Virus mano, boca, pie

Y el jueves por la noche, día 29 de septiembre, después de quedar con mi amiga más amiga, llegué a casa y me acosté porque, de pronto, me quería morir. Había sido un fin de semana entero lleno de compromisos sociales: allí estaba yo, en el concierto de la Orquesta de Extremadura, en el que se proyectó la película The Kid mientras ellos tocaban y en el que pudimos escuchar también la banda sonora de algunos de sus filmes más famosos (echamos de menos Limelight). Allí estaba yo también, en el cumpleaños de un amigo mío, con todo el mundo vestido de romero (siempre hace fiestas de disfraces y nunca sabemos qué ponernos). Y allí, en el concierto de Furriones, con cena incluida, con un sinfín de médicos que me vieron unas llaguitas incipientes pero que pensaron, como yo, que aquello era una alergia de contacto.

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En mi trabajo está todo el mundo de baja: o enfermo o porque ha sido padre. A las cuatro de la mañana, desesperada, me vestí, me dirigí andando al hospital de Mérida y me planté en Urgencias. Mú mala tengo que estar yo para ir a Urgencias: yo, que flipo un huevo cuando alguien va a Urgencias porque no para de vomitar. Me pincharon Urbason y Polaramine. El enfermero, muy agradable, me dijo: “Tienes que poder usar las manos para escribir el artículo de los viernes” y yo me puse contenta porque es la primera vez que alguien me reconoce (llevo cultura, sección minoritaria donde las haya). A la médico, una residente muy amable, le dije que había estado en una fiesta de disfraces en la que alguna gente fue vestida de rejoneador. Por si había pelo de caballo en los disfraces, o era algún tipo de fieltro, yo qué sé.

A las once de la mañana, después de haber pasado la noche sin dormir por el dolor y de que me estuvieran saliendo ampollas en los pies, volví a ir a Urgencias. En cuanto pueda empuñar un bolígrafo, esta menda se va al hospital a plantar una hoja de reclamaciones como una catedral a un médico al que la expresión “mala praxis” se le queda pequeña.

Me recibió diciéndome que por qué iba a Urgencias por esta chorrada. Sin preguntarme absolutamente nada. Que, encima, había ido ¡dos veces! Que cómo se me ocurría. Que por eso no se iba a Urgencias, que se iba al centro de salud. Yo, primera noticia que tengo de que hay Urgencias en el centro de salud. Porque el mío está cerrado a cal y canto. Por lo visto, las Urgencias están en el PERI, de Mérida, que es el barrio más marginal de la ciudad y que está a tomar por culo de mi casa, cosa que no me importa, porque siempre puedo coger un taxi. Le digo que no lo sabía y que voy porque considero que tengo que ir. Que no soy una usuaria inconsciente del Sistema de Salud. Sigue con su retahíla: que esto no es de Urgencias hospitalarias. Me atiende mal y bufando, con desprecio. Me ve los pies: que eso no es nada y que es de la rozadura de los zapatos (unos zapatos que tengo hace ocho años, de pronto me hacen rozaduras en todos los dedos de los pies y en el talón: qué curioso). Le digo que dos amigas mías me han dicho que puede ser el virus boca, mano, pie. Que eso no puede ser, porque eso afecta a niños nada más. Que tengo placas en la garganta, que es un virus y que me manda antibióticos. “¿Antibióticos para un virus?”, le respondo yo. “Bueno, no te van a hacer nada”. Que tan mala no estaré si he estado en una fiesta de disfraces. Se larga diez minutos. Vuelve. Me sigue diciendo que esto es una chorrada y que no tengo que ir al Hospital. Me atiende mal y desganado porque está cabreado porque resulta que se me ha ocurrido ir a Urgencias. Unas urgencias a las que llegué, hice un pis (por cierto, en un váter que tenía mierda en el suelo, cosa que tampoco se me puede olvidar decir) y me llamaron enseguida. Estaban saturadísimos y lo mío era una minucia, por lo visto. Porque, como veis, tardaron tres horas en llamar (aclaración: en Urgencias van llamando a la gente no por orden de llegada, sino por gravedad de la enfermedad que describa).

A la cuarta bronca de qué haces aquí en un hospital y vuelta la burra al trigo, el hijoputa, ya salió la Olga que ha dejado de callarse hace mucho tiempo. No se recibe a un paciente echándole la bronca (su respuesta: “yo no te he echado una bronca: ¿yo te he gritado? Yo te he informado”), que tengo una enfermedad crónica que implica mala absorción y que desconozco, obviamente, si lo que me pasa implica ingreso hospitalario o no. Que la próxima vez pongan un cartel en la puerta del hospital: “Estas son las urgencias que se admiten aquí”. Que eso no son modos. Él, que no me había gritado y que, por ende, no me había echado una bronca. Lo repitió tres veces. Por lo visto, para poder definir algo como bronca, me tiene que recibir gritándome. Ajá.

Me voy cabreada como una mona por no poder escribir una hoja de reclamaciones y por la atención de mierda que me ha dado, hablo con mi médico de cabecera porque ya estoy desesperada, me planto en su casa y sí: un coxsackie de libro. He pasado dos días sin poder andar, ni comer ni tocar absolutamente nada. Durmiendo a base de pastillas. En el sillón, porque las sábanas me molestan. Sin poder darle de comer la comida húmeda a los gatos y casi sin poder limpiar los areneros, cayéndome mientras iba al baño y muriéndome de dolor cada vez que ponía un pie en el suelo. Los zapatos, que hacen muchas rozaduras.

Eso sí: un amigo me hizo purés de calabacín con patata (sin sal) y compota de frutas y me compró yogures y esas cosas que se comen cuando tienes llagas hasta en el cielo de la boca, literalmente. Otra amiga me compró Oraldine y me dio dinero (yo no podía ir a sacar). Otros han querido venir a verme (pero no podían porque esto es contagioso) y, después del lunes, que fue el peor día, ya pude recoger el lavavajillas, porque mi casa estaba llegando a niveles altos de insalubridad. Es la primera vez que me pongo de baja en los 18 años que llevo trabajando. Y esto me ha hecho descubrir una serie de cosas. A saber:

  • Que el dicho de “a buen hambre, no hay pan duro” es realidad y verdad verdadera. Me he pasado dos días comiendo y cenando arroz integral y lentejas. Cocidos, ambos. Sin nada más. Fíjate en los nutrientes y no en el sabor, porque como te estriñas con tu colitis ulcerosa, apaga y vámonos. El arroz integral cocido sin más con las lentejas pardinas me han sabido a gloria bendita. Qué matices de sabores. Really. Qué tostadito el arroz, qué blandas las lentejas y a la vez qué compactas. Qué todo.
  • Qué importante es poder tocar en esta vida y qué poco lo valoramos. Encender una luz. Abrir una botella. Poder fregar los platos (esa cosa que odiamos y que, sin embargo, añoras tanto hacer cuando no puedes coger el estropajo sin morirte). Poder subir la tapa del WC. Poder vestirte. Poder coger un libro. Poder acariciar a tus gatos. Poder tocar, en definitiva. Tocar cualquier cosa. Cualquiera. Qué bonito, tocar.
  • Qué maravilla es poder poner los pies en el suelo, las dos plantas enteras, y dar un pasito después de otro. Me he pasado la vida quejándome de lo patosa que soy y de que me caigo en lo más llano. Nunca más. Qué suerte tengo, hostias, que puedo ANDAR. Andar. Lento, rápido, con mi bursitis, sin ella.
  • Qué bonito es comer. Platos insípidos, platos contundentes, añorar el tomate en las tostadas o el aceite de oliva virgen extra de Monterrubio de la Serena con su pizquita de sal. La sal, que realza el sabor de los platos. El tomate, con su acidez mortal. El hummus, con su poquito de cayena. Las especias. El curry. La pimienta negra. El chile. El comino. Lo que sea, pero que sepa a algo más que a ingredientes cocidos. Que tienen matices pero porque no te queda otra que encontrárselos.
  • Qué maravilla es meterse en una bañera y darle al grifo de agua caliente y que el agua caliente no te dañe la piel. Desde el domingo pasado hasta el jueves sin poder hacerlo.
  • Qué guay es tener un trabajo y poder ir a trabajar. Salir a la calle. Poder tomar algo con los amigos sin miedo a contagiarlos.

Vivir normalmente, sin una enfermedad dolorosa de morirte, en definitiva.

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8 thoughts on “Virus mano, boca, pie

  1. Pon esa queja, no te dejes ni un detalle, ponlo todo. Que no hay derecho a que te reciban así en un hospital. Que no se puede tratar a nadie con esa soberbia y encima cagarla tanto. Y nos harás un favor a todos así al menos le dan un toque a ese médico, no servirá de mucho más a no ser que acumule muchas quejas de estas, pero el tirón de orejas igual se lo gana. Ojalá.

  2. Joder… había visto en tu tuiter que estabas enferma pero no sabía que era tan grave.
    A acabar de recuperarse 🙂

    Por cierto, me vuelvo a suscribir, que me sigue sin llegar nada.

    Un abrazo

    P.S: Si estás harta de spam en los comentarios, el mejor plugin de largo que he encontrado y que funciona GENIAL, es Anti-Spam (para WordPress: https://es.wordpress.org/plugins/anti-spam/), llevo un año usándolo y no me ha llegado ni un solo mensaje de Spam.

    1. Sí, hijo, sí. Un coñazo, esto, la verdad. Sin comer bien, sin andar, sin tocar… Ahora no tengo huellas dactilares. Podría robar un banco…

      Si te has suscrito, ya te llegará, porque ahora los mando a mano con MailRelay. Si no, no llegan las cosas. Un beso grande grande. A ver si con este plugin no me llega más prednisona…

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