“Yo lo hago bien, menos los fines de semana”

Yo la teoría me la sé.

La teoría es comer pollo a la plancha y cenar pescadilla al vapor, todos los días, hasta que pierda los kilos que me sobran. Y ensalada de lechuga y tomate, de vez en cuando.

Luego me ponen una pizza por delante el fin de semana y, claro, cómo voy a decir que no.

Porque yo, el resto de la semana, como bien. Desayuno galletas integrales con un Actimel, como pollo a la plancha o unas lentejas en las que hay, con suerte, dos rodajas de zanahoria y, con más suerte, porque me lo como al final, un trocito de chorizo. Pequeño, que el chorizo engorda; ceno un par de salchichas de cerdo a la plancha… Mi problema no es durante la semana, que a media mañana me como una manzana y todo. El problema viene cuando salgo.

He hecho muchas dietas. He ido a NaturHouse y perdí 14 kilos. Luego puse 20, pero los 14 los perdí.

He bajado 20 kilos en cuatro años, año arriba, año abajo, kilo arriba, kilo abajo. Lo que he perdido, no lo he vuelto a recuperar, salvo un par en Navidades, que se quitan rápido en cuanto vuelves a comer bien. Y, obviamente, hablo de mi caso, no de personas con otras patologías que desconozco. También tengo en mente a muchas personas que dicen lo mismo que yo decía, la teoría me la sé, pero que no prueban las verduras nunca. Y probar las verduras no es comer una bolsa de 100 gramos de ensalada. Es meterse entre pecho y espalda 400 gramos como mínimo. Te lo aseguro: parece mucho: no lo es. Yo como más. Ahora.

Salmorejo de cerezas
Salmorejo de cerezas. Ya es tiempo. Si vais pinchando en las fotos, os llevan a las recetas.

No y no y otra vez no.

Llevar una pauta dietética, si pretendes adelgazar y, sobre todo, aprender a comer, es joderte.

Simplemente. Porque sí, a mí también me gusta el chocolate. Yo prefiero una tarta de zanahorias a una hamburguesa vegetal casera. Qué coño: yo prefiero una tarta de zanahorias a cualquier otra cosa que se ingiera. Yo comería bizcocho para desayunar a diario. Dos trozos grandes. Y para merendar con el café. A mí el azúcar me pone. Y en mi trabajo hay tartas día sí y día también. Al menos, dos veces por semana: porque es el cumpleaños de alguien, porque compré y se va a estropear, porque ha sobrado de la comunión, porque llego, porque me despido… No solo es que estén en mi trabajo. Es que están justo al lado de mi mesa. Con su olor a chocolate, a canela y a clavo. Con su pinta diciendo “coge un trocito”. Con el estrés del trabajo y la ansiedad del trabajo y las ganas de comer en el trabajo a todas horas.

Y no te lo comes. Y te jodes. Pero no te lo comes. Porque tienes yogur con 300 gramos de fresas, semillas de chía, nueces y a veces chocolate negro. Y abres el tupper y te pones ahí, con tus fresas y tu yogur sin azúcar ni nada, mientras los demás le dan a las tartas. Que están a medio metro de tu mesa. Y ahí andas tú, viéndolas durante ocho horas. Y diciéndote, todos los minutos de esas ocho horas, que no las vas a comer. No es una exageración: todos los minutos de las ocho horas. Todos.

Lo bueno es que ahora (ahora, no antes) tengo compañeros de trabajo que me dicen: Ni se te ocurra. Y me riñen. Antes decían: “por un trocito no pasa nada“. No, por un trocito no pasa nada. Por un bombón no pasa nada. Pero yo me como ocho bombones y cojo un trocito de tarta y luego otro y luego otro más y luego uno después de comer.

Tarta de zanahorias de Mr. Broccoli
Tarta de zanahorias de Mr. Broccoli

A veces no hay tartas. A veces, gracias al cielo, solo hay jamón, salchichón, chorizo y queso. Como todo eso no lo como, no tengo problemas. Pero traen patatas fritas de bolsa. Las patatas fritas son  veganas. Y a mí me flipan. Yo comería con patatas fritas de bolsa todos los días. Yo, en épocas de ansiedad, como patatas fritas. Yo tengo un examen y pienso en patatas fritas y Coca-Cola. Las patatas fritas han sido mis mejores amigas del mundo mundial. Vivan las patatas fritas.

No, no vivan. Tenía una oposición, cogí patatas fritas y, una vez en la cola para pagar, me dije: “qué coño estás haciendo“. Y las devolví a su sitio y me fui sin las patatas. Con una Coca-Cola Zero, pero sin las patatas.

Sí, yo sé que la Coca-Cola es mierda. En esto se basa una pauta dietética: en negociar contigo misma. Todos los putos días y a todas horas. No cojas las patatas, pero quédate con la Coca-Cola. No compres chocolate, cómete un par de nueces. Quieres guarrear más que nada en el mundo, pues come un par de dátiles rellenos con mantequilla de cacahuetes o de almendras.

Porque yo me acabo de pimplar una tostada integral con tomate y un café con leche de soja y llego al trabajo y tengo hambre. Tengo hambre y seguiría comiendo.

Y, a veces, justo en la semana en que tienes un teórico eliminatorio y, si no lo apruebas, pierdes el trabajo, te tiras al chocolate, a la Coca-cola, a los cacahuetes, a los kicos y a las patatas fritas en el restaurante.

Y no pasa nada.

No pasa nada porque ya sabes que estos periodos de descontrol pasan una vez en la vida, no una vez cada día y medio como ocurrían antes. No pasa nada porque qué bien te sentaron las patatas ayer y adiós muy buenas hasta dentro de meses. Pones un kilo (es decir, lo de “no pasa nada” es un poco relativo) porque esa semana comiste muy mal y ya lo sabes. No hay culpa, solo conciencia. Esto es lo que pasa cuando me lanzo al barro.

Berza con salsa de tahini
Berza con salsa de tahini

Seguir una pauta.

La primera vez que fui a una nutricionista, me preguntó por qué creía yo que estaba gorda:

-De comer, de qué va a ser.

-Eres la primera persona que me dice que está gorda de comer.

Los demás, me contó, están gordos “de los nervios”. De los nervios y de que abren la nevera y se ponen púos. O de la ansiedad (la ansiedad no engorda: engordan los donettes que te comes por la ansiedad, porque no te da por comer zanahorias ni tres manzanas). O del aburrimiento. O del estrés. O por su metabolismo. Es que a mí me engorda todo. Los ves desayunando 10 galletas María, pero es que engordan con el aire.

Hace poco me llamaron gordófoba. Ni siquiera estábamos hablando de gorduras, pero ya sabemos que las obsesiones son como el culo: cada uno tiene la suya. El problema es que veo a gente haciendo burradas para adelgazar, muchas. También veo a delgados que comen muy mal y que no ven las verduras en la vida. Pero veo a más gordos que comen mal, que le echan la culpa a la ansiedad pero no van a un psicólogo y que quieren adelgazar rápido y comiendo hamburguesas y McFlurrys del McDonalds. Yo me he comido tres bolsas de Chaskys todos los días de diario durante meses. Tres. Porque para qué te vas a comer una, pudiendo comerte tres.

Peanut Butter Brownie. Es decir, brownie con mantequilla de cacahuete. Es de Isa Chandra Moskowitz.
Peanut Butter Brownie. Es decir, brownie con mantequilla de cacahuete. Es de Isa Chandra Moskowitz. Juro que cae esta Navidad.

Yo actuaba así. Y luego fui aprendiendo. Poco a poco y algunas cosas.

Una empieza una nueva pauta dietética, con toda la ilusión del mundo y pierde 200 putos gramos en una semana. Y, durante dos meses, no baja centímetros de brazos. No solo no baja centímetros de brazos. Es que si se cuela un poco, pone tres centímetros en la barriga. Y la cadera le mide lo mismo que cuando empezó la pauta. Y, de pronto, llega a los 81 y sube a 82,6 y se dice: yo nunca he bajado de 80, solo durante una semana, hace años, que pesé 79,6 y no se me olvidará en la vida. Pero ¿75? Eso es un sueño inalcanzable. Y se deprime.

Y así, una semana y otra y otra. A veces adelgazas mucho y a veces menos. O a veces engordas, ojo. O te quedas estancada, muchas veces, aunque sigas la pauta a rajatabla. Y una de las semanas que te pesas, que has estado mala y has comido ensaladas y un poco de tofu a la plancha porque no te entraba más de la fiebre que tenías, resulta que pierdes 300 gramos. Coño, pero si casi no he comido. Ni he desayunado más que un café. ¿300 gramos, me cago en tó? Y te subes a la báscula y te entran ganas de llorar. Literalmente, porque se te saltan las lágrimas: no lloras porque tienes vergüenza torera, pero llorarías berreando e hipando mucho. Y te dices: mira, para esto me como un par de donuts. Porque, total, si no voy a adelgazar, por lo menos me divierto y en vez de pedirme una ensalada en el restaurante me pido patatas con seis salsas diferentes, que me apetecen bastante más que un poco de lechuga y de tomate a siete euros el plato. Oh. Esto es lo que hay cuando uno hace una pauta. A ver qué os creíais: ¿que ibais a ser muy felices en el mundo de los unicornios azules con toda vuestra gracilidad, saltando por los campos cual gacelas la primera semana de la pauta? No.

Luego recuerdas que no estás adelgazando: que estás aprendiendo a comer para estar sana, peses más o peses menos y, sobre todo, que lo que estás aprendiendo es a controlar la comida. No a que la comida te controle a ti.

También recuerdas que es lento, que eres mujer, que ovulas, que retienes líquido y que tu cuerpo está diseñado para ponerse celulítico en la barriga, la cadera, las cartucheras, el culo y las tetas. Que, por cierto, se caen cuando adelgazas porque te adelgaza toda la piel del pecho. Además, sabes que haces deporte solo dos días por semana, cuando deberías hacerlo, como mínimo, dos más.

Albóndigas
Las mejores albóndigas de la humanidad.

Y ojo: yo, mi pauta, la llevo bien. Ya no tengo (excesiva) ansiedad a media mañana porque me como mi yogur con mis kilazos de fruta y no asalto la máquina de vending del trabajo. Y estoy muy contenta. La llevo bien con todo esto que os estoy contando, que es como para pegarse un tiro. Imaginaos cuando no dais con la pauta que se necesita.

Pero ya no dices que te engorda el aire y que tú eres gorda como si fuera una verdad inmutable que no pudiera cambiar. Porque yo también he estado gorda por la ansiedad (y los Chaskys, las patatas, los Riskettos, los kilos de pan blanco, los san jacobos fritos, las salchichas frankfurt, los palitos de merluza, las Marbú Dorada -qué ricas están, coño- y las Chiquilín y el Cola-Cao en invierno y el arroz tres delicias congelado y las lasañas y las pizzass y las hamburguesas con patatas. Pero es que soy ansiosa, ojo).

Que la obesidad tiene muchas causas ya lo sabemos. Que la industria alimentaria es muy poderosa, también, y así hay gente que cree que el Actimel ayuda a las defensas en lugar de comer espinacas, hoja de roble y brocoli, manzanas o plátanos. Y que las galletas son un desayuno y no son repostería. Y que las lasañas precocinadas están mal hasta para un avío (un avío de una vez por semana no es un avío: es una costumbre -realmente, yo he comido lasaña precocinada tres veces en mi vida, pero conozco a quien las compra a menudo-). Que hay muchos condicionantes que influyen en que una persona esté obesa y que no se puede culpabilizar solo y exclusivamente al individuo, también. Que somos seres sociales que celebramos todo comiendo como si lo fueran a prohibir también: nadie queda para pasear: se queda para café o cenar. Eso ya lo hemos aprendido.

Croquetas de garbanzos con salsa teriyaki
Croquetas de garbanzos con salsa teriyaki. A esto se dice sí.

Pero, a estas alturas de la historia, también he aprendido que el individuo tiene que tomar el control de su propio cuerpo y sus decisiones. Porque no puede esperar a que su pareja no compre patatas fritas, ni a que los compañeros no traigan tartas o pasteles para celebrar un cumpleaños, ni a que el brócoli se anuncie por televisión ni a que, después de una vida de sedentarismo comunal, a todos sus amigos, de la noche a la mañana, les dé por hacer deporte y en vez de quedar para cenar, queden para ir a un rocódromo. Hay quien lo hace: tu grupo de amigos, no. Ninguno de todos tus grupos, ahora que lo piensas.

Tengo amigos que lo han hecho todo para adelgazar. Han seguido las pautas de un nutricionista un par de meses, después de pasar por todas las dietas-milagro conocidas: la dieta de la piña, la dieta de la alcachofa, la dieta de los puntos, la dieta que el endocrino sacó de un cajón para su prima, la Atkins, la disociada y la de la clínica Mayo (que, obviamente, no es de la clínica Mayo). Han salido a andar media hora todos los días, un paseíto, parándose con cualquiera que encontraran por la calle.

Lo han hecho todo, pero no han cogido unas pesas en la vida. No han ido a terapia (aunque, por supuesto, tienen ansiedad) porque la terapia es para gente que está loca. No han seguido una pauta más de dos meses.

¿Es difícil seguir una pauta dietética? No, por Dios. Es súper fácil: te ponen una pauta y la sigues a rajatabla desde el minuto 1 y adelgazas enseguida y al día siguiente ya no quieres ver las patatas fritas ni en pintura y comienzas a mirar con condescendencia a los amigos que se comen su bizcocho de zanahoria mientras tú le das vueltas a tu café y te conformas con la espumita mientras piensas que estarán muy delgados, pero qué mal comen y seguro que son obesos flacos. Y, de pronto, con tus 36 kilos de más, te pones a hacer deporte y, oh, eres buenísima en todo: no te caes, haces sentadillas hasta abajo y flexiones con una mano y mueves 24 kilos de pesas con ejercicios de espaldas. Y comienza a no gustarte el olor de la canela encima de una tarta de manzana. Y prefieres, por supuesto, una hoja de lechuga sin sal, sin aceite y sin vinagre, a una bolsa de patatas fritas o de kicos.

Claro que es difícil. Es un cambio de vida y de hábitos que supone que, donde antes tú plantabas el culo en el sofá y te ponías a leer, ahora implica llegar a casa, darle de comer a los gatos, limpiar areneros, corre que te corre, cambiarte, coger la bolsa del deporte, largarte andando (35 minutos) a paso firme y sin pararte y pasar 50 más sudando como una cerda y con el corazón en la boca y diciéndote a ti misma que una flexión más. Vamos, el planazo de mi vida. Luego, eso sí, estás dos semanas sin someterte a esa tortura y comienza a dolerte la espalda y te descubres pensando en el día en que lo puedas retomar porque lo necesitas. Pero necesitar hacer deporte no es lo mismo que amarlo y que te encante, vamos a ser sinceros. Encantar, le encanta a otros. No a mí.

Hamburguesas de garbanzos
Las mejores hamburguesas del mundo

Donde antes cogías lo primero que pillabas y dos rebanadas de pan, ahora planificas tener bacon de tofu para las ensaladas y gazpacho y hamburguesas para las cenas. Y tienes que buscar tiempo libre (que, por cierto, en mi caso es muy poco) para ir a comprar. Copiar recetas, meterte horas en la cocina y congelar raciones. Tener siempre a mano legumbres cocidas por si acaso. Y semillas molidas. Pensar en la comida y en la cena, que antes la apañabas con lo primero que pillabas. Medir mentalmente la verdura de un plato para meterle más en forma de salteado o de gazpacho o lo que sea. O desdeñar un plan de pasar el fin de semana en alguna parte porque te has quedado sin comida y tienes que cocinar y cocinar es una prioridad (a mí no me da tiempo los días de diario: o no tengo ganas, que es lo mismo).

Es decir que no, e ir con un tupper con semillas de cáñamo al restaurante porque sabes que te vas a pedir una ensalada o una parrillada de verduras (tampoco es que aquí haya mucha opción) y vas a olvidar todo lo que te pedías antes, porque tú para qué vas a pedir verde habiendo pizza. Y no probar los bombones ni las tartas. Y eso, señores, cuando tu cerebro y tus emociones y tu recuerdo de la palatabilidad te están diciendo: come, come, mira qué rico, come… no es tan sencillo.

Es decir: fácil no es. Porque la gente asocia “fácil” a “algo que no cueste nada, que me permita seguir como antes y que me haga adelgazar en un mes los 20 kilos que me sobran”. Pues no. Eso no existe. Ahora bien: imposible tampoco es. Es contratar a un nutricionista, ponerte a hacer deporte, ir a un psicólogo si la comida te controla, cocinar, ir a comprar, planificar menús. Todo eso cuesta tiempo, dinero y esfuerzo. Sobre todo, esfuerzo. Mucho. Sobre todo si, como yo, lo que hacías era abrir una bolsa de ensalada y calentar salchichas frankfurt en el microondas (sí, eso ha sido mi cena durante mucho tiempo. Muy a menudo, sin la ensalada).

En positivo

Todo el mundo dice que hay que pensar en positivo. Y sí: hay que pensar en positivo. Porque cambiar de vida cuesta (recuerdo siempre a mi mejor amigo diciéndome, cuando yo tenía 28, “ningún cambio es posible sin violencia”). Ahora bien: si te dan las herramientas (las herramientas te las tienen que dar: esto es así. Solo no vas a poder), es relativamente fácil cambiar el pensamiento. Lento también es.

En el proceso lento vas aprendiendo. Aprendes que, cuando te has pesado y no has perdido, es que estás ovulando y estás reteniendo líquido. O aprendes que sí que has perdido: has perdido grasa y has puesto músculo, que pesa más que la grasa, y por eso piensas que no adelgazas pero pierdes centímetros y no te cuadran los datos porque no sabes leerlos aún. Los 200 gramos ahora te parecen una maravilla porque se transforman en 800 de menos. La báscula ya no te importa, porque solo es una guía y le haces caso a otros parámetros, no al peso que marca. Le haces caso al agua y al músculo y al porcentaje de grasa, que sí que baja y baja y sigue bajando. Que sí, que cuando ves los 200 gramos piensas: nunca lo voy a conseguir, pero ese es tu esquema de pensamiento de antes.

Aprendes qué hacer cuando vas a un restaurante y llevas en la calle desde las ocho y no comes desde las dos y media y tienes hambre y no hay nada en tu bolso, pero existen las fruterías para comprar una manzana y hay un supermercado para coger una bolsa de frutos secos crudos. Aprendes a llevar semillas de cáñamo en el bolso y frutos secos. Aprendes a elegir opciones mejores: porque una ensalada siempre será mejor que una pizza entera.  Aprendes a saborear, a comer más lento, a fijarte en las texturas de los platos y a usar las semillas y a planificar menús y a compartir recetas rápidas. Aprendes a controlar la ansiedad porque tienes comida saludable suficiente que, en mi caso, es comida saludable que me dure al menos media hora desde que la empiezo hasta que la acabo.

También vas notando muchas más cosas. Vas mejor al baño, eliminas mucho más líquido, no te sientes hinchada ni pesada, las digestiones son mucho mejores, estás de mejor humor (eso es el deporte, por cierto), te sientes orgullosa de ti misma porque ahora miras la parte de ensaladas que llevan las cartas antes que cualquier otra cosa, incluidas las patatas seis salsas, que tienen un cartelón: PROHIBIDO. La pauta no te las prohíbe: te lo prohíbes tú y ahí hay muchos matices, porque estás eligiendo comer bien. Pero esto lleva implicados unos procesos de pensamiento que tardan un tiempo en llegar. Si quieres que un cambio se afiance para toda tu vida, la rapidez nunca ha sido buena.

Uno de mis nutricionistas favoritos, por muchas razones, Pablo Zumaquero, escribió una vez:

NO

Quien te diga que bajar y mantener el peso corporal es “fácil”, o no sabe de lo que está hablando, o te está vendiendo la moto para que vayas a dejarle pasta.

Me explico. Vivimos en un ambiente obesogénico, es decir, es muy muy MUY fácil comer mal, la comida basura está hipermegatetradisponible. Tendrás 40 oportunidades al día para caer en la tentación de comer porquerías.

Por eso hay que controlar muy bien las ingestas de comida basura, darse los caprichos en ocasiones contadas y al menos, disfrutarlas, nunca haciéndolo con remordimiento.

Pero luego llega la otra cara de la moneda, esa de la que nunca se habla, y es que TE VA A TOCAR DECIR QUE NO. Pues claro coño! qué te creías? Que esto iba a ser un camino de rosas? Y un mojón de pico!

Para mantener un buen estado de salud te va a tocar decir alguna vez que no a bombones que te ofrezcan en la oficina, a cervecitas con tus colegas para ver el fútbol, a heladitos en el paseo marítimo…

Si te apuntas hasta a una ronda de aspirinas, qué te crees? que eso no te va a afectar? que sólo lo tienes que hacer en tu pérdida de peso y no el resto de tu vida? No my friend, entonces no estás entendiendo bien las reglas del juego 😉

Caprichillos sí, pero responsabilidad también 🙂

Añado: espero no haber sido muy directo (es que me sale así), no es fácil decir que no, pero me parece un tema tabú, parece que nadie quiere hablar de esta parte del tratamiento…

Y es verdad: nadie quiere hablar de esta parte del tratamiento, que corresponde al paciente. Total y exclusivamente, porque nadie puede decir que no por mí. Cuando todo el mundo dice que no hay que culpabilizar al paciente, a mí me parece que echamos algunos balones fuera en el tratamiento de la obesidad (ojo, yo no soy nutricionista, pero sí soy paciente): la sociedad es obesogénica, la comida basura tiene el mismo efecto que la heroína en el cerebro, tenemos una construcción de relaciones basada en la comida… pero nadie me pone una pistola en la cabeza y me obliga a pedirme patatas seis salsas en el restaurante en vez de una ensalada con frutos rojos. Tu cerebro te impulsa y tus emociones también: te impulsan y te tientan y por un día total y etc. Pero no te obligan. Comer mal también es una elección.

Me he pasado dos años viendo la pauta dietética como una cosa restrictiva que solo era divertida en la comida libre semanal. Ahora la veo como veo el veganismo: como un camino en el que, al principio, das pasos atrás (bueno, con el veganismo hay gente que no los da, pero otros sí los damos y tampoco pasa nada). Es una herramienta de conocimiento: qué hay que comer, qué es mejor que no comas, en qué momentos quieres comer, cómo se manifiesta en ti el hambre emocional, qué te dices a ti misma cuando sales a comer fuera (“¡hoy fiesta y bacanal!” o… “te vas a pedir una ensalada grande o hummus con crudités o falafel porque, como sea fiesta y bacanal, te duele la barriga dos días enteros”), cuáles son tus puntos débiles (el mío, además de la ansiedad, que la tengo diagnosticadita por dos profesionales, la planificación de los menús y la compra: sí, tengo un blog de recetas: sí, a veces paso semanas comiendo el mismo tipo de legumbre porque no me ha dado por cocer más).

No es solo: me dan una pauta y la sigo como un autómata. Es ser consciente de todos los pasos que uno tiene que hacer para cambiar de hábitos, si es que quiere cambiar de hábitos.

Pero, si no quiere realmente, que también pasa mucho, al menos que no me vengan diciendo que para mí es muy fácil.

El gusto se educa

Fue a Pablo Zumaquero a quien le leí que cómo pretendíamos que los niños comieran verdura si habían desayunado Cola-Cao con galletas y se habían comido una palmera de chocolate después: llevaban toda la mañana conduciendo un Masseratti y querían colocarle un Panda para comer.

El último trozo de turrón de chocolate que probé hace dos años me hizo pararme a la mitad y decir: “Ay, mamá”. Mi madre, preocupada porque lo acababa de comprar, me preguntó: “¿Está malo?” “No, estropeado no está. Es que sabe… Bueno, sabe a lo que es: chocolate malo con grasa mala“. Yo antes no aguantaba el chocolate negro. Ahora, si es al 70 por ciento, ya me parece poco.

Galletas, pastas y alfajores en la pastelería Nucha de Buenos Aires
Galletas, pastas y alfajores en la pastelería Nucha de Buenos Aires

Las pasadas Navidades, inserta ya en mi vegetarianismo, chupé una cuchara con el paté de jamón que había preparado mi cuñada. Aquello fue como comer sal. Y ojo: yo sal sí uso. Soy muy pro-sal en esta vida, porque la comida ha de estar sabrosita. No me gustan las cosas saladas, pero sosas no las aguanto.

No recuerdo cuándo, decidí abandonar el azúcar añadido… en el café. Sigo cocinando (muy poco) con azúcar (sirope de arce, te amo. Amo hasta tu historia), no hago muchos dulces (solo para regalar de ciento en viento: ni siquiera he estrenado mis cortadores de galletas y tengo más de los que me caben en la cocina), pero comencé, como las yonkis, a tomar el café sin echarle el sobre que le metía antes. O sobre y medio, a veces. En tres semanas me lo quité. Descubrí, a mi pesar, que el azúcar enmascara mucho y que vaya mierda de cafés que sirven los bares en España, salvo honrosas excepciones. Y también que el café amargo, solo, sin azúcar, cuando es bueno (gracias al Costumbres Argentinas de Mérida y gracias a quien corresponda porque he nacido en La Raya; gracias, Portugal), es lo mejor del mundo. Y más: que, cuando me he equivocado (una sola vez) y lo he bebido con azúcar, no he comprendido cómo demonios me podía a mí gustar eso.

Café, en Sevilla, hace siglos.
Café, en Sevilla, hace siglos.

Yo era de las de “nunca existirá un dulce lo suficientemente empalagoso para mi paladar. Si te raspa en la garganta de dulce que está, es bueno”.

Sigo pidiendo postre. Porque yo, fuera de casa, tengo problemas con cualquier cosa hipercalórica que me pueda llevar a la boca. Mi ansiedad va por delante de cualquier otra cosa. Estoy mejorcita, pero hay cosas en las que no me fío ni de mí misma.

Qué malo es conocerse.

Tarte du sucre, en Quebec, Canadá
Tarte du sucre, en Quebec, Canadá

Siempre pienso que no avanzo en esto de aprender a comer, una tarea en la que llevo inmersa… cuatro años, creo. Aprendiendo y desaprendiendo. Luego, cuando me miro a mí misma con menos dureza, pienso que sí, que me sobran kilos, pero que la chica que se hacía un filete a la plancha y, de vez en cuando, se acordaba de que existían los tomates, no es la misma que desgrana guisantes, pone a macerar tofu, cuece lentejas para hamburguesas, compra acelgas (yo, comprando acelgas) y coles de Bruselas (yo, comprando coles de Bruselas), prueba bok choy (yo, probando verduras nuevas) y le da oportunidades hasta a los pimientos.

Tampoco es la misma que ve carritos de la compra ajenos en el supermercado, con sus pizzas prefabricadas, sus nuggets, sus empanadillas y sus lasañas precocinadas y piensa con horror en la industria alimentaria. Ni la misma que no comprendía cómo la gente podía hacer tomate frito casero cuando existían botes de tomate en el supermercado y que ahora dice: pero si se tarda nada y menos y la mayor parte del tiempo te lo puedes tirar delante del ordenador…

Y, sobre todo, no es la misma que necesitaba “sal, azúcar, grasa” para que le gustara la comida. Leed el libro que enlazo. Es de Michael Moss y su portada española es una mierda, pero lo de dentro es demoledor.

La portada americana es más bonita
La portada americana es más bonita

Ganó el Pulitzer con él. Este trabajo es puro periodismo.

Qué envidia me dan los periodistas que hacen periodismo. Pero ese es otro tema.

Llevo dos meses sin asaltar la máquina del trabajo. Sí, esa máquina en la que venden patatas y eso.

Viva yo.

Tú no tienes fuerza de voluntad

Tú no tienes fuerza de voluntad.

Que levante la mano cualquiera que haya intentado hacer dieta y que no haya oído eso.

También oímos otras cosas. Cuando llevamos la comida a algún sitio para no saltarnos la pauta dietética: que si por un día no pasa nada, que menudo aburrimiento tanta lechuga; que sí, que eso es cara a la galería, pero seguro que en casa nos hinchamos a patatas fritas. Que no vamos a poder adelgazar nunca y que un día es un día y por un día te la puedes saltar y coge un trocito de esto y otro de lo otro. Y postre, café, copa y puro.

Patatas fritas de bolsa
Patatas fritas de bolsa

Súmale cinco máquinas con bollería, patatas fritas y chucherías varias en el trabajo, más ese café al que hay que echarle azúcar (ya saben: lo llaman ‘café de máquina’ porque ‘dame veneno, que quiero morir’ ya estaba cogido por Los Chunguitos). Platos tamaño pizza familiar en los restaurantes, cinco amigos pidiendo siete raciones más vino más postre. Todos delgados, cago en la puta. Vida social. Bodas, bautizos, comuniones. Mucha más vida social. Vino. Bizcochos con chocolate.

Al final, el único lugar seguro es tu propia casa.

En casa no tengo nada que pueda picotear. Y, cuando lo tengo (confieso que, en mi despensa hay, ahora mismo, una barra de turrón de almendra marcona artesanal -solo lleva almendra molida, ralladura de limón, canela y, por supuesto, azúcar- y cinco tabletas de chocolate negro) y me entra hambre, ni siquiera me acuerdo. Cojo un par de nueces y me quito la gazuza. Pero, cuando entra el estrés o salgo fuera… y ese “salgo fuera” implica las ocho horas de trabajo de lunes a viernes, los bares, las casas ajenas y todo lo que no sea la propia… Ah, cuando salgo fuera… Carta blanca, señores. Yuju y viva. Vivan la pizza, vivan las patatas fritas, vivan las croquetas de boletus y las de espinacas con piñones.

Para otros no es la casa. Porque en casa se aburren y picotean. El único remedio a eso es no tener nada que se pueda picotear: ni patatas, ni frutos secos fritos, ni pastas para el té ni galletas ni gominolas. “Es que los tengo por los niños”: esa es una de las excusas más frecuentes que se escuchan. Pues precisamente por tus niños tampoco los compres: es mejor que no coman mierdas de estas.

Coaching nutricional
Coaching nutricional

Hace algún tiempo, Julio Basulto recomendó el libro Coaching nutricional y dijo que era el único científico que se había escrito en España, con sus referencias bibliográficas y de estudios comprobados. Desconozco en profundidad los planteamientos del coaching, pero, cuando la palabra “coach” va unida a “nutrición”, yo desaparezco. Porque prefiero que ponga “técnico superior” o “dietista-nutricionista”. La nutrición es una disciplina lo suficientemente seria como para exigir que una persona tenga conocimientos actualizados y, sí, con diploma oficial acreditativo. Y además un coach no es un psicólogo, pero a veces se le parecen y yo, psicóloga, ya tengo una. Muy buena. Buenísima. Se lo digo en cada consulta: “Es que eres muy buena”.

Después de dos meses poniéndome hasta las trancas, decidí comprarlo y leerlo, con una libreta al lado para apuntar. Realmente, es psicología cognitivo-conductual, así que, como primer punto de partida, está muy bien si uno sigue una terapia. Supongo que, si nos encontramos con un caso de obesidad que, además, esté asociado con ansiedad crónica, depresión o maltratos, su mente no va a tener la suficiente capacidad como para, con ayuda de un libro, poder cambiar su comportamiento de la noche a la mañana. Pero, si ya hace terapia (cosa que recomiendo a todo el mundo), le será más fácil descubrir qué puede hacer para evitar dejar de adherirse a una pauta dietética y por qué, hasta la fecha, no ha sido capaz de adherirse.

Leer este libro con un cuaderno al lado para ir apuntando cuáles son tus pensamientos boicoteadores (sí, la gente que nunca ha estado gorda lo ve todo muy fácil: “pero te puedes comer de Pascuas a Ramos una galleta de chocolate” -no, vamos a ver: yo me como el paquete entero-) y por qué los tienes (sobre todo, por qué los tienes y a quiénes se deben) no es un ejercicio fácil. Hay que pensar mucho y más allá: cuál es tu relación con la comida, cuál era la relación de tus padres y abuelos con la comida y con las pautas dietéticas, con la culpa, con los caprichos de “por un día no pasa nada” (aunque luego pase esto que contaba El Mundo Today: “Un gordo en dieta estricta lleva acumulados 1063 días especiales consecutivos“), cuáles son los mensajes que has recibido sobre tu comportamiento durante toda tu vida y qué estás dispuesto a hacer y qué no, con sinceridad. Y, lo aseguro, colocarse, definirse, en relación con la familia, los padres, los hermanos, tíos, sobrinos, primos y demás, amigos y compañeros de trabajo no es fácil. Es un pequeño camino de enfrentamientos constantes y faltas de respeto y resistencias. Porque, no nos engañemos, el común de los mortales construye sus relaciones basándose en parámetros de fuerza y dominación, de juzgar vidas ajenas y de pretender que te comportes como siempre lo has hecho o como ellos querrían.

Aún no he acabado de leerlo (porque voy apuntándolo todo y además tengo un examen para no perder mi empleo un día de estos), pero creo que es una buena herramienta y que Yolanda Fleta y Jaime Jiménez han hecho un buen trabajo.

Al principio quería hacer una entrada con todos esos pensamientos erróneos que todos tenemos cuando queremos adelgazar y vamos muy lentos y no nos controlamos y de pronto, ah, hay patatas bravas en la mesa. Pero, después de leer mi libreta, no se me ocurre ni aunque me maten… 😉