Qué se puede hacer para cambiar los hábitos (I): La palabra y el corto plazo

Hace un par de meses, me caí con todo el equipo. De nuevo. Bueno, no me caí. Me fui cayendo. Lo bueno es que ahora veo si me caigo y cuán rápido y por qué. Aún tengo que tomar decisiones (seguir con la terapia, dejarla un tiempo, buscar otro profesional, yo qué sé, porque no me veo contando las mismas cosas de nuevo. O sí. O no. Qué pereza, Dios mío), que yo para las decisiones soy muy lenta a no ser que me dé un siroco y vaya a bocajarro y sin pensar. Que es, por otra parte, como hago todo en esta vida.

Hay que tirar de los amigos a veces. Sobre todo si tus amigos son profesores de Psicología en la Universidad. Y, en espera de tomar o no decisiones (qué pereza: ¿he dicho que me da pereza?), me puse a leer blogs de psicólogos. Podría enlazaros un montón de blogs o páginas profesionales mal escritas y que comienzan, más o menos, con todas las variantes de la frase: “Un día, Juan vino a la consulta porque se sentía triste“. Yo ahí dejo de leer porque me sale un sarpullido y me tengo que rascar. También me sale un sarpullido con la Programación Neuro-Lingüística, la Gestalt, y el psicoanálisis y, en general, con todas las áreas de las que hay estudios científicos demostrando su ineficacia. Y sí: he leído a Freud. Lo leí a los 13 años, de hecho. Y a Bloom hablando de Freud y Shakespeare un lustro después. Y me río mucho cuando Bloom dice aquello de que la alegorización freudiana de Shakespeare es tan insatisfactoria como las alegorizaciones foucaultianas, marxistas y feministas al uso, porque su teórica del resentimiento a mí me hace partirme de risa y llevarme las manos a la cabeza a partes iguales. Se lo perdono (relativamente) porque me enseñó a leer a Dickinson.

Pero yo no he venido aquí a hablar de literatura.

En ese proceso de tomar decisiones (que no sé si tomaré o no, o yo qué sé, porque aunque esto lo programe para después de la Nochebuena, ahora mismo es 9 de diciembre), me acordé de Ramón Nogueras, que fue el primer psicólogo que entrevisté para la radio. No fue una entrevista emitida como tal: fue un reportaje sobre libros de autoayuda que me encargaron, porque algunos de mis compañeros suelen encargarme temas pensando que yo estoy a favor de ciertas cosas, como de los libros de autoayuda, que es la cosa que más he odiado siempre en esta vida (mi jefe de informativos, en cambio, me conoce y me envía correos de Rafael Santandreu para que se me atragante la tostada), o como el porno para mamás a cuenta del libro ’50 sombras de Grey’, porque resulta que cuando salió, todos los medios de comunicación parecieron descubrir que a las mujeres nos gusta el sexo. Luego, claro, desmonto todo el chiringuito, porque busco otras fuentes más serias. Al fin y al cabo, el trabajo de un periodista es ese: buscar fuentes, saber cuáles son las mejores a las que tiene acceso, contrastar las historias de las que no conoces nada y armar un relato que sea honesto. Cuando no tienes a nadie a mano, le preguntas a los amigos. En este caso, a Ingrid. Si tengo que hablar de ciertos temas, yo le pregunto a Ingrid. Y si Ingrid me recomienda a alguien, yo le llamo. Así que le llamé. En el blog tiene una serie que se llama “De cómo nos jodemos la vida” que es muy reveladora. Además, el tío escribe bien.

A mí me pone la gente que escribe bien.

Lo sé porque, en este trabajo de investigación de “a ver qué hago con mi vida, que ya no me aguanto ni yo”, me leí el Sesgo de confirmación de cabo a rabo. Y eso me llevó (gracias Twitter) a Eparquio Delgado (si creéis que estamos enganchados al móvil, buscad sus entrevistas), María Xesús Froján (este texto no tiene desperdicio: pocas veces he orgasmado más leyendo algo), Eduardo Polín y Ricardo de Pascual (de Polín estoy a dos o tres tuits de enamorarme y, para cuando salga este texto, dentro de diez o veinte días, lo mismo ya me he declarado y todo). Y me he puesto a leer. Que tenía que haberlo hecho hace tres años, pero hace tres años yo no estaba para nada en esta vida.

La actriz Catherine Coulson portando su leño inseparable en Twin Peaks. Qué llorera me di cuando la vi en el último capítulo… Hay gente de la que te despides porque lleva contigo casi 30 años. Sí, yo vi Twin Peaks cuando comenzó a emitirse y he tardado 27 años en ver un “desenlace”. ¿Qué hace aquí? Sigue leyendo.

Somos lo que (nos) narramos/decimos

Nos pasamos el día contando historias y asumimos mil discursos diferentes. No actuamos igual con nuestros padres que con nuestros amigos que con la persona que nos queremos llevar a la cama. De hecho, nadie es lo que parece y las cosas no son lo que parecen, como decía Lady Log (AKA “la señora del leño”) en Twin Peaks. ¿No habéis visto Twin Peaks? Dejad de leer esto ahora mismo. Y, sobre todo, somos lo que nos decimos a nosotros mismos que somos. También somos lo que nos dicen. Si tus padres te han criado diciéndote que eres un inútil, un vago, un cerdo y que nadie te va a querer nunca, posiblemente crezcas pensando que eres un inútil, un vago, un cerdo y que nadie te va a querer nunca. La capacidad performativa del lenguaje es una de sus características más poderosas: es capaz de conformar la realidad y de que tú veas esa realidad tal cual tú eres y actúes en consecuencia. Eso también lo sabemos bien los periodistas.

Yo es que siempre…

A ver, ya. Siempre he hecho esto, siempre ha sido así, siempre he tenido ansiedad, siempre etc. Y es que mi entorno no va a cambiar. Ya. El mío tampoco. Pero espero poder cambiar las respuestas que le doy a ese entorno, porque yo parto de la base de que “lo mío” (mi ansiedad y mis otras cosas, que tengo otras cosas que no voy a contar en un blog aunque me torturen) es una respuesta adaptativa a ciertos estímulos que no puedo controlar. No puedo controlar los dos: ni los estímulos ni las respuestas. Si cambiamos las respuestas, podemos cambiar las conductas. Y lo que nos decimos a nosotros mismos. Y nuestro entorno, a veces. O, más bien, la relación que tenemos con nuestro entorno. Porque, al final, somos lo que nos narramos y somos lo que hacemos. Esto hay que aprenderlo y esto se aprende.

Se aprende previo pago de su importe: en terapia. No sé de nadie que haya cambiado conductas profundamente arraigadas (su relación con la comida, su ansiedad, su depresión, su falta de autoestima o los tíos mierdas con los que establece relaciones uno detrás de otro) sin ayuda profesional. Bueno, sí: el único libro que funciona como una terapia es este: Sentirse bien, pero hay que hacer los ejercicios. No puedo decir cómo está, porque no lo tengo. Los de Planeta, que lo mismo editan maravillas de estas que otras muchas mierdas acientíficas, lo han metido en el apartado de Autoayuda. Si hay uno de Historia, Matemáticas y Ciencia, debería haber uno de Psicología, pero en fin. Ahora todo es autoayuda y coaching y mindfulness y encontrarse a sí mismo y si quieres puedes y si no puedes es que no has querido lo suficientemente fuerte. En qué momentos nos volvimos tan lerdos ya no lo sé. Lo mismo las sobredosis de homeopatía que llevamos p’al cuerpo tienen algo que ver.

Cocinando boloñesa de tempeh un domingo a las diez y media de la noche

Y no se trata de fuerza de voluntad. Lo de la fuerza de voluntad es una patraña que solo os va a causar sufrimiento: si no te comes el brócoli nada más aunque haya una tarta ahí al lado y tú estás muerta de hambre y al final te comes la tarta, es tu puta culpa, porque eres una débil que no tiene fuerza de voluntad. Eso me lo han dicho a mí 800 veces. De hecho, la primera vez que una amiga mía me dijo que no podía ponerme a dieta porque no tenía fuerza de voluntad, perdí 14 kilos. Luego los gané, los volví a perder y así, un yoyó hasta que fui a una nutricionista y a otra y a otra y…

Adherencia

Durante todo este tiempo he cambiado muchas conductas: ya no uso azúcar en el café, he comenzado a hacer deporte, tengo una vida activa. Yo. Doña culo plantado en el sofá. Mantengo un blog de cocina. Cocino. He cocinado hasta con depresión y arrastrándome. Como verduras. Como hasta fruta, coño. Quién me ha visto y quién me ve. También he cambiado otros comportamientos y otros modos de actuar con el resto del mundo, los amigos, el entorno laboral. Adopté gatos.

Pero no he cambiado otras cosas. Por qué. Porque los primeros 20 kilos son los fáciles de perder. Y, cuando el objetivo está lejos, que son otros 20 kilos más, tu cerebro peta y no lo procesa porque nuestro cerebro está acostumbrado a los plazos cortos. Cortísimos. El mío, cortísimos. Tú a mi cabeza no le puedes decir: “El año que viene pesarás 65 kilos”. Tú a mi cabeza le tienes que decir: “Ahora te vas a levantar de la silla y vas a ir al baño sin mirar los pasteles. Y al salir del baño mirarás la máquina de vending que tienes justo enfrente y no vas a comprar nada”. Y a los 10 minutos le dices: “Ahora vas a ir abajo a por tu media mañana, abrirás la nevera, la subirás y, mientras redactas las noticias, te comerás la manzana con leche de soja, semillas de chía y nueces y vas a comértela más lentamente que otras veces”. Y, cuando se acaba la manzana y aún es la una y media y te queda una hora para bajar a comer, tienes que decirle: “Esta sensación que tienes no es hambre, porque tu estómago está lleno, así que no vas a levantarte a comprar nada”. Y traen pasteles y le dices: “Como te has comido tu manzana, no vas a comer pasteles ahora”. Y al cuarto de hora le dices: “En el próximo cuarto de hora tampoco vas a comer pasteles”.

A otra gente le basta con un: “Hoy no vas a comer pasteles”. Yo me tengo que hablar mucho. Al cerebro se le dan órdenes concretas, medibles y cuanto más detalladas mejor. No es “voy a ponerme a dieta”. Es “hoy he de sacar la sopa de verdura y la soja texturizada del congelador para tenerlo todo listo mañana por la mañana y poder comer en el trabajo”.

Otra foto de mi trabajo un día cualquiera. Creedme: tengo miles.

Hay otra parte del cerebro que también habla, ojo: “Los pasteles están muy ricos y son de esa pastelería que te gusta. Mira ese pastel de chocolate. Coño, hay hojaldre, con lo que te gusta a ti el hojaldre. Y trufa. Y mira, la moka. Dios, moka. Total, por un día. Pero si sabes que al final te lo vas a comer”.

Porque ahí estás tú, hablando contigo misma y con tu otra personalidad. Y, cuando el “si sabes que te lo vas a comer” es más fuerte que el “no te lo vas a comer” porque resulta que lo primero ofrece una gratificación inmediata y lo segundo (sobre todo cuando en tu trabajo hay pasteles día sí y día también) te hará adelgazar (en teoría) y te hará adherirte a unas pautas de comida sana y que no te hinche ni haga que te duela la barriga, pero solo Dios sabe cuándo, pues te lo comes. Porque has perdido el objetivo que tu cerebro se marcó y piensas a largo plazo y la cabeza eso no lo aguanta. No la mía: creo que la de todo dios. El objetivo no es “voy a perder 20 kilos este año”. Es: “este próximo cuarto de hora no me voy a comer los pasteles”.

Pero, para tener un objetivo, hace falta un porqué.

Sí: se escribe junto.

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4 thoughts on “Qué se puede hacer para cambiar los hábitos (I): La palabra y el corto plazo

  1. Muy raramente leo cosas que me hagan sentir tan dolorosamente identificada. Tomo nota del libro Sentirse Bién, dudando de si tendré el ánimo de hacer los ejercicios, dudando en realidad de si pasaré de la segunda página.
    En todo caso decir que escribes bién (diría que me pones si no llevará yo una temporada tan de bajona). Es un gusto seguirte, te deseo lo mejor y que des muchos pasos adelante en tu progreso.

    1. Ya contaré, porque al final sí busqué a alguien que espero que me pueda ayudar. Primero, busca el libro. Luego, da al cerebro la orden de abrirlo, concreta y medida: “Cuando llegue a casa, me pongo un café y leo”. A ver si funciona. Muchos muchos besos.

  2. Ni siquiera sé muy bien qué decirte, leí tu post el otro día desde un banco de una plaza al sol en tu tierra, ahora te releo y te mando ánimos. Tener claro el objetivo también es un paso importante, y detectar el problema, hay gente que no lo veo y otra mucha que no quiere verlo. Detesto los libros de autoayuda, el coaching y a Rafael Santandreu, aunque no sé si en este orden.
    Yo tengo mis propias luchas, afortunadamente di con una estupenda loquera (yo la llamo así) y voy bien encaminada. Tomo nota de lecturas que citas en tu post.
    Un abrazo.
    Por cierto, qué difícil ser vegano en tu tierra.

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