Un verano con adolescentes

Cuando estudiaba en la Universidad, los dos primeros años de Publicidad y Relaciones Públicas, Comunicación Audiovisual y Periodismo eran comunes. Yo tenía 18 y en mi clase había un chico que me llevaba 10 años, que luego se fue a Rumanía y se enamoró. Su primera hija nació allí y yo me recuerdo visitando tiendas en Melilla, hace casi 18 años también, para comprar ropa que no fuera rosa. Un pluma rojo, un pantalón de pana amarillo con pollitos, una sudadera azul marino con pollitos. Por si acaso tenía más hijos algún día. Miento, no era por eso: era porque, en aquellos tiempos, odiaba el rosa y su adherencia de género.

Ahora hay tres niños, de 17, 15 y 13 que han estado en mi casa diez días. Solos. Sin sus padres. Yo, poniendo kilos. Por lo visto, ellos también.

Viriato, de Verbo Producciones
Viriato, de Verbo Producciones, en el Festival de Mérida. Foto de Jero Morales.

Mi verano ya lo he contado muchas veces. Desde La Orestiada a Viriato han pasado dos meses de no tener tiempo ni para rascarme. Que lo hubiera tenido si no me hubiera echado siestas de dos horas y si no hubiéramos tenido no sé cuántas olas de calor y alertas naranjas, que a mí me dejan con ganas de echar tomates en la batidora y hacer gazpacho nada más.

Con dos botes de tomate frito casero, gazpacho de cerezas y ragú de soja texturizada en el congelador, aparecieron estos tres omnívoros irredentos en casa. También había cantidades industriales de Heura, pero cuando supieron que no era pollo, ya la textura no les convencía. El año que viene me plantearé hacer otras cosas… pero están acostumbrados a… pues a los sabores fuertes, como todos los adolescentes, y a no ver las verduras más que en forma de purés o ensaladas: no como yo las uso, quiero decir. En mi casa no se comen animales, pero fuera han comido lo que han querido, obviamente, así que he visitado el Burger King un par de veces, el 35 Burger otra vez más (yo hubiera querido que fuera al revés, porque allí hay una hamburguesa vegana) y varios de los restaurantes de tapas de Mérida… menos el que más me gusta, que es el Fusiona. Han visto un concierto de fado y flamenco de Katia Guerreiro y Arcángel en el teatro romano (mientras, en mi casa, sonaban Melendi, Dani Martín y Macaco (me niego a poner enlaces) y también La comedia de las mentiras.

Katia Guerreiro en el teatro romano de Mérida
Katia Guerreiro en el teatro romano de Mérida. Foto de Jero Morales

De este periplo he aprendido varias cosas. Una, que criar hijos es agotador. Dos, que soy mis padres, los dos: qué hacen las luces encendidas a todas horas, poned la mesa ya, cuando yo digo que pongáis la mesa es que pongáis la mesa, os créeis que soy de la compañía eléctrica, lo que hay para comer es esto: si no lo coméis, de hambre no vais a morir; come un poco más, que no has comido nada y de mierdas no te puedes alimentar todo el día; ni se os ocurra comer guarrerías antes de comer, no estáis en un hotel, os creéis que soy vuestra esclava… Todo el repertorio. Todo. Completo.

También he aprendido que, cuando viene gente a casa, con las comidas hay que planificarse muy bien: no se trata de que yo no haga platos apetecibles: se trata de que hay que cocinar con antelación y hablar con los padres, no ir improvisando sobre la marcha. La próxima vez saldrá mejor. Porque vendrán en invierno y no todos a la vez.

Hice un brownie, por cierto, y Nutella vegana con receta de Mi vega blog. Del brownie hay una foto penosa de móvil, que es esta: ya lo repetiré en otra ocasión y pondré la receta correctamente.

Brownie con mermelada de frutos rojos
Brownie con mermelada de frutos rojos

Y hemos hablado mucho. De muchos temas. He descubierto que Martina es como su padre. Igualita. Nos hemos confesado cosas, nos hemos abrazado mucho, nos hemos dicho que nos queremos, nos hemos puesto hasta las trancas de comer, hemos dormido siesta y hemos visto la trilogía de Jesse y Celine de Richard Linklater (Before Sunrise, Before Sunset y Before Midnight) y hemos debatido sobre las relaciones de pareja, sobre las relaciones de amistad, nos hemos reído mucho, hemos dado alguna que otra voz y nos lo hemos pasado muy bien. Es agotador, pero muy divertido. Les dije que me pusieran un mensaje en la agenda del año que viene, el día de su cumpleaños, y Martina nos dibujó.

Familia de Mérida
Hasta los gatos están tal cual. Yo, ni os digo.

Luego han ocurrido más cosas que no voy a contar, porque Mérida es como Las Vegas. Lo que pasa en Mérida, se queda en Mérida. Lo que más les gustó fue la ruta Mérida Secreta. Lo que menos, me temo que mi comida. Snif.

Sí: ha sido agotador y sí, me he quedado con ganas de más. Pero no lo digáis muy alto

El fin de semana espero tener tiempo de cocinar, por cierto. Estoy del ragú que sobró hasta atrás.

Salsa de pistachos

En un mes, estaré de vacaciones. Realmente me voy antes, pero pretendo dedicarme a leer y a rascarme la barriga en el sofá, hacer deporte, volver a comer bien (los veranos son la anti-pauta-dietética, porque estoy todo el día fuera). En un mes, estaré viendo teatro como una loca, con gente en casa para cuidar de mis gatos (ladrones, go home, que no hay nada que rascar aquí: los libros en el mercado negro no se venden bien). No he comprado las entradas aún porque primero quería hablar con los chicos de la empresa que va a venir a vigilar que mis gatos no se mueran de hambre. De hecho, no me muevo de España para poder venirme si pasa algo (soy así de histérica, qué pasa). Y programo las entradas porque van a venir tres adolescentes y estoy cocinando para ellos. O lo pretendo, porque no he hecho nada de lo que quería hacer: voy falta de tiempo siempre. El verano para mí es un horror de trabajo y de cansancio. Pero los pistachos le gustan a todo el mundo y esto es poner cosas en una batidora y darle. Yo uso la Nutribullet, que lo hace en un momento. Pero se puede usar cualquier batidora potente. La receta es de The Blossom Cookbook, que es otro de los restaurantes que voy a visitar cuando vuelva a Nueva York.

 

Salsa de pistachos
Salsa de pistachos

Actualización:

Los adolescentes llevan aquí desde el sábado, yo he puesto dos kilos o tres de tanta juerga flamenca y tanto comer fuera y las comidas están siendo divertidas: el maravilloso ragú no les hace chiste (de hecho, he guardado cinco tuppers). La Heura ha triunfado, porque sabe a pollo y solo dos han probado el tofu. Yo me he vuelto una madre: “Pues esto es lo que hay para comer”. Y nos hemos ido un montón de días a tapear. Fuera, puedes hacer lo que quieras. Dentro, no se comen animales. Ay, qué difícil es educar para que unos adolescentes coman verduras…

Ingredientes para unas 2 tazas (cunde bastante):

  • 140 gramos (1 taza) de pistachos crudos sin sal y, por supuesto, pelados
  • 1 cucharada de levadura nutricional
  • 2 cucharadas de aceite de oliva virgen extra
  • 1 cucharadita de sal
  • 1/8 cucharadita de pimienta negra recién molida (unos toques de pimienta, vamos, al gusto)
  • 440 ml (2 tazas) de agua o más (o menos, depende de para lo que lo quieras)
Salsa de pistachos
Salsa de pistachos

Preparación:

Esto consiste en ponerlo todo en una batidora y batir hasta que quede cremoso. No tiene más ciencia. Yo comenzaría con una taza de agua si lo queréis para mojar nachos, por ejemplo. Pero usaría dos si lo queréis como salsa para pasta o aliño de ensalada. Queda cremosa y líquida. Si lo queréis más líquido, añadid agua de cucharada en cucharada mientras batís. También queda maravilloso como salsa para platos de setas. O con verduras al vapor. O con lo que queráis, porque está muy rica, es suave y una maravilla (algún día los frutos secos no serán tan caros: esto es un deseo que no se me va a cumplir en la vida; pero, por pedir, que no quede).

Filetes con salsa al vino

Cuando esto salga publicado, hará dos o tres días que tres adolescentes camparán por mi casa. Con mis gatos. Con carteles en todas las ventanas, para que no las abran. Con orden de no salir hasta las cuatro de la tarde, que yo llego, que tampoco van a querer porque hará 40 grados. Con los quebraderos de cabeza que puede suponer darles de comer durante un par de semanas a tres personas de edades comprendidas entre los 18 recién cumplidos y los 13, que son omnívoros, cuando en mi casa, animales muertos no entran, pero ellos piden hamburguesas de ternera, jamón York y atún. Así que aquí estoy, recopilando recetas que tengan texturas a las que ellos estén acostumbrados y, tratándose de eso, el producto estrella es este. Que he hecho con una receta de lo más tradicional: al vino. Para no meterle muchas especias. Mi madre, lo que usa en la cocina es ajo, perejil y vino blanco. Y pimentón. Todo lo que salga de ahí, pimienta incluida, lo rechaza porque dice que enmascara la comida. Su hija tiene más de 70 especias distintas, en tres muebles. Ver para creer.

Los filetes de no ternera parecen ternera, tienen la misma textura, pero no son ternera. Y a mí esta soja es que me encanta. Estoy un poco harta de soja con textura de esponja marina, sinceramente. Además, el guiso es parecido al que hace mi madre para los filetes de pollo (ella creo que echa media pastillita de Avecrem, pero yo cosas de estas no uso) y me gusta comer platos tradicionales de vez en cuando. 😉

Filetes de no ternera al vino blanco
Filetes de no ternera al vino blanco

Ingredientes para 3 raciones:

  • 150 gramos (1 paquete) de filetes de no ternera
  • Cebolla al gusto (yo uso mucha, aunque en la foto no lo parezca)
  • De 2 a 4 dientes de ajo muy picados, al gusto también
  • Un buen puñado de perejil
  • 50 ml de vino blanco (le podéis echar más)
  • Sal al gusto
  • Pimienta
  • Aceite de oliva
Filetes de no ternera encebollados
Filetes de no ternera encebollados

Preparación:

Pon un litro de agua o litro y medio a hervir. Mientras hierve, actualiza el Facebook y echa los filetes de no ternera en un bol grande. Una vez que hierva el agua, cubre los filetes y pon un plato encima del bol. Hidrata así los filetes 10 minutos. El agua seguirá hirviendo y caliente. Yo, para escurrirlos bien, lo que hago es esperar un poco más. Mientras espero, voy picando la cebolla en cuadritos (una, dos o tres, las que queráis), pelando los ajos y colocando una sartén grande o una cacerola al fuego. A fuego medio. Se añade un chorrito de aceite, que cubra la base (unas 2 cucharadas va bien) y se pocha la cebolla, con un poco de sal, durante 10 minutos. Luego se añade el ajo picado y se da vueltas durante 30 segundos.

El agua no estará del todo fría. Se puede añadir agua fría al bol para no quemarte las manos porque ahora tienes que escurrir la soja y yo la escurro estrujándola. No quiero que me salte todo el aceite. Una vez escurrida, se echa en la cazuela y se va friendo hasta que esté doradita. Esto tarda otros 10 minutos más o menos (depende de lo “doradita” que la queráis. Eliminará agua, así que lo que hago yo es esperar a que la inmensa mayoría del agua se haya evaporado. Luego añado el vino, doy unas vueltas y espero a que se evapore, removiendo de vez en cuando. En este punto añade sal al gusto y dale más vueltas, prueba la sazón y echa más sal y pimienta negra si quieres. Espolvorea con perejil picado (sí, yo echo los tallos también, dan mucho sabor) y sirve.

Se puede comer sola o mezclada con arroz integral, por ejemplo, o bulgur.