Cuatro años de amores y peticiones

Brea y Coyote
Brea y Coyote

Cuando Brea llegó, perseguía a Ororo por toda la casa para jugar con ella. Ororo hablaba mucho: ahora, es Brea quien habla, con mil maullidos diferentes, en tono y en fuerza: los más gritones son para pedir agua, porque a la señora le gusta beber del grifo (antes del bidé, ahora ha descubierto que la bañera es más divertida, porque caben todos) y adora la comida húmeda. También demanda amor: se pasea por encima de ti para que la acaricies, te da con la pata, amasa aporreando o te muerde la manga del pijama.

Breíta
Breíta con legaña.

Odia que le quite las legañas y que le corte las uñas: cuando acabo, se va directa al rascador a afilárselas todo lo posible. Sigue durmiendo pegadita a mí, pero ahora Huck se ha unido a la fiesta, así que mis noches son un trajín de gatos entrando y saliendo de debajo del edredón, en invierno, hasta que los dos se colocan juntos y Brea comienza a empujarme o a darme patadas: supongo que tener hijos debe de ser algo así. Huck ronronea como un martillo pilón y a Brea le tienes que poner el dedo en la garganta para saber si está contenta. No hace nada de ruido: ella, con maullar a todas horas, tiene bastante. Si me tumbo en el sofá, se pone encima de mis tobillos o en el respaldo. Acude siempre, aunque esté medio dormida en el rascador. Y, si me voy dos días, se pone a hacer la croqueta en cuanto entro por la puerta.

Coyote
Coyote

Coyote es el gato más expresivo del mundo, tanto al protestar maullando, como cuando te mira: si está enfadado, va a fruncir el ceño antes de ponerse a dar golpecitos con la cola. Desde hace unos meses, me muerde la cara para darme besitos, sobre todo cuando llego a casa de trabajar y para darme las buenas noches. Sigue yéndose a la mesa de la entrada y maullando como un loco porque no me ve, cuando estoy al doblar la esquina. Él es así: un gato haciendo cosas de gato. Por la tarde, se pelea con Ororo como si fueran a matarse. Por la mañana y por la noche, Ororo le busca para darle cabezazos y que le lama la cabeza. A veces duermen juntos. Pero pelearse, se pelean. Con gruñidos, zascas y todo. Yo a veces me asusto mucho, pero nunca se han hecho nada. Eso sí: su mejor amigo es Huck.

Coyote y Huck
Coyote y Huck

Por Huck, que es, con mucho, el gato más divertido de mi casa, Coyote siente adoración. Están muchísimo rato juntos, juegan sin matarse, se lamen, se muerden con fruición las orejitas, se chupan y se quieren. Pero a quien Coyote adora de verdad, es a mí. Si estoy en casa y no me ve en dos minutos, maúlla como si lo fueran a matar. Si no abro la puerta de la cocina porque estoy cocinando y se mete en medio y le piso y hay peligro, aporrea la puerta llorando como un loco (sí: sabe llorar).

Brea y Coyote. Sí, a la izquierda está Brea, aunque no se note.
Brea y Coyote. Sí, a la izquierda está Brea, aunque no se note.

Hoy hace cuatro años que llegaron para montar la tercera guerra mundial en casa durante una semana. A veces quiero matarlos a todos (sobre todo, cuando no me dejan dormir, o cuando a Coyote le da por comprobar si estoy viva a las cuatro de la mañana), pero todos los días, en algún punto, digo una frase. Todos: “yo me quiero ir a mi casa y estar con mis gatitos”.

El batiburrillo: regla, ansiedad, estrés, comida emocional y bombones

Menstruación
Moderna de Pueblo..

El otro día, un nutricionista (supongo que sería UNA nutricionista, pero ahora no recuerdo quién), preguntaba en Instagram si las Navidades nos causaban ansiedad. A mí todo me causa ansiedad en esta vida, excepto estar en mi casa. Y las Navidades, ahora que voy perdiendo peso paulatinamente y con mucho esfuerzo (bueno, escribo esto el día que me he comido todos los bombones del planeta, pero ahora iremos ahí), me causan más estrés del que me han causado nunca.

Yo sí sé qué comer

De verdad de la buena: yo sí sé qué comer. Cuando el resto de la humanidad me dice: “No, si comer sabemos todos”, yo me río, porque sé que piensan que la verdura es el tomate frito de bote con el que han hecho el pollo que se van a pimplar, sin una ensalada ni nada. Y no han visto un arroz integral ni en el lineal del supermercado.

  • Sé que tengo que comer verduras al menos en las dos comidas principales. Muchas. Y muchas son, mínimo, 250 gramos-300 en cada ingesta. En el desayuno también la como, porque me pido tomate a rodajas. El tomate, mejor a rodajas que rallao en el pan.
  • Sé que he de comer fruta también y, como la fruta no me gusta, creo estrategias: mezclo manzana o mango o caquis o pera (fruta que jamás me comería sola) con leche de soja, semillas de chía, especias y frutos secos y me las llevo en un tupper. La fruta nunca pesa menos de 200 gramos tampoco. Si las manzanas son pequeñas, pongo dos.
  • Sé también que mi ingesta proteica ha de basarse en legumbres (legumbres tal cual y tofu y tempeh y soja texturizada) y que es innegociable en las comidas principales. Y que el seitán tiene bajo valor biológico, pero está rico, así que lo como de ciento en viento. Y de ciento en viento es de ciento en viento. Creo que hace 8 meses o así que no lo pruebo.
  • También sé que los hidratos son prescindibles pero que, de tomarlos en forma de cereales (no hablo de patatas o boniatos), han de ser integrales: arroz y pasta integral y añadimos quinoa, mijo, bulgur integral y avena integral y compañeros mártires.
  • Sé leer las etiquetas del pan y que, cuando pone “harina de trigo” y “salvado”, por muy marrón que parezca, de integral no tiene nada. El resto de las etiquetas no las leo casi nunca, porque…
  • No compro, normalmente, productos altamente procesados insanos. Compro productos procesados: aceite de oliva, soja texturizada, tempeh, tofu. Cuando los compro, que sí que compro morcilla de Veg-In porque nunca he hecho morcilla vegana aunque siempre me digo que tengo que hacerla (sí, cada uno tiene sus contradicciones), leo los ingredientes: si tienen grasa como primer ingrediente, como los quesos veganos estos horribles, paso. Por muchas ganas que tenga de comérmelos. Que tengo ganas.

Si yo comiera lo que sé que tengo que comer, tendría un cuerpazo de la hostia. O NO. Porque ocurre esto: hay un sinfín de variables que influyen en que estemos gordos, desde la aceptación social de la obesidad (siempre que no sea mórbida) hasta la abundancia de empleos sedentarios, el nivel cultural y económico (las clases sociales más bajas son las que tienen más problemas de sobrepreso), la presión de los medios de comunicación (e internet es un medio de comunicación), si te han amamantado o no, tu actividad física, la dependencia del transporte motorizado y tu cuerpo: dónde está tu nivel de saciedad, si controlas el apetito primario o no… (por cierto, no he encontrado qué es el apetito primario). Etcétera.

Lo publicó la administración del Reino Unido. Os confieso que no lo he leído entero porque me mareo. Solo he leído los cartelitos y me he saltado las flechas.

También sé cuáles son mis problemas con la comida. Os los puedo resumir:

  • Tengo un trabajo altamente estresante todos los días, con horarios marcados. Hay trabajo que tiene que estar hecho a determinadas horas (cuatro, cinco o seis al día). Es decir, no hay descanso: no es un “puedo hacerlo mañana”. A las 8:57 yo tengo que tener hechos tres minutos de noticias culturales, a las 14:28 tengo que cerrar un informativo, a las 15:29 también y a las 19:58 ha de salir otra noticia mía. Más las cosas que surjan diariamente: entrevistas, ruedas de prensa y demás. A veces con media hora para preparar una entrevista con un compositor de música clásica contemporánea española del que no has oído hablar en la vida porque, oh, horror, no estudiaste en el Conservatorio salvo hasta Primero de Piano. Y, además, un programa de media hora de duración diaria que tiene que salir en antena sí o sí.
  • El estrés me crea ansiedad. La ansiedad se manifiesta de la siguiente manera: me entra taquicardia (a veces fuerte) y pienso: “Comer, comer, comer, comer, comer”. Me la quito como las yonkis. O como o salgo a fumar. Porque yo fumo. Y no debería, pero si no fumara, no habría máquinas de vending en el mundo suficientes para mí. Porque yo no me como una bolsa de quicos. Yo me como tres. Y luego cae una de patatas. Y luego una chocolatina. Y luego cojo un dulce de los que hay al lado de mi mesa. Y el día que escribo esto habían llevado bombones de chocolate negro y creo que al décimo que me he metido en la boca he dejado de contar. Y todo eso lo he hecho después de haberme comido 300 gramos de manzana con canela, 10 gramos de semillas de chía, 20 gramos de avellanas y 120 gramos de leche de soja, porque yo peso las cosas. Porque, si no las peso, no sé controlarme. Me digo mil veces al día que no voy a comer, se me dispara la taquicardia, sigo sin comer mierdas, se me vuelve a disparar, me levanto y compro, me digo que una bolsa nada más cuando sé que van a caer tres, se me quita la taquicardia, me meto una Coca-Cola también porque no hay bastante con los quicos, me duele la barriga, tengo gases y llega la culpa. Esto ocurre a menudo. Al menos seis veces al mes. La última semana de septiembre, resistí. Ha sido la única.
  • No solo el estrés me crea ansiedad. Todo lo que sea estar fuera de mi casa me crea ansiedad. Y “fuera de mi casa” implica: restaurantes, casas de amigos, casa de mi madre, estaciones, plazas y cualquier lugar del mundo que os podáis imaginar. No como en el gimnasio porque voy a hacer deporte: si no, comería.
  • En mi trabajo hay dulces día sí y día también. Hoy había dos tartas caseras y una caja de bombones. Ayer había bombones de Bélgica. Por la tarde hay galletas: siempre. Pero yo, menos mal, salgo del estudio y me largo a las cuatro de la tarde.
  • Una vez al mes, viene la regla. Mi regla es Dios: es todopoderosa. Dos días antes de que llegue, o cuatro, depende, puedo matar a quien sea. O me hundo en la miseria más miserable. El día que llega y que me muero de dolor, me comería todo el chocolate de la tierra: de ahí los diez o quince o veinte bombones que me he pimplado. A mí el chocolate me gusta, pero el resto del mes me da igual. Tengo una tableta de chocolate en casa desde agosto. No la he tocado. Porque está en mi casa y yo en mi casa no tengo ansiedad. Eso sí: recordad: hay ambiente obesógenico en el trabajo. Los bombones. Los bizcochos. Los dulces. Y tú ahí, con la regla, muriéndote de dolor, con una bolsa de agua caliente en los riñones, sin que te haga efecto el naproxeno, porque a mí los analgésicos no me hacen efecto (amo esa frase: “Pero si esto tumba a un caballo”. A un caballo sí, pero a mí no), trabajando con todas esas horas límite en el horizonte, escribiendo como si no hubiera un mañana, preparando entrevistas rápidamente… y con todo eso al lado de mi mesa y la máquina de vending al lado del baño. Que aunque no quieras verla, la ves. Porque podría estar escondida. Pero no lo está. Me he llegado a plantear si podría aguantar ocho horas sin hacer pis. Pero, como bebo 3 litros de agua en el curro, no puedo. La respuesta de mis compañeros, que de industria alimentaria, capitalismo, biopolítica y mecanismos de ansiedad no saben una mierda, es que nadie me obliga a comprar y yo compro porque quiero. Y, mirad, yo no tengo fuerzas ya para educar a la gente. Ni edad. Ni salud.
  • Entonces, cuando me hablan de comida emocional, de fuerza de voluntad versus disciplina y de decirse a uno mismo que él puede controlarlo, a mí me da la risa. Porque a veces se puede y a veces no. Y ojo: yo voy a terapia. Que en la comida no nos hemos centrado porque yo tenía tantas cosas que arreglar antes, tantas putas conductas aprendidas (que durante los últimos 38 años serían muy funcionales pero ya no me valen una mierda) que no me he centrado en eso.
  • Me he llegado a plantear hacer una terapia específica con alguien solo de comida, pero las terapeutas que hablan de comida en el Instagram (sí, hay profesionales en Instagram y se divulga allí: es el peor medio del mundo, pero como a todo el mundo le ha dado por él, qué hacemos) hablan también de reconectarse con una misma y de comer con calma y amor por tu cuerpo y a mí eso me suena muy new age y me salen sarpullidos. No me creo ese tipo de mensajes. Yo sé que hay peña muy Paulo Coelho por ahí a la que estas cosas les funcionan. Y también les funcionan las variaciones del mensaje tipo: “No intentes ser perfecta”, “Permítete fallar”. Pero como yo no intente ser perfecta, me como tres bolsas de patatas cuatro veces por semana, coño. A mí lo único que me funciona (a veces: otras veces asalto la máquina) es ese ejercicio tan jodido y tan horrible de ejercer violencia sobre y contra mí misma y pasar el mono a pelo. Porque esto es un mono.
  • La terapia es como la pérdida de peso: no es una línea continua descendente: a veces estás arriba, otras abajo, otras eres poderosa y otras eres una puta mierda. Porque hay que trabajar. Y a veces el proceso es doloroso y a veces ves los cambios en los comportamientos que se han producido en tu vida y dices: chapeau. Con lo que era yo antes. Y luego viene otra cosa y vuelves a comportarte como anteriormente porque el comportamiento adquirido desde pequeña es más fuerte que el aprendido (al menos en mi caso y por ahora), pero al menos lo detectas.
  • Porque, sí: la clave está en cambiar conductas.

Y a eso vamos.

Tempeh a la naranja

Estos días, anticipándome mucho a lo que suelo (bueno, no: a veces los oigo en verano) ando escuchando villancicos (en inglés: Brenda Lee, The Rat Pack, The Pretenders, Elvis y compañeros mártires) y copiando en unas hojas todas las recetas de los 800 libros de cocina veganos que tengo que podrían servir para mis menús de Navidad sin poner los kilos que me está costando tanto perder (es decir, primando las verduras en la mesa, los patés con crudités en vez de con pan y algún postre crudivegano -ojo: tienen calorías a cascoporro, sí, pero están hechos de frutos secos y frutas o verduras y no de harinas refinadas: azúcar llevan, en forma de sirope de arce, generalmente, aunque algunos utilizan dátiles: aún no he elegido nada). Yo cocinaré el fin de semana del 22 de diciembre, haré las fotos, me largaré a celebrar la Navidad y no me ocuparé del blog, pero hoy traigo una receta que puede valer para la Navidad: tempeh a la naranja.

La receta es de Vegan Under Pressure. Si tenéis olla rápida y os apañáis con el inglés, esta mujer es la experta mundial en ollas a presión, tanto eléctricas (yo tengo una Instant Pot que me regalaron los Reyes Magos) como de fuego (que, desde que tengo la Instant Pot, ya no uso).

Tempeh a la naranja
Tempeh a la naranja

Ingredientes para 2 personas:

  • 210 gramos de tempeh.
  • 1/2 cucharadita de piel rallada de una naranja
  • 60 ml (1/4 taza) de zumo de naranja
  • 1 cucharada de vinagre de arroz
  • 1 cucharadita de jengibre fresco rallado
  • 2 cucharaditas de salsa de soja
  • 2 cucharadas de caldo vegetal
Tempeh a la naranja
Tempeh a la naranja

Preparación:

Jill Nussinow dice que la olla a presión actúa como vaporera, pero yo recomiendo siempre cocer el tempeh al vapor, porque el tempeh es amargo y tiene un sabor fuerte. Si lo queréis suavizar, cocedlo al vapor diez minutos y listo.

Luego es tan fácil como marinar el tempeh, cortado en bastones o en rodajitas, lo que queráis. Se ponen en una fuente el zumo de naranja y la ralladura, el vinagre de arroz, la salsa de soja y el caldo vegetal y se marina el tempeh un cuartito de hora, dándole la vuelta una vez. Ponlo todo en una olla rápida y cocina en HIGH (alta presión) 5 minutos. Quita el vapor manualmente- Utiliza guantes de cocina para no quemarte.

Lo puedes decorar con ralladura de naranja y con unas hojas de cilantro fresco.

Yo le hice una salsa que está riquísima, pero de la que no tengo foto. La salsa es bien sencilla. En una olla al fuego, se pone a calentar aceite de oliva (1 cucharada) y luego se añade una cebolla picada en juliana, un calabacín hermosote cortado en cubos, una manzana en cubitos (la manzana puede ser dulce o ácida) y se rehoga todo durante 10 minutos a fuego medio, dándole vueltas de vez en cuando. Se añade el zumo de una naranja pequeña y sal al gusto y se espera a que reduzca  un poco. Se sirve el tempeh con esta salsa y ya, si queréis plato completo, con sus hidratos y todo, yo le echaría arroz integral… excepto en Navidad, que ya nos metemos bastante pan para el cuerpo untando hummus y demás.

La receta es para dos personas porque me quedaba solo esa ración de tempeh, pero se puede doblar o triplicar perfectamente si hay muchos veganos en casa.