El batiburrillo: regla, ansiedad, estrés, comida emocional y bombones

Menstruación
Moderna de Pueblo..

El otro día, un nutricionista (supongo que sería UNA nutricionista, pero ahora no recuerdo quién), preguntaba en Instagram si las Navidades nos causaban ansiedad. A mí todo me causa ansiedad en esta vida, excepto estar en mi casa. Y las Navidades, ahora que voy perdiendo peso paulatinamente y con mucho esfuerzo (bueno, escribo esto el día que me he comido todos los bombones del planeta, pero ahora iremos ahí), me causan más estrés del que me han causado nunca.

Yo sí sé qué comer

De verdad de la buena: yo sí sé qué comer. Cuando el resto de la humanidad me dice: “No, si comer sabemos todos”, yo me río, porque sé que piensan que la verdura es el tomate frito de bote con el que han hecho el pollo que se van a pimplar, sin una ensalada ni nada. Y no han visto un arroz integral ni en el lineal del supermercado.

  • Sé que tengo que comer verduras al menos en las dos comidas principales. Muchas. Y muchas son, mínimo, 250 gramos-300 en cada ingesta. En el desayuno también la como, porque me pido tomate a rodajas. El tomate, mejor a rodajas que rallao en el pan.
  • Sé que he de comer fruta también y, como la fruta no me gusta, creo estrategias: mezclo manzana o mango o caquis o pera (fruta que jamás me comería sola) con leche de soja, semillas de chía, especias y frutos secos y me las llevo en un tupper. La fruta nunca pesa menos de 200 gramos tampoco. Si las manzanas son pequeñas, pongo dos.
  • Sé también que mi ingesta proteica ha de basarse en legumbres (legumbres tal cual y tofu y tempeh y soja texturizada) y que es innegociable en las comidas principales. Y que el seitán tiene bajo valor biológico, pero está rico, así que lo como de ciento en viento. Y de ciento en viento es de ciento en viento. Creo que hace 8 meses o así que no lo pruebo.
  • También sé que los hidratos son prescindibles pero que, de tomarlos en forma de cereales (no hablo de patatas o boniatos), han de ser integrales: arroz y pasta integral y añadimos quinoa, mijo, bulgur integral y avena integral y compañeros mártires.
  • Sé leer las etiquetas del pan y que, cuando pone “harina de trigo” y “salvado”, por muy marrón que parezca, de integral no tiene nada. El resto de las etiquetas no las leo casi nunca, porque…
  • No compro, normalmente, productos altamente procesados insanos. Compro productos procesados: aceite de oliva, soja texturizada, tempeh, tofu. Cuando los compro, que sí que compro morcilla de Veg-In porque nunca he hecho morcilla vegana aunque siempre me digo que tengo que hacerla (sí, cada uno tiene sus contradicciones), leo los ingredientes: si tienen grasa como primer ingrediente, como los quesos veganos estos horribles, paso. Por muchas ganas que tenga de comérmelos. Que tengo ganas.

Si yo comiera lo que sé que tengo que comer, tendría un cuerpazo de la hostia. O NO. Porque ocurre esto: hay un sinfín de variables que influyen en que estemos gordos, desde la aceptación social de la obesidad (siempre que no sea mórbida) hasta la abundancia de empleos sedentarios, el nivel cultural y económico (las clases sociales más bajas son las que tienen más problemas de sobrepreso), la presión de los medios de comunicación (e internet es un medio de comunicación), si te han amamantado o no, tu actividad física, la dependencia del transporte motorizado y tu cuerpo: dónde está tu nivel de saciedad, si controlas el apetito primario o no… (por cierto, no he encontrado qué es el apetito primario). Etcétera.

Lo publicó la administración del Reino Unido. Os confieso que no lo he leído entero porque me mareo. Solo he leído los cartelitos y me he saltado las flechas.

También sé cuáles son mis problemas con la comida. Os los puedo resumir:

  • Tengo un trabajo altamente estresante todos los días, con horarios marcados. Hay trabajo que tiene que estar hecho a determinadas horas (cuatro, cinco o seis al día). Es decir, no hay descanso: no es un “puedo hacerlo mañana”. A las 8:57 yo tengo que tener hechos tres minutos de noticias culturales, a las 14:28 tengo que cerrar un informativo, a las 15:29 también y a las 19:58 ha de salir otra noticia mía. Más las cosas que surjan diariamente: entrevistas, ruedas de prensa y demás. A veces con media hora para preparar una entrevista con un compositor de música clásica contemporánea española del que no has oído hablar en la vida porque, oh, horror, no estudiaste en el Conservatorio salvo hasta Primero de Piano. Y, además, un programa de media hora de duración diaria que tiene que salir en antena sí o sí.
  • El estrés me crea ansiedad. La ansiedad se manifiesta de la siguiente manera: me entra taquicardia (a veces fuerte) y pienso: “Comer, comer, comer, comer, comer”. Me la quito como las yonkis. O como o salgo a fumar. Porque yo fumo. Y no debería, pero si no fumara, no habría máquinas de vending en el mundo suficientes para mí. Porque yo no me como una bolsa de quicos. Yo me como tres. Y luego cae una de patatas. Y luego una chocolatina. Y luego cojo un dulce de los que hay al lado de mi mesa. Y el día que escribo esto habían llevado bombones de chocolate negro y creo que al décimo que me he metido en la boca he dejado de contar. Y todo eso lo he hecho después de haberme comido 300 gramos de manzana con canela, 10 gramos de semillas de chía, 20 gramos de avellanas y 120 gramos de leche de soja, porque yo peso las cosas. Porque, si no las peso, no sé controlarme. Me digo mil veces al día que no voy a comer, se me dispara la taquicardia, sigo sin comer mierdas, se me vuelve a disparar, me levanto y compro, me digo que una bolsa nada más cuando sé que van a caer tres, se me quita la taquicardia, me meto una Coca-Cola también porque no hay bastante con los quicos, me duele la barriga, tengo gases y llega la culpa. Esto ocurre a menudo. Al menos seis veces al mes. La última semana de septiembre, resistí. Ha sido la única.
  • No solo el estrés me crea ansiedad. Todo lo que sea estar fuera de mi casa me crea ansiedad. Y “fuera de mi casa” implica: restaurantes, casas de amigos, casa de mi madre, estaciones, plazas y cualquier lugar del mundo que os podáis imaginar. No como en el gimnasio porque voy a hacer deporte: si no, comería.
  • En mi trabajo hay dulces día sí y día también. Hoy había dos tartas caseras y una caja de bombones. Ayer había bombones de Bélgica. Por la tarde hay galletas: siempre. Pero yo, menos mal, salgo del estudio y me largo a las cuatro de la tarde.
  • Una vez al mes, viene la regla. Mi regla es Dios: es todopoderosa. Dos días antes de que llegue, o cuatro, depende, puedo matar a quien sea. O me hundo en la miseria más miserable. El día que llega y que me muero de dolor, me comería todo el chocolate de la tierra: de ahí los diez o quince o veinte bombones que me he pimplado. A mí el chocolate me gusta, pero el resto del mes me da igual. Tengo una tableta de chocolate en casa desde agosto. No la he tocado. Porque está en mi casa y yo en mi casa no tengo ansiedad. Eso sí: recordad: hay ambiente obesógenico en el trabajo. Los bombones. Los bizcochos. Los dulces. Y tú ahí, con la regla, muriéndote de dolor, con una bolsa de agua caliente en los riñones, sin que te haga efecto el naproxeno, porque a mí los analgésicos no me hacen efecto (amo esa frase: “Pero si esto tumba a un caballo”. A un caballo sí, pero a mí no), trabajando con todas esas horas límite en el horizonte, escribiendo como si no hubiera un mañana, preparando entrevistas rápidamente… y con todo eso al lado de mi mesa y la máquina de vending al lado del baño. Que aunque no quieras verla, la ves. Porque podría estar escondida. Pero no lo está. Me he llegado a plantear si podría aguantar ocho horas sin hacer pis. Pero, como bebo 3 litros de agua en el curro, no puedo. La respuesta de mis compañeros, que de industria alimentaria, capitalismo, biopolítica y mecanismos de ansiedad no saben una mierda, es que nadie me obliga a comprar y yo compro porque quiero. Y, mirad, yo no tengo fuerzas ya para educar a la gente. Ni edad. Ni salud.
  • Entonces, cuando me hablan de comida emocional, de fuerza de voluntad versus disciplina y de decirse a uno mismo que él puede controlarlo, a mí me da la risa. Porque a veces se puede y a veces no. Y ojo: yo voy a terapia. Que en la comida no nos hemos centrado porque yo tenía tantas cosas que arreglar antes, tantas putas conductas aprendidas (que durante los últimos 38 años serían muy funcionales pero ya no me valen una mierda) que no me he centrado en eso.
  • Me he llegado a plantear hacer una terapia específica con alguien solo de comida, pero las terapeutas que hablan de comida en el Instagram (sí, hay profesionales en Instagram y se divulga allí: es el peor medio del mundo, pero como a todo el mundo le ha dado por él, qué hacemos) hablan también de reconectarse con una misma y de comer con calma y amor por tu cuerpo y a mí eso me suena muy new age y me salen sarpullidos. No me creo ese tipo de mensajes. Yo sé que hay peña muy Paulo Coelho por ahí a la que estas cosas les funcionan. Y también les funcionan las variaciones del mensaje tipo: “No intentes ser perfecta”, “Permítete fallar”. Pero como yo no intente ser perfecta, me como tres bolsas de patatas cuatro veces por semana, coño. A mí lo único que me funciona (a veces: otras veces asalto la máquina) es ese ejercicio tan jodido y tan horrible de ejercer violencia sobre y contra mí misma y pasar el mono a pelo. Porque esto es un mono.
  • La terapia es como la pérdida de peso: no es una línea continua descendente: a veces estás arriba, otras abajo, otras eres poderosa y otras eres una puta mierda. Porque hay que trabajar. Y a veces el proceso es doloroso y a veces ves los cambios en los comportamientos que se han producido en tu vida y dices: chapeau. Con lo que era yo antes. Y luego viene otra cosa y vuelves a comportarte como anteriormente porque el comportamiento adquirido desde pequeña es más fuerte que el aprendido (al menos en mi caso y por ahora), pero al menos lo detectas.
  • Porque, sí: la clave está en cambiar conductas.

Y a eso vamos.

Para suscribirte...
Muchísimas gracias

8 thoughts on “El batiburrillo: regla, ansiedad, estrés, comida emocional y bombones

  1. Mis problemas son diferentes en ciertas cosas (¡¡cómo no puede gustarte la fruta a palo seco!! aún no lo he superado) pero te entiendo muy bien. Yo he tenido (y tengo) TCA y sé lo que es la ansiedad, no poder controlarse, saber muy bien qué es malo para ti y sin embargo seguir haciéndolo, aguantar un entorno que solo pone las cosas más difíciles…
    Yo también huyo de los mensajes de Mr. Wonderful y similares, a mí al menos sé que no me funcionan en absoluto. Y hay mucho charlatán por ahí.

    Solo puedo mandarte muchos ánimos!! Y fuerza. Siempre.

  2. “Peña muy Paulo Coelho”. Me parto 🙂
    No sé qué decirte, sólo que mucho ánimo y que estas cosas son siempre procesos muy largos de pasos muy pequeños… así que a por ello.

  3. Hola hola- llevo años leyendo tu blog y me ha encantado siempre, pero esta vez te quería escribir porque me he identificado un montón con lo que has compartido y también porque pensé que te podría interesar algo que he estado investigando desde un tiempo atrás. Se llama Bright Line Eating y lo ha desarrollado una doctora en ciencias cognitivas con especialización en la adicción. Yo me he prometido pagarme uno de sus bootcamps porque lo que propone me parece sumamente coherente, aunque difícil. Pero ya que parece que compartimos una afición por la perfección, pues aquí lo tienes: https://brightlineeating.com
    Eso sí- está todo en inglés 😕 me interesaría saber qué opinas…
    L

    1. Yo soy hipermegacientífica, hija. Si leo una historia personal en un blog en lugar de “Fulanito es psicólogo” (que es el único que puede ayudar con estas cosas) y, sobre todo, es “psicólogo y está especializado en X terapias”, y si esas terapias están demostradas científicamente, con sus estudios, sus grupos de control y sus leches, yo tengo algo medible a lo que aferrarme y puedo pedir explicaciones. El único aval de esta señora es que perdió peso.

      El objetivo no es perder peso. El objetivo es cambiar de hábitos: el peso, puede que se pierda o puede que no. Y para eso, hay terapias demostradas científicamente que funcionan en menos de 20 sesiones. Y son personalizadas. Yo, gastarme el dinero en esto, cuando puedo ir a un coginitivo-conductual o un conductista, no lo veo.

  4. Reconozco que los vídeos con testimonio no son motivo de creerle nada a nadie ni despiertan ganas de darle tu dinero a nadie. Pero esta señora es precisamente un Adjunt Professor of Brain and Cognitive Sciences en la Universidad de Rochester, y se dedica a la investigación científica ratificada por la comunidad científica y no por conglomerados con intereses económicos. Ella defiende sus recomendaciones con ciencia y lo presenta en su libro de una manera accesible, pero no sin cierto rigor. Eso es su aval, no su testimonio, que es solo marketing.

    Su lógica no es: “como esto me valió a mí, a ti también te puede valer. Dame tu dinero y veremos.” De verdad, si lo que te va es la ciencia, échale un vistazo a su libro porque a ella también es lo que le va.

    Y es mas, a mí también me sobran las dietas y las modas y las bobadas. Y también soy científica, con un grado de la Universidad de Cambridge y un posgrado en la Universidad de Oxford.

    En fin, pareciera que me estuviesen pagando por convencerte, pero tal suerte no tengo. Solo que me ha parecido un poco precipitado tu rechazo.

    1. Sí, porque me metí en “Quiénes somos” y vi un montón de fotografías de gente con formación en muchas áreas pero no en psicología o lo que sea. Prometo no darle a los clicks tan rápido la próxima vez.
      Miraré su libro: me he suscrito y así, cuando tenga tiempo (que ahora mismo no), me leo el correo que me manden.

      ¡Muchas gracias! (Qué bien escribes).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Estoy harta de spam... :) *