El gusto se educa

Fue a Pablo Zumaquero a quien le leí que cómo pretendíamos que los niños comieran verdura si habían desayunado Cola-Cao con galletas y se habían comido una palmera de chocolate después: llevaban toda la mañana conduciendo un Masseratti y querían colocarle un Panda para comer.

El último trozo de turrón de chocolate que probé hace dos años me hizo pararme a la mitad y decir: “Ay, mamá”. Mi madre, preocupada porque lo acababa de comprar, me preguntó: “¿Está malo?” “No, estropeado no está. Es que sabe… Bueno, sabe a lo que es: chocolate malo con grasa mala“. Yo antes no aguantaba el chocolate negro. Ahora, si es al 70 por ciento, ya me parece poco.

Galletas, pastas y alfajores en la pastelería Nucha de Buenos Aires
Galletas, pastas y alfajores en la pastelería Nucha de Buenos Aires

Las pasadas Navidades, inserta ya en mi vegetarianismo, chupé una cuchara con el paté de jamón que había preparado mi cuñada. Aquello fue como comer sal. Y ojo: yo sal sí uso. Soy muy pro-sal en esta vida, porque la comida ha de estar sabrosita. No me gustan las cosas saladas, pero sosas no las aguanto.

No recuerdo cuándo, decidí abandonar el azúcar añadido… en el café. Sigo cocinando (muy poco) con azúcar (sirope de arce, te amo. Amo hasta tu historia), no hago muchos dulces (solo para regalar de ciento en viento: ni siquiera he estrenado mis cortadores de galletas y tengo más de los que me caben en la cocina), pero comencé, como las yonkis, a tomar el café sin echarle el sobre que le metía antes. O sobre y medio, a veces. En tres semanas me lo quité. Descubrí, a mi pesar, que el azúcar enmascara mucho y que vaya mierda de cafés que sirven los bares en España, salvo honrosas excepciones. Y también que el café amargo, solo, sin azúcar, cuando es bueno (gracias al Costumbres Argentinas de Mérida y gracias a quien corresponda porque he nacido en La Raya; gracias, Portugal), es lo mejor del mundo. Y más: que, cuando me he equivocado (una sola vez) y lo he bebido con azúcar, no he comprendido cómo demonios me podía a mí gustar eso.

Café, en Sevilla, hace siglos.
Café, en Sevilla, hace siglos.

Yo era de las de “nunca existirá un dulce lo suficientemente empalagoso para mi paladar. Si te raspa en la garganta de dulce que está, es bueno”.

Sigo pidiendo postre. Porque yo, fuera de casa, tengo problemas con cualquier cosa hipercalórica que me pueda llevar a la boca. Mi ansiedad va por delante de cualquier otra cosa. Estoy mejorcita, pero hay cosas en las que no me fío ni de mí misma.

Qué malo es conocerse.

Tarte du sucre, en Quebec, Canadá
Tarte du sucre, en Quebec, Canadá

Siempre pienso que no avanzo en esto de aprender a comer, una tarea en la que llevo inmersa… cuatro años, creo. Aprendiendo y desaprendiendo. Luego, cuando me miro a mí misma con menos dureza, pienso que sí, que me sobran kilos, pero que la chica que se hacía un filete a la plancha y, de vez en cuando, se acordaba de que existían los tomates, no es la misma que desgrana guisantes, pone a macerar tofu, cuece lentejas para hamburguesas, compra acelgas (yo, comprando acelgas) y coles de Bruselas (yo, comprando coles de Bruselas), prueba bok choy (yo, probando verduras nuevas) y le da oportunidades hasta a los pimientos.

Tampoco es la misma que ve carritos de la compra ajenos en el supermercado, con sus pizzas prefabricadas, sus nuggets, sus empanadillas y sus lasañas precocinadas y piensa con horror en la industria alimentaria. Ni la misma que no comprendía cómo la gente podía hacer tomate frito casero cuando existían botes de tomate en el supermercado y que ahora dice: pero si se tarda nada y menos y la mayor parte del tiempo te lo puedes tirar delante del ordenador…

Y, sobre todo, no es la misma que necesitaba “sal, azúcar, grasa” para que le gustara la comida. Leed el libro que enlazo. Es de Michael Moss y su portada española es una mierda, pero lo de dentro es demoledor.

La portada americana es más bonita
La portada americana es más bonita

Ganó el Pulitzer con él. Este trabajo es puro periodismo.

Qué envidia me dan los periodistas que hacen periodismo. Pero ese es otro tema.

Llevo dos meses sin asaltar la máquina del trabajo. Sí, esa máquina en la que venden patatas y eso.

Viva yo.

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8 comentarios en “El gusto se educa

  1. ¡¡¡Enhorabuena Olga!! Yo también ando con esa lucha “contra” la máquina del trabajo. Recientemente me dí cuenta de que la fórmula explosiva era grasa+azucar, porque a mí las cosas muy dulces no me gustan, entonces, ¿porqué me derrito por un gofre? Me apunto el libro que recomiendas.
    Un beso guapa

  2. ¡¡Enhorabuena por lo de la máquina del trabajo!! 🙂 Me ha gustado mucho tu post porque me he visto completamente reflejada en él, sobre todo con lo del café y el chocolate, y eso que yo nunca he sido muy de dulces. Le añadiría además el tema del pan. Me costó horrores encontrar un pan integral que me gustara (pero oye, si nutricionistas como Lucía y Aitor insistían tanto había que intentarlo) hasta que di con una panadería que hacía pan de verdad, sólo con harina, agua, levadura y sal. Y ahora cuando veo una barra de pan blanco a la que han añadido aditivos para que esponje no me parece siquiera comestible. Puede que cueste cambiar, pero cuando te acostumbras a lo bueno ya no quieres volver atrás.

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