Mi primer ingreso hospitalario, chispas

Cuando leáis esto, yo estaré deshidratadita perdida, yendo al baño cada dos por tres, porque en una hora tengo una maravillosa colonoscopia. Otra. De aquí en adelante, el 2020 solo puede ir mejorando. De verdad.

O no: todo puede ir peor.

La vía. Siempre hay que poner una vía.

El miércoles 15 sangré tres veces en una hora, con abundancia. Grabé el programa, porque yo soy así de cumplidora, y me largué a Urgencias del hospital, porque llevaba ya tres días con moco y sangre y con una mala leche que no me aguantaba ni yo, además de con hinchazón en las piernas y un dolor de espalda horroroso. Pero tres veces en una hora ya era suficiente.

La médica, Carmen, residente, me dijo: «Te tengo que ingresar«. Y yo: «No. Yo tengo gatos«. No tenía ni el cargador del móvil en el bolso. Me plantó un paracetamol intravenoso para el tenesmo, que es una cosa muy desagradable de sentir pero a la que estoy más o menos acostumbrada y hala. A sentarme y a esperar.

Cuando estaba en Urgencias, llegó un chaval con bata, monísimo. Me dijo: «Estás en muy buenas manos. Es muy buen médico». Le pregunté: «¿Tú eres médico, enfermero, qué eres?» Y me respondió: «Soy médico también. Pero ella es mejor que yo«.

Con qué facilidad sube uno de puntos, oigan.

También me hicieron una placa de la barriga. Ahora sé cómo se ven las cacas en una radiografía. Y he podido deducir que no he puesto tantos kilos en Navidad. Viva.

Sí: la colitis ulcerosa va de heridas en el intestino, gases y mierdas. Y visibilizarla es mi misión divina.

Pues allí me quedé. Ingresada. Sin cenar, porque cuando me subieron a planta, ya había pasado la cena. Es la primera vez que me alegro de que haya máquinas de vending en el hospital. Que no deberían estar allí, pero ese día me salvaron la vida (y sí, no debería haber comido mierdas con un brote, pero tenía hambre).

Y comenzó el trasiego.

Pruebas y más pruebas

Tomar la temperatura, tomar la tensión, mesalazina, enemas rectales de mesalazina y budesonida, antibióticos intravenosos, análisis de heces, análisis de sangre… El protocolo de un brote leve de colitis ulcerosa es «Olga se está muriendo». Y radiografía y colonoscopia. Ea. Me vine a casa con un tres cajas de medicamentos del hospital porque era viernes y en la farmacia no los iban a tener hasta el lunes. Eso sí: los desayunos son una cosa triste triste.

Y, además, dije que soy vegetariana y cortocircuitaron. Me pusieron leche de vaca, pero no mantequilla porque… No sabemos. Y en la primera comida, las proteínas no estaban por ninguna parte. Había solo verdura. Luego ya dije que me hicieran una tortilla. En Extremadura, un vegano, para la parte proteica, no lo tendría bien, me temo. A no ser que tenga pareja que sepa cocinar, o una amiga molona como yo, y le lleve tofu. Porque tofu me dijeron que no tienen. Eso sí: en la comida siguiente, me pusieron tortilla de patatas y puré de alubias, así que lo mismo se puede hablar con el nutricionista para que ponga legumbres. Lo de la dieta baja en FODMAPs ya no sé.

Desayuno del hospital. Una cosa triste.

Es la única queja: que necesitamos (más) nutricionistas (actualizados) en el Sistema de Salud. Pero la comida estaba riquísima (eso es así: el puré de alubias, muy rico y las tortillas también y el puré de zanahorias y los espárragos con picadillo y todo lo que comí y cené era muy sabroso: bravo por los cocineros).

El hospital estaba saturado, que es una cosa que ocurre en enero y febrero, con las gripes y los problemas respiratorios del invierno. Y las enfermeras, sobre todo Marifé y Esther, que fueron las mías, son el amor y la diversión más absolutos. Y el doctor Agustín Cabanillas me preguntó de todo («no tengo prisa ninguna») y me dijo que iba a salir de allí con un digestivo asignado, que básicamente era mi objetivo. Salir con un digestivo asignado, a ver si me meten de una vez en el programa de Enfermedades Inflamatorias Intestinales (EII) en el que están todas mis amigas (que son dos: no conozco a tanta gente con colitis ulcerosa en Mérida).

La aventura

¿Os he dicho que los brotes de colitis ulcerosa vienen con irritabilidad y que, además, yo vivo sola, así que, cuando no hay el más absoluto silencio en mi casa, es porque yo he elegido el ruido?

Pues aquello estaba lleno de gente a todas horas. Mis amigos también vinieron, pero yo los sacaba de la habitación.

El resumen es que he estado allí 48 horas y se me han hecho eternas. Un hospital es como un micromundo en el que todo el mundo te pregunta qué tienes y opina. Por ejemplo, una señora a la que no había visto en la vida me dijo: «Dúchate«, cuando me había duchado el día anterior por la noche y eran las 9 de la mañana. Otra quería saber el número de pastillas que me tomaba. Todos los demás, mi diagnóstico. Y mira que los médicos y las enfermeras echan a todo el mundo de allí en cuanto te van a informar, pero eso, a los familiares, no les importa. Porque, en un hospital, no hay mucho que hacer, salvo hablar y poner la tele a todo volumen.

Había dos mujeres conmigo, las dos mayores y una, además, era sorda, no podía hablar bien y se comunicaba gritando (aunque, como me hizo notar Pablo, ella desconoce el volumen de su voz) y con muchos aspavientos. Me levantó un día de un sillón para sentarse exactamente tres minutos.

Me hizo pensar mucho sobre el derecho a la comunicación y sobre las frustraciones cuando no se te entiende y sobre si existirá alguna vez un aparato que sirva para esto mucho mejor. Para quienes están encerrados en sí mismos por algún accidente o enfermedad, existen dispositivos de los que hablamos Ana Titos y yo en este programa de Las perras de Pavlov.

Eso sí: yo acabé hasta el moño, porque tengo un problema con los malos modos. Incluso aunque entienda que tú a lo mejor no te sabes comunicar sin malos modos. Porque asumo que no te sabes comunicar, pero lo de sentarte tres minutos en el sillón y levantarme a mí cuando hay otro sillón libre, pues no lo achaco a que la mujer sea sorda, sinceramente.

Lo más bonito es que vinieron mis amigos y me trajeron libros.

El National Geographic me lo trajo Laura Nieto y los libros, Inma P.nitas

Y zapatillas de estar por casa y braguitas (yo andaba con lo puesto) y comida (Israel y Ángel) y Sandra me regaló calcetines de los normales y de los gorditos y una manta de sofá.

Mi mantita de sofá

He estado mimadísima, la verdad.

Y, ya que tenía el móvil y en el hospital hay Wi-Fi para los pacientes, yo aproveché para ver una serie absolutamente deliciosa, Anne with an E, en el móvil, que sí, no será la mejor manera de verla, pero si estás en un hospital, te vale cualquier dispositivo. Intenté leer American Gods, pero con tanto jaleo me fue completamente imposible. Yo estoy acostumbrada al silencio. Si lo rompe algo, es la música que elijo. Así que nada: Ana de las Tejas Verdes.

Qué preciosidad de serie. Qué pena que la hayan cancelado.

Y qué divertido fue salir de casa el sábado, para ir a comprar la comida de la preparación de la colonoscopia, y descubrir lo bonito que es el Maxi Dia, con sus carteles: «Fruta», «Verdura», «Patatas» y esos lineales llenos de chocolate que no puedo comer y los colores y el cielo nublado y la humedad en la cara y las ramas peladas de los árboles llenas de gotitas colgando.

Qué bonito es el mundo cuando no te han dejado salir de una institución en dos días.

No me quiero ni imaginar la sensación de extrañeza y de dolor que ha de suponer para alguien privado de libertad durante mucho más tiempo.

Sanidad pública

En dos días enteros, me han visto tres médicos, unas seis u ocho enfermeras, cuatro auxiliares de clínica. Me han puesto en vena paracetamol y antibióticos. Me han tomado la temperatura tres veces al día y la tensión dos. Me han hecho una placa. Tengo programada otra radiografía. He ocupado una cama de hospital dos noches. He de hacerme una colonoscopia (son 600 euros en una privada teniendo seguro). Me han dado dos desayunos, dos comidas, una cena y una merienda.

No voy a calcular el precio de todo eso en una clínica privada. Porque lo único que sé es que yo no lo podría pagar.

En los últimos tiempos, hemos puesto sobre la mesa el tema de la sanidad pública y hay mucho proletario sin conciencia de clase que piensa que, pagando 30 euros al mes, tiene cama propia en un hospital y tratamiento para un cáncer, porque ciertos discursos públicos se construyen así: con mentiras. Son mentiras bastante complicadas de rebatir, porque entran las creencias en juego y demasiados temas emocionales, entre los que se encuentran creernos mejores que los demás o considerar la sanidad como un bien que paga quien lo pueda permitir, como si fuera un Ferrari, o como un servicio universal, para las clases altas (a las que hay que incluir) y para las bajas. Lo explica Javier Padilla en esta entrevista. Es larga. Como este post. Ha escrito un libro llamado «¿A quién vamos a dejar morir?«.

Ojalá defendamos la sanidad pública con uñas y dientes. Como si fuéramos a la guerra.

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Muchísimas gracias

2 thoughts on “Mi primer ingreso hospitalario, chispas

  1. Xica, cuídate me alegro de que estés tan bien acompañada. Yo vivo lejos, en valencia, si no aquí tendrías una voluntaria para ir a echarte una mano con tus gatos, si te hiciera falta. Abrazos virtuales y mejórate….

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