Restaurante Ágave de Cáceres

Restaurante Ágave
Restaurante Ágave

Hace unos tres meses, abrieron un restaurante en Cáceres, vegano, que se llama Restaurante Ágave, al que tenía ganas de ir, porque es el único que hay en la región (y tengo que invertir algo más de tres cuartos de hora en coche para llegar: por eso he tardado tanto). Allí que me fui con David a hablar mucho y a comer, que son dos de las cosas que más nos gustan. Les va muy bien, cosa de la que me alegro sobremanera porque ya he dicho mil ochocientas veces que Extremadura es un páramo, salvo el Fusiona y el Brotes Verdes. Pedimos de entrante unas croquetas de okara.

Croquetas de okara
Croquetas de okara

La okara es la pulpa que queda después de hacer leche de soja. Así son por dentro. Y sí, venían con hummus densito, del que a mí me gusta.

Croquetas de okara por dentro
Croquetas de okara por dentro

Por cierto, por fin probé la Linda de jengibre y limón y qué cosa más buena.

Refresco Linda de limón y jengibre
Refresco Linda de limón y jengibre

David pidió un risotto de calabaza y nueces. Yo, las cosas que puedo hacer en casa, no las pido en restaurantes. En los restaurantes pido croquetas, que no las hago en casa porque no hago fritos. Y filetes empanados. Pero a eso ahora llegaré. Risotto de calabaza. Muy sabroso y muy rico. Y cremoso.

Risotto de calabaza y nueces
Risotto de calabaza y nueces

Yo, que no me comía desde hacía AÑOS un filete empanado, pedí uno. Jugoso, que es importante para un filete empanado. Crujiente, como las croquetas, que también es importante. Nada grasiento. Es decir, la tríada de las cosas perfectas de un buen empanado, señores. Y de unos buenos filetes de soja. Venía con arroz y con verduras: posiblemente le echen pimiento también, pero yo pido las cosas sin pimiento. Y sí: el arroz es blanco. Podría ser integral y lo petábamos, pero en Extremadura le pones arroz integral a un plato y ya te dicen que es comida de pájaros. Yo qué le hago

Filetes de soja empanados
Filetes de soja empanados

Y de postre, había dos tartas. Una, de avellanas y chocolate, que pidió David… Muy jugosa y muy rica, con chocolate medio derretido… Y fue, como él dijo, “amor a primera vista”.

Tarta de chocolate y avellanas
Tarta de chocolate y avellanas

Y yo, que siempre adoraré a la primera persona a la que se le ocurrió mezclar el chocolate con la naranja, pedí un bizcocho… de chocolate y naranja. Sí, qué previsible puedo llegar a ser.

Tarta de chocolate y naranja
Tarta de chocolate y naranja

Y café. Con leche de soja, esa que no hace espuma nunca.

Café con leche de soja
Café con leche de soja

Y nos pusieron un renito, porque estamos casi casi en Navidad…

Renito navideño
Renito navideño

Lo recomiendo cien por cien. Además, tiene ensaladas y su carta no es como la del 90 por ciento de los veganos que veo, que solo tienen comida tipo fast food, como hamburguesas y demás. Aquí podéis consultar su menú.

Y sí. A ver: para una comida así más saludable y tal, teníamos que haber compartido solo una tarta y yo comerme una ensalada. Ya lo sé. Dejadme vivir.

Vegetarianos ConCienciaDos – Lucía Martínez

Vegetarianos concienciados
Vegetarianos concienciados

Ahora que se acerca la Navidad, un buen regalo que pedirle a los Reyes, si estáis en contacto con gente que quiere ser vegetariana o que está empezando o que no sabe qué pedir para hacer una ingesta normal cuando sale por ahí a comer en cualquier pueblo perdido de la mano de dios (nutricionamiente normal en el sentido que yo le doy: esto es, verduras a cascoporro y proteína de calidad -tofu, soja texturizada, tempeh, legumbres: el natto no lo he probado porque no lo venden en ninguna parte de las que yo conozca-) es este libro del que os voy a hablar: Vegetarianos concienciados.

Lucía Martínez, Dime qué comes
Lucía, en una charla en Extremadura, hace tiempo ya

Lo escribe Lucía Martínez. Es decir, Dime qué comes. Aquí están su Facebook, su Twitter y su Instagram para que, en caso de que no la conozcáis, podáis mirar su trabajo en la red social que más os guste. Pongo esa foto para indicar dos cosas:

La foto se la hice yo. Es decir, nos conocemos. De hecho, la primera pauta dietética que tuve en mi vida me la hizo ella, cuando no hacía pautas dietéticas y trabajaba en el hospital. Ahora no las hace tampoco, ojo. Y le revisé y corregí y añadí y quité cosas de su primer libro, Vegetarianos con ciencia. Este es el libro al que hay que acudir cuando uno se quiere hacer vegetariano, pero no sabe qué raciones comer, ni si le van a faltar proteínas y de pronto se asusta porque toda la gente que conoce le dice que tiene un amigo que acabó en el hospital por ser vegetariano y le pregunta por el hierro hemo y la vitamina B12.

-Estoy de acuerdo en ella en el 99,9 por ciento (tirando por lo bajo) de las cosas que escribe. Sobre todo cuando se mete en política. Porque esto, señores, es política. Y este también, que me encanta, el “Radicales vosotros“. En esta sociedad polarizada en la que, de pronto, la extrema derecha ha irrumpido en un Parlamento que se quiere cargar, eso le ha traído no pocos problemas. Porque mucha gente piensa que, si eres nutricionista, solo puedes hablar de nutrición y el resto del cerebro te lo han lobotomizado. Y aquí ando yo, periodista cultural, con un blog de cocina, política, nutrición y casi psicología, porque de la ansiedad he hablado más de una vez. No, no somos planas. Acostúmbrense.

Vegetarianos con ciencia
Si quieres saber si te van a faltar proteínas, este es tu libro

También tiene la misma lucha que yo contra la industria alimentaria. A mí hasta me revienta comprar leches vegetales a marcas que tienen también leche de vaca (sí, las llamo leches. Y digo: “me estoy tomando un café con leche” y no añado “de soja” porque no me da la gana: a ver si la leche que merece llevar el nombre en mi vocabulario, que es mío porque lo uso yo y porque nombro yo, va a ser la leche de vaca: lo que me faltaba, vamos). Esta empresa, Liquats, solo hace leches vegetales, es española, está en el Montseny, que es un sitio que amo y comercializa las bebidas con la marca Yosoy. No se puede tener mejor declaración de intenciones. Gracias, Vegan Place, por investigar por mí.

En el Montseny, hace años. Qué día más bonito pasé
En el Montseny, hace años. Qué día más bonito pasé

Ese conocimiento de quién es el enemigo hace que el libro tenga un apartado de “vamos a dejar de alegrarnos por cada mierda con sellito Vegan que hay en el supermercado”. Puedo contar con los dedos de una mano lo que compro en un súper: lejía, polvos aromáticos para los areneros de los gatos, tomate concentrado, lavavajillas, detergente y suavizante para la ropa, papel higiénico, arroz integral y alguna legumbre española cuando me he quedado sin ellas y no he ido a Semilla y grano (aunque las últimas las compré a granel en una pequeña frutería de Portugal). Y sí: he probado las salchichas veganas de Taifun en algunas ocasiones, pero no forman parte de mi dieta habitual. Y son de Taifun, no de Campofrío, que se reía de los vegetarianos en un anuncio y luego saca una línea de carnes vegetales y ya es guay cuando sigue matando cerdos a tutiplén y siendo poco sostenible medioambientalmente.

Pero antes hay más.

Antes hay un prólogo de Virginia Gómez. Es decir, de Dietista Enfurecida. Adjunto también su Twitter y su Instagram. Por cierto: si tenéis algún problema digestivo, esta es vuestra referencia. Está en el Centro Aleris de Valencia.  Virginia habla de lo que sabemos todos: que, a poco que tengas un pelín de conciencia social, te vas a informar sobre el vegetarianismo y el veganismo y darás el paso. O, cuanto menos, reducirás mucho la carne y el pescado. Y mucho es mucho: no es quitarse el jamón de la tostada del desayuno. Que a mí me encantan los de “yo como poca carne”, que, cuando les analizas las ingestas, resulta que comer poca carne es que comen pescado dos veces por semana. Y, cuando comen legumbres, es con su chorizo, porque la carne, todos los sabemos, no es caldo de gallina: es el filete de ternera nada más.

Luego hay una introducción en la que se explica algo muy obvio: ser vegetariano ahora no es como lo era hace 20 o 30 años (sí: había veganos en España hace 30 años). Las cosas han cambiado mucho en estas décadas y están cambiando aún mucho más, de manera muy exponencial, en los últimos años. Surgen empresas como Foods for Tomorrow, se habla de carne limpia, Mommus hace quesos maravillosos… Y hasta la industria cárnica fabrica productos sin ingredientes animales (les interesa vender: y no, no venden solo a los vegetarianos: venden a todo aquel que piensa que un sello verde es sano. Como si en vez de sodio a tutiplén y grasas malas estuvieran comprando dos zanahorias).

Y, sin embargo, hay veganos y vegetarianos felices con esto. Y eso no puede ser. Y yo estoy de acuerdo en que no puede ser. Y de ahí nace también este libro, que a mí me ha recordado en algunas cosas al Main Street Vegan: cómo es ser vegano aquí y ahora, en el Primer Mundo. Por eso hay apartados: en el primero no me detengo porque es un recordatorio de Vegetarianos con ciencia (no, no nos van a faltar proteínas ni nos vamos a morir por falta de omega 3) y un compendio en el que hemos participado unos cuantos contando por qué nos hicimos vegetarianos o veganos.

El meollo que a mí me sirve y que puede servir a personas que estén empezando y no sepan ni cómo comunicarlo en casa, ni qué comer, ni cómo organizarse la compra o qué llevarse al trabajo, viene en los capítulos siguientes, en los que se incluyen, además, recetas fáciles y se habla de algunos productos que a los que siguen comiendo carne les parecen una modernez, como el tofu, que tiene casi 2000 años.

Índice del libro

El primer capítulo que leí es en el que habla de comer fuera de casa. Porque yo, comer en casa, lo tengo más que superado. Realmente como en el trabajo, pero me llevo cuatro fiambreras:

  1. Leche de soja para el té que me tomo en el trabajo.
  2. Ensalada de primero o purés o sopas de verduras
  3. Proteína (tofu, soja, legumbres…)
  4. La media mañana: leche de soja con semillas de chia, frutos secos y una o dos frutas grandes (de 300 gramos a 450 gramos, más o menos: es lo único que me dura lo suficiente como para no asaltar la máquina del trabajo y es lo único que no me puede quitar ningún nutricionista que se precie. ¿Por qué? Porque no solo no asalto la máquina del trabajo. Es que a mí la fruta sola no me gusta, salvo que sean uvas o cerezas o fresas. Yo no me voy a comer en mi vida una manzana sola a bocados. Ni una mandarina. Ni na de na. Una naranja súper ácida sí, pero como a la humanidad le gustan dulces, ya ácidas no las encuentras, carajo.

De comer en el trabajo y comer de menú en restaurantes también habla. Me ha parecido especialmente curioso el de restaurantes veganos y vegetarianos, porque Cristina (Vegan Place) y yo lo hablamos mucho: no puede ser que todos tengan la misma carta, que estamos de guacamole, pizzas con queso guarrucho y hamburguesas hasta el moño.

Pero yo vivo en el páramo extremeño, en el que solo hay uno o dos sitios con opciones y la mayoría de ellos están fuera de la ciudad en la que vivo. Y a mí me gusta salir. Y comer, porque a mí lo que más me gusta es comer. Y en Extremadura, la opción de las ensaladas no vale siempre, porque llevan foie, o pollo, o ahumados y no tienen un tomate rajao que ponerte. Y, además, yo he pasado muchos años (cuatro o cinco) emparanoiada con las proteínas, porque en unos análisis que me hicieron cuando yo comía fatal, pero ya era vegetariana (sí, se puede ser vegetariana y comer mal), las proteínas (uno de los tres valores que hay) me salieron bajas. Mi médico me dijo que ni me preocupara, que era una pollez, pero yo me preocupé. Hay vida allá afuera. La semana que viene voy a llevar el bolso que va a parecer un supermercado (aquí no hay leche de soja en casi ningún bar). Da pautas para tratar el asunto en restaurantes y opciones que tenemos en las que yo no había caído. Porque no me veo llevándome un tupper de soja (entre otras cosas, porque a mí los planes que me gustan son los que surgen sobre la marcha) a un restaurante y pedir que me lo calienten. Me da vergüenza.

¿Qué pasa si nos ingresan? ¿Qué pasa si nuestro hijo nos dice de pronto a los 14 que quiere ser vegetariano -¡hola, Marcos! Qué orgullosa estoy de ti-? ¿Qué pasa si estamos embarazadas? A mí no me ha ocurrido nunca ninguna de las tres cosas y las dos últimas (tener un hijo de 14 años de la noche a la mañana así de golpe y quedarme embarazada, digo) dudo mucho que me vayan a pasar jamás, pero nunca se sabe cuándo te pueden ingresar. De esto también se habla en el libro. Y se dan ideas para organizar menús semanales, para niños, adolescentes y adultos. También se habla de divulgación nutricional, aplicado a gente que quiere divulgar. Pero también puede servir para detectar a quiénes son malos divulgadores. De verdad, hay un sinfín de cuentas de Instagram diciendo gilipolleces sobre la salud. Para empezar, todos los que pongan “Herbalife“, fuera. Seguid a nutricionistas titulados. Hay un montón. Y, si no nombro a Pablo Zumaquero, reviento. Aunque a mí el que me pone es Marc. Pero Marc es para avezados, porque la mitad de las veces no te enteras de por dónde va.

Vegetarianos concienciados, Ororo y mi mesa de lectura y recetas
Vegetarianos concienciados, Ororo y mi mesa de lectura y recetas

Para quién no es este libro.-

  • Para vegetarianos y veganos hipermegasaludables que lleven muchos años de vegetarianismo y veganismo y que tengan el bolso siempre lleno de frutos secos y no hayan probado jamás un postre crudivegano ni una hamburguesa de Taifun ni del Mercadona y lo único considerado “postre” que se llevan a la boca es una onza de chocolate con un mínimo de 80 por ciento.
  • Para personas que busquen información sobre B12 exhaustiva, calcio, zinc, vitamina D y todas esas cosas de las que nunca nos preocupábamos cuando nos poníamos de ternera hasta el culo pero no veíamos una berenjena ni por casualidad. Para ellos, el libro anterior: Vegetarianos con ciencia.

Para quién sí es.-

  • Para vegetarianos y veganos recientes.
  • Para vegetarianos y veganos de larga duración apasionados por cada producto que aparece en el supermercado con el sellito V.
  • Para aquellos a quienes les cueste organizar un menú semanal (a mí me pasa) y estén a veces faltos de ideas (sí, a pesar de los 800 libros de cocina vegana que tengo: la sobreinformación atora).
  • Para nutricionistas que traten con pacientes vegetarianos y no sepan qué opciones tienen porque ellos coman carne y pescado a tutiplén (sí, los hay) y no hayan mirado nunca qué hay en una carta de un restaurante en esta Extremadura nuestra o en la meseta castellana o en Asturias. Por ejemplo.
  • Para quienes se plantean sus modos de consumo.
  • Para quienes quieren ser vegetarianos, pero piensan que es muy complicado comer fuera o comer en el trabajo o comer en un hospital o tener hijos vegetarianos.
  • Para sanitarios en general, aunque me temo que los médicos siguen en su atalaya y no leen sobre nutrición (espero que las generaciones jóvenes estén cambiando eso).

Por la red hay más reseñas menos personales que ésta: yo hablo de mí, que me tengo muy a mano siempre: si no, ¿qué sentido tendría recomendar algo?

Ah: se me olvidada. El libro se llama “Vegetarianos concienciados“. Comer es un acto político. Comprar también lo es. Pedidlo en la librería de vuestro barrio o de vuestra ciudad. Paidós es de Planeta: no hay problemas de distribución. Abandonad Amazon, que es un puto supermercado que lo mismo te vende libros que proteína de suero de leche o estanterías. Fomentad el pequeño comercio. Es indispensable para crear barrio y para crear conciencia social. Y necesitamos sociedades más cohesionadas, más conscientes, más cuidadosas. Nos está yendo la vida en ello.

Champú y pasta de dientes sólidos de Lamazuna

Voy de gala en gala y de cita literaria en cita literaria y comienzo a necesitar un fin de semana para mí, que no consista en llegar el sábado de una fiesta y pasarme el domingo hasta las once de la noche cocinando (¿hay alguien que se planifique igual de mal que yo? ¿Que compre más de lo que puede cocinar en un día porque piensa que le da tiempo y luego ve que no le da aunque se meta en la cocina a las ocho de la mañana? ¿Soy yo, que cocino lento? Grandes preguntas sin respuesta). Así que tengo pendientes muchos temas.

-Prueba de productos de Lamazuna, que me mandó Cristina de Vegan Place. Ha metido cosmética vegana. Esta BBCream es magnífica y cunde muchísimo.

-El libro de Jenny Rodríguez: Vive vegano, que ha publicado Diversa Ediciones.

-El libro de Lucía Martínez, Vegetarianos ConCienciaDos.

-Varias recetas que tengo pendientes de colgar, junto con algunas que tendría que repetir porque me las inventé yo y me quedaron muy ricas y resulta que me las he comido antes: ni tiempo para hacer las fotos he tenido. Ni ganas, que todo hay que decirlo. Yo, para los dolores, soy lenta.

Eso sí. Mi cafetera, una de cápsulas que me regalaron hace eones, murió y me compré una más acorde con mi modo de pensar, que es una cafetera que utiliza café normal, del de toda la vida y que, además, hace capuccinos y latte machiatos con un montón de espuma. Pero, ¿no tenías una italiana, como todo el mundo? Sí, pero también tengo gatos que se vienen a la cocina por la mañana y, aunque Coyote no se sube a la vitrocerámica, Huck sí que lo hace y no me veía con ese peligro andante todas las mañanas laborales de mi vida, así que quería una cafetera con su enchufe y moler granos de café de comercio justo en una batidora que solo uso para ello y ahora desayuno capuccinos y de vez en cuando me meto un latte para el cuerpo. Con leche de soja, que, como todo el mundo sabe, no crea nada de espuma. Qué de sacrificios tiene que hacer alguien que no toma leche de vaca, oigan. Así no se puede vivir.

Cappuccino con canela. Sin espuma, como podéis ver, porque la leche de soja no crea esp… Oh, wait.

Lamuzuna. Con eso voy primero. He probado el champú y la pasta de dientes.

Champú sólido de Lamuzuna

El champú sólido, sí que lo puedo decir, es el mejor champú que he tenido. Cunde muchísimo, huele maravillosamente bien y, sobre todo, me deja el pelo brillante. Eso, en Mérida, con un agua que tiene cal como para hacer un pueblo blanco, es algo casi imposible de conseguir. Además, se me ponía muy graso y no me aguantaba dos días. Lavarse el pelo todos los días cuando lo tienes graso y cuando, además, le vas a poner nombre a tus folículos capilares, no es muy bueno (según mi peluquera, el dermatólogo dice que sí, que total es pelo: yo no he investigado las cuestiones científicas del asunto, así que no tengo ni idea de si es “malo” o no), así que ya me lavo el pelo día sí y día no. Y sigue suavito. Milagro. Hace espuma. Te mojas el pelo, coges el jabón, te lo pasas varias veces por la cabeza y añades un poquito de agua. Y ya. Es genial. Y dura eones. Yo lo tengo hace mes y pico y está entero.

Pasta de dientes sólida de canela

Ahora bien, la pasta de dientes que yo tengo, pues tiene un problema. No crea espuma. El proceso es el mismo: humedeces el cepillo de dientes, pasas el bastón y te lavas. Realmente, leí por ahí una vez que los dientes se lavan por la acción del cepillo, que lo de la pasta es para tener sensación de aliento fresco. El problema es que, como sabe tan neutra, tú te tocas los dientes con la lengua y sí, los notas sin sarro, pero no te huele la boca como cuando usas un dentífrico industrial. Creo que Cristina, por eso, ha traído el de canela, que es más fuerte y aromático. Este lo tengo que probar, porque me sigo lavando los dientes con el otro… y sigo echando de menos notar que la boca está limpia, aunque lo esté. Las sensaciones, esas cosas tan importantes.

Los realiza una empresa francesa (no sé si hay españolas que hagan cosas así, podéis dejarlos en los comentarios) artesanal y no tienen envases de plástico. Es todo reciclable, porque es cartón, o compostable, como la madera.

También he visto que tienen desodorantes. Yo ando buscando un desodorante que sea efectivo, porque yo sudo. Como todo el mundo, pero a mí me parece que sudo mucho, así que necesito algo que cree barrera. También lo probaré, porque estoy muy contenta con el champú. Sí: son caros, comparados con los productos industriales, pero si tenéis la suerte de tener un trabajo con un sueldo en condiciones, son una opción. Lo digo porque, claro, recomendarle a un mileurista que se gaste casi 12 euros en un champú, no parece lógico ni empático ni nada.