Las diferentes maneras

Hay que mantener una buena rutina de higiene

Vivo sola. Con gatos. Mi ración de palabras diarias, en casa, se limita a decir cosas como: «Hola, bebé», «Hola, bonita», «Ororo, no», «Huck, ven, bonito», «Breíta, ven», «Coyoteeee», «Eso no se lame», «No muerdas los cables», «Ay, mi chica», «Eres lo más guapo de la vida» y cosas así. El teléfono nunca me ha gustado. A mí me gustan los cafés cara a cara, qué se le va a hacer. Más de dos mensajes de respuesta en cualquier red social y tengo ganas de gritar: «Esto no es un chat».

Imaginad lo que supone para mí la hipercomunicación en tiempos del coronavirus. Memes por doquier, siempre los mismos, en varios grupos de WhatsApp. Más videollamadas de las que he hecho en mi vida (qué demonios: nunca había hecho una videollamada: la primera semana fueron tres y propuestas de algunas más). Fotos, mensajes a todas horas, gente que odia el móvil tanto como yo y gente que quiere hacer quedadas virtuales porque se aburre.

En casa yo estoy a gusto. Lo que no llevo bien es la anemia, porque quería cocinar, leer y hacer mucho más de lo que hago. Voy a comprar y me tengo que sentar dos horas porque estoy agotada y me quedo dormida o me mareo cuando camino. Sangrar ocho veces al día tiene también la consecuencia de que aguantas poquito. La colitis ulcerosa viene con su irritabilidad al canto, así que estoy silenciando a todos los amigos que nunca se quejan de los recortes en Sanidad pero que se han transformado en gestores de pandemias en dos días. Imaginad el ánimo que yo tengo para recibir 852 mensajes de móvil todas las mañanas hablando del coronavirus, con vídeos graciosos y fotitos o retos o actividades culturales. Si hubiera visto todas las actividades culturales… Qué coño: imposible ver todas las actividades culturales. Pero si no estoy ni estudiando Psicología porque no puedo con mi alma.

Portada de Eric Drooker.

Sé que cada uno lleva esta situación excepcional de una manera. Yo la llevo bien, por varias razones: una, no tengo estrés, así que no tengo trastorno por atracón y, como llevo dieta baja en Fodmaps, lo mismo la cuarentena me sirve para perder los 10 kilos que he puesto al dejar de fumar. Dos, tengo aficiones individuales: actualizar el blog y cocinar (cosa que he hecho menos de lo que quisiera por la flojera), leer, ver series, estoy estudiando una carrera y haciendo apuntes. Tendría muchas actividades en las que ocuparme, pero veo series solamente por el cansancio que arrastro, aunque, de aquí a que salga publicado ese artículo, espero que el hierro haya hecho su efecto. Tres: hay muchos fines de semana que no quedo con nadie. Y estoy tranquilita en casa, que es exactamente lo que estoy haciendo ahora, pero más días. Además, yo tengo una ventaja enorme:

Salgo a la calle lo estrictamente indispensable: para la baja por la colitis ulcerosa, para comprar frescos y medicinas o para bajar la basura. Es una sensación muy fantasmal: yo procuro sonreír a todo el mundo, porque la gente se aparta para mantener la distancia de seguridad de un metro y hay miradas torvas y de miedo. Me cruzo con cuatro o cinco personas. Con algunos más si voy a un supermercado. Por cierto, muchos hombres.

La última vez que fui a Carrefour, dos tiarrones hechos y derechos se decían uno al otro que, como nunca hacían la compra, no sabían dónde estaban los productos y tardaban mucho. Había una complicidad ahí. Y me dieron ganas de decir: «Ay, sí es que estáis descubriendo que esto cuesta esfuerzo».

El confinamiento va a durar mucho tiempo y, desde el primer día, como el pueblo exagerado sentimentalmente que somos, la gente empezó a contar las horas. Día 1 de confinamiento, decían. Día 2. «Hemos tenido resacas más largas», constataba un chaval en un vídeo.

Luego se sucedieron todos los estados de ánimo posibles. La gente comenzó a tener miedo y el miedo nos hace ser miserables. Se abuchea a la gente que sale a la calle. Se habla contra el gobierno, pero yo no sé si hubiéramos aceptado quedarnos así de encerrados con un caso o dos. Si hay quienes, ahora, con todas las cifras y los muertos en aumento, salen todos los días a comprar el pan o un periódico y lo cuentan por el Facebook.

Yo también decido cuándo salir. Podría salir todos los días a comprar comida: nadie me diría nada: hay gente que lo hace. Pero soy responsable: en un confinamiento, la recomendación es salir de casa una vez por semana, a no ser que tengas alguna patología o alguna condición que precise que salgas más. Los frescos duran varios días en casa y, aunque yo tengo la alimentación más restringida por la dieta baja en Fodmaps, me voy apañando. Además, la recomendación en mi caso (brote activo de colitis ulcerosa y corticoides) es aislamiento extremo.

Pasta sin gluten, con tomate natural (poco) y quorn

Supongo que, si estuviera más activa y no anduviera con esta anemia, tendría más ganas de salir de casa. Ahora mismo, quiero estar tirada en el sofá viendo series. Y con un baño cerca. Antes rezaba para que los corticoides y los supositorios diarios de mesalazina me hicieran efecto, pero ya he perdido la esperanza y creo que me tocará nuevo tratamiento, porque no hay mejoría. Mientras no vaya a peor, todo estará bien. Como vaya a peor, tendremos un problema. Pero cruzo dedos.

M vecina Marta me regaló un bizcocho casero. Para el brote no viene nada bien, pero me lo comí on todo el gusto del mundo

El domingo, mi vecina Marta me regaló un trozo bien generoso de bizcocho de limón, que me bajaron con una cuerda. Siempre nos paramos mucho rato en el ascensor, me ha dicho alguna vez de tomar café, pero nunca hemos quedado.

Mis días los cuento, eso también lo sé, desde una situación cómoda. Trabajo por cuenta ajena en una empresa pública. No van a hacer un ERTE (Expediente de Regulación Temporal de Empleo, lo que significa «despidos») ni soy autónoma. Mis ingresos están asegurados en estos meses de confinamiento (van a ser más de dos semanas, téngalo en cuenta). Vivo en una ciudad pequeña y barata. Mi único foco de posible ansiedad es que no puedo salir de casa por la cuarentena. La familia con la que me relaciono está bien. Tengo Filmin, Amazon Prime, HBO, Disney+ y Netflix. Hay un sinfín de libros en mi casa y muchísima comida en la despensa. Mis gatos me entretienen. Hay un calefactor debajo de mi mesa para estos días de más frío, porque la primavera ha llegado con lluvias.

Me pregunto qué pasará en México, Venezuela, Estados Unidos y Argentina, que son los otros países en los que tengo amigos. Me pregunto qué pasará en África cuando llegue el virus. Y aquí cuando todo acabe. Qué ritos íntimos para poder despedir a los muertos en paz y bien. Qué clase de crisis económica vamos a enfrentar y cómo. No creo que salga «una sociedad nueva» de una pandemia: creo que, como especie, somos un montón de mierda de proporciones considerables con muy poca memoria y que los cuidados seguirán recayendo en las mujeres y que las más precarizadas serán las mujeres y que las que más arrimarán el hombro serán, como siempre, las mujeres y los que se habrán enriquecido serán, como siempre, los dueños de las multinacionales que envían los paquetes a domicilio, para que no tengas que sufrir la incomodidad de salir de casa. Me encantaría que ahora queramos salir de casa. Pero lo dudo. Somos animales de costumbres y las rutinas se vuelven a adoptar fácilmente.

«Brindemos por los momentos que justifican la existencia, por lo que permanece, por las marcas indelebles como cicatrices al sol» 📘 «Brindis» de David Eloy Rodríguez. En «Diáspora. Poetas extremeños en el exilio» editado por Víctor Peña Dacosta para [Ediciones] Liliputienses. Texto y foto de Pablo Cantero en su Instagram.

Ojalá, cuando todo esto acabe, nos veamos más, trabajemos menos, ocupemos los teatros, las pequeñas librerías, los palacios de congresos para ir a los conciertos de la Orquesta de Extremadura (o a la que tengan en sus ciudades), viajemos más para ver a los amigos (hola, Madrid. Hola, Plasencia. Hola, Barcelona), llenemos los restaurantes y apoyemos a todos esos negocios que construyen ciudad.

Y que, cuando haya la enésima huelga o el enésimo paro por la sanidad pública, por la enseñanza pública, por cualquier cosa pública, salgamos a la calle a defenderlo, que eso sí es una guerra, y no digamos que esta gente de qué se queja, si son unos privilegiaos.

Porque, como dice Mario Pecheny (leed este artículo), «nadie se salva en soledad».

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Muchísimas gracias

2 thoughts on “Las diferentes maneras

  1. Me encantas, tus palabras siempre me hacen reflexionar. Gracias. Espero de todo corazón que tu brote pase lo más pronto posible. Yo soy un poco como tu, muy casera y por eso creo que no me pesa tanto la situación de confinamiento y estoy acostumbrada a estar sola porque vivo sola con mis dos adorables gatos, que están encantados conque esté todo el día en casa, sea dicho.

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