Tarod, mi buitre leonado

¿Os acordáis de Erik? Pues falleció en noviembre. Me escribieron de Amus para contármelo. Me dijeron:

«Tu amadrinado falleció hace unos días. Por causas que desconocemos, amaneció muerto junto a una de las charcas en donde estaba alojado, entendemos que según la necropsia ha fallecido ante su avanzada edad.

Lamentamos mucho su pérdida. Le teníamos mucho cariño y lo echaremos de menos porque ha convivido con nosotros muchísimos años.

Además, realizaba una encomiable labor como padre adoptivo de muchísimos pollos huérfanos, cuya acción fue determinante para el correcto desarrollo de los mismos».

Tarod

A Erik y a este maravilloso buitre leonado que veis aquí los he apadrinado con el programa de apadrinamientos de AMUS – Acción por el mundo salvaje.

Me han contado su historia:

Tarod fue encontrado por un senderista bajo una torre de alta tensión, en Jerez de los Caballeros (Badajoz). Había colisionado contra el tendido eléctrico. Ingresó en nuestro hospital hace un año, el verano pasado (en 2017), y se le asignó el número de historial 180258.

A su ingreso, el equipo veterinario de AMUS, le realizó un exhaustivo chequeo y se pudo determinar que el choque le había provocado una fractura en el húmero y una luxación en la articulación del codo, ambas en el ala izquierda.

Fue tratado con antiinflamatorios y antibióticos, y operado de urgencia, pero a pesar de que hicimos todo lo que pudimos, no fue suficiente y la gravedad de la patología generó artritis y anquilosis, lo que le incapacita para volar. En ese momento se le determinó como animal irrecuperable.

Actualmente permanece en una instalación especialmente diseñada para estas aves carroñeras, junto a dos buitres negros, un alimoche y tres buitres leonados más.

Yo no entiendo mucho de aves, pero la falta de alimento está amenazando a esta especie, igual que los envenenamientos (de los que somos responsables los humanos, porque no creo que vayan comiendo muchas plantas venenosas, ya que se alimentan de carroña). No sé cómo se podría conjugar la salubridad en los terrenos con el hecho de que los buitres tuvieran para comer, pero sé que es una demanda de muchas asociaciones.

Me dio mucha pena la muerte de Erik, pero estoy muy feliz de haber adoptado a Tarod. El nombre es el de un dios del caos que creó Louise Cooper, que es una de mis autoras de fantasía favoritas. Si en vuestra comunidad hay alguna asociación de este tipo y os lo podéis permitir, os animo a colaborar con ellos.

Erik

foto Erik

Os presento a Erik.

Es una cigüeña. No sabemos si es macho o hembra, pero da igual. Se llama como mi sobrino. Hace poco estuve en Cornalvo con Miguel Delibes de Castro, al que han nombrado padrino los miembros de AMUS.

AMUS es una ONG que rescata aves. Sobre todo aves. También mamíferos. Los rescata, los cuida y los devuelve a la naturaleza, si es que es posible. A Erik no. Lleva en el centro desde 2006. Se cayó del nido, se deshidrató, se fisuró un hueso, se hizo luxaciones…

El día que entrevisté a Miguel Delibes de Castro liberamos tres cigüeñas y un mochuelo. Creo que ha sido una de las experiencias más mágicas que he vivido en mucho tiempo.

Nunca me he relacionado mucho con los animales. No conozco las especies, siquiera. Ni de plantas, tampoco. Soy más urbanita que otra cosa.

Desde que hablé con el ecologista me martillea una frase en la cabeza: tenemos que aprender a renunciar.

Estoy en ello.

erik 2

Actualización en 2020: Erik falleció y adopté a un buitre que se llama Tarod. Ha sido un papá magnífico para sus polluelos y para otros polluelos que estaban abandonados.

El año nuevo y las costumbres de Navidad

Tengo otro blog en el que cuento mi vida y milagros, así que este lo uso para las recetas y ya está. Pero ya ha comenzado el 2013 y quería desear un feliz año. Los años no son felices ni tristes: son los días, o las semanas, o los meses, los que lo son. Mi 2012, que para muchos de mis amigos fue una soberana mierda, no estuvo mal. Hubo crisis, pero las hay todos los años. Hubo llantos, pocos, hubo mucha desesperación política, porque el país en el que vivo no está como para tirar cohetes y seguro que se los regalaban a Bankia todos, me fui de viaje un mes a Argentina y conocí a gente estupenda de la que odio que esté a 12000 kilómetros, 1300 euros y cuatro horas de diferencia y, como siempre, mis amigos estuvieron conmigo, porque yo tengo mucha suerte con mis amigos. Al final uno descubre que puede vivir de cualquier manera siempre que, cuando cae, caiga en algo blando. Y yo siempre caigo en algo blando.

Yo tengo, desde hace cuatro años, una costumbre: me hago socia de una ONG. Así que soy la reina de las cuotas. He llegado a ellas de las maneras más inverosímiles: porque me abordaron por la calle y me cayó bien un tipo, porque me gustaban o porque tenían algún programa de género. Pero nunca, salvo con hechos puntuales como ir a un concurso de perros sin raza o comprar bolígrafos o algo por el estilo, me había hecho socia de ninguna asociación que cuidara a los animales. Sí formo parte de una asociación ecologista.

Este año sí: es ésta. Se llama Málaga Felina. En mi tierra y en las ciudades en las que habito también hay y alguno me podría preguntar por qué demonios no me he hecho socia de Adana o de la protectora de Mérida, pero a veces las asociaciones te encuentran a ti y no tú a ellas y a veces también te da igual el sitio donde trabajen, siempre que trabajen. Y también me podría preguntar alguno cómo en estos tiempos de crisis me da por asociarme con la cuota más alta que pago a una organización que recoge gatitos. La gente que hace esas preguntas no suele pagar ninguna mensualidad a nada, ni formar parte del grupo de voluntarios de ningún comedor social y siempre dice que hay mucha gente a la que ayudar en tu propia ciudad pero, salvo aguantar a los amigos en las temporadas de naufragio (cosa que está muy bien, ojo, que a mí también me aguantan), no mueven un dedito por nadie. A mí el tiempo de andar detrás de drogadictos para administrarles la metadona y de ver a gente metiéndose picos con aire en las venas se me acabó hace muchos años y también se me acabó, por varias razones, el tiempo de visitar cárceles y de comedores y de dormir a la intemperie para que X o Y no se drogaran con jeringuillas recogidas de cualquier parte de la muralla sevillana. Se me acabó hace tanto todo eso que llevo unos diez años o más flagelándome por mi compromiso social de salón, porque una se conoce como la palma de la mano y le asaltan los fantasmas un día sí y otro también. Y, como no hay ninguna asociación cerca con la que yo me sienta identificada y como además soy una anárquica irredenta hasta en mi trabajo, y como lo intenté ya y no funcionó, descubrí las cuotas y colaboro como puedo. O limpio mi conciencia o como lo queráis llamar. Lo de limpiar conciencias es una expresión que me repatea, porque parte de la base de que todos somos malos, hipócritas y asquerosos por naturaleza y yo, que creo firmemente que hay un sinfín de gente hijadeputa en el mundo, también creo firmemente en que son los menos aunque hagan mucho ruido y nos vayan jodiendo a los demás.

Así que, decía, ahora tengo a una amiga virtual acogiendo gatos en su casa y al resto de sus compañeras haciendo lo mismo como buenamente pueden. A mí me gustan los gatos. Me gusta, además, toda la mitología de los gatos, las historias que se han creado en torno a ellos. Varios de mis amigos tienen gatos. Varios de mis amigos, además, tienen gatos negros. En Argentina, en Sevilla, en Madrid. Gatos negros con los ojos amarillos. En España, un gato negro es símbolo de mala suerte. En otros lugares no es así. A mí los gatos negros me gustan mucho. Pero no se adoptan. Ni las gatas carey tampoco. A mí me resulta complicado entender eso porque siempre he pensado que, si alguna vez pudiera tener un gato (es decir, si viviera siempre en la misma ciudad y no tuviera que estar con un transportín todos los fines de semana o viviera en un piso mío y me diera igual que me arañaran las puertas), sería un gato negro.

Déjense de tonterías, señores. Y esterilicen. Y no los abandonen. Y no les quiten las uñas, por dios, que cada vez que recuerdo el día horroroso que me dio por averiguar qué demonios era aquello de la desungulación se me revuelven las tripas y me quedo sin respiración, literalmente. Si no quieres un gato con uñas, te compras uno de peluche. Pero si quieres un gato, no lo amputes.

Y deja que te elija el gato a ti. Lo mismo es negro o carey y te asombras.