Escribir pese a todo

En estos tiempos de confinamiento y de colitis ulcerosa con un brote de intensidad moderada que no acaba de curarse, con todo lo que ello conlleva (anemia, irritabilidad, depresión, cansancio absoluto y estar tirada por las esquinas y con apenas fuerzas para limpiar los areneros y recoger el lavavajillas y la cocina) he descubierto que escribir, sin saber de qué voy a escribir, me hace tener la sensación de que estoy ocupada. La escritura siempre ha sido un bálsamo, siempre una necesidad, pero hay épocas en las que desapareció y he perdido. No recuerdo salvo lo que escribí.

Grand Central Station de Nueva York, casi completamente vacía (1)

Yo voy a trompicones. Me he pasado la primera semana y pico de la cuarentena con una anemia de caballo y suspirando por montarme en una elíptica, sacar la kettle y los dos pares de mancuernas y volver a hacer ejercicio, hasta que me mentalicé de que, floja y con anemia y muriéndome por las esquinas, la hinchazón de mis piernas ya era totalmente preocupante y tenía miedo de un trombo, que es otra de las complicaciones de la colitis ulcerosa…

Con estas situaciones, debería haber un protocolo. «Si sangra usted más de 10 veces, vaya al digestivo, no importa el coronavirus». Porque yo soy tan prudente, tan bien mandá, tan de no saturar el sistema sanitario aunque me esté muriendo… Y, además, ¿quién le va a dar de comer a mis gatos si a mí me ingresan?

Creo que ha sido la primera vez que he tenido algo de miedo en esta cuarentena. Porque, a pesar del enclaustramiento y del no salir y de la anemia y del brote de colitis ulcerosa y de la hinchazón, yo soy una privilegiada.

Debajo os pongo el enlace de este artículo (2)

En este primer mundo capitalista llamamos «privilegio» a tener unas condiciones más o menos dignas de vida. Así nos han ganado. Ahora, que estamos dependiendo de trabajos que otros quisieron precarizadas (agricultoras, barrenderas, limpiadoras, enfermeras, médicas, auxiliares de enfermería, cajeras de supermercado, informáticas, científicas), nos damos cuenta de todo lo que no veíamos. «Buenos días, madre», me dice el barrendero que limpia al lado del centro de salud. «Buenos días, caballero», le respondo. «Buenos días. Muchas gracias por vuestro trabajo«: es la frase que repito siempre. Me paro un ratito con las cajeras: «Tengo miedo por mi padre, porque es población de riesgo y es un inconsciente y quiere salir a todas horas y lo estoy pasando fatal. Ando todo el día a grito limpio», me cuenta una.

El camión de la limpieza se aleja en Mérida. La hice cuando fui al centro de salud.

Se comparten experiencias en redes: «Estamos pensando en cómo aislar a cien personas con enfermedad mental en sus plantas y habitaciones, valorando establecer rutinas y formas de ocupar su tiempo de forma significativa para evitar que salgan de sus habitaciones, aumentando su tolerancia de permanencia en ellas, disminuyendo sus niveles de ansiedad y evitando posibles descompensaciones», le cuenta una terapeuta ocupacional a mi amigo Pablo. «Seguimos prestando asistencia en las residencias, con turnos bien establecidos».

Estas instituciones, precisamente, han ofrecido algunas de las imágenes más tristes y aterradoras de esta crisis de salud pública (3). Antes de que saliera esta noticia, varios días antes, Pablo escribía también: «Cuando esta puta mierda acabe ojalá hablemos de la indecencia que hemos construido en este país con las residencias de personas mayores«.

Hay que mirar a tantas estructuras que yo no sabría ni por dónde empezar. Sobre todo con la crisis económica mundial que nos va a caer encima (escuchaba el otro día a no recuerdo quién que, como va a ser mundial, lo mismo el Banco Central Europeo no tarda tanto en actuar como lo hizo con la crisis de 2008).

Me interesa la cultura, ya lo sabéis. Quiero copiar aquí, por si algún día se pierde en el maremágnum que suponen las redes sociales, la reflexión de mi amigo Álvaro Pons, físico y crítico de cómics. Las negritas son mías:

«El otro día me pidieron una serie de reflexiones desde la revista MAKMA sobre cómo afectará todo esto a la cultura. No sé si es posible hacer predicciones, pero las primeras reflexiones que llegan a la mente son fúnebres, la verdad. Espero equivocarme y que no sea así, que la sociedad se recupere muy rápido y todo esto sea una pesadilla que se olvide.

Pero no lo sé, la verdad. Mejor quizás dejar las reflexiones para cuando esto acabe y tengamos una fotografía real del escenario en el que nos moveremos…

Os pongo la versión larga que hice…

Es muy difícil prever nada en esta situación. Es completamente inédita, cambiante a cada minuto, lo que hace complicadísimo hacer predicciones. Creo que hay que ser muy comprensivo con la clase política que está afrontando este reto. Es algo nuevo para lo que nadie estaba preparado y, peor, cómo se puede resolver. Las soluciones son resultados de prueba y error continuo. Cada solución en un país no tiene porqué ser extrapolable a otros países: diferencias geográficas, económicas, sociales… hacen muy complejo trasladar experiencias exactamente. Todo eso hace que el escenario inmediato es complejo de imaginar. A modo general, es evidente que esta crisis no es comparable a la del 2008: no estamos hablando de una crisis sistémica como aquella, sino de un paro del sistema, un cierre inédito. Evidentemente, el golpe para la economía será brutal, desconocido, pero creo que a parada de burro le seguirá arrancada de caballo, con fuerza. El problema es que cambiará todo: esa arrancada solo podrá ser impulsada por el sector público, que debe olvidar planes de austeridad para lanzar planes de reactivación económica, y el privado más potente, las multinacionales, que pueden aprovechar para fagocitar todo resquicio de competencia, lo que genera no pocas incógnitas.

Álvaro Pons

En lo social, espero que aprendamos todos y descubramos la necesidad de soluciones que favorezcan el mantenimiento de la salud pública, el sentido que tienen conceptos como la renta básica… Las posibilidades que dan las tecnologías a nuevos entornos de trabajo, a nuevas formas de entender el trabajo. Pero creo demasiado en la estupidez humana, capaz de olvidar en diez minutos cualquier lección que dé la vida.

En lo cultural es donde veo más problemas: hoy por hoy, el sector cultural español depende profundamente del impulso público, sobre todo en lo que a actividades se refiere. Festivales, jornadas, congresos…dependen de unas ayudas que, por lo menos durante un tiempo, desaparecerán: es de esperar todo el esfuerzo inversor público vaya al sector social, desplazando las partidas culturales a ayudas sociales y económicas. Eso implica un auténtico páramo para lo público. La industria privada no lo pasará mejor: el parón del país puede ser un mazazo que no todas las empresas puedan superar, más cuando la demanda cultural puede quedar paralizada durante los meses posteriores mientras la economía se reactiva. Una perspectiva nada halagüeña para un sector siempre el filo de la navaja y tremendamente frágil.

Pinchad y mirad el trabajo de David Bokeh.

Estamos viendo como casi todas las iniciativas culturales, jornadas, festivales, ferias, etc…, se están retrasando al último trimestre, creando una posible sobresaturación de oferta que no creo que ni llegue a darse ante la pérdida de ayudas públicas, como he comentado antes. Hay que añadir que la emergencia sanitaria, hasta que se difunda una vacuna eficaz, puede hacer muy complejo que ni siquiera puedan celebrarse: los países están yendo a diferentes ritmos y es más que posible que mientras uno sale, otro todavía esté, lo que implicará cierres de movimientos internacionales durante un largo periodo. Además, es de lógica que se implanten medidas que eviten las acumulaciones de personas durante un tiempo hasta que aparezca la vacuna. El miedo a un nuevo brote marcará nuestra vida durante meses y la restricción a la celebración de eventos multitudinarios puede seguir vigente.

¿Soluciones? Ni idea, sinceramente. Creo que en el caso de actividades culturales, lo más sensato será hacer borrón y cuenta asumir que el 2020 no ha existido, un paréntesis en el tiempo, y empezar a pensar en el 2021.

Para la industria cultural, la cosa será más compleja: más que nunca, será necesario una profunda actuación desde la inversión pública, que marcará realmente si el estado cree en la necesidad de la cultura. Pero, sobre todo, necesitaremos que la sociedad sepa valorar que este confinamiento lo superaremos con la cultura: del libro al cómic, de los videojuegos a las películas, las series… La cultura nos salvará en este confinamiento, nos ayudará a sobrevalorarlo y, además, como ya se está viendo, está mostrando una generosidad máxima. La sociedad debería devolver con la misma generosidad ese esfuerzo, ese valor, creyendo de verdad en la necesidad de la cultura. Quizás es el momento para dar de golpe transiciones digitales, para buscar nuevas formas de creación de cultura basadas en lo digital, generando estructuras que aguanten futuras pandemias. Para cambiar una industria que debe volver a creer en la importancia de los creador@s, de autores y autoras que son la base de fundamental de eso que llamamos cultura».

También me interesan las diferencias sociales que se pueden paliar con dinero, panoja, parné. Hay muchas voces hablando ya de que no podemos dejar en el hecho de tener o no trabajo la posibilidad de que haya o no un techo bajo el que dormir y luz, agua, calor y comida. Trabajé muchos años con personas sin hogar: no tengo respuestas para la politoxicomanía, salvo que me planteo que, en la calle, es inevitable.

Es la primera vez que vivimos algo todos juntos: lo cuentan en redes los de Chicago y Nuev York, los de Mar del Plata y Buenos Aires, los de México y San Diego y Venezuela y en esas vivencias, nos damos cuenta también de las diferencias abismales que supone el azar de haber nacido en una u otra parte del territorio de este planeta nuestro. Esta crisis ha venido, como todas, con su propio espejo: el coronavirus en Camerún o Haití o República Dominicana no es lo mismo que en Irán, que en Estados Unidos con su sistema de salud privatizado, que en Francia, que en España. Y no es lo mismo en un chalet con patio y piscina que en mi terraza que en un piso de 27 metros cuadrados que se comparte con tu pareja y una hija porque no os podíais pagar más que en la calle o viviendo con tus agresores (y meto aquí, sobre todo, a los niños que viven con madres y padres maltratadores).

Creo también que queda mucho para saber qué consecuencias sociales (divorcios, nacimientos) y psicológicas tendrá esto en una población como la española, que generalmente vive de puertas afuera. ¿Habría otras maneras de ocupar el espacio público?

Recursos que os pueden servir.

Un artículo muy útil y sincero de Alejandro Cobo.

Creo que sería bonito trabajar los derechos humanos con los más pequeños, ahora que estamos viviendo una situación que afecta a todo el mundo. Amnistía Internacional ha dispuesto estas actividades.

Enlaces del post:

(1) Beholdingeye. Es el fotógrafo Paul Seibert.

(2) Este es el artículo del National Geographic al que se refieren en la imagen.

(3) Han encontrado cáveres de ancianos compartiendo habitación con ellos en varias residencias.

Cotidianeidad fallida

Imagen de la app My Colitis con los tipos de heces, moco, color y demás parámetros

La primera semana de confinamiento la pasé, como varias de las anteriores, apuntando los datos exactos del color, tamaño, forma, dolor, tipo de dolor y consistencia de mis heces. Uso la aplicación My Colitis, que está en inglés, pero es la más completa que he encontrado. El único punto negativo es el registro de comidas, que es lo más farragoso del mundo, pero para eso utilizo la app de la Monash University.

Tener colitis activa con una pandemia mundial de coronavirus es añadir un plus de desasosiego. O lo sería, si yo no fuera tan inconsciente. Tomo precauciones, pero sin obsesionarme. Uso guantes al salir de casa. Observo las calles, las puertas cerradas, la reja blanca del Costumbres argentinas, mi lugar de desayuno diario en días laborales, el mejor café de Mérida; a las cajeras del Día con las manos protegidas también, pregunto en el Carrefour qué tal lo llevan. Anotar en Trello qué tareas he querido programar para el día de hoy, algunas tan simples como «hacer la cama», que la hago todos los días, pero así me refuerzo. Porque, con anemia, cualquier tarea cotidiana es un esfuerzo titánico.

  • Hacer la cama
  • Recoger el lavavajillas
  • Poner el lavavajillas
  • Redactar una lista de la compra semanal
  • Hacer la cama
  • Poner una lavadora
  • Recoger la ropa del tendedero
  • Doblar la ropa y guardarla en los armarios
  • Dos pastillas de Mezavant y dos de Clipper en el desayuno
  • Glutamina entre las comidas
  • Un supositorio de Claversal y dos Mezavant en las cenas
  • Hierro a la hora de comer, con dos horas de separación entre café y té y con un plus de vitamina C. No hay mandarinas ácidas. Se las echo a la ensalada.

Check, check, check, check.

Ensalada de lechuga con aceitunas y mandarinas

A Ororo le sale otra herida en el cuello y se pela. La curo con agua oxigenada porque ya la tiene seca. La próxima vez que me toque ir a la farmacia, que será en quince días, tengo que hacerme de Betadine.

Se me quema el cargador del ordenador. No voy a pedir un cargador online porque no quiero que venga ningún repartidor más a casa. Vino uno para traer comida que necesitaba, de Vegan Place, y el hierro. Sobre todo el hierro. «Dale una semana», me dijo Cristina. Llevaba cuatro días y estaba mejor de ánimos, pero seguía mareándome.

Leo artículos. Bastantes. Leo a la gente, a mi gente virtual, que se ha quedado sin trabajo o que no sabe cómo va a poder sobrevivir el tiempo que dure la cuarentena. Llamo a la mujer que me limpia la casa para decirle que le pagaré igual aunque no venga, porque yo sí me lo puedo permitir. Comienzo un plan para limpiar la casa a plazos: hoy, mi habitación y los dos baños; mañana, el cuarto de invitados y el de los gatos; pasado, el salón y la entrada. El siguiente, terminar la cocina y darle a la terraza de la cocina.

Pienso en la solidaridad vecinal, que ha hecho que aparezcan cartulinas verdes al lado del ascensor, por si alguien no puede ir a comprar por sí mismo. Salgo a la terraza y me saludan mis vecinas más pequeñas con alegría. Ojalá pudieran bajar a desfogarse.

Me parece una reflexión acertadísima, la de Carlos Barea

El miedo también deja aflorar lo peor, como siempre. No sé qué me esperaba en esta España de la Inquisición. Muchos han defendido denunciar a la policía a sus vecinos que salen a la calle. Delaciones en masa, oigan, venga la barra libre. «Me paso el día en la ventana para ver algo de calle porque me agobio encerrado y ese vecino sale mucho». De ahí se pasa al: «Qué bien que voy a poder llamar para dar por culo un ratito al tipo del tercero, que me cae mal».

No sé dónde ha quedado la capacidad de sacrificio. Lo llamo sacrificio. Pueden poner la palabra que quieran. Detrás de mi casa hay un parque. Me daría igual que las familias con niños se turnaran para usarlo. ¿De verdad a alguien le parece apto que un niño salga a jugar a un parque vacío, sin ninguno de sus amigos? Yo no salgo, pero hay quien lo precisa.

Con lo que ha ocurrido culturalmente en el país, tengo mis opiniones encontradas. Como siempre. La cultura es un sector de resistencia. Enormemente precario. No creo que la gente que antes no la valoraba se haya planteado que, cuando acabe todo esto, deben contribuir a la enorme generosidad de tantos artistas y escritores y cantantes que han liberado sus contenidos. No creo que vayamos a dejar de comprar en Amazon para acudir a nuestras librerías. No sé cuántas librerías sobrevivirán a unos meses de cuarentena. Ni cómo de tocadas quedarán las compañías de teatro. Ni si será tiempo de hacer conciertos. Ni de quiénes irán a esos conciertos, cuando tantísima gente se ha quedado sin trabajo. ¿Volverán esos mismos trabajadores a sus empresas o se abrirán nuevos procesos de selección?

Imagen de 72kilos

¿Qué fractura social dejará esto? ¿Cuánta gente no descubrirá ahora que su casa no es lo que ellos hubieran definido como un hogar, por no hablar del más grave hecho de que hay mujeres y niños confinados con sus agresores?

Obra de Alejandra Caballero

Hablan del fin del capitalismo y de una nueva era de los servicios públicos. Y, sin embargo, yo creo que esto también se olvidará antes de que nos pongamos a privatizarlo todo de nuevo, antes de que el dinero se destine «a lo que realmente importa», que nunca es la cultura, porque la cultura sobrevive a base de pequeñas empresas de autónomos que las crearon para poder contratarse a sí mismos y las plataformas digitales son poderosas y los Ayuntamientos volverán a usar el dinero público para las fiestas de los pueblos, porque las orquestas populares también son cultura (no, no lo son) y no se van a potenciar las cooperativas ni otros modos de gestión. Esos otros modos de gestión que crean ciudades, que sostienen no solo el tejido cultural, sino el barrial (qué sería del centro de las ciudades o de algunos barrios de ciudades más grandes sin librerías ni bibliotecas) y que desaparecen poco a poco porque hay empresas mundiales que cambian los modos de consumo. Esos modos de gestión que implican crear huertos urbanos de autoconsumo, ahora que hemos oído hablar tanto de soberanía alimentaria.

Tampoco habrá conciencia planetaria. Nos preocupamos de Italia, de México, de Argentina, pero no de Irán. Qué pasará en los países africanos, que no están preparados para esto. Cuánta gente va a morir. Cómo se afronta un proceso de duelo cuando no te puedes despedir.

También os digo que, a pesar de mi escasa fe en las organizaciones políticas del ser humano, le pongo ojos rijosos a la idea de equivocarme.

Las diferentes maneras

Hay que mantener una buena rutina de higiene

Vivo sola. Con gatos. Mi ración de palabras diarias, en casa, se limita a decir cosas como: «Hola, bebé», «Hola, bonita», «Ororo, no», «Huck, ven, bonito», «Breíta, ven», «Coyoteeee», «Eso no se lame», «No muerdas los cables», «Ay, mi chica», «Eres lo más guapo de la vida» y cosas así. El teléfono nunca me ha gustado. A mí me gustan los cafés cara a cara, qué se le va a hacer. Más de dos mensajes de respuesta en cualquier red social y tengo ganas de gritar: «Esto no es un chat».

Imaginad lo que supone para mí la hipercomunicación en tiempos del coronavirus. Memes por doquier, siempre los mismos, en varios grupos de WhatsApp. Más videollamadas de las que he hecho en mi vida (qué demonios: nunca había hecho una videollamada: la primera semana fueron tres y propuestas de algunas más). Fotos, mensajes a todas horas, gente que odia el móvil tanto como yo y gente que quiere hacer quedadas virtuales porque se aburre.

En casa yo estoy a gusto. Lo que no llevo bien es la anemia, porque quería cocinar, leer y hacer mucho más de lo que hago. Voy a comprar y me tengo que sentar dos horas porque estoy agotada y me quedo dormida o me mareo cuando camino. Sangrar ocho veces al día tiene también la consecuencia de que aguantas poquito. La colitis ulcerosa viene con su irritabilidad al canto, así que estoy silenciando a todos los amigos que nunca se quejan de los recortes en Sanidad pero que se han transformado en gestores de pandemias en dos días. Imaginad el ánimo que yo tengo para recibir 852 mensajes de móvil todas las mañanas hablando del coronavirus, con vídeos graciosos y fotitos o retos o actividades culturales. Si hubiera visto todas las actividades culturales… Qué coño: imposible ver todas las actividades culturales. Pero si no estoy ni estudiando Psicología porque no puedo con mi alma.

Portada de Eric Drooker.

Sé que cada uno lleva esta situación excepcional de una manera. Yo la llevo bien, por varias razones: una, no tengo estrés, así que no tengo trastorno por atracón y, como llevo dieta baja en Fodmaps, lo mismo la cuarentena me sirve para perder los 10 kilos que he puesto al dejar de fumar. Dos, tengo aficiones individuales: actualizar el blog y cocinar (cosa que he hecho menos de lo que quisiera por la flojera), leer, ver series, estoy estudiando una carrera y haciendo apuntes. Tendría muchas actividades en las que ocuparme, pero veo series solamente por el cansancio que arrastro, aunque, de aquí a que salga publicado ese artículo, espero que el hierro haya hecho su efecto. Tres: hay muchos fines de semana que no quedo con nadie. Y estoy tranquilita en casa, que es exactamente lo que estoy haciendo ahora, pero más días. Además, yo tengo una ventaja enorme:

Salgo a la calle lo estrictamente indispensable: para la baja por la colitis ulcerosa, para comprar frescos y medicinas o para bajar la basura. Es una sensación muy fantasmal: yo procuro sonreír a todo el mundo, porque la gente se aparta para mantener la distancia de seguridad de un metro y hay miradas torvas y de miedo. Me cruzo con cuatro o cinco personas. Con algunos más si voy a un supermercado. Por cierto, muchos hombres.

La última vez que fui a Carrefour, dos tiarrones hechos y derechos se decían uno al otro que, como nunca hacían la compra, no sabían dónde estaban los productos y tardaban mucho. Había una complicidad ahí. Y me dieron ganas de decir: «Ay, sí es que estáis descubriendo que esto cuesta esfuerzo».

El confinamiento va a durar mucho tiempo y, desde el primer día, como el pueblo exagerado sentimentalmente que somos, la gente empezó a contar las horas. Día 1 de confinamiento, decían. Día 2. «Hemos tenido resacas más largas», constataba un chaval en un vídeo.

Luego se sucedieron todos los estados de ánimo posibles. La gente comenzó a tener miedo y el miedo nos hace ser miserables. Se abuchea a la gente que sale a la calle. Se habla contra el gobierno, pero yo no sé si hubiéramos aceptado quedarnos así de encerrados con un caso o dos. Si hay quienes, ahora, con todas las cifras y los muertos en aumento, salen todos los días a comprar el pan o un periódico y lo cuentan por el Facebook.

Yo también decido cuándo salir. Podría salir todos los días a comprar comida: nadie me diría nada: hay gente que lo hace. Pero soy responsable: en un confinamiento, la recomendación es salir de casa una vez por semana, a no ser que tengas alguna patología o alguna condición que precise que salgas más. Los frescos duran varios días en casa y, aunque yo tengo la alimentación más restringida por la dieta baja en Fodmaps, me voy apañando. Además, la recomendación en mi caso (brote activo de colitis ulcerosa y corticoides) es aislamiento extremo.

Pasta sin gluten, con tomate natural (poco) y quorn

Supongo que, si estuviera más activa y no anduviera con esta anemia, tendría más ganas de salir de casa. Ahora mismo, quiero estar tirada en el sofá viendo series. Y con un baño cerca. Antes rezaba para que los corticoides y los supositorios diarios de mesalazina me hicieran efecto, pero ya he perdido la esperanza y creo que me tocará nuevo tratamiento, porque no hay mejoría. Mientras no vaya a peor, todo estará bien. Como vaya a peor, tendremos un problema. Pero cruzo dedos.

M vecina Marta me regaló un bizcocho casero. Para el brote no viene nada bien, pero me lo comí on todo el gusto del mundo

El domingo, mi vecina Marta me regaló un trozo bien generoso de bizcocho de limón, que me bajaron con una cuerda. Siempre nos paramos mucho rato en el ascensor, me ha dicho alguna vez de tomar café, pero nunca hemos quedado.

Mis días los cuento, eso también lo sé, desde una situación cómoda. Trabajo por cuenta ajena en una empresa pública. No van a hacer un ERTE (Expediente de Regulación Temporal de Empleo, lo que significa «despidos») ni soy autónoma. Mis ingresos están asegurados en estos meses de confinamiento (van a ser más de dos semanas, téngalo en cuenta). Vivo en una ciudad pequeña y barata. Mi único foco de posible ansiedad es que no puedo salir de casa por la cuarentena. La familia con la que me relaciono está bien. Tengo Filmin, Amazon Prime, HBO, Disney+ y Netflix. Hay un sinfín de libros en mi casa y muchísima comida en la despensa. Mis gatos me entretienen. Hay un calefactor debajo de mi mesa para estos días de más frío, porque la primavera ha llegado con lluvias.

Me pregunto qué pasará en México, Venezuela, Estados Unidos y Argentina, que son los otros países en los que tengo amigos. Me pregunto qué pasará en África cuando llegue el virus. Y aquí cuando todo acabe. Qué ritos íntimos para poder despedir a los muertos en paz y bien. Qué clase de crisis económica vamos a enfrentar y cómo. No creo que salga «una sociedad nueva» de una pandemia: creo que, como especie, somos un montón de mierda de proporciones considerables con muy poca memoria y que los cuidados seguirán recayendo en las mujeres y que las más precarizadas serán las mujeres y que las que más arrimarán el hombro serán, como siempre, las mujeres y los que se habrán enriquecido serán, como siempre, los dueños de las multinacionales que envían los paquetes a domicilio, para que no tengas que sufrir la incomodidad de salir de casa. Me encantaría que ahora queramos salir de casa. Pero lo dudo. Somos animales de costumbres y las rutinas se vuelven a adoptar fácilmente.

«Brindemos por los momentos que justifican la existencia, por lo que permanece, por las marcas indelebles como cicatrices al sol» 📘 «Brindis» de David Eloy Rodríguez. En «Diáspora. Poetas extremeños en el exilio» editado por Víctor Peña Dacosta para [Ediciones] Liliputienses. Texto y foto de Pablo Cantero en su Instagram.

Ojalá, cuando todo esto acabe, nos veamos más, trabajemos menos, ocupemos los teatros, las pequeñas librerías, los palacios de congresos para ir a los conciertos de la Orquesta de Extremadura (o a la que tengan en sus ciudades), viajemos más para ver a los amigos (hola, Madrid. Hola, Plasencia. Hola, Barcelona), llenemos los restaurantes y apoyemos a todos esos negocios que construyen ciudad.

Y que, cuando haya la enésima huelga o el enésimo paro por la sanidad pública, por la enseñanza pública, por cualquier cosa pública, salgamos a la calle a defenderlo, que eso sí es una guerra, y no digamos que esta gente de qué se queja, si son unos privilegiaos.

Porque, como dice Mario Pecheny (leed este artículo), «nadie se salva en soledad».