. De todo tipo), pescados congelados traídos de solo Dios sabe dónde y en qué condiciones, platos preparados, congelados o no… Observen eso y luego salgan de allí pitando a la frutería del barrio.

En el Orgullo y Satisfacción número 8, hay un dossier destinado a grandes marcas. Estos señores hacen periodismo: no reciben publicidad. No cuentan nada que no sepamos, de todos modos. Publicar, se publica poco, pero se publica.

Se publicita más. En España, existe el Código PAOS, que se firmó en 2005. Es un código ético dirigido a autorregular la publicidad destinada a niños menores de 12 años. Da lo mismo, porque la publicidad se destina no a los niños, sino a las familias. Así, intentan convencer a los padres de que los niños son malos comedores y hay que darles suplementos (y sí, estas cosas se venden) o que se hace chocolate expresamente para los niños, con más leche y menos cacao. Porque la leche es buena. En nuestra cultura occidental, la leche es muy buena y el chocolate menos, porque lleva azúcar. Nuestro cerebro hace estas asociaciones dietéticas, qué se le va a hacer.

El código PAOS no se cumple mucho. Se venden hamburguesas con muñecos, huevos Kinder con muñecos, cereales con juguetes, bolas en los bares con juguetes y Chupa-Chups. No sé qué anuncios se emiten hoy para niños, porque yo no veo la tele (es decir, veo DVDs y series, pero no veo la televisión como tal). Supongo que tampoco sería muy fácil educar a un niño sin televisión o con poca televisión. No, no la demonizo: supongo que se hacen cosas muy buenas, pero a mí no me gusta. El problema es que, cuando tengo que escribir artículos de estos, no dispongo de recuerdos ni material. Alimentos para niños hay muchos. Y, esto es una percepción personal, no sé por qué extraña razón todo el mundo piensa que el paladar infantil solo está adaptado a las galletas, el arroz blanco o los macarrones con tomate frito de bote, el filete tieso y las patatas fritas congeladas en un restaurante. El brócoli no, por dios, que es verdura. Una zanahoria, sí, porque es dulcecita. Los brócolis no se anuncian en televisión.

Todos los niños que conozco meriendan galletas y fruta. Galletas. No he visto a ninguno con un bocadillo de hummus y tomate y una naranja. También sé de niños de dos años que solo beben refrescos de naranja o de limón.

Creo que tenemos demasiado acceso a productos y menos disposición para comprar ingredientes, en general. Y que ha habido una publicidad agresiva de marcas: publicidad muy buena (Coca-Cola es maravillosa en eso) y la sigue habiendo, de tal manera que nos pensamos que los cereales de desayuno son sanísimos y los cereales con fibra nos van a hacer adelgazar o que los yogures no tienen grasa y ayudan a nuestros huesos.

¿Podría un nutricionista trabajar así? No, no voy a juzgar los trabajos que acepta cada uno. Como dice un amigo mío: los pobres no tenemos dignidad, tenemos hambre. Y sí, muchos aceptan prostituirse para poder pagar una casa, las facturas del agua, la basura y la luz y poder ir a unas jornadas por el camino. En cuanto pueden, salen de allí. Pero otros no: otros piensan que es completamente normal hacer unas jornadas sobre nutrición, hablar de calcio y que la charla la patrocine Danone.

008 Qué es ciencia

Ah, el dinero. Sí: la charla de la AEXDN también estuvo patrocinada; por Vegenat, que es una empresa de nutrición clínica, y por la Almazara As Pontis, de aceite de oliva virgen extra de Gata-Hurdes. Sin charlas, sin vender productos. Miguel Carrasco, de la almazara, sí explicó cómo se hacía el aceite ecológico y qué diferencias había entre el aceite de oliva, el aceite de oliva virgen y el aceite de oliva virgen extra. Es decir: se pueden escoger otro tipo de anunciantes para poder llevar a cabo unas jornadas cuando solo tienes diez socios.

No es el único problema al que nos enfrentamos. También están los estudios patrocinados. Por ejemplo, uno de los estudios más famosos sobre cerveza y salud (Idoneidad de la cerveza en la recuperación del metabolismo de los deportistas) está editado por el Centro de Información Cerveza y Salud. ¿Es sesgado? Pues no lo sé, pero lo acojo con reservas, perdonen. ¿Se prestan los investigadores a recoger fondos para sus estudios, siempre y cuando los resultados beneficien al patrocinador? ¿Por qué hay tan poca información en los medios de comunicación sobre el patrocinio de los estudios científicos? Imagínense el titular: «Se descubre que los refrescos son saludables para los niños». Y nos dicen: «Científicos de la Universidad de Harvard han concluido que…», pero no se nos cuenta que el estudio está pagado por PepsiCo. Es solo un ejemplo. ¿No habría que denunciar los conflictos de intereses? No, no se hace. Lo contaron con esta mala leche en la magnífica Inside Job:

¿Está todo podrido? No. Existen iniciativas como Dietética sin Patrocinadores, por ejemplo. Sin patrocinadores o con patrocinadores éticos. Y no: la ética no es de quita y pon y ahora cuando me conviene esto es ético y esto no lo es: hay unos parámetros. Lógicos. De sentido común. Serían los mismos parámetros que deberían regir nuestras vidas, nuestra alimentación y nuestro ejercicio físico. Sí, de todo eso se habló en las jornadas. De sentido común, creo. Sobre todo.