Cotidianeidad fallida

Imagen de la app My Colitis con los tipos de heces, moco, color y demás parámetros

La primera semana de confinamiento la pasé, como varias de las anteriores, apuntando los datos exactos del color, tamaño, forma, dolor, tipo de dolor y consistencia de mis heces. Uso la aplicación My Colitis, que está en inglés, pero es la más completa que he encontrado. El único punto negativo es el registro de comidas, que es lo más farragoso del mundo, pero para eso utilizo la app de la Monash University.

Tener colitis activa con una pandemia mundial de coronavirus es añadir un plus de desasosiego. O lo sería, si yo no fuera tan inconsciente. Tomo precauciones, pero sin obsesionarme. Uso guantes al salir de casa. Observo las calles, las puertas cerradas, la reja blanca del Costumbres argentinas, mi lugar de desayuno diario en días laborales, el mejor café de Mérida; a las cajeras del Día con las manos protegidas también, pregunto en el Carrefour qué tal lo llevan. Anotar en Trello qué tareas he querido programar para el día de hoy, algunas tan simples como «hacer la cama», que la hago todos los días, pero así me refuerzo. Porque, con anemia, cualquier tarea cotidiana es un esfuerzo titánico.

  • Hacer la cama
  • Recoger el lavavajillas
  • Poner el lavavajillas
  • Redactar una lista de la compra semanal
  • Hacer la cama
  • Poner una lavadora
  • Recoger la ropa del tendedero
  • Doblar la ropa y guardarla en los armarios
  • Dos pastillas de Mezavant y dos de Clipper en el desayuno
  • Glutamina entre las comidas
  • Un supositorio de Claversal y dos Mezavant en las cenas
  • Hierro a la hora de comer, con dos horas de separación entre café y té y con un plus de vitamina C. No hay mandarinas ácidas. Se las echo a la ensalada.

Check, check, check, check.

Ensalada de lechuga con aceitunas y mandarinas

A Ororo le sale otra herida en el cuello y se pela. La curo con agua oxigenada porque ya la tiene seca. La próxima vez que me toque ir a la farmacia, que será en quince días, tengo que hacerme de Betadine.

Se me quema el cargador del ordenador. No voy a pedir un cargador online porque no quiero que venga ningún repartidor más a casa. Vino uno para traer comida que necesitaba, de Vegan Place, y el hierro. Sobre todo el hierro. «Dale una semana», me dijo Cristina. Llevaba cuatro días y estaba mejor de ánimos, pero seguía mareándome.

Leo artículos. Bastantes. Leo a la gente, a mi gente virtual, que se ha quedado sin trabajo o que no sabe cómo va a poder sobrevivir el tiempo que dure la cuarentena. Llamo a la mujer que me limpia la casa para decirle que le pagaré igual aunque no venga, porque yo sí me lo puedo permitir. Comienzo un plan para limpiar la casa a plazos: hoy, mi habitación y los dos baños; mañana, el cuarto de invitados y el de los gatos; pasado, el salón y la entrada. El siguiente, terminar la cocina y darle a la terraza de la cocina.

Pienso en la solidaridad vecinal, que ha hecho que aparezcan cartulinas verdes al lado del ascensor, por si alguien no puede ir a comprar por sí mismo. Salgo a la terraza y me saludan mis vecinas más pequeñas con alegría. Ojalá pudieran bajar a desfogarse.

Me parece una reflexión acertadísima, la de Carlos Barea

El miedo también deja aflorar lo peor, como siempre. No sé qué me esperaba en esta España de la Inquisición. Muchos han defendido denunciar a la policía a sus vecinos que salen a la calle. Delaciones en masa, oigan, venga la barra libre. «Me paso el día en la ventana para ver algo de calle porque me agobio encerrado y ese vecino sale mucho». De ahí se pasa al: «Qué bien que voy a poder llamar para dar por culo un ratito al tipo del tercero, que me cae mal».

No sé dónde ha quedado la capacidad de sacrificio. Lo llamo sacrificio. Pueden poner la palabra que quieran. Detrás de mi casa hay un parque. Me daría igual que las familias con niños se turnaran para usarlo. ¿De verdad a alguien le parece apto que un niño salga a jugar a un parque vacío, sin ninguno de sus amigos? Yo no salgo, pero hay quien lo precisa.

Con lo que ha ocurrido culturalmente en el país, tengo mis opiniones encontradas. Como siempre. La cultura es un sector de resistencia. Enormemente precario. No creo que la gente que antes no la valoraba se haya planteado que, cuando acabe todo esto, deben contribuir a la enorme generosidad de tantos artistas y escritores y cantantes que han liberado sus contenidos. No creo que vayamos a dejar de comprar en Amazon para acudir a nuestras librerías. No sé cuántas librerías sobrevivirán a unos meses de cuarentena. Ni cómo de tocadas quedarán las compañías de teatro. Ni si será tiempo de hacer conciertos. Ni de quiénes irán a esos conciertos, cuando tantísima gente se ha quedado sin trabajo. ¿Volverán esos mismos trabajadores a sus empresas o se abrirán nuevos procesos de selección?

Imagen de 72kilos

¿Qué fractura social dejará esto? ¿Cuánta gente no descubrirá ahora que su casa no es lo que ellos hubieran definido como un hogar, por no hablar del más grave hecho de que hay mujeres y niños confinados con sus agresores?

Obra de Alejandra Caballero

Hablan del fin del capitalismo y de una nueva era de los servicios públicos. Y, sin embargo, yo creo que esto también se olvidará antes de que nos pongamos a privatizarlo todo de nuevo, antes de que el dinero se destine «a lo que realmente importa», que nunca es la cultura, porque la cultura sobrevive a base de pequeñas empresas de autónomos que las crearon para poder contratarse a sí mismos y las plataformas digitales son poderosas y los Ayuntamientos volverán a usar el dinero público para las fiestas de los pueblos, porque las orquestas populares también son cultura (no, no lo son) y no se van a potenciar las cooperativas ni otros modos de gestión. Esos otros modos de gestión que crean ciudades, que sostienen no solo el tejido cultural, sino el barrial (qué sería del centro de las ciudades o de algunos barrios de ciudades más grandes sin librerías ni bibliotecas) y que desaparecen poco a poco porque hay empresas mundiales que cambian los modos de consumo. Esos modos de gestión que implican crear huertos urbanos de autoconsumo, ahora que hemos oído hablar tanto de soberanía alimentaria.

Tampoco habrá conciencia planetaria. Nos preocupamos de Italia, de México, de Argentina, pero no de Irán. Qué pasará en los países africanos, que no están preparados para esto. Cuánta gente va a morir. Cómo se afronta un proceso de duelo cuando no te puedes despedir.

También os digo que, a pesar de mi escasa fe en las organizaciones políticas del ser humano, le pongo ojos rijosos a la idea de equivocarme.

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Muchísimas gracias

6 thoughts on “Cotidianeidad fallida

  1. He leído todas tus entradas de estos días, pero no me salía qué escribir. Comparto muchas de tus afirmaciones u opiniones, voy a compartir tu post en mis redes, de las que me he ausentado un poco estos días, por higiene mental, que es tan importante como lavarse las manos.
    Aunque pienso como tú, que esto también se olvidará, estaría contentísima de equivocarme.
    Ánimo con tu colitis y con tu anemia, y gracias por el poema tan bonito que me descubriste el otro día, el del brindis.
    Tengo una amiga en el hospital, le estoy grabando poemas que le leo y le envío, y ese, la emocionó especialmente.
    Un abrazo grande, Olga.

  2. Mucho ánimo preciosa. Tener colitis en mitad de una pandemia es como una mala broma del destino. Algo que uno no espera encontrarse. Muchos abrazos virtuales, y muchos achuchones a Ororo – mi gata también anda con curas de agua oxigenada y clorhexidrina, por un asuntillo de ansiedad que se está ajustando, y ya me imagino que no lo entenderá y te pondrá cara de «oye, humana, esto que me haces exactamente… que es?».

    Pues eso, tengo un viaje planeado a Mérida, es posible que tengamos conocidos comunes
    Me gustaría saber para cuando, dadas las circunstancias, será cuando se pueda

    🙂

  3. Creí haberte dejado un comentario, el iPad me trolea. Era muy largo, lo dejo en unas palabras de ánimo. Un abrazo.

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