La boda del año

 

Así comenzó. Era la boda del año, la que llevábamos esperando algún que otro lustro y la que más ilusión me hacía, sin duda alguna.Se casaban dos de mis mejores amigos y yo oficiaba la ceremonia.

Israel y Ángel, molones con sus mascarillas

Israel y Ángel son muchas cosas por separado y muchas cosas juntos también. Israel investiga la cultura popular: es periodista, es antropóloga y es experta en leyendas y misterios y ritos de la región, de tal modo que relaciona narraciones del norte de Extremadura con otros mitos que se cuentan en Europa central. Ella me ha enseñado que lo popular es cultura al mismo nivel que lo es Shakespeare. Todo lo que sé sobre brujas, magas, hechiceras, lobisomes y confesionarios de piedra caliza se lo debo a ella.

Yo oficiando

Ángel ha conseguido que señoras de 70 años vean películas en versión original y se hagan socias del cine club. Es comprometido socialmente (un Orgullo sin Ángel no es Orgullo), es un magnífico organizador, está pendiente de todo y conozco a pocas personas que transformen su localidad y a las personas que viven en ella de una manera tan profunda.

Viendo a quienes les rodean, cómo se han implicado con la boda (decorando, comprando ramos, estando pendientes de todas las necesidades) he pensado en esa urdimbre que hace que la trama se mantenga a lo largo de toda la vida, de ese modo en que uno no sabe siquiera cuándo fue el primer encuentro, cómo se comenzó a quedar, qué fue ocurriendo para que a un día siguiera el otro.

Mamen Briz (primer Goya extremeño) contando anécdotas de su hermano

Altavoces, maquillaje, copas de vino, comidas a mediodía, rizos definidos, pestañas postizas, ponme natural, ponme lo más excesiva que puedas, corazones con arcoiris porque el día siguiente era 28J y había que celebrar Stonewall, champán, más champán, mucho champán, muchas risas y mucho hablar.

Pero este es un blog de cocina y comimos en el Parador. Este fue mi menú y el de Altea, que es la hija de Israel.

Y dos días de recuperación, porque ya tenemos una edad. Una edad magnífica, pero una edad algo… mayor, podremos decir. Una edad de esas de las de ahora que de todo hace ya 20 años.

Pero no importa.

Nos quedan muchos más años juntos.

Jimber y su hija

Sí: es el fotógrafo: el padre de Israel, que además es pintor. Si no conocéis su obra, estáis tardando. Yo le adoro.

Adoro las bodas. Supongo que es porque solo voy a las bodas de gente a la que amo.

¡Vivan los novios!

Todas las fases del duelo

El duelo no tiene fases. No como todo el mundo las dice. Sí, te cabreas. Sí, lloras mucho. Sí, dejas de llorar. Sí, lo niegas, cómo me puede estar pasando esto. Y luego vuelves. Y recuerdas cosas muchos días. O te descubres pensando: «Esto te lo hubiera contado». Y, sin venir a cuento, en cierto sillón de Granada, ves que puedes llorar lentamente, como lloran en las películas.

Klaus (Joseph Morgan) y Elijan (Daniel Gillies) brindando

He visto estos días una serie de estas destinadas al público adolescente, de vampiros (pasé años queriendo ir a Rumanía contigo: Transilvania es uno de los viajes que se nos quedó pendiente. Iré con Mariana y los niños: creo que te lo debemos todos), hombres lobo, brujas, en Nueva Orleans (también estoy enamorada de Nueva Orleans) que en realidad se rodó en Georgia, pero no importa porque sale Jackson Square y hay relaciones complejas y un tipo que busca redimirse y una psicóloga que te diagnostica en cuanto te ve, pero que me cae muy bien y hay muchas pérdidas y hay entierros y una madre le dice a su hija que ojalá viva al menos una gran historia de amor.

También hablan de que no hay una manera correcta de despedirse. Yo hice que una de tus hijas sacara a tu madre de la habitación del hospital (tu madre, ya sabes: esa yegua). Y solo te miré, sin creérmelo, y sonreí todo lo que pude para que los niños no notaran nada y nos fuimos a los bares de la plaza de toros y nos reímos y se pelearon y fue casi como un día normal, salvo que, cuando tu mujer me pidió que los llevara a casa, yo sabía que no te vería más.

Recuerdo la sonrisa de Martina. Sigue recordándome a ti de una manera que a veces me resulta dolorosa.

Ojalá hubiera podido hacer las cosas de otra manera. Ojalá yo no fuera yo ni tuviera mi historia, una historia de la que he descubierto los mecanismos a trompicones en los últimos años, esos años en los que hablo con tus hijos todas las semanas («qué bien que ellos tengan una amiga como tú») porque una vez me rompí y tú me dijiste: «Está bien que seas pequeña«.

Están creciendo bien. Son personas decentes, para empezar. En estos dos últimos años y pico han crecido mucho. Han crecido bien. Te gustarían. Estarías muy orgulloso de ellos.

Están vivos, están sanos, van descubriendo amores, están forjando relaciones, descubriendo otros cuerpos.

Cristina sigue al lado de Miriam: «Mientras tu hija tenga al lado a Cris, y viceversa, no me preocuparé», te prometí un día.

Un año de estos iré al Orgullo con Marcos. Este año no será: estamos encerrados. Hay un virus en el ambiente.

En fin. Que te echo de menos. Que llevo tres días echándote mucho de menos y llorando como si acabaras de largarte. Ojalá hubiera una vida después de la muerte en la que pudiéramos bajarnos al Sancho y beber vino y desayunar churros en Bib-Rambla.

Salvo el día en que leí

Si no hubiera estado enferma, el confinamiento hubiera ido muchísimo mejor. Me he leído un libro estos días: uno de mil páginas. Ha sido lo que más he disfrutado, sin dudar. Ojalá mi salud me hubiera permitido hacerlo más. Me he pasado más de cuarenta días sentada en una silla con reposapiés, tapada con dos mantas, con varios gatos encima (a veces los cuatro) y enganchada a Filmin, HBO, Amazon Prime, Disney+ y Netflix.

Ororo
Ororo en el baño. Si: no tengo intimidad

El tiempo se me ha hecho espesamente acuoso. Comencé la cuarentena viendo las ruedas de prensa del Gobierno: de todos, del nacional y del autonómico (el mío, el extremeño). Ya no veo ninguna, desde hace un par de semanas, de tal manera que he tenido que preguntar si ha cambiado algo en el plan de cuarentenas, si se había acabado el confinamiento, si se habían dado plazos para que podamos salir algo más a la calle, de manera escalonada.

Se me hizo tan mucoso, el tiempo, que creí que había perdido los papeles de los análisis exhaustivos que me mandó la digestivo (tengo cita a mediados de mayo), cosa extrañísima porque siempre los guardo en el mismo sitio. Supuse que, si no estaban en mi cajón, andarían en mi trabajo hasta que me acordé de unos botes para las heces (sí: la colitis ulcerosa tiene mucho de hablar de cacas) y de que me sacaron un montón de tubos y busqué en los tablones de Trello, que son como mi agenda (Trello es una web para organizar trabajos) y ese papel ya lo había entregado el 10 de marzo.

Cuatro días después comenzó el confinamiento y todo se diluyó.

Coyote durmiendo en el sofá

No recuerdo casi ningún día, salvo el día y medio que leí.

Salvo el día y medio que pude leer.

Los demás han sido una sucesión de reglas cada 12 días, anemias, cansancio, muchas series de televisión, todas las películas de superhéroes que os podáis imaginar, las de Harry Potter, las de Star Wars, The Mandalorian y mi descubrimiento de la temporada: Pure, de Filmin. Una serie estupendísima (2).

Ver series y comer peor de lo que acostumbro, porque las fuerzas que he tenido las he gastado en ir a comprar y no en meterme en la cocina, que es una empresa algo compleja cuando andas sangrando más de 10 veces al día. Así que he sobrevivido a base de gazpacho García Millán (3), que es el más ríco de los industriales que he probado; bolsas de ensalada y hasta un hummus de bote (que los odio).

Yo quería hacer pasta casera, pero en todas partes se ha agotado la harina. Cualquier clase de harina. Primero fue el papel higiénico. Luego, las cervezas. Después, las pipas y los cacahuetes. Ahora no quedan harinas ni levaduras ni palomitas de maíz: me temo que no soy la única que se ha puesto a ver series como si las fueran a prohibir.

Ni la única que está engordando, por lo visto.

Ha fallecido mucha gente durante estos días de confinamiento y no hemos podido estar ni acompañar. Se nos fue Juan Copete, dramaturgo, escritor, adaptador. No le pudimos despedir. Le voy a echar de menos siempre. Le voy a echar de menos cada vez que vea una obra de teatro. Nadie sabe las ganas que tengo de ir al teatro y a un concierto de la Orquesta de Extremadura para poder cenar después.

Y a un bar y a cenar con mis amigos. Y abrazar.

Enlaces de la entrada:

(1) Trello.

(2) Artículo de mi adorado Borja Crespo sobre Pure.

(3) García Millán.