“Yo lo hago bien, menos los fines de semana”

Yo la teoría me la sé.

La teoría es comer pollo a la plancha y cenar pescadilla al vapor, todos los días, hasta que pierda los kilos que me sobran. Y ensalada de lechuga y tomate, de vez en cuando.

Luego me ponen una pizza por delante el fin de semana y, claro, cómo voy a decir que no.

Porque yo, el resto de la semana, como bien. Desayuno galletas integrales con un Actimel, como pollo a la plancha o unas lentejas en las que hay, con suerte, dos rodajas de zanahoria y, con más suerte, porque me lo como al final, un trocito de chorizo. Pequeño, que el chorizo engorda; ceno un par de salchichas de cerdo a la plancha… Mi problema no es durante la semana, que a media mañana me como una manzana y todo. El problema viene cuando salgo.

He hecho muchas dietas. He ido a NaturHouse y perdí 14 kilos. Luego puse 20, pero los 14 los perdí.

He bajado 20 kilos en cuatro años, año arriba, año abajo, kilo arriba, kilo abajo. Lo que he perdido, no lo he vuelto a recuperar, salvo un par en Navidades, que se quitan rápido en cuanto vuelves a comer bien. Y, obviamente, hablo de mi caso, no de personas con otras patologías que desconozco. También tengo en mente a muchas personas que dicen lo mismo que yo decía, la teoría me la sé, pero que no prueban las verduras nunca. Y probar las verduras no es comer una bolsa de 100 gramos de ensalada. Es meterse entre pecho y espalda 400 gramos como mínimo. Te lo aseguro: parece mucho: no lo es. Yo como más. Ahora.

Salmorejo de cerezas
Salmorejo de cerezas. Ya es tiempo. Si vais pinchando en las fotos, os llevan a las recetas.

No y no y otra vez no.

Llevar una pauta dietética, si pretendes adelgazar y, sobre todo, aprender a comer, es joderte.

Simplemente. Porque sí, a mí también me gusta el chocolate. Yo prefiero una tarta de zanahorias a una hamburguesa vegetal casera. Qué coño: yo prefiero una tarta de zanahorias a cualquier otra cosa que se ingiera. Yo comería bizcocho para desayunar a diario. Dos trozos grandes. Y para merendar con el café. A mí el azúcar me pone. Y en mi trabajo hay tartas día sí y día también. Al menos, dos veces por semana: porque es el cumpleaños de alguien, porque compré y se va a estropear, porque ha sobrado de la comunión, porque llego, porque me despido… No solo es que estén en mi trabajo. Es que están justo al lado de mi mesa. Con su olor a chocolate, a canela y a clavo. Con su pinta diciendo “coge un trocito”. Con el estrés del trabajo y la ansiedad del trabajo y las ganas de comer en el trabajo a todas horas.

Y no te lo comes. Y te jodes. Pero no te lo comes. Porque tienes yogur con 300 gramos de fresas, semillas de chía, nueces y a veces chocolate negro. Y abres el tupper y te pones ahí, con tus fresas y tu yogur sin azúcar ni nada, mientras los demás le dan a las tartas. Que están a medio metro de tu mesa. Y ahí andas tú, viéndolas durante ocho horas. Y diciéndote, todos los minutos de esas ocho horas, que no las vas a comer. No es una exageración: todos los minutos de las ocho horas. Todos.

Lo bueno es que ahora (ahora, no antes) tengo compañeros de trabajo que me dicen: Ni se te ocurra. Y me riñen. Antes decían: “por un trocito no pasa nada“. No, por un trocito no pasa nada. Por un bombón no pasa nada. Pero yo me como ocho bombones y cojo un trocito de tarta y luego otro y luego otro más y luego uno después de comer.

Tarta de zanahorias de Mr. Broccoli
Tarta de zanahorias de Mr. Broccoli

A veces no hay tartas. A veces, gracias al cielo, solo hay jamón, salchichón, chorizo y queso. Como todo eso no lo como, no tengo problemas. Pero traen patatas fritas de bolsa. Las patatas fritas son  veganas. Y a mí me flipan. Yo comería con patatas fritas de bolsa todos los días. Yo, en épocas de ansiedad, como patatas fritas. Yo tengo un examen y pienso en patatas fritas y Coca-Cola. Las patatas fritas han sido mis mejores amigas del mundo mundial. Vivan las patatas fritas.

No, no vivan. Tenía una oposición, cogí patatas fritas y, una vez en la cola para pagar, me dije: “qué coño estás haciendo“. Y las devolví a su sitio y me fui sin las patatas. Con una Coca-Cola Zero, pero sin las patatas.

Sí, yo sé que la Coca-Cola es mierda. En esto se basa una pauta dietética: en negociar contigo misma. Todos los putos días y a todas horas. No cojas las patatas, pero quédate con la Coca-Cola. No compres chocolate, cómete un par de nueces. Quieres guarrear más que nada en el mundo, pues come un par de dátiles rellenos con mantequilla de cacahuetes o de almendras.

Porque yo me acabo de pimplar una tostada integral con tomate y un café con leche de soja y llego al trabajo y tengo hambre. Tengo hambre y seguiría comiendo.

Y, a veces, justo en la semana en que tienes un teórico eliminatorio y, si no lo apruebas, pierdes el trabajo, te tiras al chocolate, a la Coca-cola, a los cacahuetes, a los kicos y a las patatas fritas en el restaurante.

Y no pasa nada.

No pasa nada porque ya sabes que estos periodos de descontrol pasan una vez en la vida, no una vez cada día y medio como ocurrían antes. No pasa nada porque qué bien te sentaron las patatas ayer y adiós muy buenas hasta dentro de meses. Pones un kilo (es decir, lo de “no pasa nada” es un poco relativo) porque esa semana comiste muy mal y ya lo sabes. No hay culpa, solo conciencia. Esto es lo que pasa cuando me lanzo al barro.

Berza con salsa de tahini
Berza con salsa de tahini

Seguir una pauta.

La primera vez que fui a una nutricionista, me preguntó por qué creía yo que estaba gorda:

-De comer, de qué va a ser.

-Eres la primera persona que me dice que está gorda de comer.

Los demás, me contó, están gordos “de los nervios”. De los nervios y de que abren la nevera y se ponen púos. O de la ansiedad (la ansiedad no engorda: engordan los donettes que te comes por la ansiedad, porque no te da por comer zanahorias ni tres manzanas). O del aburrimiento. O del estrés. O por su metabolismo. Es que a mí me engorda todo. Los ves desayunando 10 galletas María, pero es que engordan con el aire.

Hace poco me llamaron gordófoba. Ni siquiera estábamos hablando de gorduras, pero ya sabemos que las obsesiones son como el culo: cada uno tiene la suya. El problema es que veo a gente haciendo burradas para adelgazar, muchas. También veo a delgados que comen muy mal y que no ven las verduras en la vida. Pero veo a más gordos que comen mal, que le echan la culpa a la ansiedad pero no van a un psicólogo y que quieren adelgazar rápido y comiendo hamburguesas y McFlurrys del McDonalds. Yo me he comido tres bolsas de Chaskys todos los días de diario durante meses. Tres. Porque para qué te vas a comer una, pudiendo comerte tres.

Peanut Butter Brownie. Es decir, brownie con mantequilla de cacahuete. Es de Isa Chandra Moskowitz.
Peanut Butter Brownie. Es decir, brownie con mantequilla de cacahuete. Es de Isa Chandra Moskowitz. Juro que cae esta Navidad.

Yo actuaba así. Y luego fui aprendiendo. Poco a poco y algunas cosas.

Una empieza una nueva pauta dietética, con toda la ilusión del mundo y pierde 200 putos gramos en una semana. Y, durante dos meses, no baja centímetros de brazos. No solo no baja centímetros de brazos. Es que si se cuela un poco, pone tres centímetros en la barriga. Y la cadera le mide lo mismo que cuando empezó la pauta. Y, de pronto, llega a los 81 y sube a 82,6 y se dice: yo nunca he bajado de 80, solo durante una semana, hace años, que pesé 79,6 y no se me olvidará en la vida. Pero ¿75? Eso es un sueño inalcanzable. Y se deprime.

Y así, una semana y otra y otra. A veces adelgazas mucho y a veces menos. O a veces engordas, ojo. O te quedas estancada, muchas veces, aunque sigas la pauta a rajatabla. Y una de las semanas que te pesas, que has estado mala y has comido ensaladas y un poco de tofu a la plancha porque no te entraba más de la fiebre que tenías, resulta que pierdes 300 gramos. Coño, pero si casi no he comido. Ni he desayunado más que un café. ¿300 gramos, me cago en tó? Y te subes a la báscula y te entran ganas de llorar. Literalmente, porque se te saltan las lágrimas: no lloras porque tienes vergüenza torera, pero llorarías berreando e hipando mucho. Y te dices: mira, para esto me como un par de donuts. Porque, total, si no voy a adelgazar, por lo menos me divierto y en vez de pedirme una ensalada en el restaurante me pido patatas con seis salsas diferentes, que me apetecen bastante más que un poco de lechuga y de tomate a siete euros el plato. Oh. Esto es lo que hay cuando uno hace una pauta. A ver qué os creíais: ¿que ibais a ser muy felices en el mundo de los unicornios azules con toda vuestra gracilidad, saltando por los campos cual gacelas la primera semana de la pauta? No.

Luego recuerdas que no estás adelgazando: que estás aprendiendo a comer para estar sana, peses más o peses menos y, sobre todo, que lo que estás aprendiendo es a controlar la comida. No a que la comida te controle a ti.

También recuerdas que es lento, que eres mujer, que ovulas, que retienes líquido y que tu cuerpo está diseñado para ponerse celulítico en la barriga, la cadera, las cartucheras, el culo y las tetas. Que, por cierto, se caen cuando adelgazas porque te adelgaza toda la piel del pecho. Además, sabes que haces deporte solo dos días por semana, cuando deberías hacerlo, como mínimo, dos más.

Albóndigas
Las mejores albóndigas de la humanidad.

Y ojo: yo, mi pauta, la llevo bien. Ya no tengo (excesiva) ansiedad a media mañana porque me como mi yogur con mis kilazos de fruta y no asalto la máquina de vending del trabajo. Y estoy muy contenta. La llevo bien con todo esto que os estoy contando, que es como para pegarse un tiro. Imaginaos cuando no dais con la pauta que se necesita.

Pero ya no dices que te engorda el aire y que tú eres gorda como si fuera una verdad inmutable que no pudiera cambiar. Porque yo también he estado gorda por la ansiedad (y los Chaskys, las patatas, los Riskettos, los kilos de pan blanco, los san jacobos fritos, las salchichas frankfurt, los palitos de merluza, las Marbú Dorada -qué ricas están, coño- y las Chiquilín y el Cola-Cao en invierno y el arroz tres delicias congelado y las lasañas y las pizzass y las hamburguesas con patatas. Pero es que soy ansiosa, ojo).

Que la obesidad tiene muchas causas ya lo sabemos. Que la industria alimentaria es muy poderosa, también, y así hay gente que cree que el Actimel ayuda a las defensas en lugar de comer espinacas, hoja de roble y brocoli, manzanas o plátanos. Y que las galletas son un desayuno y no son repostería. Y que las lasañas precocinadas están mal hasta para un avío (un avío de una vez por semana no es un avío: es una costumbre -realmente, yo he comido lasaña precocinada tres veces en mi vida, pero conozco a quien las compra a menudo-). Que hay muchos condicionantes que influyen en que una persona esté obesa y que no se puede culpabilizar solo y exclusivamente al individuo, también. Que somos seres sociales que celebramos todo comiendo como si lo fueran a prohibir también: nadie queda para pasear: se queda para café o cenar. Eso ya lo hemos aprendido.

Croquetas de garbanzos con salsa teriyaki
Croquetas de garbanzos con salsa teriyaki. A esto se dice sí.

Pero, a estas alturas de la historia, también he aprendido que el individuo tiene que tomar el control de su propio cuerpo y sus decisiones. Porque no puede esperar a que su pareja no compre patatas fritas, ni a que los compañeros no traigan tartas o pasteles para celebrar un cumpleaños, ni a que el brócoli se anuncie por televisión ni a que, después de una vida de sedentarismo comunal, a todos sus amigos, de la noche a la mañana, les dé por hacer deporte y en vez de quedar para cenar, queden para ir a un rocódromo. Hay quien lo hace: tu grupo de amigos, no. Ninguno de todos tus grupos, ahora que lo piensas.

Tengo amigos que lo han hecho todo para adelgazar. Han seguido las pautas de un nutricionista un par de meses, después de pasar por todas las dietas-milagro conocidas: la dieta de la piña, la dieta de la alcachofa, la dieta de los puntos, la dieta que el endocrino sacó de un cajón para su prima, la Atkins, la disociada y la de la clínica Mayo (que, obviamente, no es de la clínica Mayo). Han salido a andar media hora todos los días, un paseíto, parándose con cualquiera que encontraran por la calle.

Lo han hecho todo, pero no han cogido unas pesas en la vida. No han ido a terapia (aunque, por supuesto, tienen ansiedad) porque la terapia es para gente que está loca. No han seguido una pauta más de dos meses.

¿Es difícil seguir una pauta dietética? No, por Dios. Es súper fácil: te ponen una pauta y la sigues a rajatabla desde el minuto 1 y adelgazas enseguida y al día siguiente ya no quieres ver las patatas fritas ni en pintura y comienzas a mirar con condescendencia a los amigos que se comen su bizcocho de zanahoria mientras tú le das vueltas a tu café y te conformas con la espumita mientras piensas que estarán muy delgados, pero qué mal comen y seguro que son obesos flacos. Y, de pronto, con tus 36 kilos de más, te pones a hacer deporte y, oh, eres buenísima en todo: no te caes, haces sentadillas hasta abajo y flexiones con una mano y mueves 24 kilos de pesas con ejercicios de espaldas. Y comienza a no gustarte el olor de la canela encima de una tarta de manzana. Y prefieres, por supuesto, una hoja de lechuga sin sal, sin aceite y sin vinagre, a una bolsa de patatas fritas o de kicos.

Claro que es difícil. Es un cambio de vida y de hábitos que supone que, donde antes tú plantabas el culo en el sofá y te ponías a leer, ahora implica llegar a casa, darle de comer a los gatos, limpiar areneros, corre que te corre, cambiarte, coger la bolsa del deporte, largarte andando (35 minutos) a paso firme y sin pararte y pasar 50 más sudando como una cerda y con el corazón en la boca y diciéndote a ti misma que una flexión más. Vamos, el planazo de mi vida. Luego, eso sí, estás dos semanas sin someterte a esa tortura y comienza a dolerte la espalda y te descubres pensando en el día en que lo puedas retomar porque lo necesitas. Pero necesitar hacer deporte no es lo mismo que amarlo y que te encante, vamos a ser sinceros. Encantar, le encanta a otros. No a mí.

Hamburguesas de garbanzos
Las mejores hamburguesas del mundo

Donde antes cogías lo primero que pillabas y dos rebanadas de pan, ahora planificas tener bacon de tofu para las ensaladas y gazpacho y hamburguesas para las cenas. Y tienes que buscar tiempo libre (que, por cierto, en mi caso es muy poco) para ir a comprar. Copiar recetas, meterte horas en la cocina y congelar raciones. Tener siempre a mano legumbres cocidas por si acaso. Y semillas molidas. Pensar en la comida y en la cena, que antes la apañabas con lo primero que pillabas. Medir mentalmente la verdura de un plato para meterle más en forma de salteado o de gazpacho o lo que sea. O desdeñar un plan de pasar el fin de semana en alguna parte porque te has quedado sin comida y tienes que cocinar y cocinar es una prioridad (a mí no me da tiempo los días de diario: o no tengo ganas, que es lo mismo).

Es decir que no, e ir con un tupper con semillas de cáñamo al restaurante porque sabes que te vas a pedir una ensalada o una parrillada de verduras (tampoco es que aquí haya mucha opción) y vas a olvidar todo lo que te pedías antes, porque tú para qué vas a pedir verde habiendo pizza. Y no probar los bombones ni las tartas. Y eso, señores, cuando tu cerebro y tus emociones y tu recuerdo de la palatabilidad te están diciendo: come, come, mira qué rico, come… no es tan sencillo.

Es decir: fácil no es. Porque la gente asocia “fácil” a “algo que no cueste nada, que me permita seguir como antes y que me haga adelgazar en un mes los 20 kilos que me sobran”. Pues no. Eso no existe. Ahora bien: imposible tampoco es. Es contratar a un nutricionista, ponerte a hacer deporte, ir a un psicólogo si la comida te controla, cocinar, ir a comprar, planificar menús. Todo eso cuesta tiempo, dinero y esfuerzo. Sobre todo, esfuerzo. Mucho. Sobre todo si, como yo, lo que hacías era abrir una bolsa de ensalada y calentar salchichas frankfurt en el microondas (sí, eso ha sido mi cena durante mucho tiempo. Muy a menudo, sin la ensalada).

En positivo

Todo el mundo dice que hay que pensar en positivo. Y sí: hay que pensar en positivo. Porque cambiar de vida cuesta (recuerdo siempre a mi mejor amigo diciéndome, cuando yo tenía 28, “ningún cambio es posible sin violencia”). Ahora bien: si te dan las herramientas (las herramientas te las tienen que dar: esto es así. Solo no vas a poder), es relativamente fácil cambiar el pensamiento. Lento también es.

En el proceso lento vas aprendiendo. Aprendes que, cuando te has pesado y no has perdido, es que estás ovulando y estás reteniendo líquido. O aprendes que sí que has perdido: has perdido grasa y has puesto músculo, que pesa más que la grasa, y por eso piensas que no adelgazas pero pierdes centímetros y no te cuadran los datos porque no sabes leerlos aún. Los 200 gramos ahora te parecen una maravilla porque se transforman en 800 de menos. La báscula ya no te importa, porque solo es una guía y le haces caso a otros parámetros, no al peso que marca. Le haces caso al agua y al músculo y al porcentaje de grasa, que sí que baja y baja y sigue bajando. Que sí, que cuando ves los 200 gramos piensas: nunca lo voy a conseguir, pero ese es tu esquema de pensamiento de antes.

Aprendes qué hacer cuando vas a un restaurante y llevas en la calle desde las ocho y no comes desde las dos y media y tienes hambre y no hay nada en tu bolso, pero existen las fruterías para comprar una manzana y hay un supermercado para coger una bolsa de frutos secos crudos. Aprendes a llevar semillas de cáñamo en el bolso y frutos secos. Aprendes a elegir opciones mejores: porque una ensalada siempre será mejor que una pizza entera.  Aprendes a saborear, a comer más lento, a fijarte en las texturas de los platos y a usar las semillas y a planificar menús y a compartir recetas rápidas. Aprendes a controlar la ansiedad porque tienes comida saludable suficiente que, en mi caso, es comida saludable que me dure al menos media hora desde que la empiezo hasta que la acabo.

También vas notando muchas más cosas. Vas mejor al baño, eliminas mucho más líquido, no te sientes hinchada ni pesada, las digestiones son mucho mejores, estás de mejor humor (eso es el deporte, por cierto), te sientes orgullosa de ti misma porque ahora miras la parte de ensaladas que llevan las cartas antes que cualquier otra cosa, incluidas las patatas seis salsas, que tienen un cartelón: PROHIBIDO. La pauta no te las prohíbe: te lo prohíbes tú y ahí hay muchos matices, porque estás eligiendo comer bien. Pero esto lleva implicados unos procesos de pensamiento que tardan un tiempo en llegar. Si quieres que un cambio se afiance para toda tu vida, la rapidez nunca ha sido buena.

Uno de mis nutricionistas favoritos, por muchas razones, Pablo Zumaquero, escribió una vez:

NO

Quien te diga que bajar y mantener el peso corporal es “fácil”, o no sabe de lo que está hablando, o te está vendiendo la moto para que vayas a dejarle pasta.

Me explico. Vivimos en un ambiente obesogénico, es decir, es muy muy MUY fácil comer mal, la comida basura está hipermegatetradisponible. Tendrás 40 oportunidades al día para caer en la tentación de comer porquerías.

Por eso hay que controlar muy bien las ingestas de comida basura, darse los caprichos en ocasiones contadas y al menos, disfrutarlas, nunca haciéndolo con remordimiento.

Pero luego llega la otra cara de la moneda, esa de la que nunca se habla, y es que TE VA A TOCAR DECIR QUE NO. Pues claro coño! qué te creías? Que esto iba a ser un camino de rosas? Y un mojón de pico!

Para mantener un buen estado de salud te va a tocar decir alguna vez que no a bombones que te ofrezcan en la oficina, a cervecitas con tus colegas para ver el fútbol, a heladitos en el paseo marítimo…

Si te apuntas hasta a una ronda de aspirinas, qué te crees? que eso no te va a afectar? que sólo lo tienes que hacer en tu pérdida de peso y no el resto de tu vida? No my friend, entonces no estás entendiendo bien las reglas del juego 😉

Caprichillos sí, pero responsabilidad también 🙂

Añado: espero no haber sido muy directo (es que me sale así), no es fácil decir que no, pero me parece un tema tabú, parece que nadie quiere hablar de esta parte del tratamiento…

Y es verdad: nadie quiere hablar de esta parte del tratamiento, que corresponde al paciente. Total y exclusivamente, porque nadie puede decir que no por mí. Cuando todo el mundo dice que no hay que culpabilizar al paciente, a mí me parece que echamos algunos balones fuera en el tratamiento de la obesidad (ojo, yo no soy nutricionista, pero sí soy paciente): la sociedad es obesogénica, la comida basura tiene el mismo efecto que la heroína en el cerebro, tenemos una construcción de relaciones basada en la comida… pero nadie me pone una pistola en la cabeza y me obliga a pedirme patatas seis salsas en el restaurante en vez de una ensalada con frutos rojos. Tu cerebro te impulsa y tus emociones también: te impulsan y te tientan y por un día total y etc. Pero no te obligan. Comer mal también es una elección.

Me he pasado dos años viendo la pauta dietética como una cosa restrictiva que solo era divertida en la comida libre semanal. Ahora la veo como veo el veganismo: como un camino en el que, al principio, das pasos atrás (bueno, con el veganismo hay gente que no los da, pero otros sí los damos y tampoco pasa nada). Es una herramienta de conocimiento: qué hay que comer, qué es mejor que no comas, en qué momentos quieres comer, cómo se manifiesta en ti el hambre emocional, qué te dices a ti misma cuando sales a comer fuera (“¡hoy fiesta y bacanal!” o… “te vas a pedir una ensalada grande o hummus con crudités o falafel porque, como sea fiesta y bacanal, te duele la barriga dos días enteros”), cuáles son tus puntos débiles (el mío, además de la ansiedad, que la tengo diagnosticadita por dos profesionales, la planificación de los menús y la compra: sí, tengo un blog de recetas: sí, a veces paso semanas comiendo el mismo tipo de legumbre porque no me ha dado por cocer más).

No es solo: me dan una pauta y la sigo como un autómata. Es ser consciente de todos los pasos que uno tiene que hacer para cambiar de hábitos, si es que quiere cambiar de hábitos.

Pero, si no quiere realmente, que también pasa mucho, al menos que no me vengan diciendo que para mí es muy fácil.

Salsa de champiñones con bechamel de coliflor

Salsa de champiñones con bechamel de coliflor
Salsa de champiñones con bechamel de coliflor

Esta receta es para la Instant Pot, que es uno de los mejores regalos que me han hecho en la vida. Y además, si se hace en olla rápida normal, hay que hacerla por tandas, o poner a cocer la coliflor aparte, al vapor (de 7 a 15 minutos, dependiendo de lo gordas que cortéis las flores) porque la Instant Pot es alta y las otras son más anchas que altas. Es de Kathy Hester y es una salsa muy rica que se puede usar encima de puré de patatas, encima de pasta (integral mejor), con arroz, con soja texturizada en filetes o soja texturizada gruesa o sola. Sale una cantidad considerable, más de un kilo, y se puede adaptar perfectamente para hacerla sin olla rápida. Es una adaptación vegana de la salsa Stroganoff de toda la vida, que tiene infinidad de versiones acá y acullá.

Yo la hice para filetes, que ahora os pondré cómo se hacen.

Ingredientes para más o menos un kilo de salsa:

Saltear:

  • 1 cucharada de aceite de oliva
  • 160 gramos (1 taza) de cebolla muy picada. Yo uso picadora: deja más líquido, pero me da igual.
  • 1 y 1/2 cucharaditas de ajo picado (yo puse 2 dientes y vamos que nos matamos).
  • 2 cucharaditas de pimentón dulce o agridulce de La Vera.

Para la olla:

  • 900 gramos de champiñones, bien limpios y a rodajas
  • 120 ml (1/2 taza) de agua
  • 1 cubo de caldo vegetal (obviamente, se pueden usar 120 ml de caldo vegetal que tengas hecho)
  • 1 y 1/2 cucharaditas de eneldo seco
  • 250 gramos (2 tazas) de coliflor cortada en flores, bien limpia y envuelta en papel de aluminio

Salsa:

  • 120 ml (1/2 taza) de leche vegetal. Yo usé de soja. Ojo, sin endulzar. Mirad bien los ingredientes, porque muchas llevan fructosa.
  • 1 cucharada de levadura nutricional
  • sal al gusto (ten cuidado si el caldo está salado, mejor ponerla al final)
  • pimienta negra al gusto

Para los filetes:

Preparación:

Si la haces en la Instant Pot, pulsa el botón Sauté, para que la olla se vaya calentando, a temperatura normal. Agrega la cebolla y saltea hasta que esté transparente, de 3 a 5 minutos. Ten cuidado y vigila, que la Instant Pot calienta mucho y no quieres cebolla quemada. Agrega el ajo y el pimentón y saltea un par de minutos más, removiendo mucho.

Si la haces sin Instant Pot, pon una sartén con el aceite a fuego medio y saltea la cebolla de 3 a 5 minutos, hasta que esté transparente. Luego, agrega el ajo y el pimentón, remueve y saltea dos minutos más, removiendo sin parar, que tampoco queremos que el pimentón se queme.

Añade los champiñones, el agua, el cubo de caldo (o el caldo vegetal entero) y el eneldo y remueve. Llega casi hasta el final de la olla. Aplástalos un poquito para que quepa la coliflor encima. No te preocupes, porque la línea MAX de la Instant Pot llega hasta casi el borde: lo sé porque lo miré, pensaba que me iba a estallar en la cara. No estalla. De verdad. Pon la olla en modo MANUAL, asegúrate de que la válvula esté bien colocada (en SEALING y no en VENTING) y programa 10 minutos.

Luego tienes que quitar el vapor de forma rápida, poniendo la válvula en VENTING. El vapor quema mucho y en la Instant Pot sale casi hacia todos los lados, así que lo que has de hacer es usar guantes de silicona y accionar la válvula con cuidado. Y largarte.

Si no tienes Instant Pot, lo que tienes que hacer es sofreír los champiñones. Es mucha cantidad, así que usa una olla. Realmente, lo que se hace con la olla rápida es cocerlos. Puedes usar una olla rápida normal y hacerlo en tandas o puedes sofreír los champiñones en una olla con una cucharada de aceite hasta que pierdan el líquido, cosa que te llevará unos 7-8 minutos. Luego añade el caldo y el eneldo a la olla con los champiñones, porque los necesitarás después.

Saca la coliflor de la olla (o del cocedor de vapor) y ponla en el vaso de la batidora: los líquidos primero, así que echa primero la leche y luego la coliflor y la levadura nutricional. Bate hasta que sea una crema y sazona con sal y pimienta. Sí, queda espeso de morirse. Pero hay que tener en cuenta que en la olla hay caldo, porque en la olla rápida, el caldo NO se evapora. Y ese caldo se usa para la salsa. Pon la salsa de nuevo en la Instant Pot en la que están los champiñones, o en la olla en la que los tengas, y remueve. Ya está lista para servir.

Yo la usé para estos filetes.

Filetes de no-ternera
Filetes de no-ternera

Sí, parecen filetes de ternera, pero no lo son. Os juro que son estos. Son fibrosos, están exquisitos y la manera de prepararlos es muy sencilla. Se ponen en un bol, se añade bien de agua hirviendo o de caldo por encima y se hidratan durante 10 minutos.

Ahora, preparar una sartén con un chorrito de aceite. Y coge unas pinzas. Las vas a necesitar.

Escurre los filetes. No los aplastes, solo con el colador va bien.

Ahora, ponlos en la sartén con la ayuda de las pinzas. Tienen agua y el aceite salta. Sí, salta. De verdad de la buena. Usa pinzas. Y añade sal y, si quieres, pimienta, o ajo. De verdad, añade sal. No pienses que, porque la salsa lleva sal, los filetes no la necesitan. La necesitan. Te lo digo de verdad, porque yo no echo generalmente sal a las comidas que voy a mezclar y luego acabo pensando: “qué cagada”. Sálalos. No mucho y con sal yodada, ya sabes. Luego los tienes ahí hasta que se doren y ya están listos. ¿Cuánto tardan? Unos 3 minutos por cada lado. Van cambiando de color, así que lo verás enseguida.

Y ya puedes servir los filetes con esta salsa.

Yo lo que hago es congelarlo todo por separado, la verdad y así tengo varias clases de filetes y varias salsas para ir alternando para las cenas.

Aliño de curry y almendras

Aliño de almendras y curry
Aliño de almendras y curry

Mi aliño favorito para las ensaladas es la vinagreta de toda la vida: pelín de sal, vinagre (del bueno, sea balsámico -ojo, no reducción, que es azúcar puro-, de vino tinto, de vino blanco o de arroz o manzana o sidra) y aceite. A veces hasta sin aceite. Pero, como ahora como más ensaladas que nunca, también estoy buscando otros aliños, para usarlos de vez en cuando y no cansarme. Entre otras cosas, porque sostengo y mantengo que mi dieta (no la de perder peso, la dieta en general, el modo de vida, digo) es bastante más variada que la de un omnívoro español de los de toda la vida, de esos que comen de todo pero en realidad no salen de 10 recetas en toda su existencia y no han visto una verdura en la vida. Yo no he repetido (casi) ninguna en el tiempo que hace que tengo el blog, que son cinco años. La receta es de Let them eat vegan, que yo no sé por qué Dreena Burton no saca nuevo libro ya.

Ojo, que ser vegetariano o vegano no significa comer mucha verdura. Yo, de hecho, comía poca. Ahora como muchísima: en verano más, porque el litro de gazpacho diario no me lo quita nadie y a eso hay que añadirle los 250-350 gramos de verdura que como en las dos comidas principales. La mitad de ella intento que sea cruda.

Para las ensaladas compré un centrifugador. Concretamente, éste de Tupperware, porque me fío mucho de los artículos de la marca. El único problema es que tienen presentadoras y siempre quieren hacer presentaciones: pasa como con la Thermomix, y por eso compré la MyCook. Yo quiero comprar los productos y ya está. Sí, soy así de asocial.

Esto me ha permitido usar más lechuga de toda la vida, de la que venden en las fruterías. No he abandonado las ensaladas de bolsa, que me parecen lo más cómodo del mundo para no tener que salir a comprar verdura todos los días, pero ya es un paso. Es que las ensaladas náufragas no me van.

Así que, a una de rúcula y espinacas (sí, y nada más: soy así de sosa, creo que una ensalada con dos ingredientes está bien: y con veinte también), le puse este aliño… y qué rico.

Es un aliño que se puede usar también para mojar crudités de apio, pimiento (si usáis de eso), calabacín…

Ensalada con aliño de almendras y curry
Ensalada con aliño de almendras y curry

Ingredientes para un bote de unos 400 gramos:

  • 85 gramos (1/2 taza) de almendras crudas
  • 2 y 1/2 cucharadas de vinagre de sidra
  • 1 cucharada de sirope de arce (la receta original pone 2, pero así ya queda bien. Se puede hacer sin él, ojo. Que yo adore el sirope de arce y lo mantenga no significa que no sepa que es azúcar).
  • 120 ml (1/2 taza) de agua
  • 1 diente de ajo sin el germen pequeñito
  • 1 cucharadita de jengibre fresco rallado (yo esto ya no lo mido: corto un trocito pequeño de jengibre, lo pelo y así)
  • 1/2 cucharadita de mostaza de Dijon
  • 1/2 cucharadita de sal
  • 1/8 cucharadita de curry
  • pimienta negra recién molida
Aliño de almendras y curry
Aliño de almendras y curry

Preparación:

Usa una batidora potente. ¿No tienes una batidora potente? Pues tendrás que poner las almendras a remojo en agua una media hora. Luego tiras el agua y tienes paciencia batiendo y parando el motor y ya está. Eso sí: quedará algo de textura, pero no importa: va a estar rico igual.

Pon todos los ingredientes en la batidora y bate muy  bien. Yo uso la MyCook: pongo los líquidos primero, luego los sólidos y luego el cestillo dentro del vaso para que no me salte todo. Lo pongo 1 minuto a velocidad 7-10, paro la máquina, saco el cestillo y raspo sus paredes y la base (ahí se quedan muchas almendras) y lo vuelvo a poner un par de minutos para que quede megacremoso.

Prueba. Puedes añadir más curry.

Ahora viene la parte de tomar decisiones: ¿lo vas a usar para poner en sándwiches o para mojar verduras crudas? Déjalo así. En el frigorífico, bien tapado, se espesará. Puedes añadir más agua después.

Si la usas como aliño de ensalada, lo querrás más líquido: créeme: a mí me gusta todo como pa enfoscar. Pero lo vas a querer más líquido. Añade agua, fría, un chorrito pequeño cada vez, dale vueltas con una cuchara y ve añadiendo hasta que quede con la consistencia que a ti te guste.

Yo lo guardo en la nevera bien tapado y lo consumo como máximo en dos días. Estas cosas se pueden congelar también. Luego, si se separa, se bate un poco y listo.