Teatro y vacaciones

Margarita Xirgu. Obra de Eduardo Acedo. La estatua, la foto es mía.
Margarita Xirgu. Obra de Eduardo Acedo. La estatua, la foto es mía.

Hoy han comenzado, oficialmente, mis vacaciones. Mis vacaciones siempre comienzan cuando se ha acabado el verano, porque en verano, en Mérida, no me iría ni atada, cubriera o no el Festival. Siempre había pensado, además, que nunca cogería vacaciones durante el Festival de Teatro y Danza de Badajoz, pero, harta de no poder verlo entero nunca por trabajo (no tengo coche y no me lo voy a comprar: me operé de la vista, veo halos por la noche, daría igual que lo tuviera porque, cuando cae el sol, ya no podría conducir), me las cogí el año pasado. Me salió por un ojo de la cara, autobús va, autobús viene (siempre pago la entrada cuando no estoy de servicio: es un posicionamiento ético) pero me divertí muchísimo. Sobre todo, con O Chapitô. Si no habéis visto nunca a estos tíos, haceos un favor. Además, en Lisboa, ciudad que merece vidas enteras, tienen un restaurante. Pasamos el Festival pacense escuchando los ronquidos de un señor que había comprado el abono en primeras filas, pero que se dedicaba a siestear. Pues bien: en su Edipo (ved el vídeo), saltó de la silla en los aplausos para gritar vivas y bravos como un loco. Fue la única obra en la que no roncó. En las demás lo hacía en las escenas más dramáticas.

Este año, el Festival de Mérida (Festival significa verano) ha sido un infierno. Literalmente. Por el día también, ojo: no hemos bajado de 42 grados. Los jueves, en las previsiones del tiempo, ponían que las temperaturas nos darían un respiro. Los viernes, alerta naranja. Otra vez. He dormido bien tres noches en dos meses. En una incluso me planté la sábana por encima y sonreí. Enormes placeres de la vida cuando vives en el sur y todos los rayos del sol caen perpendicularmente en tu ciudad. En el concierto de Ara Malikian (que fue una maravilla) me levanté con el vestido mojado. En mi empresa, en la televisión, han hecho un programa dedicado al teatro, muy bueno, que se llama Scena Emerita y que presenta Sandra Hernández, que es mi amiga, además de ser mi homóloga en la tele porque su especialidad es cultura también (aunque ella hace muchas otras cosas). Tenía que salir yo. Había que maquillarse, porque si no, pareces una muerta. Pero hacía calor. Y yo sudo.

Acabé pintándome después de la obra, justo para grabar. El primer día, me maquillé en la mesa donde estaba el ministro de Cultura, que había venido a la inauguración. Me estaba plantando el rímel en el ojo, levanté la vista para comprobar si parecía un mapache y allí estaba el señor Íñigo Méndez de Vigo, mirándome divertido mientras yo me quería morir de la vergüenza. Con razón era la única mesa que estaba despejada.

A mí el calor me pasa una factura que no os imagináis. Estoy cansada todo el día. Como si tuviera anemia. No puedo con mi cuerpo. No reacciono bien a absolutamente nada: voy como un robot. Me he pasado dos meses pensando que estaba enferma, que tenía algo de tiroides, que me faltaban nutrientes, yo qué sé, hasta que he recordado que me pasa lo mismo todos los veranos desde hace cuarenta. Y hasta el año pasado y desde hace un lustro, gracias a mi colitis ulcerosa, se me hinchaban las piernas desde la ingle que parecía un elefantito. Este año, no. A pesar de que ha hecho más calor que nunca. ¿Por qué? Por el deporte. Haced deporte, chicos.

Sumadle noches de ensayos y estrenos, que acabas de trabajar a las tres o las cuatro de la mañana, artículos para El Periódico, reportajes varios y demás. La muerte. Porque yo esto, hace diez años, lo llevaba mejor.

El peristilo del teatro romano de Mérida. Magia.
El peristilo del teatro romano de Mérida. Magia.

«Estas piedras me han aburrido, me han hecho enojar, me han traído el sabor terroso de la envidia y me han salvado la vida como me la van a volver a salvar esta noche». Lo escribí hace cuatro años. Ahora valoro también mucho lo que está detrás de las obras, lo que me aportan a mí personalmente las propuestas, aunque no hayan sido lo redondas que me hubieran gustado una vez se escenifican. Hélade, por ejemplo, me dio la oportunidad de hablar con Pou por vez primera: al principio no le apetecía mucho y después me pidió un abrazo.

Me he pasado años odiando las entrevistas, hasta que llegó Luis Luque y nos pusimos a hablar como si fuéramos dos amigos, quitándonos la palabra de la boca de tal manera que nos faltaba el café al lado del micrófono.

Este año no ha sido el equipo 48. Ha sido el equipo 52, que es el número de la grabadora, con los dos micrófonos, los pies de micro, el cable en forma de Y que en realidad se llama T, los cascos que a final de verano terminan destrozados, preparar las entrevistas durante un par de horas, leer mucho (este año ha tocado recuperar la biografía de Alejandro Magno de Robin Lane Fox y algún canto de la Odisea), empalmar una noche que acabó con la gata que tenemos adoptada en el trabajo encima de mi regazo a las cinco de la mañana, ronroneando tranquilamente.

Este año comenzó hablando con Paloma San Basilio sobre hipersexualización de la mujer y sobre feminismo, me dejé una cena en la mesa porque me atendía Verónica Forqué (a la que se le había estropeado el aire acondicionado y no pidió un cambio de habitación porque llegó muy tarde del ensayo y no iba a molestar a la gente), aprendí de flamenco gracias a dos grandísimos aficionados y releí, de cabo a rabo y de rabo a cabo, las Meditaciones de Marco Aurelio, que siempre será un libro que me asombre. Me reí con  Paca Velardiez, que es una bestia parda, como José Vicente Moirón, que sigue siendo el mejor Edipo que he visto en ese escenario (y he visto alguno) y no cantó en gaélico Denis Rafter, qué se le va a hacer. Hablé de teatro con actores que también son colegas: de cómo se elige una dirección, de los tipos de público, del verso con Esteve Ferrer y Pedro Rodríguez, Suripanta cumplió 30 años y Teatrapo, 25 estrenándose en el teatro romano y, aunque ha sido un Festival raruno por cosas externas al propio Festival y por el calor inaguantable, sigo diciendo lo mismo que hace un par de años: Amo ese lugar como amo pocas cosas en mi vida.

En medio de todo esto, esta cosa apareció en el trabajo de un amigo que me preguntó si conocía algún refugio.

El refugio acabó siendo mi baño.

En realidad, llegó lleno de grasa porque se metió por todas las máquinas que vio. Lo llevamos en una caja de cartón al veterinario y, en cuanto Manolo me vio llegar me dijo: «¿Otro gato?». Yo lo difundí en Facebook un poquito. Porque oye, quiero valer como casa de acogida. Pero no valgo. Charo (mujer de Manolo, veterinaria, anestesista) llegó a conocerlo: «¿Te lo vas a quedar?» «Se lo va a quedar, pero le está buscando casa».

Lo llamé Huck. Como Huckleberry Finn.

Se ha tirado el pobre 15 días en mi baño, mientras lo testábamos (que, si lo testas antes de los seis meses, puede dar un falso positivo, pero yo lo testé igualmente porque los negativos siempre son fiables y no quería dejarlo casi cuatro meses en un baño enano). El primer día se escondió temblando detrás del bidé, que es vano y tardamos un montón en sacarlo (lo de «tardamos» es plural mayestático: lo sacó María Jesús). La primera semana estaba más o menos tranquilo: comía, cogía peso, jugaba solito. Yo casi no paraba en casa. La segunda empezó a llorar y yo lo he pasado peor que él porque había días que le veía cinco minutos. Ahora está integrándose con mis gatos. Le bufan y le gruñen, mientras él se acerca a todos a darles manotazos porque quiere jugar, pero ya tengo práctica en esto. He comido, me he duchado y he hecho vida normal mientras los demás marcaban su territorialidad con un bebé que lo único en lo que pensaba era «Uau, qué palacio más grande, exploremos, saltemos, juguemos, oh, cuántos amiguitos». El único problema es que está más loco que Ororo y no me va a dejar dormir. Lo primero que hizo fue lamerle la nariz a Coyote, el inconsciente.

Cuando le pongo un dedo encima, ronronea. Da besitos. Trepa. Vuelvo a estar llena de arañazos, vuelvo a tener que enseñarle a un gato bebé que mis manos no son un juguete y me pica todo. Nota mental: en cuanto se quede quieto, no sé en qué punto del día porque lleva siete horas saltando sin parar, le tengo que cortar las uñas.

Quién me mandaría a mí.

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10 thoughts on “Teatro y vacaciones

  1. Me he agobiado y todo solo de imaginarme el calor que has pasado. Luego he vivido tu pasión por lo que haces. Y he sonreído con las batallitas de Huck. Que disfrutes mucho de tus vacaciones.

    1. Es que ha sido horrible. Y este fin de semana, otra vez pasamos de los 40. He salido a desayunar porque no tenía nada para desayunar (esto de: «ya iré a comprar en vacaciones»). He ido a la frutería y me he vuelto a casa del calor. Y eran las diez de la mañana. Iré a comprar a las ocho de la tarde, porque me estoy quedando sin leche…

  2. Me gusta leerte siempre, cuando pones una receta, cuando hablas de cómics o de libros o de teatro, cuando cuentas que has entrevistado a Menganito (que suele ser gente que no conozco y aprovecho para culturizarme)… pero cuando hablas de tus gatos… ay, cuando hablas de tus gatos te leo una primera vez del tirón y luego una segunda más despacio. Qué bonito es. Que todos los gatos del mundo lo son (bueno, los que no tienen pelo un poco menos) pero Huck es que es precioso. Enhorabuena por haber sobrevivido a julio y agosto, al calor, al festival y a la cuarentena de Huck, que yo creo que ha sido lo peor.

    Un beso, linda. Me voy a escribir un poquillo antes de seguir comiendo, que tengo un blog que estrenar 🙂

  3. Cuatro es un número respetable ya 😀

    Y lo digo mientras me muerde y rehupetea un gato negro de 5 semanas, que bajó a Madrid en el motor de un conocido y me tiene encantada y desesperada a partes iguales 😉

    1. Yo esta mañana ya he perdido la paciencia. Mis vecinos han debido de flipar cuando me han oído gritar: «No se juega con las manos, coño».

      Yo, que he tenido a dos cachorros en casa, no entiendo por qué la gente quiere gatos pequeños…

      1. Yo tenía clarísimo que quería una adulta. Pero clarísimo.

        Pero cuando apareció este mico, era mi casa o abandono (sí, así de sensibles son los que se lo encontraron). Y pensé no son objetos de consumo, no está bien elegir la que te gusta y que este enano se quede desamparado. Y hala, conmigo. Como dije a mis amigos: he tenido un gato de penalti.

        No veo el momento de que sea un gatazo tranquilo y deje de mamar…

  4. Ahora, dos años. La piel del cuello, fatal, jajaja. Cuando me echo colonia, veo las estrellas. Si le das abajo del todo a la página, los ves a los cuatro, que acabo de poner sus fotos. También tienen textos por ahí, en el blog, en el apartado de Quién soy.

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