Entre bufidos y gruñidos

Ororo llevaba dos meses justos en casa cuando la destronaron. Llegaron Brea, una gata negra de su edad acostumbrada a estar con gatos y que solo quiere jugar (pero Ororo solo quiere bufarle y gruñirle) y Coyote, un gatazo impresionantemente grande (para lo que yo estoy acostumbrada a ver, que es un cachorro), de siete años de edad, que se pone tenso cuando se bufan. Cuando Ororo bufa: Brea maúlla lastimeramente. Creo que no la entiende, pobrecita.

Brea y Ororo, la primera vez que durmieron juntas.

Yo me he querido morir, literalmente. El primer día me los trajeron Agus y Miguel, que tienen gatos de todo tipo: los leucémicos en casa, los demás en las gateras. Ellos juraban y perjuraban que todo iba bien mientras Ororo no paraba de bufar como no la he visto bufar nunca. No ha atacado: sé cómo ataca porque quiso hacerlo con un perro que le sacaba diez cuerpos la segunda vez que fue al veterinario. Solo gruñe.

Lo he pasado yo peor que los gatos. La primera noche, cuando regresé de una cena que no disfruté porque pensé que, cuando llegara a casa, iba a ver el cadáver de alguno colgando de las cortinas, casi ni dormí. Coyote me recibió con un zarpazo pequeño en cuanto pasé por su lado. Me fui muerta de miedo a mi cuarto con Ororo, cerré la puerta mientras los oía maullar y me desperté con taquicardias, que me acompañaron todo el día. A las tres de la mañana, decidí vencer mi miedo (fue un rasguño de nada: luego me han mostrado fotos de qué es lo que ocurre cuando la adaptación no va bien y sí: sale sangre). Salí del cuarto, le di comida húmeda a Coyote en su cuarto y me fui a la cama otra vez. Al día siguiente solo me senté en el sofá. No hice más. Estar sentada en el sofá y tener taquicardias. Me calenté un puré que tenía que haber pasado por la batidora y tenía una textura horrible, comí la mitad, cené nada y menos.

Me pasé el día hablando con mis amigos gatunos: Álvaro, que me dijo que si se pegaban, tampoco pasaba nada. Claudia, Tralarí, Cor-de-laranja… Va muy bien, decían. Yo me quería morir, pero por lo visto iba muy bien. A mí me parecía la tercera guerra mundial en mi salón, pero iba muy bien. Llamé a Noemí, que me calmó, porque Noemí siempre calma. Agus, Raquel y Anna han estado pendientes en la distancia todo el día. Agus, divertidísima, porque ella tiene 50 gatos. Sí, 50. Buscan un hogar, por cierto, todos ellos.

Al día siguiente, que fue ayer, con un dolor de cabeza importante por la desnutrición (juas juas juas), me desperté calmadísima. Vino María Jesús a hacerme un risotto de calabaza y pude ducharme, por fin. Un día sin ducharme. Cómo lo echaba de menos. Ella se encerró en la cocina mientras yo, por fin también, me depilaba y me echaba crema hidratante, porque Ororo ha dejado de hacerme heridas. María Jesús ha tenido gatos y es muy calmada, así que nos ventilamos el risotto (el mejor del mundo), vimos Stalag 17, de Billy Wilder, y yo pensé que ya puedo comenzar a recuperar mi vida.

Coyote abraza a Brea los primeros días.

Y aquí estoy. Ororo bufa, Coyote quiere amasarme el brazo (me agarra la tela con los dientes, se pone encima y hala, a masajear). Se pasa el día durmiendo o vigilando que estas dos no se maten. Brea se pasó los dos primeros días escondida en el rascador muerta de miedo y ahora ya se deja acariciar. Poquito, pero se deja. La he cogido y todo para sacarla de algún cuarto y de la cocina: se revuelve, pero no ataca. Ororo me bufa a mí y me muerde la mano como con rabia (pero nunca clavando los dientes ni sacando las uñas) y Brea ya explora la casa. Coyote y Ororo duermen conmigo. Brea maúlla pidiendo compañía: Coyote se va con ella. Luego vuelve. Brea maúlla otra vez y así un par de veces durante la noche.

Coyote tiene que tomar pienso Urinary porque está malito de los riñones. Para mí era un mundo. Pero Agus, de Gatos Ancat, me puso en contacto con Anna (no sé qué hubiera hecho sin ella sin su generosidad a todas horas, su paciencia y su carácter tan tranquilizador), que ha tenido siete gatos y ahora tiene cinco. Varios de ellos necesitaban comida especial y uno, además, era ciego y no se dejaba tocar. Pero aprendieron. El truco es darles de comer varias veces al día, mínimo cuatro (yo, cuando me levanto, a las siete de la mañana, a las cuatro de la tarde, a las siete y a las diez de la noche: lo he hecho así porque son las horas a las que estoy en casa, ya que algunos días tengo inglés). Yo también voy aprendiendo con ellos. Hay que darles algo de tiempo y tengo que cambiar las rutinas de Ororo y Brea, que comen ahora en el pasillo. Pero deberían comer en el salón, que se puede cerrar, porque son más lentas que Coyote. Tenía algo de miedo por si echaba demasiada comida y se me ponían como trullos, pero se regulan: no se lo comen todo y no comen con ansiedad. Por ahora. Ya iremos viendo.

Tiempo, bufidos, zarpazos y paciencia. Así transcurre mi vida estos días. Ya sin taquicardias.

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6 thoughts on “Entre bufidos y gruñidos

  1. La verdad es que los cabreos felinos dan miedillo, pero suelen ser más ruido que nueces.
    Ánimo, seguro que se adpatan bien, sobre todo Ororo que es cachorrilla.

  2. Irá bien, ya verás. Sólo necesitan un poco de tiempo, y terminarán queriéndose. De vez en cuando jugarán a atacarse y luego se darán mimos y dormirán juntitos. Paciencia y muchos mimos a los tres. ¡Y ánimo para ti!

  3. Cuando adopté a mi segunda gata, pensé que a la mayor le daba un infarto. Se pasaban el día bufándose y mordiéndose la yugular. Pensaba que se mataban. Y ahora mismo están las dos durmiendo juntas en el sofá.

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