El equipo 48

Me gustaría escribirlo todo para que no se me olvidara lo importante, pero sé que lo importante no lo puedo contar. A principios de julio, yo quedaba, de nuevo, con los amigos para ir a un ensayo, como todos los años desde hace ocho y con los de siempre. Conozco esas piedras de memoria. Sé cuáles resbalan y dónde hay un llanito, qué vomitorios tienen los escalones más altos, por dónde hay que entrar para toparse a Ceres, dónde se colocan las barras y dónde las mesas de sonido. Y, sin embargo, a pesar de todo eso, siento siempre lo mismo cuando accedo por la puerta de actores, después de unas cañas en La Lonja, y no miro el teatro, porque nunca lo miro hasta que llego arriba, hasta que conecto los cables, hasta que me siento y ya sí. Ya sí, en el centro, esas columnas, la escenografía de la primera obra (una luna grande en esa Salomé), cojo aire, lo expulso lentamente y me sigo asombrando. Todos los años regresa el asombro. Y eso ocurre al principio, pero también durante todos los ensayos, y cuando ese teatro con tres mil localidades se llena de público y Fernando Ramos dice aquello de “señoras, señores, la representación va a comenzar”. Fernando: qué momentos.

Foto de Jero Morales de la ópera Salomé

Yo nunca había visto una ópera en directo. Sí en vídeo, pero no en un teatro: en un teatro solo he visto conciertos líricos (a Montserrat Caballé, en ese mismo escenario; a Teresa Berganza, en Almería). “No he estudiado una partitura más en toda mi vida”, me dijo Álvaro Albiach (jamás agradeceré lo suficiente que este señor dirija la Orquesta de Extremadura) y aprendí también que se puede hablar del deseo (del deseo femenino, ese que no existe) de una manera desasosegante y noté que ya capto cuándo una partitura es compleja y me dejo llevar. Volví a admirarme con esa manera de utilizar el cuerpo como lenguaje que tienen los bailarines, sean de flamenco, sean de danza clásica o contemporánea, y comprendí a Medusa y me dio pena esa mujer a la que convierten en monstruo porque a los hombres, si son dioses y si son humanos, en cuestiones de sexo no se les puede castigar. Me imaginé a unas brujas danzando por entre las columnas en Dido y Eneas y asistí a la rueda de prensa más interesante a la que he ido jamás (y he ido a muchas muy interesantes). Fue con una compañía griega, Polyplanity, y su director, Stathis Livathinos, que nos dio un discurso sobre el hecho teatral y sobre Homero y sobre cómo los griegos siguen yendo al teatro y llenando los teatros porque están ávidos de historias a pesar de la crisis y que planteó los 24 cantos de Homero en La Ilíada de una manera seria, completamente seria, con un lenguaje sorprendente y con una señora, Maria Savvidou, que te dejaba sin respiración cada vez que salía a escena.

La Ilíada. Foto de Jero Morales

Las ranas me dio la oportunidad, por fin, de entrevistar a Pepe Viyuela y me di cuenta, porque yo antes no lo sabía, mientras le escuchaba, que somos lo que decimos. Mientras oía a ese hombre articular un discurso coherente y apasionado sobre su profesión (quiero verle en una tragedia ya), me ocurrió lo que me pasó con Emma Suárez y con Calixto Bieito hace unos años: me enamoré. Acabé la entrevista pensando en lo guapísimo que es ese hombre, con sus ojos grandes y su serenidad y su timidez a ratos, cuando le hablé de poesía. Y me fui a Medellín, a estrenar un teatro después de dos mil años y a abrazar a José Vicente Moirón y a Denis Rafter (hablar con él de Shakespeare es una de las mejores cosas que me han ocurrido a mí: he aprendido tanto con este irlandés…) y a untarnos de Autan y a compartir con los amigos el momento histórico que estábamos viviendo, porque a la historia cotidiana, la que construimos nosotros, nunca le damos excesiva importancia. Moirón me regaló, y cito lo que le dije textualmente, “el mejor Edipo Rey que he visto en este puto escenario”. Es el que sale en la foto: yo soy la rubia. Y ahí están mis amigos.

Moirón y la prensa (y mis amigos) en Medellín. Foto de Jero Morales.

Con Pluto me pregunté (como lo hice cuando trabajaba con yonkis o cuando hablaba con mis amigos de Trabajo Social) si la pobreza es necesaria y de qué forma legitima el sistema. Paladeé todas las palabras de Coriolano y me sobrecogí cuando Volumnia le dice a su hijo que se largue sin ella, que ella se queda porque ya no le es fiel. Me reí con El eunuco, me reí mucho con El eunuco, y descubrí que sí, que se puede hacer comedia, una comedia loca como Los Gemelos y que las etiquetas (esto es comedia, esto es tragedia) a veces a las comedias le hacen un flaco favor.

Coriolano. Foto de Jero Morales.

Y, sin embargo, lo mejor ha ocurrido detrás.

Este festival ha tenido muchos nombres y, por primera vez, esos nombres no son Pau Miró, Calixto Bieito, Miguel Murillo, Tamzin Townsend, Eusebio Poncela, Pep Antón, José María Pou, Ángel Corella o Concha Velasco (por muy emocionante que haya sido verla aparecer en los Ceres). Son de otra gente. Gente a la que al fin ves, porque estás preparada para verla y porque, al final, la amistad, cuando eres niño y cuando eres adulto, comienza cuando se cuenta un secreto. Este festival, por muchas razones (por muchísimas razones) son, antes que nada, los ojos verdes de Toñi. Es una cena con ella y con Ana (y muchos cafés con Ana, que ya estaba antes, de todos modos), una charla sobre las barreras que yo no noté en mí durante los años anteriores, sobre el perdón y la necesidad de hablar y la reconciliación. Es los tomates de Esmeralda y la incertidumbre por el futuro; los abrazos de Nico a todas horas, las copas, un sobrino hermoso, la alegría a pesar del cansancio.

Toñi, Nico y Esmeralda, responsables de prensa y relaciones con los medios del Festival. Supongo que la foto la hizo también Jero Morales.
Toñi, Nico y Esmeralda, responsables de prensa y relaciones con los medios del Festival. Supongo que la foto la hizo también Jero Morales.

Este verano ha sido una cita en mi casa en la que descubrí, con una copa de vino blanco en la mano y en una cocina abarrotada de gente en la que meses antes no hubiera dejado entrar ni a Dios, mirando a Paco Vadillo
, que podía ser maravilloso que un montón de amigos, de golpe, se apropiaran de mi espacio sabiendo que ya es suyo. Con alguna recaída. Que bueno, en fin. No está todo hecho. Aún. Admiré a Esperanza mucho más de lo que ya lo hacía antes, que era mucho, lo aseguro; desayuné con Inma durante sus vacaciones sin querer largarme a trabajar; Quique nos surtió de disfraces que no son disfraces sino tipos (y me enseñó Cádiz, aunque sea en foto) y Esther estuvo ahí para mí, para encontrarme.  Y se mudó. Por fin. Se mudó. El parto de la burra, ha sido esto. El acontecimiento del año. De los últimos siete años.

Una obra de teatro sirvió para que yo conociera a una persona con la que había tenido dos encuentros anteriores bastante poco afortunados. Hice cosas que no había hecho hasta ahora y salieron bien: siguen saliendo bien. Fui yo sin desaparecer y sin avasallar, me miré como otros me miraban, me acerqué despacito o eso creo. Confié y conté. Y fue fácil contar.

Me gustaría recordarlo todo. La elección de un modelito para los Ceres en casa de Charo, el cambio de look con el pelo azul que me hizo Blanca, una sesión de maquillaje, unas charlas hablando del Festival con su director hasta las tantas de la mañana, la terraza con calor y con frío, algún episodio desagradable, Ana hablando de política y de la crisis; la mochila del equipo 48 a los pies de mi mesa durante dos meses (con sus dos micrófonos, sus tres cables, sus cascos, sus dos grabadoras, sus dos pies de micro, pesando como una burra); las risas por agotamiento, empalmar en la gala de los Ceres buscando una churrería y un Cola-cao, todas las noches que no pisé el Garoa y la unión de una tribu que ama lo que hace y que siempre está de acuerdo en todos los análisis. Con matices.

Pero, sobre todo, sobre todas las cosas, este Festival se llama Sandra.

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