Qué se puede hacer para cambiar los hábitos (II): Tener un porqué

Si tienes un porqué en la vida, puedes afrontar casi cualquier cómo“. Eso decía Nietzsche… o eso recuerdo que decía Nietzsche y amamos a Nietzsche, a pesar de que no se folló a Lou Andreas Salomé y comenzó a decir cosas como que la mujer no era capaz de amistad porque tenía dentro de sí un esclavo y un tirano. Las mujeres no solo somos capaces de amistad, Friedrich: segregamos oxitocina cuando estamos con las amigas. Y no nos pasa solo a nosotras. Les pasa a hembras de otras especies. Porque no, no somos tan distintas las unas de las otras. Si queréis saber más (está en inglés), aquí tenéis un estudio: The neuroethology of friendship.

Friedrich Nietzsche
Friedrich Nietzsche

Pero una vez hemos dicho esto (gracias, amigas mías, maravillosas mujeres del mundo), vamos con lo del cambio de hábitos. Repito: no soy psicóloga, son ideas generales y, realmente, mi objetivo al hacer esto es que, si tenéis dinero (ahora vamos a eso), os paguéis un psicólogo y un nutricionista porque detectéis que no hacéis las cosas bien. Es que ir al psicólogo todavía da mucho yuyu: la gente no se fía. Y hay estudios científicos medibles sobre el funcionamiento de la mente y sobre la conducta humana, aquí y en Birmania. Es ciencia. Menos el psicoanálisis y otras mierdas, que son como las flores de Bach.

Al lío.

Parto de la base de que uno quiere adelgazar porque sabe que come mal. O, aunque come bien, tiene trastornos de ansiedad y de vez en cuando, la caga. Y no hace deporte, por ejemplo, o no todo el que debiera (es decir, que paga el gimnasio como el que paga una ONG). Si hablamos de cambios de conducta, no nos podemos referir a alguien que hace deporte, come saludablemente y no adelgaza: eso es labor de nutricionistas y médicos, en su caso. Yo me refiero al que está gordo de comer mal. O de no poder dejar de comer mejor.

El porqué

Para conseguir un objetivo, hay que tener un porqué. Ojo ahí: si hablamos de hábitos como comida compulsiva y demás, el objetivo ha de ser cambiar el hábito, no adelgazar. Adelgazar será una consecuencia… O no. Porque puede que no adelgaces, hostias, y la felicidad de tu vida estará en aceptar que estás sana, pero gorda. Esto no es autoayuda. Y Pablo Zumaquero lo sabe mejor que nadie:


Y le replica Marc Casañas, al estilo Marc (es decir, hay que desgranar el mensaje: es Marc):

 

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Lo de “si quieres puedes” es muy culpabilizador y estoy de este tipo de mensajes hasta el coño. Si quieres, te esforzarás en conseguir algo y lo mismo lo logras o lo mismo te comes una mierda. El caso es que, en el temita que nos ocupa, es relativamente fácil tener éxito. Los hábitos se pueden cambiar. Depende de ti y del entorno y de todo lo demás. Depende incluso de que tengas una una formación determinada porque si no eres medianamente inteligente, no te vas a plantear cambiar conductas. No hablo de que tengas un título universitario. Hablo de que seas un tío despierto. Y, a veces, depende de que te puedas o no permitir ciertas cosas. Eso es lo que dice Marc: “Si no eres pobre, puedes comprar papeletas para que quizá funcione”. Es decir, te podrás permitir pagarle la consulta a un nutricionista y a un psicólogo. Podrás comprar comida de calidad. Oh, yeah: una bandeja de croissants cuesta menos de un euro. Un kg de tomates no cuesta menos de un euro y al tomate hay que echarle otras cosas. Y los croissants llenan y el tomate no. Y así funciona la industria alimentaria (y decidiendo políticas de gobierno, pero ese es otro tema).

Tampoco será lineal: no vas a ponerte a perder kilos y vas a ir perdiendo peso gradual todas las semanas. Eso es mentira. Ni lo esperado. No vas a tener un vientre plano y musculoso, porque posiblemente, lleves 20 o 30 años de retraso en la práctica de ejercicio. Te puedes tonificar, pero no vas a ser así:

También tienes que entender cómo funciona el cuerpo. La grasa es su reservorio de supervivencia.

Esto se llama tener un objetivo realista. El objetivo general es “cambiar de hábitos en relación a la comida”. No adelgazar, que si tu objetivo es adelgazar, lo mismo te comes una mierda. Y pongo “en relación a la comida” porque también entran aquí otros factores. Lo mismo te tienes que poner medio firme con tu madre. O con la mujer de tu padre. O con tus hermanos en los cumpleaños de los sobrinos. O con el grupo de amigos que sigue yendo a la pizzería como si tuvieran 20 años. Ah, el entorno. O un trabajo en el que hay máquinas de vending y comida basura cinco días por semana. O lo que sea.

Una vez definido el objetivo general, como el cerebro no lo va a procesar porque las generalidades no le gustan, hay que definir objetivos concretos y medibles y pesables.

Esta semana quiero comer más fruta, verdura y semillas. Y para ello iré a comprar a la frutería, moleré las semillas y las guardaré en el frigorífico y me apuntaré echárselas a las comidas principales. Cocinaré el martes, que es la tarde que tengo libre, un par de platos con varias raciones que pueda congelar. Y lo haré cuando me termine el café de media tarde.

Y todo eso lo mismo hay que sentarse a escribirlo, porque escribir ancla las ideas. Escribir mola. Escribir es lo más.

Pero, ¿esto cuesta esfuerzo?

. No puedes cambiar tus hábitos, que es como quien dice, cambiar quién eres, sin esfuerzo. Tendemos al inmovilismo, a gastar poca energía y a hacer lo mínimo imprescindible. Si quieres estar sano, comer bien y hacer deporte y tener una vida activa, hay que renunciar a ciertos productos (no vamos a llamarlos alimentos) y a algunas tardes con el culo plantado en el sofá. Aquí, gratis, no hay nada. De hecho, cuesta más no comerse un bollo que comérselo, por mucho que le digas a tu cerebro que no te vas a comer el bollo. Porque nuestro cerebro está poco acostumbrado a las oposiciones, por lo visto. Nadie dijo que fuera fácil.

No tengo tiempo.

Sí lo tienes. Laura Vanderkam lo explica mejor que yo.

Créeme, lo tienes. Solo hay que definir las prioridades.

Si se te hace un mundo hablarte a ti mismo, escribir los objetivos, te quedas inmóvil en el sofá cuando sabes que deberías hacer deporte y que es, en teoría, una de tus prioridades y no sabes controlar los trastornos de ansiedad, ve a un psicólogo. Es ciencia y funciona.

La pregunta del millón es cómo sé que un psicólogo va a ser bueno. Eparquio Delgado lo explica mejor que yo en este artículo: Diez claves básicas para elegir un psicólogo.

Feliz año nuevo. Que sea feliz de verdad.

PD: Si hay algún psicólogo en la sala y ve que he dicho algo erróneo, que me lo diga, por favor.

¡Ah! Un villancico. Me falta un villancico. Este es mi favorito, pero decía que había que poner un pavo en la mesa… y James Taylor le cambió la letra:

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