Escribir pese a todo

En estos tiempos de confinamiento y de colitis ulcerosa con un brote de intensidad moderada que no acaba de curarse, con todo lo que ello conlleva (anemia, irritabilidad, depresión, cansancio absoluto y estar tirada por las esquinas y con apenas fuerzas para limpiar los areneros y recoger el lavavajillas y la cocina) he descubierto que escribir, sin saber de qué voy a escribir, me hace tener la sensación de que estoy ocupada. La escritura siempre ha sido un bálsamo, siempre una necesidad, pero hay épocas en las que desapareció y he perdido. No recuerdo salvo lo que escribí.

Grand Central Station de Nueva York, casi completamente vacía (1)

Yo voy a trompicones. Me he pasado la primera semana y pico de la cuarentena con una anemia de caballo y suspirando por montarme en una elíptica, sacar la kettle y los dos pares de mancuernas y volver a hacer ejercicio, hasta que me mentalicé de que, floja y con anemia y muriéndome por las esquinas, la hinchazón de mis piernas ya era totalmente preocupante y tenía miedo de un trombo, que es otra de las complicaciones de la colitis ulcerosa…

Con estas situaciones, debería haber un protocolo. «Si sangra usted más de 10 veces, vaya al digestivo, no importa el coronavirus». Porque yo soy tan prudente, tan bien mandá, tan de no saturar el sistema sanitario aunque me esté muriendo… Y, además, ¿quién le va a dar de comer a mis gatos si a mí me ingresan?

Creo que ha sido la primera vez que he tenido algo de miedo en esta cuarentena. Porque, a pesar del enclaustramiento y del no salir y de la anemia y del brote de colitis ulcerosa y de la hinchazón, yo soy una privilegiada.

Debajo os pongo el enlace de este artículo (2)

En este primer mundo capitalista llamamos «privilegio» a tener unas condiciones más o menos dignas de vida. Así nos han ganado. Ahora, que estamos dependiendo de trabajos que otros quisieron precarizadas (agricultoras, barrenderas, limpiadoras, enfermeras, médicas, auxiliares de enfermería, cajeras de supermercado, informáticas, científicas), nos damos cuenta de todo lo que no veíamos. «Buenos días, madre», me dice el barrendero que limpia al lado del centro de salud. «Buenos días, caballero», le respondo. «Buenos días. Muchas gracias por vuestro trabajo«: es la frase que repito siempre. Me paro un ratito con las cajeras: «Tengo miedo por mi padre, porque es población de riesgo y es un inconsciente y quiere salir a todas horas y lo estoy pasando fatal. Ando todo el día a grito limpio», me cuenta una.

El camión de la limpieza se aleja en Mérida. La hice cuando fui al centro de salud.

Se comparten experiencias en redes: «Estamos pensando en cómo aislar a cien personas con enfermedad mental en sus plantas y habitaciones, valorando establecer rutinas y formas de ocupar su tiempo de forma significativa para evitar que salgan de sus habitaciones, aumentando su tolerancia de permanencia en ellas, disminuyendo sus niveles de ansiedad y evitando posibles descompensaciones», le cuenta una terapeuta ocupacional a mi amigo Pablo. «Seguimos prestando asistencia en las residencias, con turnos bien establecidos».

Estas instituciones, precisamente, han ofrecido algunas de las imágenes más tristes y aterradoras de esta crisis de salud pública (3). Antes de que saliera esta noticia, varios días antes, Pablo escribía también: «Cuando esta puta mierda acabe ojalá hablemos de la indecencia que hemos construido en este país con las residencias de personas mayores«.

Hay que mirar a tantas estructuras que yo no sabría ni por dónde empezar. Sobre todo con la crisis económica mundial que nos va a caer encima (escuchaba el otro día a no recuerdo quién que, como va a ser mundial, lo mismo el Banco Central Europeo no tarda tanto en actuar como lo hizo con la crisis de 2008).

Me interesa la cultura, ya lo sabéis. Quiero copiar aquí, por si algún día se pierde en el maremágnum que suponen las redes sociales, la reflexión de mi amigo Álvaro Pons, físico y crítico de cómics. Las negritas son mías:

«El otro día me pidieron una serie de reflexiones desde la revista MAKMA sobre cómo afectará todo esto a la cultura. No sé si es posible hacer predicciones, pero las primeras reflexiones que llegan a la mente son fúnebres, la verdad. Espero equivocarme y que no sea así, que la sociedad se recupere muy rápido y todo esto sea una pesadilla que se olvide.

Pero no lo sé, la verdad. Mejor quizás dejar las reflexiones para cuando esto acabe y tengamos una fotografía real del escenario en el que nos moveremos…

Os pongo la versión larga que hice…

Es muy difícil prever nada en esta situación. Es completamente inédita, cambiante a cada minuto, lo que hace complicadísimo hacer predicciones. Creo que hay que ser muy comprensivo con la clase política que está afrontando este reto. Es algo nuevo para lo que nadie estaba preparado y, peor, cómo se puede resolver. Las soluciones son resultados de prueba y error continuo. Cada solución en un país no tiene porqué ser extrapolable a otros países: diferencias geográficas, económicas, sociales… hacen muy complejo trasladar experiencias exactamente. Todo eso hace que el escenario inmediato es complejo de imaginar. A modo general, es evidente que esta crisis no es comparable a la del 2008: no estamos hablando de una crisis sistémica como aquella, sino de un paro del sistema, un cierre inédito. Evidentemente, el golpe para la economía será brutal, desconocido, pero creo que a parada de burro le seguirá arrancada de caballo, con fuerza. El problema es que cambiará todo: esa arrancada solo podrá ser impulsada por el sector público, que debe olvidar planes de austeridad para lanzar planes de reactivación económica, y el privado más potente, las multinacionales, que pueden aprovechar para fagocitar todo resquicio de competencia, lo que genera no pocas incógnitas.

Álvaro Pons

En lo social, espero que aprendamos todos y descubramos la necesidad de soluciones que favorezcan el mantenimiento de la salud pública, el sentido que tienen conceptos como la renta básica… Las posibilidades que dan las tecnologías a nuevos entornos de trabajo, a nuevas formas de entender el trabajo. Pero creo demasiado en la estupidez humana, capaz de olvidar en diez minutos cualquier lección que dé la vida.

En lo cultural es donde veo más problemas: hoy por hoy, el sector cultural español depende profundamente del impulso público, sobre todo en lo que a actividades se refiere. Festivales, jornadas, congresos…dependen de unas ayudas que, por lo menos durante un tiempo, desaparecerán: es de esperar todo el esfuerzo inversor público vaya al sector social, desplazando las partidas culturales a ayudas sociales y económicas. Eso implica un auténtico páramo para lo público. La industria privada no lo pasará mejor: el parón del país puede ser un mazazo que no todas las empresas puedan superar, más cuando la demanda cultural puede quedar paralizada durante los meses posteriores mientras la economía se reactiva. Una perspectiva nada halagüeña para un sector siempre el filo de la navaja y tremendamente frágil.

Pinchad y mirad el trabajo de David Bokeh.

Estamos viendo como casi todas las iniciativas culturales, jornadas, festivales, ferias, etc…, se están retrasando al último trimestre, creando una posible sobresaturación de oferta que no creo que ni llegue a darse ante la pérdida de ayudas públicas, como he comentado antes. Hay que añadir que la emergencia sanitaria, hasta que se difunda una vacuna eficaz, puede hacer muy complejo que ni siquiera puedan celebrarse: los países están yendo a diferentes ritmos y es más que posible que mientras uno sale, otro todavía esté, lo que implicará cierres de movimientos internacionales durante un largo periodo. Además, es de lógica que se implanten medidas que eviten las acumulaciones de personas durante un tiempo hasta que aparezca la vacuna. El miedo a un nuevo brote marcará nuestra vida durante meses y la restricción a la celebración de eventos multitudinarios puede seguir vigente.

¿Soluciones? Ni idea, sinceramente. Creo que en el caso de actividades culturales, lo más sensato será hacer borrón y cuenta asumir que el 2020 no ha existido, un paréntesis en el tiempo, y empezar a pensar en el 2021.

Para la industria cultural, la cosa será más compleja: más que nunca, será necesario una profunda actuación desde la inversión pública, que marcará realmente si el estado cree en la necesidad de la cultura. Pero, sobre todo, necesitaremos que la sociedad sepa valorar que este confinamiento lo superaremos con la cultura: del libro al cómic, de los videojuegos a las películas, las series… La cultura nos salvará en este confinamiento, nos ayudará a sobrevalorarlo y, además, como ya se está viendo, está mostrando una generosidad máxima. La sociedad debería devolver con la misma generosidad ese esfuerzo, ese valor, creyendo de verdad en la necesidad de la cultura. Quizás es el momento para dar de golpe transiciones digitales, para buscar nuevas formas de creación de cultura basadas en lo digital, generando estructuras que aguanten futuras pandemias. Para cambiar una industria que debe volver a creer en la importancia de los creador@s, de autores y autoras que son la base de fundamental de eso que llamamos cultura».

También me interesan las diferencias sociales que se pueden paliar con dinero, panoja, parné. Hay muchas voces hablando ya de que no podemos dejar en el hecho de tener o no trabajo la posibilidad de que haya o no un techo bajo el que dormir y luz, agua, calor y comida. Trabajé muchos años con personas sin hogar: no tengo respuestas para la politoxicomanía, salvo que me planteo que, en la calle, es inevitable.

Es la primera vez que vivimos algo todos juntos: lo cuentan en redes los de Chicago y Nuev York, los de Mar del Plata y Buenos Aires, los de México y San Diego y Venezuela y en esas vivencias, nos damos cuenta también de las diferencias abismales que supone el azar de haber nacido en una u otra parte del territorio de este planeta nuestro. Esta crisis ha venido, como todas, con su propio espejo: el coronavirus en Camerún o Haití o República Dominicana no es lo mismo que en Irán, que en Estados Unidos con su sistema de salud privatizado, que en Francia, que en España. Y no es lo mismo en un chalet con patio y piscina que en mi terraza que en un piso de 27 metros cuadrados que se comparte con tu pareja y una hija porque no os podíais pagar más que en la calle o viviendo con tus agresores (y meto aquí, sobre todo, a los niños que viven con madres y padres maltratadores).

Creo también que queda mucho para saber qué consecuencias sociales (divorcios, nacimientos) y psicológicas tendrá esto en una población como la española, que generalmente vive de puertas afuera. ¿Habría otras maneras de ocupar el espacio público?

Recursos que os pueden servir.

Un artículo muy útil y sincero de Alejandro Cobo.

Creo que sería bonito trabajar los derechos humanos con los más pequeños, ahora que estamos viviendo una situación que afecta a todo el mundo. Amnistía Internacional ha dispuesto estas actividades.

Enlaces del post:

(1) Beholdingeye. Es el fotógrafo Paul Seibert.

(2) Este es el artículo del National Geographic al que se refieren en la imagen.

(3) Han encontrado cáveres de ancianos compartiendo habitación con ellos en varias residencias.

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