La comida emocional y el entorno

Os presento al enemigo de mi veganismo. Esto es lo que hay, con sus muchas variantes, un día cualquiera en mi trabajo. Poned donuts, bombones, magdalenas, surtidos, napolitanas… Porque es el cumpleaños de alguien, porque es el santo de alguien, porque se despide un becario, porque una becaria se va, porque alguien ha pasado por la pastelería, porque otro tiene galletas en casa y le van a caducar, porque otra vez cumple años quien sea, porque es martes, porque es viernes y hoy es fiesta y compramos churros.

Yo tengo ansiedad. Diagnosticada en dos charlas informales, vale. Pero es que las charlas eran con mi médica de cabecera. Y oye, una se fía de su médica, qué cosas. Total, que si bien mi cerebro tardó cuatro años en hacer el cambio y pasar de una dieta carnívora a una vegetariana, y ya miro el chorizo (porque no solo hay pasteles: también hay jamón y chorizo y salchichón y patatas fritas) y no lo como (y yo adoro el chorizo, ojo, aunque lleve no sé cuántos años sin comerlo), lo demás no ha resultado. Resulta el 90 por ciento del tiempo, pero el veganismo, ya lo sabemos, exige pureza. No comer pasteles con mantequilla y huevo y nata porque resulta que tienes taquicardia y están al lado de tu mesa con todo el olor de la canela dándote en la pituitaria y de pronto lo mandas a tomar por culo todo, porque el cerebro es así. El cerebro se va a lo conocido. Y lo conocido es el sabor de los pasteles de esta pastelería, que, por cierto, están que te cagas.

Con toda su harina refinada, su nata grasienta, su mantequilla y sus huevos baratos, porque no creo que ninguna pastelería vaya a tener huevos de campo en la puta vida. No sería rentable.

Pasteles
El entorno

No me he comido ni un pastel de esa caja. Viva yo.

Lo mismo repito ideas del post anterior, porque tengo una gata paseándose por el teclado (Ororo, quién si no) y me da miedo abrirlo por si me lo descogorciona.

Comida emocional

En infinidad de mensajes de blogs de internet, de psicología, de coaching nutricional (tengo mis reservas con todo lo que lleve la palabra coaching por delante) y de experiencias personales, se define el hambre emocional como repentina, urgente, que desea comidas específicas (generalmente, mierdas), que no sacia cuando comes y siempre quieres más (¡esa soy yo! Con una bolsa de quicos no tengo bastante. Han de ser tres. Y son tres porque las como casi cuando van a dar las dos y media de la tarde, que es el tiempo que tengo en mi trabajo para comenzar a comer: a las dos y media salgo del estudio y voy disparada al comedor. Si no, serían más) y que luego genera culpa, frustración y esa sensación de que no controlas la comida, de que eres una puta enferma ansiosa y de que no vas a poder adherirte a una dieta con estos picos de estrés diarios.

La peña, como es así de bienintencionada, da consejos. Algunos de los más comunes son:

  • Escribe lo que sientes cuando comes. No tengo nada en contra: escribir te saca de ti mismo: lo sé bien: escribo desde que puedo empuñar un bolígrafo. El primer castigo que me impusieron en casa fue no entrar en lo que llamamos “el cuarto de la plancha”, que es donde yo me enclaustraba, con una libreta, una pluma y varios libros: tenía siete años. El problema es que yo no siento nada, solo pulsión. Y no tengo tiempo de ponerme a analizar justo en el momento y ya sabemos lo que hace la memoria.
  • Da un paseo. Tampoco tengo nada en contra. Pasear es bonito, respiras aire puro, piensas con más claridad y te mantienes activo (aunque no, no adelgazas paseando). El problema es que te mandan hacerlo cuando tienes el pico de ansiedad. Y yo lo tengo en el trabajo cuanto más trabajo tengo. No me puedo ir a pasear.
  • Haz flexiones. Machácate vivo. Ay, no veo la hora en la que yo pueda volver a hacer flexiones… y a estirar el brazo por encima de mi cabeza. Ahora no puedo, me he jodido el tendón del hombro. Duele horrores. Pero tampoco me puedo poner en el trabajo a hacer deporte.
  • No compres productos insanos. Bien: no los compro. Los llevan mis compañeros, todos los días a todas horas.
  • Ponte música relajante. A mí la música relajante me carga los nervios y trabajo en radio, con lo cual he de escuchar entrevistas o declaraciones. No música.
  • Ponte a dibujar. No puedo pararme a dibujar tampoco.
  • Y un puñado de cosas así. Todas se resumen en cambiar de actividad, salvo la de no comprar productos insanos, que podríamos definir como ‘evita la tentación‘. Pero a veces no puedes cambiar de actividad.

Problemas:

  • Dan por hecho que estás en tu casa o en un entorno controlado. Yo en mi casa no tengo problemas. Los tengo “fuera de”. En casa de amigos, en restaurantes, en el trabajo. En ese trabajo con dos máquinas de vending llenas de guarrerías y con muchísima oferta.
  • Comer patatas o quicos es algo que puedes hacer mientras haces otras cosas. En mi caso, mientras trabajo, saco cortes de voz (un corte de voz es eso que oyen en un informativo: “Escuchamos a Barack Obama”, dice el locutor: y salen 20 segundos de la voz de Obama: eso hay que extraerlo de una intervención más larga, con un programa para acotar audios). Obviamente, no puedo ponerme música relajante. Y, además, la música relajante a mí me levanta taquicardia igual, tan lentita, tan coñazo. Ni me puedo poner a dibujar ni a hacer deporte ni a nada que no sea el trabajo.
  • Y, además, ya os he enseñado una foto, pero puedo enseñaros varias más, mi ambiente de trabajo es lo más obesógenico del mundo, si exceptuamos una pastelería.

    Donuts
    Donuts de otro día

Luego están ya los mensajes cachondos: uno de mis preferidos es “escucha a tu cuerpo“. Mi cuerpo, como el de todos, pero el mío más, que para algo tengo colitis ulcerosa, produce borborigmos y tiene gases. Mi cuerpo quiere desayunar tarta de zanahoria y merendar bolo de bolacha (que es una tarta portuguesa maravillosa, con sus galletas y su crema de moka y su azúcar y su tó). Es mi mente la que pide, en lugar de las tartas (que las hay donde voy a desayunar) su tostada con sus rodajas de tomate (porque mi mente sabe que las rodajas son mejores que el tomate refregao), aceite de oliva virgen extra, pelín de sal y café con leche de soja. Si estáis por Mérida, el Costumbres Argentinas tiene uno de los mejores cafés de la ciudad. Y es mi mente la que, aunque yo era de las que me echaba sobre y pico de azúcar, pudo ir, como las yonkis, echando cada día un poquito menos de dosis, para tomar el café a pelo ahora. Y por eso sé que, en el Costumbres Argentinas ponen uno de los mejores cafés de la ciudad: porque el azúcar enmascara los sabores.

Desayuno en el bar Costumbres argentinas
Desayuno en el bar Costumbres argentinas

Estrés

Mi trabajo es un trabajo altamente estresante. Ya está. Cuando no hay imprevistos, hay un montón de horas límite todos los días: a las 8:57 yo tengo que tener tres minutos de noticias, con sus cortes de voz y sus músicas hechos, para contarlos en un informativo. A las 14:28, una noticia. A las 15:29 un avance del programa que haré de 15:30 a 16:00. Y el programa, claro. Y las entrevistas. Y una rueda de prensa. Y un “sácame esto de esta entrevista porque no tenemos gente”. Y pasteles a todas horas y taquicardia y un cerebro que te dice: come, come, come, si ya sabes que vas a comer, pues come una bolsa nada más; bueno, come otra y venga, si total ya te has comido dos y mañana ya te pones de nuevo y todo el cortisol ahí, dando por culo y haciendo que las comidas con grasa y sal y azúcar (que son los tres productos estrella que le pone la industria alimentaria a absolutamente todo) te sean más apetecibles que la manzana con leche de soja, nueces y semillas de chía que tienes en el frigorífico del trabajo… o que justo te has acabado de comer. Porque sí, señores: yo me puedo comer medio kilo de fruta y luego, pimplarme 120 gramos de quicos, que son como 800 calorías de mierda. Porque no tienes hambre. Tienes impulsos, ansiedad y respuestas aprendidas. Y taquicardias.

Entonces, ¿esto no tiene arreglo? 

Sí, sí lo tiene.

La mala noticia: el arreglo hay que trabajárselo. Nadie dijo que cambiar conductas fuera fácil.

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4 thoughts on “La comida emocional y el entorno

  1. Ayyyy la ansiedad… Que mal te hace sentir, tan culpable, hasta inútil por no poder controlar lo que comes… Yo llevo unos mesesitos a tope de ansiedad, desde este verano… Y es que a mí no me hace falta un ambiente obesogenico (mis condolencias por ti), a mí con llevar ya más de 20 meses sin dormir del tirón ya me vale… A mí el que mi hija se despierte 5 o 6, o 12 veces por noche, con su teta para volver a dormir, y que antes de su tratamiento fueran 22 o más, con eso tengo más que suficiente. Que sean las 00.00 de la noche y aún no se haya dormido. Que a las 09.00 de la mañana toque diana con todos esos despertares de por medio. Que ya, además, haya días que ni siquiera se eche la siesta, cuando ves a tantos bebés dormidos por ahí en sus carros, y tú con ganas de cortarte las venas. Que tu cuñada te diga “quería ir a verte, pero mis hijos (años mayores que la tuya) a las 20.30 están dormidos” me dan ganas de asesinar a cualquiera… Saber que no puedo tener ni una sola noche de vacaciones. Que tengo que seguir así día tras otro hasta que la niña cambie. Leer luego posts en blogs de maternidad que escriben sobre lo bien que duermen sus hijos gracias a la rutina del baño… que se lo han currado dicen…ya me gustaría a mí ver a más de uno con el cúmulo de noches que yo llevo, sin haber tirado a su hijo por la ventana, y además queriéndolo a tope. Confiando en un absurdo baño para dormir del tirón. Que se lo digan a una madre que ha tenido dermatitis en los pezones, precisamente porque no te los sueltan en toda la noche… Que tus amigas te digan que los suyos duermen 11 horas del tirón y que luego se echan dos siestas con dos años 😰 Y luego están las de si se quiere se puede! No importa que seas madre 24 horas, si quieres puedes hacer deporte, cocinar casero a diario, llevar todo para adelante… Con la niña en la espalda obvio, porque estoy sola, sin abuelos ni na de na. Que tengo pánico a caer enferma porque quien iba a cuidar de mi niña? Y de mí? Mi marido no llega a casa hasta las 20.00 de la tarde! A tope de estrés también que está, llevando un gran equipo de personas en su trabajo… En fin, que bastante que no petamos. Feliz Navidad!!

    1. Ay, un amigo mío decía que le pasó lo mismo, que los hijos de sus amigos dormían y él: “Pero me ha tocado la única que no duerme o qué”. La falta de sueño hace estragos, cariño…

      Por cierto, eres amiga de una amiga mía!!! MUY FUERTE.

      FELIZ NAVIDAD.

  2. Lo del ambiente obesogénico de tu trabajo es la leche. Yo trabajo en un insti y es cierto que a menudo también hay celebración. A mí mi intolerancia a la lactosa (que llevan casi todas estas cosas) me pone fácil la huida, así que acabo en el bar de la esquina con mi integral con tomate y aceite.
    Ay, no quiero olvidar él gracias por lo de la leche en polvo, que me acompaña en mi bolso a todas partes, aunque en algunos bares y también algunos familiares míos lo flipen bastante. Hoy en un bar me quisieron calentar el tarrito con los polvos.

    1. La cuestión es que tengo que aprender a manejar el entorno. Yo soy muy consciente de mis cosas. De las que aparecen aquí y de las que se cuentan a los amigos, pero no en un blog. A ver qué tal va todo el año que viene.

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