El eterno cachorrito

Cajas y gatos

Hace cuatro años, me mandaron una foto de un gato astroso que intentaba lavarse y que acabó en mi baño porque… porque tenía cara de asustado y me dio una pena tremenda. Le busqué casa hasta que descubrí que, cuando le acercaba un dedo, se daba la vuelta para lamérmelo y me enamoré.

Desde esos 15 días en el baño, que he contado en varias ocasiones, este gatito y yo nos hemos ido conociendo. Ahora sé que se tira a plomo desde la estantería a mi cama, haciéndome saltar a mí también. Sé que se lava a todas horas. Que, en algún momento, va a venir a sentarse 10 minutos en mi regazo y que esos 10 minutos van a ser los más preciados. Que luego trepará a lo más alto y que, si acerco el móvil o la cámara para hacerle fotos, se acercará a olisquear.

Qué limpio es mi gatito

Llegó el último a casa y se puso a ocupar todo mi corazón, con esa alma de payaso que tiene y su manía de intentar abrir la puerta del armario para sacar toda la ropa y rebozarse en ella (es experto en estos menesteres). Tiene todos los ingredientes que hace que a mí me guste cualquier ser viviente: es cariñoso a ratos, besa mucho, es limpito, es curioso y es un gamberro.

Jugando sin parar, fíjense en la cola gorda…

Hace cuatro años que llegó. Cuatro años justos que se me han pasado volando porque sigue siendo un eterno cachorro. Hemos vivido, en este tiempo, varias muertes importantes (cuando murió mi padre, se pasó la noche lamiéndome la cara) y una pandemia y un brote grave de colitis ulcerosa que hubiera sido mucho peor sin él y sin Brea y sin Coyote y sin Ororo.

Felicidades, amor mío. Qué suertuda soy.

Para suscribirte...
Muchísimas gracias

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Estoy harta de spam... :) *