Tendinosis y lo demás

Valentina Varas

No leo, no cocino y no hago NADA desde hace eones. Esto, realmente, no es del todo cierto, como casi ninguna de mis afirmaciones categóricas. Lo que no hago es cocinar, salvo comida de supervivencia: puré de calabacín, puré de calabaza y zanahorias, berenjenas fritas en cubos con cebolla y calabacín y fabada y garbanzos. Y con eso voy tirando. Con eso y con alguna ensalada y el tofu ahumado del Aldi y un tahini que compré por no hacerlo.

Hasta ahí llego. Y, lo aseguro, me obligo. Me obligo porque primero viene el hacer y luego la motivación. Es decir, tú haces y luego ya vas viendo. Como esperes a tener ganas para ponerte en marcha, no sucede nada. Mi problema es que a mí no me apetece. Pero hago. A veces. El pasado fin de semana no cociné, pero recogí ropa que llevaba varios días tendida, limpié areneros, ordené los libros que tenía metidos en bolsas, puse lavavajillas, limpié la cocina, leí un libro que me han mandado leer (cambié de psicólogo, montamos un pollo en el COP que ha pasado sin pena ni gloria por ahora, porque quiero creer que las cosas de palacio, van despacio -el COP es el Consejo Oficial de la Psicología-). Y quiero tener ganas. Y que la rehabilitación que hago todos los días durante una hora, más el deporte, más las visitas al fisio, más los ejercicios, surtan efecto porque estoy harta de tener el hombro izquierdo inmóvil (y el derecho, por supuesto, se me está fastidiando).

“Adiós, ansiedad”, té, Ororo. Bodegón.

Estoy un poco harta de que todo me suponga un esfuerzo sobrehumano, salvo el trabajo. Y, por eso, aunque en mi casa haya más libros de recetas desde la Navidad y aunque quiera hacer reseñas de algunos de ellos, resulta que como a salto de mata lo que pillo. Lo que pillo es que un día compro mucha verdura, hago purés, meto al horno la coliflor, enciendo el aparato de cocer al vapor con judías verdes y brócoli y con eso tiro hasta que se me acaba.

Y, lo juro, me gustaría vencer muchos más “no puedo” ahora mismo. El único libro que me han entrado ganas de leer desde el inicio del año ha sido este que hay arriba: “De todas las cosas que nunca entendí siempre vas a ser mi favorita“. Es tan todo lo que no me ha pasado a mí y que no me va a pasar que ha sido estimulante y luminoso.

A veces se encuentra redención en la poesía.

Alguien tendría que hacer algo

Algún día, cuando pase un tiempo y lo mismo no haya servido de nada, o sí (espero que sí), o cuando comience a perder la fe en las luchas colectivas, me acordaré de este tweet.

Haced algo, respondí.

Haced algo por mí, porque considero que un Colegio General de la Psicología no solo debe amparar a los psicólogos, sino y sobre todo (sí: sobre todo) a los pacientes.

En el hilo de Ricardo de Pascual (sí: algún día abrazaré muy fuerte a ese hombre) hay muchas conversaciones paralelas. Una es esta (si pincháis en los tweets, os lleva al hilo en cuestión):

Y la otra esta:

Y sí: así comenzó Dietética sin Patrocinadores y así comenzaron a renovarse las asociaciones de dietistas-nutricionistas en España. Porque alguien se quejó. Porque alguien dijo: “Habría que hacer algo”.

Y de este algo salieron muchas charlas, muy rápidamente, como si estuviéramos en un bar. Así funciona Twitter, con hilos y sub-hilos y otras madejas que van tejiendo la trama. Este es uno de los más interesantes:

Pero se detonó la cosa cuando Eparquio Delgado escribió:

Y Chema dijo:

Y así entré yo. Se lo debo a mi alma de portera.

Y, con esta frase de Eduardo Polín, organicé un blog (otro), hice publicidad y notas de prensa, compartí en redes muchos llamamientos y comencé a hablar con 21 psicólogos a todas horas. En mi vocabulario actual hay palabras y expresiones como “iatrogénico”, “elicitar respuestas condicionadas”, “terapias de tercera generación” o “contingencias operantes” (sigo sin saber qué significa ninguna de ellas):

He pedido un nuevo programa en la radio. Se va a llamar “Las perras de Pavlov”, será semanal, comenzaremos la segunda semana de febrero (la primera tengo una colonoscopia y voy a estar un poco liada) y la sintonía es esta:

La Carta al COP es, creo, la cosa de la que más orgullosa me siento de todas las que he hecho en los últimos años. Y, os lo aseguro, hago muchas cosas. O lo intento, con mayor o menor fortuna, depende de cómo esté. Que ahora no ando muy bien. Si anduviera bien, no hubiera conocido a esta gente ni hubiera dedicado una semana de vacaciones entera, después de Navidad a montar un cisma en el Colegio de Psicología, que salió en muchísimos medios. En Eldiario. En El País. En El Periódico. Y en El Faro de Vigo.

He aprendido de psicología más en quince días que en los años que me he tirado en terapia. Por ejemplo, varias de las cosas que escribí aquí, en el post “Depresiones funcionales o cuando todo cuesta mucho esfuerzo“, ya no las pienso. Sobre todo la parte clasificatoria. Me quedo con que es una respuesta adaptativa… pero a muy corto plazo, porque luego ya no te sirve.

La pelota está en el tejado del Consejo General de la Psicología de España. Yo no me atrevería a tirar a la basura unas firmas entre las que están decanos de colegios autonómicos, investigadores, catedráticos, profesores de Universidades y profesionales muy reconocidos, pero en las organizaciones todo puede pasar.

Lo que no puede pasar es que, después de la lucha por ser considerada una profesión sanitaria, uno piense que hablar soluciona una depresión, que el psicoanálisis es efectivo, que se pueden hacer constelaciones familiares o que algo que podría ser considerado pseudoterapia lo mismo funciona.

Los pacientes no merecemos eso. Merecemos estar bien lo antes posible. Porque puede que quien sea no tenga la suerte que he tenido yo: primero, la de darme cuenta de que no funcionaba. Segundo, la de saber cómo buscar. Tercero, la de decidir con quién me quedaba. Y cuarto, la de intentar cambiar el modo en que un paciente puede saber quién es fiable y quién no lo es.

Me he hecho un máster en quince días. Si alguien me lee y precisa de algún profesional, que me silbe. De verdad. Al menos no va a gastar dinero en balde.

La comida emocional y el entorno

Os presento al enemigo de mi veganismo. Esto es lo que hay, con sus muchas variantes, un día cualquiera en mi trabajo. Poned donuts, bombones, magdalenas, surtidos, napolitanas… Porque es el cumpleaños de alguien, porque es el santo de alguien, porque se despide un becario, porque una becaria se va, porque alguien ha pasado por la pastelería, porque otro tiene galletas en casa y le van a caducar, porque otra vez cumple años quien sea, porque es martes, porque es viernes y hoy es fiesta y compramos churros.

Yo tengo ansiedad. Diagnosticada en dos charlas informales, vale. Pero es que las charlas eran con mi médica de cabecera. Y oye, una se fía de su médica, qué cosas. Total, que si bien mi cerebro tardó cuatro años en hacer el cambio y pasar de una dieta carnívora a una vegetariana, y ya miro el chorizo (porque no solo hay pasteles: también hay jamón y chorizo y salchichón y patatas fritas) y no lo como (y yo adoro el chorizo, ojo, aunque lleve no sé cuántos años sin comerlo), lo demás no ha resultado. Resulta el 90 por ciento del tiempo, pero el veganismo, ya lo sabemos, exige pureza. No comer pasteles con mantequilla y huevo y nata porque resulta que tienes taquicardia y están al lado de tu mesa con todo el olor de la canela dándote en la pituitaria y de pronto lo mandas a tomar por culo todo, porque el cerebro es así. El cerebro se va a lo conocido. Y lo conocido es el sabor de los pasteles de esta pastelería, que, por cierto, están que te cagas.

Con toda su harina refinada, su nata grasienta, su mantequilla y sus huevos baratos, porque no creo que ninguna pastelería vaya a tener huevos de campo en la puta vida. No sería rentable.

Pasteles
El entorno

No me he comido ni un pastel de esa caja. Viva yo.

Lo mismo repito ideas del post anterior, porque tengo una gata paseándose por el teclado (Ororo, quién si no) y me da miedo abrirlo por si me lo descogorciona.

Comida emocional

En infinidad de mensajes de blogs de internet, de psicología, de coaching nutricional (tengo mis reservas con todo lo que lleve la palabra coaching por delante) y de experiencias personales, se define el hambre emocional como repentina, urgente, que desea comidas específicas (generalmente, mierdas), que no sacia cuando comes y siempre quieres más (¡esa soy yo! Con una bolsa de quicos no tengo bastante. Han de ser tres. Y son tres porque las como casi cuando van a dar las dos y media de la tarde, que es el tiempo que tengo en mi trabajo para comenzar a comer: a las dos y media salgo del estudio y voy disparada al comedor. Si no, serían más) y que luego genera culpa, frustración y esa sensación de que no controlas la comida, de que eres una puta enferma ansiosa y de que no vas a poder adherirte a una dieta con estos picos de estrés diarios.

La peña, como es así de bienintencionada, da consejos. Algunos de los más comunes son:

  • Escribe lo que sientes cuando comes. No tengo nada en contra: escribir te saca de ti mismo: lo sé bien: escribo desde que puedo empuñar un bolígrafo. El primer castigo que me impusieron en casa fue no entrar en lo que llamamos “el cuarto de la plancha”, que es donde yo me enclaustraba, con una libreta, una pluma y varios libros: tenía siete años. El problema es que yo no siento nada, solo pulsión. Y no tengo tiempo de ponerme a analizar justo en el momento y ya sabemos lo que hace la memoria.
  • Da un paseo. Tampoco tengo nada en contra. Pasear es bonito, respiras aire puro, piensas con más claridad y te mantienes activo (aunque no, no adelgazas paseando). El problema es que te mandan hacerlo cuando tienes el pico de ansiedad. Y yo lo tengo en el trabajo cuanto más trabajo tengo. No me puedo ir a pasear.
  • Haz flexiones. Machácate vivo. Ay, no veo la hora en la que yo pueda volver a hacer flexiones… y a estirar el brazo por encima de mi cabeza. Ahora no puedo, me he jodido el tendón del hombro. Duele horrores. Pero tampoco me puedo poner en el trabajo a hacer deporte.
  • No compres productos insanos. Bien: no los compro. Los llevan mis compañeros, todos los días a todas horas.
  • Ponte música relajante. A mí la música relajante me carga los nervios y trabajo en radio, con lo cual he de escuchar entrevistas o declaraciones. No música.
  • Ponte a dibujar. No puedo pararme a dibujar tampoco.
  • Y un puñado de cosas así. Todas se resumen en cambiar de actividad, salvo la de no comprar productos insanos, que podríamos definir como ‘evita la tentación‘. Pero a veces no puedes cambiar de actividad.

Problemas:

  • Dan por hecho que estás en tu casa o en un entorno controlado. Yo en mi casa no tengo problemas. Los tengo “fuera de”. En casa de amigos, en restaurantes, en el trabajo. En ese trabajo con dos máquinas de vending llenas de guarrerías y con muchísima oferta.
  • Comer patatas o quicos es algo que puedes hacer mientras haces otras cosas. En mi caso, mientras trabajo, saco cortes de voz (un corte de voz es eso que oyen en un informativo: “Escuchamos a Barack Obama”, dice el locutor: y salen 20 segundos de la voz de Obama: eso hay que extraerlo de una intervención más larga, con un programa para acotar audios). Obviamente, no puedo ponerme música relajante. Y, además, la música relajante a mí me levanta taquicardia igual, tan lentita, tan coñazo. Ni me puedo poner a dibujar ni a hacer deporte ni a nada que no sea el trabajo.
  • Y, además, ya os he enseñado una foto, pero puedo enseñaros varias más, mi ambiente de trabajo es lo más obesógenico del mundo, si exceptuamos una pastelería.

    Donuts
    Donuts de otro día

Luego están ya los mensajes cachondos: uno de mis preferidos es “escucha a tu cuerpo“. Mi cuerpo, como el de todos, pero el mío más, que para algo tengo colitis ulcerosa, produce borborigmos y tiene gases. Mi cuerpo quiere desayunar tarta de zanahoria y merendar bolo de bolacha (que es una tarta portuguesa maravillosa, con sus galletas y su crema de moka y su azúcar y su tó). Es mi mente la que pide, en lugar de las tartas (que las hay donde voy a desayunar) su tostada con sus rodajas de tomate (porque mi mente sabe que las rodajas son mejores que el tomate refregao), aceite de oliva virgen extra, pelín de sal y café con leche de soja. Si estáis por Mérida, el Costumbres Argentinas tiene uno de los mejores cafés de la ciudad. Y es mi mente la que, aunque yo era de las que me echaba sobre y pico de azúcar, pudo ir, como las yonkis, echando cada día un poquito menos de dosis, para tomar el café a pelo ahora. Y por eso sé que, en el Costumbres Argentinas ponen uno de los mejores cafés de la ciudad: porque el azúcar enmascara los sabores.

Desayuno en el bar Costumbres argentinas
Desayuno en el bar Costumbres argentinas

Estrés

Mi trabajo es un trabajo altamente estresante. Ya está. Cuando no hay imprevistos, hay un montón de horas límite todos los días: a las 8:57 yo tengo que tener tres minutos de noticias, con sus cortes de voz y sus músicas hechos, para contarlos en un informativo. A las 14:28, una noticia. A las 15:29 un avance del programa que haré de 15:30 a 16:00. Y el programa, claro. Y las entrevistas. Y una rueda de prensa. Y un “sácame esto de esta entrevista porque no tenemos gente”. Y pasteles a todas horas y taquicardia y un cerebro que te dice: come, come, come, si ya sabes que vas a comer, pues come una bolsa nada más; bueno, come otra y venga, si total ya te has comido dos y mañana ya te pones de nuevo y todo el cortisol ahí, dando por culo y haciendo que las comidas con grasa y sal y azúcar (que son los tres productos estrella que le pone la industria alimentaria a absolutamente todo) te sean más apetecibles que la manzana con leche de soja, nueces y semillas de chía que tienes en el frigorífico del trabajo… o que justo te has acabado de comer. Porque sí, señores: yo me puedo comer medio kilo de fruta y luego, pimplarme 120 gramos de quicos, que son como 800 calorías de mierda. Porque no tienes hambre. Tienes impulsos, ansiedad y respuestas aprendidas. Y taquicardias.

Entonces, ¿esto no tiene arreglo? 

Sí, sí lo tiene.

La mala noticia: el arreglo hay que trabajárselo. Nadie dijo que cambiar conductas fuera fácil.