Música para cocinar y lo que surja – El Twanguero

Hoy no hay receta. De hecho, este mensaje es muy atípico. Durante mucho tiempo, mantuve un blog para escribir (para escribir algo que no fuera de comer: de hecho, esos blogs llegaron antes). Ahora, este es el sitio en el que más cómoda estoy y además no tengo tiempo de cocinar hasta dentro de quince días: he de hacer un examen el sábado, me voy a una fiesta romana el domingo y además he llenado el congelador con verdinas, garbanzos con berenjenas y zanahorias (y especias cajún, qué ricas) y salsa de tomate. Todo eso lo hice escuchando la música de este señor.

Mi trabajo, desde hace diez años, está completamente relacionado con todas las cosas que yo elegía para evadirme y para divertirme. Qué suerte, dicen todos. No, perdonen, por qué creen que tengo un blog de cocina. Porque, para mí, los conciertos, el teatro, los cómics, los libros (sí, los cómics son libros, pero los separo siempre porque, a estas alturas del año 2016 y del siglo XXI, todavía creen algunos que son para niños y que luego se abandonan para leer cosas más serias -apostilla: leed La infancia de Alan. De nada-), la poesía, el cine, la danza y todo lo demás eran ocio. No curro. Ocio. Ahora son curro. Voy a obras a las que tengo que ir aunque me apetezca quedarme en casa, voy a aniversarios en los que he de representar, a mi empresa o a mí misma, leo libros de los que tengo que hacer entrevistas. Casi exclusivamente. Conduzco un programa que, además, edito yo, con lo cual solo entrevisto a gente en la que creo. Con criterio, eso sí: a veces hablo de gente que no me interesa lo más mínimo, porque hay un mandato periodístico.

No soy mitómana. Nada. Ni una pizca. Solo tengo dos discos dedicados: uno, de Cantad, cantad, malditos, hace siglos, en Libertad 8 (sigo enamorada de Sergio Sleiman, por cierto). Otro, de Diego García –Facebook, Twitter, Instagram-, el sábado pasado. Ningún libro, ninguna entrada. Y, lo aseguro, he entrevistado a más escritores, artistas, músicos y actores de los que puedo recordar. Alguno, como Carmen Machi o Miguel del Arco -vayan a ver cualquier obra dirigida por ese señor. De nada (bis)-, se acuerdan de mí y me abrazan cuando llevan cuatro años sin verme. Me acerco con mucho respeto a mis entrevistados, sobre todo porque los periodistas culturales siempre entrevistamos a gente que sabe mucho más que nosotros de absolutamente todo y tú estás allí, sintiéndote muy pequeñita y con todas las lagunas y los océanos al descubierto. Eso sí: cuando los demás están ocupados hablando de los últimos casos de corrupción, yo ando haciendo reportajes sobre los 30 años que se cumplen del Batman de Frank Miller. Y eso, psicológicamente, tiene sus ventajas. El mundo es bonito y no una mierda llena de lo peor del hombre (el hombre es bueno, pero los hombres son crueles, decía Tagore. Aprovecho: leed Gora. No sé qué hacéis leyendo esto en vez de estar leyendo Gora). La mayoría de mis escritores favoritos, de los que me han cambiado los conceptos y la vida, llevan muertos muchos siglos.

Y, a veces, entrevistas a gente que te gusta mucho, mucho, mucho. Y que toca cerca de tu casa. Así que tú, que pensabas pasarte el fin de semana leyendo y leyendo y leyendo, te vas a la Sala Aftasí para ver a Diego García tocar.

Si sois guitarristas, ved esto. Y si no, también.

Estábamos poquitos. En Badajoz ocurren estas cosas. Viene un músico de la hostia, se le hace la promoción correspondiente (vale, los programas de cultura no se escuchan mucho o se escuchan más tarde por internet, pero no será porque no lo he dicho por activa y por pasiva en todas partes -Facebook, Twitter, fan page del programa de cultura, amigos, familia-; se le entrevistó en otras cadenas, además y salía en la agenda de todos los medios y yo escribí sobre él aquí) y luego se plantan allí cuatro gatos. Que a mí me da igual porque soy una egoísta de mierda y en lo único que pienso es en la suerte que he tenido porque yo sí he podido estar allí, pero esto comienza a reventarme los higadillos, porque lo cierto es que no me da igual. Sí, en ningún lugar del mundo ni las salas de conciertos ni los teatros tienen la misma capacidad que sus campos de fútbol: la cultura es minoritaria. En los medios de comunicación, da prestigio: no dinero. Ni visitas a las páginas. Ni nada. No se abren, casi, los informativos con cultura. En los periódicos, está en las últimas páginas. Ya lo sabemos. Me he pasado diez años intentando averiguar cómo atraer a la gente a los eventos culturales. No lo sé. Construyendo un pueblo culto. Así, para empezar.

Mientras tanto, se hace lo que se puede, que es muy poco, se habla a los convencidos y se acumula una frustración de las de tener ganas de matar.

Porque, luego, los que se desgañitan hablando de las subvenciones a la cultura (pero no dicen nada de las que se dan a la industria del automóvil, ojo), tampoco son capaces de sostener a las pequeñas salas. Los que hablan de lo minoritario como algo deseable (supongo que se sienten parte de un club privado y exclusivo -qué suerte tengo, que el mundo me ha hecho así-) no se dan cuenta de que las minorías pueden estar condenadas a la desaparición: a que el mercado te engulla. Porque te engulle: miren qué ha pasado con los cines y las pequeñas salas de teatro privadas del país. Son los mismos que luego dicen que en su ciudad no hay nada. No me ha pasado solo en Badajoz. Me ha ocurrido en Melilla, me ha ocurrido en Sevilla, en Granada, en Málaga… y en Madrid no, porque sí que hay. Pero es muy caro.

Diez euros de un concierto es caro, pero diez euros en dos cubatas de garrafón no. Y no: no estoy desdeñando beber con los amigos.

Los periodistas tendemos, por cierto, a querer ir gratis (existe una cosa que se llama “pase de prensa”) a todas partes. Yo no. Yo pago. He llegado a mandar cuatro correos para convencer al gabinete de prensa de un teatro de que no quería una entrada gratis: solo que me la reservaran, porque no la podía comprar por internet. El trabajo se paga. Se paga el de los médicos, que salvan vidas; el de los nutricionistas, que también lo hacen; el de los fontaneros, los encofradores, los secretarios, los bomberos, los dependientes. Pero pretendemos sobrevivir a base de músicos y actores que se dediquen a otra cosa en su tiempo libre (a un trabajo provechoso y de verdad -al menos, tendrían alta en la Seguridad Social de un modo lógico y no como ahora-): “si eres muy bueno, llegas”, se dice. Eso es mentira, señores. Sí: Tom Waits, Sting, Bruce Springsteen, U2 y Jamie Cullum llenan. Coño, menos mal.

Sé de concejales de cultura (de no cualquier ciudad) que les han dicho a empresarios teatrales que el teatro ha de ser gratis. En su cara y sin pestañear. Convencidos de su modernez, los gilipollas. Una vez fui a un debate cultural, entre todos los partidos políticos, mantén la boca cerrada, no hables, tú escucha… hasta que, de pronto, oigan, mi mano se alzó (yo no quería) y empecé a echar espumarajos por la boca.

Sí, vale. Pero, ¿del concierto, qué?

No hago críticas de conciertos (no sé hacerlas, vamos: a mí me hablan las tripas). Tampoco hago fotos. Mi amigo Marc sí. Me he saltado la norma una vez. Porque Sonny Rollins se subió a un escenario con los mejores músicos de jazz de la Tierra para celebrar su cumpleaños. Y yo también estuve allí. La oficina de Rollins fue tan maja que subieron la lista de las canciones.

Las de El Twanguero forman un lío en mi cabeza porque tengo todos sus discos en bucle desde el sábado.

La memoria no guarda películas: guarda fotografías.

La voz de Clara, la sonrisa de Clara, la luminosidad de Clara. Su invitación: “Llama cuando vengas a Madrid”.

Yo recuerdo algunas palabras. La construcción de un disco a través de un concepto (el desarraigo de los pachucos, la música argentina, un viaje por Estados Unidos). El estudio. Los beneficios de la música colaborativa, de aprender de los otros, de tocar con los otros, de que los otros te enseñen. El reconocimiento, también: hay guitarristas muy buenos por ahí. El valor del trabajo. La humildad. Ponerse al servicio de lo que se quiere contar y no de lucir la maestría (la maestría saldrá sola), la reivindicación del baile. La elección de una voz formada por seis cuerdas y debatirse, porque quienes triunfan son los cantantes (y canta bien: canta muy bien). La importancia del ejercicio físico (la espalda duele y duelen los hombros). El trabajo: porque sí, este señor toca la guitarra como Dios, pero curra mucho.

También recuerdo primeros planos. Un viaje desde Chicago (quien dice Chicago, dice Nueva York) a Argentina pasando por México y Brasil y sus formas distintas de sacarle el sonido a una guitarra; una versión memorable de Hound Dog y otra de Blue Moon of Kentucky, Naranjo en flor; Guitarra, dímelo tú -amo esta canción-… Y un tema, del que no sé el nombre, en el que me quedé completamente clavada (lo más sensual que he escuchado nunca en un concierto. Y me he tragado unos cuantos). Mirarle solo los dedos el 80 por ciento del tiempo. Observar la cara de asombro de Belén, que es mi cuñada y es la que entiende de música de la familia. Cantar tangos. Pensar en Elvis. Acordarme de Merle Haggard y Randy Travis. Hasta de Billie Holiday me acordé (no pregunten: a mí la Sexta de Mahler me recordó a la Navidad: tengo un cerebro muy asociativo, pero asocia lo que le da la gana)

Le brillan los ojos, a este tío, cuando tiene una guitarra entre las manos.

Si pasa por vuestra ciudad, id a verlo. Es una orden.

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4 thoughts on “Música para cocinar y lo que surja – El Twanguero

  1. Qué grande este hombre, no lo conocía. En España tenemos unos guitarristas excelentes, me hace gracia cómo siempre que sale en conversaciones familiares el tema se mencionan guitarristas forasteros, teniendo tremendos músicos patrios que hacen cosas maravillosas.

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