Un año

Por esta foto me enamoré de ti y supe que eras tú.

Llegaste siendo un moco pequeño. María te vio al lado de un bar, esperó a que llegara tu madre y vio cómo te repudiaba. Te destetó pronto, así que ahora, a las cuatro en punto o a las cinco y media de la mañana, depende del día, te acurrucas a mi lado, ronroneas como un martillo eléctrico y mamas de mi cuello. También cuando estoy leyendo, o a la hora de la siesta o justo antes de dormir: si no lo haces, temo que te estés destetando: por favor, no te destetes nunca. 

Aquí. Mamando.

«Es muy tranquilita», dijo. Qué bien, pensé. Tranquilita. Ja. Estuviste una hora entera explorando la terraza de la vecina, hasta que a Brea le dio por llorar y fuiste a consolarla. A mí ni puto caso me hiciste. Eres capaz de jugar y saltar durante cuatro horas seguidas (yo, que me creí eso de que los gatos juegan 20 minutos y luego descansan y que están dormidos todo el día). Has mordido un cargador de móvil, dos cargadores del portátil (cuánto dinero me debes), te cargaste el cable de la línea telefónica (¡gracias!) y sigues siendo como un bebé pequeño: si no estoy a tu lado cuando comes, te distraes con el ruido de una mosca, con la mosca misma, con Brea o con el sonido del primer café de la mañana. Ese café que te gusta tanto que nunca puedo dejar la taza sin vigilancia. Ni el plato. Un día me robaste un macarrón. Hace poco quisiste una vaina de judía. Duermes encima de mi barriga, caminas por mi cuerpo y, como eres pequeñita y no llegas a los sitios, trepas por mis piernas. Siempre sabes cuándo hay ropa y puedes hacerlo, pero me clavas las garras igual. Cuando me he ido dos días, te subes a mi cuello para morderme el pelo. Y cuando limpio los areneros también lo haces. Y los estrenas. Me gusta cuando te sientas, me miras a los ojos y me hablas.

Si yo estoy a tu lado, no tienes miedo de nada. Ni de la gente, ni del agua, ni de los ruidos. Ni siquiera maúllas cuando te quedas encerrada en la cocina: exploras o te duermes encima de la mesa y punto. 

Sé que nadie (y digo nadie) me quiere como tú. 

Café de la mañana

Pensé que se me pasaría la fiebre a los tres meses: esta ansia por llegar a casa para estar contigo, cambiar los planes, no viajar más de dos días para no dejarte sola tanto tiempo. Ya no estás sola, pero sigo sin querer irme. Haces conmigo lo que quieres. Y yo contigo: te toco donde me apetece sin que me muerdas, como hace Coyote, como haría cualquier gato harto de amor. Te sientas en mi mesa para verme comer. Te duermes encima de mis libros. Cazas los bolígrafos con los que intento escribir: tardo horas en hacer cualquier cosa porque me distraigo mirándote, me distraigo con tu juego, me distraigo cuando vienes a darme cabezazos en la mejilla para decirme que me quieres.

Y, sin embargo, eres la más independiente de todos.

Adopté a Brea porque te abrazabas a mi pierna, maullando como una loca, con los ojos muy abiertos, cada vez que me iba de casa. Ahora no maúllas, pero hablas y no te dejas acariciar porque sabes que me voy. Agachas la cabeza, te escapas y me sigues, protestando, enredándote en mis pies: he aprendido a bailar por casa, a tener cuidado de las baldosas que piso, a buscarte debajo del sofá. También he aprendido a cortarte las uñas porque me amasas la cara cuando te enganchas a mi cuello como si fuera la teta que tu madre no te quiso dar. Y duele.

Si es que estás mu loca.

A veces te he odiado mucho y me has caído muy mal: cuando te acercas a los cargadores para morderlos (no te puedo quitar ojo), cuando no me dejabas dormir ni una hora, cuando te ponías loca a saltar a las cinco de la mañana los sábados y los domingos o a darme con la patita en la nariz a las tres porque querías jugar, cuando trepabas por las cortinas, cuando saltabas de la estantería (más de dos metros) al rascador, cuando metes la pata en el tostador (siempre desenchufado, menos mal): qué sustos me has dado y qué sustos me das. Llevabas tres días en casa cuando te dislocaste una pata. Si me voy fuera, siempre temo que te pase algo: porque sé que va a ser a ti: los otros se la pasan durmiendo.

He aprendido que se puede mantener una relación (una relación que merezca el nombre: es decir, una relación cambiante) con un ser que no es de tu especie, con el que no hablas y que te entiende, de todos modos. Has cambiado tus rutinas si veías que yo no estaba bien. Te acurrucabas conmigo, las dos patas delanteras alrededor de mi cuello, y me acunabas. Lo hiciste una vez y lo has hecho muchas veces más.

Coyote con Ororo encima los dos de mí, este invierno.

Me has enseñado a cuidar. Me has hecho descubrir que puedo cuidar. 

Pili y Mili

Hoy hace un año que vivo contigo.

Te quiero mucho, Ororito. 

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Muchísimas gracias

7 thoughts on “Un año

  1. Jodíos mininos, como se hacen querer. Pese a todas sus trastadas. O tal vez precisamente por ellas.
    Felicidades Olga. Por Ororo y por el post, precioso.

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