Y quién es el nazi que ha hecho eso

Y quién es el nazi que ha hecho eso AKA la parte hidra de las I Jornadas de la Asociación Extremeña de Dietistas Nutricionistas.

Y allá que me planté yo, en Cáceres, para asistir a las I Jornadas de Nutrición y Dietética de la AEXDN, que vicepreside Mónica Pérez García. Con una fisura, todo el gas de la tierra dentro de mi cuerpo, una semana de estrés y de no dormir bien y de dolor de espalda horrible que se saldó con un asalto a la máquina del trabajo el mismo viernes después de haberme tragado las ansiedades de ver todos los restos de los dulces de Semana Santa en el trabajo justo a medio metro de mi mesa y no probar ni uno (yo estoy gorda de comer, señores, no de los nervios), además de un ataque hormonal del que no tenía ni idea hasta que llegué a casa y vi que, zasca, me tenía que venir la regla. Hay mujeres a las que no les afecta: YO QUIERO MATAR. Yo me tiro dos días (los dos días anteriores) queriendo matar. Generalmente los paso sin relacionarme mucho, porque nadie se tiene que tragar mis malos modos… hasta que me toca alternar con un montón de gente a la que no conozco.

A mí la gente me da pánico. Lo he contado mil veces, en 800 posts distintos. Antes no sabía por qué. Ahora sí. Estoy intentando arreglarlo. No es una frase hecha, no es una metáfora: es pánico real. De quedarte paralizada y salir como puedes. Miedo. Terror.

Hay personas que están obesas porque comen mal, porque nadie les ha enseñado a comer y porque han comido porquería vestida de comida sana durante toda su vida. Sí: hay porquería vestida de comida sana. Unas salchichas frankfurt son porquería, pero están en el supermercado y han pasado controles alimentarios: quizá habría que enseñarle a la población que el hecho de que te comas algo y no te vayas a morir al segundo no significa que sea sano y que debas metértelo en la boca.

Hay personas que están obesas por otras razones. La comida es la punta del iceberg y, sinceramente, lo menos importante. Un iceberg es esto, por lo visto:

Cuando uno está gordo, muy guapo no se ve. Eso, para empezar. Eso es una perogrullada, pero la gente no cae. Para seguir, tú estás allí, con un montón de dietistas nutricionistas, todos buenorrísimos, todas monísimas y perfectas (sí, esto se podría haber titulado también “parámetros de pensamiento de una persona con obesidad y dismorfofobia”, que en muchas ocasiones van unidas) y te sientes pequeña, minúscula y diminuta. Si te pintas no lo vas a arreglar, así que ni pierdes el tiempo. Ninguno fuma, por supuesto (y tienen cuerpos de hacer tres horas de deporte al día: que las hagan o no, eso ya es otro tema). Tú en los mogollones te agobias un huevo y te entran unos ataques de inseguridad de la hostia, pero no te vas a ir, que te han invitado a las jornadas by the face. ¿Y qué te ocurre a ti cuando estás muerta de miedo? Que eres una bestia.

Qué malo es conocerse.

Y llega la cena. Y te sientas en el medio de la mesa, sin posibilidad de salir sin molestar a todo el mundo (a toda esa gente a la que acabas de conocer) y traen el pan. Y a ti te hablan, pero tú en lo único (LO ÚNICO) en lo que piensas es: en qué puedes comer, que no tenga picante porque llevas sangrando dos días y tienes unos gases que te quieres morir y que además te dan náuseas y, sobre todo, en no abalanzarte encima del pan. Ellos cogen pan, tú también y das pellizquitos. Tú lo que quieres es comer lo más rápido posible, porque tienes un ataque de ansiedad tamaño catedral de Burgos, así que mientras hablas y no hablas, estás contando mentalmente cuál sería el tiempo prudencial para darle otro pellizquito al pan sin quedar como una puta osa delante de toda esa gente que, ya lo hemos dicho, está buenísima y sabe comer. Tú no. Tú no sabes comer y es tu puta culpa porque a veces te dan ataques.

Y llega la comida y comes a un ritmo muuuuuuuucho menor del que tú comes en un restaurante, porque un restaurante, para ti, significa “ingesta libre semanal por fin gracias a Dios me voy a poner hasta el culo” y hablas mientras en lo único en lo que piensas es en toda la comida que hay encima de la mesa y que tú no te estás comiendo. Y en qué pinta tiene. Y en lo buenos que están los demás y lo seguros que parecen todos y en el flotador de gases que tienes en la barriga. Y empiezas a tener taquicardia, pero no se te nota porque a ti no se te nota nada nunca. Llevas 38 años sin que se te note nada nunca. Y tienes la hormona que te hace querer matar en to lo alto, pero tú no lo sabes y no puedes avisar (“tratadme con cariño, que muerdo”). Y empiezas a respirar más rápido. Y ya no solo piensas en la comida. Piensas en largarte de allí. A fumar. Porque, si no fumas, comes. Y, si no fumas, comes MUCHO. Y ya estás sangrando y tienes gases, así que no puedes comer. De hecho, ni siquiera deberías haber cenado. Tampoco deberías fumar, porque fumar también da gases, pero es mejor fumar que comer. Pero tampoco puedes fumar, porque tienes que molestar a todo el mundo y te da muchísima vergüenza. Así que te tiras veinte minutos removiéndote en la silla, pensando en comer o en fumar y en si es mejor fumar que comer. Pinchando lechuga lentamente. No, lentamente no. Compulsivamente, pero muuuuuucho más lentamente de lo que tú la hubieras comido en un restaurante AKA ingesta libre semanal. Y entonces, gracias al cielo y a todos los santos, se levantan varios de la mesa y ya no tienes que molestar a todo el mundo, solo a unos poquitos, pero a ver cómo se lo dices, porque te sigue dando vergüenza decir que vas a fumar, pero te van a preguntar si es que te vas y entonces tendrás que decirlo y tú sales a fumar y eres la única drogadicta sin control de la mesa, la única drogadicta débil que está enganchada al tabaco y qué pinta tiene el chorizo, que no lo como hace años, con lo que a mí me gusta el chorizo, que me alimentaría de chorizo frito, a ver si hago chorizo de seitán para la pasta y ya no queda ensalada, mierda, y por qué demonios han traído más pan y más piquitos, qué buenos, los piquitos, y por qué nadie se ha comido ya todas las patatas y así tú no las ves.

Yo me había puesto de plazo marzo para dejar de fumar. La primera vez que lo dejé había perdido 15 kilos, con mucho esfuerzo. Puse 23. En tres meses. Me comí hasta las paredes.

Y entonces, uno te dice que para fumar no te deja salir y otro te pregunta si te has dado cuenta de que eres la única que fumas.

No, claro que no. Tampoco me he fijado en las minifaldas, ni en las camisas apretadas, ni en los pantalones prietos, ni en las barrigas planas ni en las musculaturas definidas ni en la forma en que caen las camisetas. Sí. Soy la única que fuma y la única obesa en esta mesa llena de personas con normopeso en el rango más bajo: que, si ponen diez kilos, siguen estando buenorros y que posiblemente no sepan qué es un ataque de ansiedad ni hayan vivido nunca durante toda su vida con ansiedad constante a todas horas. Y llevo media hora pensando en levantarme para fumar y viendo a esa gente que sabe comer atacar las patatas fritas, que yo me hubiera comido enteras. Pinché media. Casi lloro. Qué buenas están, las cabronas.

Y la taquicardia se te dispara, te dan temblores, que tampoco se te notan porque a ti no se te nota nada nunca, e intentas explicar con muy buenos modos primero y con muy malos después que sí, que sabes que fumar es malo, pero que, si no fumas, comes y no puedes dejar de fumar. Y te cuestionan que no puedas dejar de fumar. Y te ves dando explicaciones de los tratamientos que sigues a personas a las que no has visto nunca y a las que no vas a volver a ver. Y no: yo ahora no puedo dejar de fumar. Porque yo no sé qué es vivir sin ansiedad. Yo he vivido con ansiedad, por x circunstancias, desde que nací. Todos los días. A todas horas. Y el único control del que soy capaz, porque la ansiedad no se me va, es el de la comida. Con mucho esfuerzo, con un esfuerzo muy grande. Un esfuerzo tan grande que, en el último año he pasado por el proceso vital más duro de mi vida y no he puesto un gramo, cuando debería haber puesto… pues supongo que unos 40 kilos.

Tampoco he adelgazado. No soy superwoman. Ahora lo sé y he dejado de exigirme ser superwoman.

Y al día siguiente llega Bárbara Sánchez y cuenta que le llegó una mujer con sobrepeso. Una mujer con sobrepeso que es deportista y que corre maratones. Y dice: “No des nada por supuesto solo porque tengas a alguien sentado enfrente”. Y te acuerdas de Twin Peaks, las cosas no son lo que parecen, y de Graham Greene, cuando decía: “Si conociéramos la última causa de todo, tendríamos compasión hasta de las estrellas”.

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21 thoughts on “Y quién es el nazi que ha hecho eso

    1. Básicamente es: un post de disculpa por dar veinte voces (tipo: “qué histérica te pones a veces”) y un post de: ” todo esto a la vez es lo que piensa una persona con ansiedad constante delante de una mesa de comida”. Más lo de la disculpa, porque lo que pienso yo ya lo sé… 🙁

  1. Nosotros, de perfectos, tenemos poco. Gracias por acompañarnos y aguantarnos todo el finde. Que debemos de ser insoportables o lo siguiente.

    1. No se trata de que la gente sea perfecta o no. Se trata de cómo tú percibas la realidad que te circunda. Yo me lo he pasado muy bien en las jornadas, a pesar de los gases y del “no fumes” 😛

  2. Has detallado mis comidas sociales de los últimos 25 años. De hecho, vivo con miedo porque cualquier día, en medio de una comida, me levantaré de la mesa e iré acabándome las patatas de todos los platos. Y el pan. Putos desagradecidos, que pueden comerse todas las patatas sin engordar, y las abandonan, tristes y solas en el plato.

    1. Las dos personas, además de mí, que conozco con sobrepeso, sienten exactamente lo mismo. Yo comidas sociales tengo muchas, pero siempre con gente que conozco, así que si me como dos bollos de pan, no pasa nada…

  3. Olga te doy mi enhorabuena por haber tenido cojones de aguantarnos durante dos días. Somos muuuu seguíos!! He de decir que disimulas de maravilla estos momentos porque o me lo pasé de escándalo contigo. Un abrazo

    1. Ah, no: yo no he aguantado nada, yo me lo he pasado muy bien a pesar de que estaba hinchada como una tonta e irritable (por ejemplo, hoy estoy llorando por las esquinas. MIRA, ODIO LAS HORMONAS). Me gustó conocer a mucha gente y he aprendido mucho mucho.

  4. A corazón abierto, como siempre 🙂 A ver: en mi caso, que estoy gordo pero sin ansiedad alguna, igual no puedo entenderte del todo, pero -como sabes- disto mucho de ser un tipo acomplejado. Nunca lo he aceptado. ¿Voy a permitir que me dé lecciones de vida cualquiera, sólo porque no sea fumador y esté más delgado que yo? ¿aunque no se lave? ¿aunque sea un déspota? ¿un borracho? ¿un jugador? ¿un…? A más de uno le regalé una bonita cornada verbal por ello. No lo admito, ni ahora, ni antes con 20 kgs más…..Porque aquí, amigos, todos tenemos nuestros vicios y nuestras debilidades… Ah. Y lo de estar buenorra es cosa aparte de esos +/- 10…

    1. Cornadas verbales. A eso tengo que aprender yo. A dar cornadas verbales. Así, en general. Yo sí, hijo, yo complejos tengo muchos, por x circunstancias. Ay, todo en mi vida ha pasado por x circunstancias (que siempre es la misma, por cierto).

      MUAKS.

  5. Nos ha encantado tu post. Engordar o adelgazar no sólo depende de comer o no comer. Es un iceberg de motivos y nadie tiene el derecho de juzgar al otro por su aspecto… hay delgados que comen basura a kilos, y gente rellenita que lucha con todas sus fuerzas sólo para no engordar, controlando hasta el gramo lo que se echa a la boca. No es todo tan sencillo como querer adelgazar y ya está.

    1. No, no es tan sencillo. Hay que abordar muchos aspectos. La ansiedad, en mi caso. Otras personas no tienen ansiedad, pero necesitan comer varias veces al día. Otras no. Y así… 🙂

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