Las memorias pequeñas

Las historias cotidianas son las más desafiantes, a menudo. Nuestro sistema económico es, en toda su perversidad, demasiado demandante, hipercompetitivo, basado en las conquistas individuales: menos en las colectivas. Deja poco espacio al ocio y los cuidados: y quizá yo entienda los cuidados de todos los modos: pasear a tu perro hora y pico, ir a hacer la compra, limpiar la casa y los areneros, cocinar, también son modos de cuidarte. Quedar con los amigos, contaros, contarnos y reír. Buscar ese momento del café con tarta.

Vegan chocolate cake (1)

Luego están los otros cuidados, los que no te dejan tiempo o te obligan a dejar el trabajo. Así ha pasado con madres de niños autistas, que ahora no pueden salir de casa y que no se pueden modular porque tienen el sistema inmune comprometido: estoy hablando de un caso concreto. Otros sí que tienen la suerte de poder salir a dar un paseo.

Es una perversión llamar a esto «suerte». Llamar privilegio a tener trabajo, en esta pandemia de ERTEs. Temo que, con todo este maremágnum de «revisa tus privilegios«, perdamos de vista una lucha común: si nos consideramos desde ese espacio, ¿no querremos conservar todas las prerrogativas? ¿Puede ser considerado central y hegemónico el señor blanco, varón, heterosexual, que gana 800 euros al mes y llega a su casa a las nueve de la noche y sólo tiene fuerzas para ver lo que echen en la tele? ¿Cómo atraerlos a un cierto tipo de discurso político si les acusamos de unos privilegios que no van a ser capaces de ver? Sí, un señor con trabajo precario no es una mujer negra trans y lesbiana sin ingresos viviendo en Haití, pero, en el discurso de este encierro por coronavirus, estamos viendo cómo gente dice que es una privilegiada por tener un techo bajo el que guarecerse. Por tener una terraza. Por vivir en un pueblo en una casa con patio. Si entendemos como regalía poder alquilar o comprar algo, ¿de qué manera vamos a pedir más justicia social? ¿Sirven de algo las luchas planteadas desde el sujeto? Sí, han servido de mucho a lo largo de la historia, pero ¿nos servirán ahora? ¿Cómo podríamos pensar en las colectividades? Y, desde luego cómo podemos comenzar a pensar que tener trabajo y una casa no son privilegios: es lo mínimo y ni siquiera es suficiente: una puede estar viviendo con quien le pega patadas y puñetazos todas las noches. ¿Vamos a decirle, también, que de qué se queja, que al menos tiene una casa y la gente sin techo lo pasa peor? ¿Qué tenemos suerte de que, al abrir el grifo, salga agua? Es que nadie, en ningún lugar del mundo, debería caminar 20 kilómetros para ir a por agua. Es que el saneamiento debería ser universal.

Es una foto que tomé en Argentina y que está algo movida, pero que he usado muchísimo

Siempre me acuerdo de David Lynch diciendo que había gente que quería cambiar el mundo y que él, lo que quería, era observar lo más cercano, descubrir sus miserias, saber cómo cambiarlo. Y que consideraba que era la misma clase de compromiso social. Yo, que leí esas declaraciones cuando era adolescente y, sí, quería cambiar el mundo, por supuesto, sufrí una pequeña decepción que me duró hasta que comencé a trabajar y descubrí el poder de las transformaciones locales.

También descubrí el poder de las transformaciones personales, aunque la mía se haya quedado estancada porque no sé si sé aprender a cambiar. Ahora mismo no me lo planteo. Bastante tengo con controlar la mijita de ansiedad que da ir al baño con una colitis ulcerosa e ir apuntando las veces que expulso sangre y moco de mi cuerpo, porque la anemia no me ha puesto nada fácil el encierro.

Tengo incluso una fecha. Desdibujada, porque en un encierro todo se vela y porque, en los procesos, no hay exactitudes posibles. Del 24 al 25 de marzo, después de diez días de encierro, comencé a acusar la sensación de que los días transcurren unos iguales a otros. El aburrimiento. Me aburriría mucho menos si tuviera ánimos para leer, pensaba (escribo esto el 26 de marzo, bastante antes de que se publique, porque he vuelto a contarme en estos tiempos), pero lo cierto es que estoy tan agotada que este es el único esfuerzo intelectual que hago.

A todo, me digo también, hay que obligarse. Como me obligué, con mucha calma, a limpiar la casa, primero los dos baños y mi cuarto, luego el cuarto de los gatos y el de invitados, luego el salón y la entrada, con mucho esfuerzo y mucho cansancio. Tachando las tareas acabadas de una lista como la que culmina su tercer ochomil.

Lo voy notando también en mis amigos. Los que tienen niños pequeños andan desesperados ya por la ampliación del decreto del estado de alarma y la anticipación del encierro que queda todavía. Los que no, han comenzado a conunicarse menos. Ya no hay esta urgencia de hablar a todas horas. Comemos de más y hacemos menos ejercicio.

No sé si es desesperación o indolencia.

Leo mensajes de mis amigos en México y Argentina: #yomequedoencasa y me pregunto cómo irá este dominó en otras partes sin sistemas sanitarios medianamente fuertes.

Es la primera vez que nos ocurre algo así.

Un tercio de la humanidad está confinada en sus casas.

Enlaces del post:

(1) Vegan chocolate cake.

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