No poder rendirse

Llevo siete años peleando con mi peso de forma consciente. Es decir, buscando ayuda profesional, porque el resto del tiempo iba por mi cuenta. He pasado por cuatro nutricionistas y dos psicólogos. Comencé con 101,3 kg. y nunca he bajado de 83 kilos. Jamás.

Paths of Glory, Senderos de gloria, de Stanley Kubrick.
Fue un proyecto personal de Kirk Douglas.

Pensaba que había aprendido a manejar la ansiedad y luego la ansiedad volvió y fue inmanejable. Pensaba que había conseguido acabar con la depresión y seguí haciendo cosas. Veía películas. En alguna tenía que ir hacia atrás porque no me enteraba. Hace mucho que no leo (nada que no sea por trabajo) porque tampoco me entero de lo que leo. Quedaba para comer con amigos. Iba llorando to’l puente p’arriba, pero quedaba. Se me corría el rimmel, porque me maquillaba (yo nunca me pinto), pero iba. Seguí viendo películas.

Leí libros de nutrición y de psicología y de las dos cosas mezcladas.

Psiconutrición, de Griselda Herrero y Cristina Andrades.
No pongo enlace del libro: pedidlo en vuestra librería.

He hecho todos los ejercicios de todos los libros imaginables. Hasta de coaching. He intentado planificar las comidas, cocinar muchos fines de semana hasta las once de la noche, tener fruta y verduras disponibles…

Y nunca, nunca, he dejado de ponerme hasta el culo de comer cuando tenía estrés en el trabajo o cuando salía a la calle. Esta de aquí abajo soy yo tal cual:

Obesidad con trastorno de atracón, del libro de Psiconutrición.

También he intentado analizar las ganancias secundarias de la depresión: es decir, qué me proporciona de bueno estar así. En muchos casos es, por ejemplo, que la gente se ocupa de ti y te llama. Yo nunca cuento cómo estoy, así que eso no ocurre. He analizado cada cosa. Al menos, cada cosa que estaba en mi mano analizar. O cada cosa de la que yo me daba cuenta.

Y llegó un día, un 8 de febrero, que me rendí.

«No poder rendirse», me dijo Pablo.

Siete años, cuatro nutricionistas, dos psicólogos.

No he bajado nunca de 83.

Yo hubiera querido ser normal.

Tener una vida normal.

Una cara normal.

Ojalá hubiera tenido yo una cara normal.

Y una historia de aprendizaje con algún éxito.

He asistido a muchas historias de personas que han superado trastornos del comportamiento alimentario haciendo mucho menos que yo. Algunos sin pedir ayuda profesional: menos aún a siete personas.

Creo que soy la única tía de la tierra que hace ejercicios de relajación y acaba con taquicardias.

Y que no es capaz de aprender a cambiar comportamientos, por más que lleve registrando comidas, patrones de comidas, sentimientos en la ingesta y demás siete putos años. Desde mi brote, registro hasta la forma y la textura de mis cacas.

Pero diez días de ingesta desaforada y de llorar por cualquier cosa y de gritar a mis gatos, que no tienen culpa de que yo sea una loca, ya eran demasiados. La ingesta no es la ingesta. Es sentirte la puta enferma que eres; es ir a comprar ropa y ver que no te cabe absolutamente nada; es toda la vergüenza y la sensación de descontrol y la estupefacción y, sobre todo, el «yo ya tenía que haber aprendido a manejar esto».

Me he puesto no sé cuántos objetivos con sus para qués y sus cómo, he desgranado todos los pasos que iba a hacer y los he hecho, me he levantado temprano para tomar el café y preparar la media mañana, bien contundente para evitar que me diera por asaltar la máquina, he hecho yogur casero y lo he mezclado con tres piezas de fruta y frutos secos y canela y… Y también a comer la fruta sola. Yo nunca comía fruta sola.

Peras solas. Nunca he comido peras solas, pero lo logré.

He analizado las sensaciones del comer emocional. Si estaba llena, si no estaba llena, si estaba aburrida o estresada, dónde estaba, con quién, qué disponibilidad de alimento había, qué elecciones hacía. En esto, nunca he considerado que fueran elecciones. A otra gente sí se lo parecerá. A mí no.

Y he aprendido a comer. He aprendido cuáles son las elecciones saludables, quiero decir. Pero no he aprendido a cambiar mis conductas y, tras muchos años, cuatro nutricionistas, dos psicólogos, 90 kilos (creo que eso es lo que peso ahora; puede que sea más. No lo sé), creo que va siendo hora de asumir que voy a tener un trastorno por atracón, depresión y ansiedad toda la vida.

Y qué

No se puede cambiar enteramente a una persona.

Este es un post escrito en dos tiempos. El tiempo de la desesperación y de la remontada. Porque yo, si me desespero, tengo que contarlo. Y también lo publico, porque hace mucho tiempo que me volví una impúdica (no es cierto: lo gordo nunca se cuenta. Lo que se cuenta es la punta del iceberg).

Hablé con José César (le cayó la crisis encima, al pobre) un día antes de vernos por primera vez y con Carlos. Date un descanso, pero con el compromiso de no joderte más. Autocuidado, más que nunca.

Sigo apuntando la comida que como, en la app de la Monash University, y sigo apuntando las heces y eso sí que pretendo seguir haciéndolo para buscar patrones diarreicos.

Las compré hace tres años.

Pero me relajé. Salí dos veces con los amigos. Comí de más las dos veces. Sin culpas. Se sale, se come postre. El domingo, le puse las pilas a la elíptica, cogí las mancuernas y la pesa rusa que compré hace tres años y que solo servían para que los gatos disfrutaran (Ororo usa la elíptica más que yo) y me volví a subí. Mi lista del deporte es de 2008. Hace 12 años que no me subía. Doce.

Ya veremos qué va pasando…

San Valentín, yo no te olvido

Como no tengo pareja, ni la he tenido nunca y dudo mucho que la vaya a tener, nunca he hecho un post de San Valentín. En los blogs veganos de cocina hay un sinfín de mensajes dedicados al día de la celebración del amor por excelencia. Del amor romántico, decimos, que hay muchas clases de amor.

Y así, podéis encontrar un sinfín de recetas. Aquí hay algunas que os pueden servir.

recetas saladas

recetas dulces

Que tengáis un feliz San Valentín y os deis mucho amor.

Dietista enfurecida: el libro

Portada del libro de Virginia

Mañana sale a la venta el libro de Virginia Gómez.

Virginia es, posiblemente, la mayor experta en tripas de España. Y es mi (actual) nutricionista. La podéis encontrar escribiendo sobre nutrición e intestinos y cacas (¿hay alguien que no vaya nunca al baño aquí? Pues de las cacas y los gases hay que hablar más) en varias redes sociales:

Me mandó varios documentos, después de pedirme análisis hasta de la primera papilla que tomé (bah, soy una exagerada: solo los últimos análisis de sangre) y me puso dos pautas dietéticas: una, para cuando estoy asintomática, cuyos objetivos son dos: adelgazar (algún día lo conseguiré) y, cito literalmente, «que tu flora intestinal esté como el Amazonas»; y otra para cuando estoy con brote.

Virginia Gómez, con su cafelito

El libro tiene mucho humor y párrafos como éste (más o menos, que yo tengo los documentos en formato de Word y lo mismo la editorial ha metido mano en alguna cosa). Habla, cómo no, de los influencers gastronómicos de Instagram: «Desayunan tranquilamente irrigados por los rayos del sol (eso de madrugar ya tal), lo menos en 45 minutos, un porridge de finos copos de avena integral ecológica certificada sin gluten, con bebida vegetal de nueces de macadamia, ecológica también (bueno, para abreviar, que todo ecológico) sin azúcares añadidos con una cucharada de chía y otra de avellanas. Acompaña un batido hecho en licuadora de presión en frío con bayas de açaí, de Goji y de cualquier baya que crezca a más de 10.000km de distancia. Fresas y cerezas no son suficiente».

Una cosa así como la que nos muestra Emily

Hasta el coño de boles monos con todo colocado. Pero a ver, que yo me hago un pan tostado, con tomate a rodajas, sal Maldon y un chorro de aceite de oliva y luego lo pongo en la mesa y me lo pimplo intentando que Brea no me robe el pan o se ponga a chupar las migas sin que yo me dé cuenta…

Y Virginia, que fue la primera persona que me habló, hace muchos años, en las I Jornadas de Nutrición de la AEXDN, del trastorno por atracón. Mi viejo amigo al que nunca le había puesto nombre porque yo comía por estrés. En el enlace podéis escuchar la entrevista que le hice a Andrea Arroyo hablando de este tema.

Yo la conocí cuando aún no era famosa.

De hecho, esta foto se la hice yo, en aquellas jornadas

Así comienza el prólogo: «Yo la conocí cuando aún no era famosa». Me lo pidió. Y le dije que sí. Y me hizo muchísima ilusión, porque Virginia es mucho más conocida que yo y podía haber contado con personalidades mucho más potentes. El epílogo, por ejemplo, lo firman Luis Cabañas (si necesitáis un nutricionista oncológico, acudid a él) y Eva Gómez.

Y Carlos Moratilla, de Movêre Psicología, firma uno de los capítulos. Es el único que no he leído y, obviamente, tengo muchas ganas de leerlo porque sé cómo funciona Carlos. Es decir, hay muchos condicionantes para comer de más. O para comer de menos. O para cuidarse. O para no hacerlo. Y los contextos y los modos de aprendizaje y los modos de resolución y el capitalismo y el comer miseria también influyen.

Fernando Blanco (sí, tengo muchos psicólogos favoritos) lo ha explicado aquí. Ojo: es un hilo. Pinchad en el Twitter, que lo explica maravillosamente.

Y aún más. Lo vuelve a explicar, porque cuñados hay tantos…:

En su libro, Virginia habla de la dieta paleo, que a mí no me interesa lo más mínimo porque terminé de los paleos hasta, como diría ella, el tulipán y, por supuesto, también de las dietas vegetarianas y vegetariana estricta (el veganismo asume muchos más posicionamientos que el comer). Y dice:

«Entre las cosas que nos quitan el sueño tenemos la corrupción política, el paro, la aplicación del 155 y que los veganos llamen “hamburguesa” a cosas que no llevan carne».

Otro de los capítulos, que yo veo imprescindibles, es el de la logística. Porque la logística yo la llevo mal. Por eso cocino comidas y cenas, porque, si no, acabo comiendo (sobre todo para cenar) cualquier cosa. Y, si tengo pan en casa, esa «cualquier cosa» suele ser un bocadillo: lo que implica meterme más hidratos para el cuerpo de los que tengo pautados y no ver mucho las verduras, salvo el tomate que le pongo. Pero un tomate es poca verdura. Al menos, para mí. Yo tomo, mínimo, 250 gramos de verduras en cada ingesta (en la comida y la cena y también desayuno con verduras, porque pido tostada de pan integral con tomate a rodajas), o lo procuro, al menos.

Y explica esto, que es algo que también os va a decir cualquier psicólogo:

«Y, por último, pero no menos importante, pensemos: ¿cuál es uno de los hándicaps de acudir a una consulta de dietista-nutricionista? Pues el famoso “así tengo a alguien que me controla y me lleva firme”. Indudablemente esto ayuda y no deja de ser una presión, pero ¿qué puedes hacer para tener un control propio si no puedes permitirte acudir a una consulta privada de nutrición? ¡Haz autorregistros!«

Yo tengo el mío en Trello. También apunto en mi calendario de P.nitas cuándo he comido bien y cuándo me he saltado la pauta y por qué (por ejemplo: «Me comí una tableta de chocolate negro 85 por ciento -sí, muy buena la elección del chocolate: lo de pimplarse la tableta entera en una tarde, no tanto- porque me vino la regla»).

Mi tablón de Trello para registrar las comidas. También tengo uno para el peso y otro para las pautas dietéticas, además de un bullet journal.

Habla del azúcar y de las proteínas, desmenuza los mitos contra las grasas y se fija en otras poblaciones, para desmontar también nuestro etnocentrismo, porque, si algo tiene la nutrición es que, como decía Gaspar Rey, «comer es un acto político». Es política dónde compras, a qué productores sostienes, dónde pones tu dinero. Aunque no valga para mucho en el cómputo global. Algo hará, me digo.

Algo hará.

Si tenéis problemas de tripas, llamadla.

Eliminar la culpa si uno no la tiene, porque hay más factores en tu alimentación que tu fuerza de voluntad: ofrecer información divertida, porque el humor es un ancla; desgranar aspectos relacionados con la salud, como el colon irritable, la dieta baja en FODMAP (no la hagáis por vuestra cuenta, por favor, porque podéis tener problemas: baja ingesta de fibra, falta de vitaminas y minerales…).

Creo que este libro habla de aspectos interesantes, si os importa la nutrición, que generalmente no se suelen tocar tanto, como la fuerza de voluntad, las técnicas para plantearse propósitos a largo plazo que puedan funcionar si realizamos ciertas pautas… Y el tono en el que está escrito es una alternancia entre el rigor y la risa que a mí me tranquiliza mucho, porque creo que la divulgación ha de llegar al máximo número de personas posible.

No se me escapa que el gran público no existe y que, posiblemente, las personas que más necesiten un libro de nutrición o acudir a una consulta de nutricionista y/o psicólogo, posiblemente no lo tengan, porque no hay nutricionistas en el Sistema de Salud (los hay, pero son pocos) y el número de psicólogos es escaso también (y deberían estar en Atención Primaria). Pero nunca sabemos a dónde puede llegar la información. Cómo se pueden expandir los mensajes.

Ojalá podamos. Ojalá os guste este libro. Ojalá los mensajes de Virginia, de Carlos, del resto de los nutricionistas y psicólogos serios de España, comprometidos políticamente, puedan llegar a cuanta más gente mejor.