Festivales y descontroles

Teatro del Noctámbulo saludando tras la función de Tito Andronico.

Se ha acabado el Festival de Mérida. Se ha acabado para mí, porque Tito Andronico, de William Shakespeare, dirigido por Antonio C. Guijosa, adaptado por Nando López, va a estar hasta este domingo, 25 de agosto, en el teatro romano de Mérida. Ya he hablado muchas veces de la paliza que supone el Festival.

Esta gente que está ahí arriba, subida en el escenario de ese teatro que amo y que miro cada año desde la última fila de todas las caveas, durante las noches de los martes, como si fuera un ritual, son miembros de la compañía Teatro del Noctámbulo.

Cuando se presenta el Festival y dicen que Teatro del Noctámbulo va a estar, yo respiro tranquila. Sé que voy a ver algo bueno, bien hecho, con concepto, con amor al oficio y, sobre todo, sé que no me van a tratar como si fuera gilipollas, que no van a hacer obras con parlamento final de moraleja (se resumen en lo mismo: por qué el ser humano es tan malo, tenemos que ser buenos. Me revienta. Luego me revienta más cuando dicen: «Pero es que a la gente…». Miren, yo no soy gente. Yo veo mucho teatro. Y vería mucho más si tuviera más dinero y no costara tanto llegar a Madrid. Quiero que me tengan un mínimo de respeto intelectual).

Respiro tranquila cuando dicen que va a estar una compañía extremeña, sin nombres de los que salen en las series de televisión, porque a las compañías de Barcelona y de Madrid, la bondad se les supone.

Se les supone aunque no la tengan. Porque muchas veces no la tienen. Llenan mucho más. Yo no soy gran público y al gran público no le entiendo en absoluto, pero lo dejo aquí por si, alguna vez, por su ciudad, pasan estos tipos. Vayan a ver cualquier cosa que interpreten: cualquier cosa. Tienen en gira ahora «Contra la democracia»: la he visto tres veces. Yo no veo una obra de teatro tres veces seguidas a no ser que la dirija Calixto Bieito o que la interprete Pablo Derqui.

Sopa fría tarator.

Escribo esto mientras me tomo un vaso de tarator como si fuera un café, a las ocho de la tarde. Esa será mi cena. El Festival es un descontrol y eso se traduce en que algunos días no puedo ir al deporte (luego intento recuperar las sesiones), en que como mal y en que no me organizo. Cada quince días, ahora, desde hace poco más o menos un mes, me llegan las cestas de verduras de la Huerta del Abrilongo, así que ese fin de semana me dedico a cocinar. Me he tirado meses (MESES) comiendo tempeh con leche de coco, zanahorias y calabaza. Creo que voy a empezar a odiar el tempeh. Y siempre me pasa lo mismo: acabo comiendo mierdas hasta que me vuelvo a centrar y a organizar. Luego esto es como el eterno retorno: una y otra vez se repite lo mismo.

Pero estoy haciendo terapia y me digo (sin conseguirlo mucho, porque luego no he comprado fruta, porque he dormido tres horas y he trabajado 13 y porque existen las máquinas de vending y los ambientes obesogénicos en la vida) que, si sigo haciendo lo de siempre, no habrá cambios nunca.

Me tengo que poner.

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