Soja texturizada con setas

Soja texturizada gruesa con setas
Soja texturizada gruesa con setas

La soja texturizada gruesa de Vantastic Foods, que podéis encontrar en Vegan Place (yo ando convenciendo a Cristina de que lo pida todo de esta marca) es la mejor que he probado con diferencia. Yo le meto mucho a la soja texturizada gruesa, pero la textura de esponja que tienen otras marcas no me acababa de convencer, aunque me la comiera igual. Bien: esta no es esponja. Esta tiene sus fibritas que se te quedan entre los dientes y todo. Y se cocina igual que cualquier plato de carne tradicional en el que podáis pensar (patatas con carne, por ejemplo, o estofado de carne con verduras). Adoro esta soja y adoro las setas, así que las mezclo y sale un plato tremendo que, con pan integral, arroz integral, pasta y, además, una ensalada o un tomate o dos picados, ya es una comida completísima. Además, la receta es muy fácil y se hace en un pis pas y podéis poner las setas que se os antojen. Yo usé champiñones ostra, que son los que se encuentran más fácilmente, además de los blancos, en cualquier frutería. Son estos:

Champiñones ostra
Champiñones ostra

Ingredientes para 4 raciones:

  • 100 gramos de medallones de soja
  • 400 gramos de setas ostra (o 200 de setas ostra y 200 de champiñones normales, pelados y limpios, cortados a rodajas y a tiras)
  • 1 cebolla grande cortada en cuadraditos
  • De 50 a 75 ml de vino blanco
  • 2 o 3 dientes de ajo (o más, los que queráis)
  • Un manojo de perejil, solo las hojas
  • 4 cucharadas de aceite de oliva
  • 1 litro de agua hirviendo o de caldo vegetal
  • Sal al gusto
Soja texturizada con setas
Soja texturizada con setas

Preparación:

La soja texturizada siempre se prepara de la misma manera. Se pone la soja en un cuenco hondo, se echa el agua o el caldo hirviendo encima, se tapa (yo le pongo un plato encima) y se deja reposar 10 minutos, para que la soja se hidrate. Luego se escurre bien en un colador y, si quieres, para que esté mucho más escurrida, la aplastas con el dorso de una cuchara de madera encima del colador. Ya la puedes freír a fuego medio otros 10 minutos o 15, depende de lo dorada que te guste, en 2 cucharadas de aceite y en una sartén puesta a fuego medio o medio-alto.

Yo la hago por separado para controlar el dorado, pero se puede hacer todo en la misma sartén. Realmente, la hago por separado porque normalmente frío cantidades grandes de soja y hago las salsas aparte y así tengo soja por un lado y salsas en el congelador por otro para unirlas cuando me apetezca. Por ejemplo, a esta soja con setas se le puede poner salsa de tomate y añadirle pasta integral corta (macarrones, espirales… y tienes un plato bien completo).

En otra sartén, calientas otras 2 cucharadas de aceite. Sofríes la cebolla a fuego medio durante 5 minutos (de 5 a 7, hasta que esté dorada) y, mientras tanto, machacas los dientes de ajo con una pizca de sal en el mortero, junto al perejil en hojas (pon la cantidad que veas, yo echo un puñado y no peso las hierbas), le añades el vino al mortero y remueves para que el perejil y el ajo se desprendan de las paredes del mortero y lo reservas.

Cuando estén las cebollas, añade las setas y pon el fuego a fuego medio-alto. Dale unas vueltas y sofríe de 7 a 10 minutos, hasta que veas que han eliminado el líquido. Luego, añades el contenido del mortero y le das un hervor para que se evapore el alcohol. Ahora aquí puedes añadir la soja texturizada frita. Vas removiendo de vez en cuando y esperas a que se evapore el vino por completo (esto depende de lo húmeda que esté tu soja, pero en unos 10 minutos o menos lo deberías tener listo). No te olvides de echar sal al plato. Y ya lo puedes servir como te apetezca.

Veinte años de colores y de cine

Cartel FanCineGay 2017
Cartel FanCineGay 2017 realizado por Ricardo Cavolo.

Que el cine, por sí solo, no cambia la realidad, ya lo sabemos, como ha recordado Mamen Briz (y de eso sabe, que es cineasta y tiene un Goya y un FanCineGay y un Miradas del Festival de Cine Inédito de Mérida), pero que influye y puede cambiar algunas mentalidades, poco a poco, sí que es cierto. Al menos, hay un puñado de personas que, durante muchos años, se vieron reflejados en personajes muy estereotipados (o malos muy malos o jocosos muy jocosos) y que ahora, en una pantalla de cine, ven historias de gente corriente (malos, buenos, reprimidos, desenvueltos, guapos, feos, mayores, jóvenes y de todo tipo). Creo que es importante sentirse identificado: ver cómo otros escriben historias que hablan de ti.

Desde que se proyectó El celuloide oculto en Badajoz y la policía les quitó los carteles que colgaban en las calles, han pasado muchas cosas. Entre otras, veinte años. Hace tres, presenté un premio con Alfonso Suárez, que ha terminado trabajando para Fundación Triángulo. Hace dos, me dieron el Premio Las Horas, que fue uno de los dos premios más bonitos que me han dado jamás (es que solo me han dado dos). Y este año he presentado la gala.

Y era la gala del vigésimo aniversario. Que es algo gordo.

Realmente, sé que ha sido uno de los favores más importantes de mi vida (luego han llegado algunos más, porque Pablo es así). Por eso, cuando faltaban días para que empezara la ceremonia de ese vigésimo aniversario, escribí esto:

Palacio de Congresos de Badajoz
Palacio de Congresos de Badajoz. La foto no sé ni de quién es.

Este sería mi discurso de apertura de la gala del FanCineGay, que no lo voy a dar porque mi vida no le interesa a la gente que hay allí. Pero sería este.

El 12 de noviembre de 2016, yo estaba en este mismo escenario recogiendo el premio Las Horas. Ahí acabó mi 2016, que fue un año maravilloso, con el mejor colofón que algún día pude pensar. Por aquellos entonces, mi padre vivía. Mi mejor amigo también estaba vivo. Una de mis mejores amigas podía correr detrás de sus hijos. No había tenido unos exámenes de selección que me tuvieron enclaustrada más de seis meses. Salía para ir a hospitales. A hospitales de Badajoz. A hospitales de Sevilla. A hospitales de Granada. A morirme de miedo, porque en un hospital te mueres de miedo aunque nadie te lo note.

Este año ha sido el más mierda y el más doloroso que recuerdo. Y el dolor no se va. Ni se va a ir, por mucho que se viva con él, porque con el dolor se vive igual que se vive con la alegría: de a poquitos.

Durante todo este tiempo de hospitales, de exámenes y de mierdas, en persona, por WhatsApp o por teléfono, el director del FanCineGay, que se llama Pablo Cantero y es mi amigo, estuvo pendiente en todo momento. Estuvo pendiente cuando yo estaba en Badajoz, cuando estaba en Sevilla, cuando murió mi mejor amigo (que era mi hermano, aunque no lo fuera) hace menos de dos meses y me pasé las vacaciones en Granada. Y, como Pablo es así de generoso y, además, me quiere, me dijo en verano (un verano que fue esperanzador, aunque luego se fuera todo al carajo) que se le estaba ocurriendo una cosa y que ya me la comentaría.

Y esta es la razón por la que yo me pruebo vestidos, mis amigas me mandan un chal y dos pares de zapatos desde Málaga, salen conmigo a comprar ropa y tengo estrés. Porque Pablo sabe hacer estos regalos.

Y yo, que sé que este año ha sido una mierda, también sé que tengo mucha suerte.

Pablo Cantero y yo
Pablo y yo. Foto de Karel Fernández.

Y allí que fui. A presentar. La cosa había empezado mucho antes, con una llamada de Javier Herrera, que trabaja como actor, como educador, como director y como lo que le echen. Siguió con un guion que era muy Javi (Javi escribe maravillosamente bien, pero es tan simbolista él y yo soy tan tabernera y tan directa yo) y muy poco Olga y continuó conmigo disfrazándome de mujer, tacones incluidos, para presentar un acto con ropa de todas mis amigas: el vestido, de Charo; los zapatos, de Claudia; el chal, de Cristina; el maquillaje, de Ana; la peluquería, de Blanca…

Yo antes de presentar la gala
Foto de Karel Fernández

Pasé toda la semana con taquicardias. Porque yo tengo ansiedad, lo he contado en varias ocasiones, y solo pensaba que era el vigésimo aniversario, que había regalado todos mis zapatos con tacón, que yo me caigo en lo más llano y que… A ver: cuando a una mujer se le dice que presente algo, la primera pregunta es: ¿Qué te vas a poner? Se da por hecho que el guion se lo escriben o, en todo caso, que lo más importante es el vestido. Y los zapatos, porque con vestido largo hay que llevar tacones. Los domé y a las tres horas me dolían los pies: me salió una ampolla en la planta, al principio de la gala se me cayó el guion (menos mal que estaba ya casi detrás del escenario) y allá que me bajé, subida en tacones (todo el mundo diciendo: “Pero si no son altos”) y pensando: me voy a matar. Porque yo, con tacones, no sé andar.

Yo sin tacones en mitad del escenario
Y así presenté. Foto de Pablo Cantero

Y justo después, salió Jesús Murillo, subido encima de unos taconazos de aguja de vértigo y dijo: “Yo sí sé andar con tacones”. Oscilaba entre “te odio y esto no se hace” y ponerme de rodillas a suplicarle que me enseñara. Antes había salido Pablo, como director del FanCineGay que es, a dar un discurso que no escuché porque desde donde yo estaba no se oía nada. Y a mí me gustan mucho los discursos de Pablo. Mirad qué artículo más bonito sobre lesbianismo y cine ha escrito para la revista Versión Original. Yo quería haber dicho lo mucho que admiro a este señor, que es terapeuta ocupacional, profesor de Universidad, presidente de Coptoex y muchas otras cosas. Pero me dio vergüenza.

Soy así, yo qué le hago.

Por estos 20 años, se premió a gente que ha trabajado para que la visibilidad sea real. Mai Saki, fotógrafa, realizó una exposición sobre transexualidad e hizo subir a todos al escenario. Habló del pudor que le daba hacer las fotos, meterse en las vidas de gentes que lo han pasado muy mal: “Tenía miedo de llegar a las casas y hacerle daño a gentes, a personas, que ya han sufrido mucho. Yo soy homosexual. Tengo 44 años y salir del armario ya era difícil. (…) Esta mañana he estado con una persona trans que se ha intentado suicidar. Una persona con una luz maravillosa, que está llena de sensibilidad. A mí me parece una persona con talento. Creo que es totalmente injusto [que exista] una sociedad que lleva a una persona a suicidarse”. Algunos de sus trabajos antiguos los pueden ver aquí. Fue emotivo, directo y precioso. A mí es que esta mujer me gusta mucho, qué queréis que os diga.

Mai Saki
Mai Saki. Foto de Karel Fernández

También le dieron galardón a Createatro, a Joserra Rodríguez y Juanjo Calamonte, que son de esa clase de personas que te trae tu trabajo y que se convierten en amigos después. Han hecho obras de teatro con muchas historias: también de personas a las que no podríamos llamar heteronormativas. El teatro es maravilloso para mostrar otras realidades, aunque a veces haya trabas en determinadas localidades: que las ha habido. “No programéis la de los gays”.

Joserra Rodríguez y Juanjo Calamonte
Joserra Rodríguez y Juanjo Calamonte. Foto de Karel Fernández

Premiaron también a la revista Pikara, a Olga de Dios y al corto Princesa de Hielo. Y Javier Pizarro, que escribe en El Asombrario, y Chose Garrido, que es antropóloga y una de las personas más brillantes que conozco, entregaron premio. Y son amigos y también les admiro mucho, por muchas cosas.

José María Cumbreño y María José Garrido
José María Cumbreño y María José Garrido. Foto de Karel Fernández

Pero, por encima de todas las cosas, le entregaron el premio Las Horas (uno de ellos) a Ángel Briz y Ángel recibió el mismo galardón amarillo que está colgado en mi cuarto. Y el premio se lo entregó su hermana Mamen y se lo dieron al final para que Israel, que es su novia y una de mis mejores amigas y que hace las mejores rutas por Mérida, pudiera llegar a tiempo porque tenía que trabajar y yo, saltándome todos los protocolos habidos y por haber, cuando le presenté, dije que respira cine y que lo sé bien porque tengo la fortuna de apoltronarme muchos domingos en su casa para ver películas y tomar café y que es una de las personas más importantes de mi vida. Adoro a este hombre. Con fruición y pasión y con todo el amor del mundo.

Ángel Briz con su premio
Ángel Briz con su premio

Y comimos vegano y todo. En el Masumi Convento (que tardaron en servirnos un montón, por cierto) yo comí sushi. De aguacate…

Sushi de aguacate en Masumi Convento
Sushi de aguacate en Masumi Convento

Y un conito con aguacate y pepino. A ver: lo más elaborado del mundo no es, pero yo me doy con un canto en los dientes con que haya algo vegano en la carta a estas alturas de mi vida. Siempre me martillea la frase de Lucía: que haya una ración proteica de calidad. Juas.

Cono en Masumi Convento
Cono en Masumi Convento

Lo de las proteínas, a los caterings, se les olvida. Con lo fácil que es hacer un hummus… Y poner bandejas con cosas veganas al mismo tiempo que las omnívoras. Que la gente se las come, señores. Y tú no estás allí, con tus platos aparte, sintiéndote el puto bicho raro de la fiesta y temiendo que la gente te pregunte qué es eso y vuelva a sacar el tema del veganismo, que qué cansinos que son los carnívoros, rediós.

Señores de los caterings. Tú coges a un par de cocineros y te pones a cocinar cosas molonas que, además, se pueden comer frías. Que os voy a decir una cosa: van a desaparecer antes que los bocadillos de ensaladilla rusa. Porque la gente le da al hummus y al guacamole y al salmorejo hasta en invierno que da gusto. Y a las hamburguesitas de legumbres. Y hasta a la tortilla de patatas sin huevo. Que como les llegue un alérgico al huevo no saben ustedes cómo hacer una tortilla de patatas… Pero vamos, yo me los comí muy a gusto. Con tristeza por la poca formación de los cocineros en esta santa tierra, que deberían de correrse vivos cuando les llega alguien que no les obliga a hacer empanadas de atún y hamburguesas de carne, que llevan haciéndolas toda la vida… A mí, si fuera cocinera, me gustarían los retos. Digo.

Moraleja: llévate un hummus la próxima vez.

Cuscús y macarrones con verduras
Cuscús y macarrones con verduras

Sobre si la presentación salió bien o no salió bien, yo no lo sé. Porque tú estás arriba y no te enteras de nada y además, el guion no te lo sabes muy bien porque lo de aprenderte cosas al pie de la letra a ti no se te da y, entre otras cosas, tú eres de esa clase de mujeres que son agresivas hablando de ciertos temas y el tono dulce y calmado no te sale y, encima, luego hubo un lío con la foto de familia que te da vergüenza hasta contarlo y la gente te dijo que muy bien porque no te van a decir que eres un desastre en tu cara…

Pero conocí a Marc, del cine club El Gallinero, y a su novia (y él ya me gustaba, pero ella… Madre, qué mujer: qué pena no vivir más cerca de cierta gente) y abracé mucho y vi por fin a Josémari, que es el presidente de la Fundación Triángulo y el pobre estaba malito, pero allí estaba (y todavía me tiene que dar un regalo que me trajo este verano). Que aquí lo de ver a gente es solo eso: verla. Porque no puedes hablar con nadie. Zascandileas de un sitio a otro y ya.

José María Núñez y yo.
José María Núñez y yo. Foto de Karel Fernández

Y luego salimos, bebí garrafón (porque yo, con dos copas, no tengo el resacón que tuve al día siguiente); Ángel, Israel y yo nos fuimos a Portugal a comer y, en la Adega Regional, me comí un arroz con miga de pan y cilantros y mucho ajito. Que no me acabé porque era una jartá de grande.

Migas con cilantros y arroz en Adega regional
Migas con cilantros y arroz en Adega regional

Y comencé, por fin, mi año nuevo.

La gala del FanCineGay ha terminado poniendo el punto y final al 2017. Solo espero que este 2018 tempranero no tenga tantos sustos.

Granada. La otra ciudad donde está mi casa

Granada siempre ha sido compartir una bandeja de piononos de Santa Fe con Jandro (en algún lado debe de haberlos veganos, pero ya no sé), tomar café helado con su hija mayor, Miriam; recorrer tiendas de cómics con su hijo pequeño, Marcos; irme a dar un paseo a la frutería con Mariana; desayunar churros todos juntos; ir a ver a Martina (la mediana) a un partido de baloncesto, por ejemplo. Salir a merendar con los niños para dejarlos a ellos solos. Cuidar de Miriam cuando era pequeña y Martina aún no había nacido. Caminar por el sendero que lleva a la Alhambra. Hacerle fotos a los pensamientos (me refiero a las flores, que no soy tan poética, yo). Escribir en el Rabo de Nube. Quedar con Ángel para cenar, tomar café (sí, tomamos mucho café), ir de tapas. Salir a fumar a la terraza con Gina, descubrir a Claudia y ver los tejados. Ir a una graduación y saber que me quedan dos. Granada sigue siendo todas esas cosas, pero sin Jandro. Para ver a Jandro, porque estaba enfermo, mis amigas y yo quedamos en Granada. Claudia estudió allí, lo propuso y todas dijimos que sí. Ella y Cristina venían de Málaga, yo de Mérida y Gema de Sevilla, que es otra ciudad que amo a pesar de todos sus pesares, que los tiene.

Rabo de Nube, Granada
El Rabo de Nube en una foto que le hice hace años

La cosa había surgido un año antes o así. Cristina iba a abrir Vegan Place y Claudia creó un grupo en el Facebook. No era un grupo: era uno de esos chats comunitarios que yo tanto odio con todo el odio del que soy capaz y de los que desaparezco en cuanto me añaden. Estábamos las tres y Álvaro, cocinero, vegano también, para que le habláramos a Cristina de ingredientes que podía tener en la tienda. En esto, mi gato Huck se puso malo, como todos tienen gatos yo les comentaba qué asustada estaba y me acordé de Gema, que hace quesos y que usa cosas como carragenato kappa.

Y Gema se pensó que era yo la que había creado el chat para hablar de Huck.

Luego empezamos a desbarrar. Pero a desbarrar. Y ya quitamos al pobre de Álvaro, que no tenía por qué aguantar cómo un grupo de cuatro mujeres rajaba de todo a todas horas (y las dos cosas son reales: De Todo. A Todas Horas) y nos hemos tirado hablando, ya por WhatsApp, pues no sé cuánto tiempo. Meses, quizá un año. Hasta que decidimos quedar. En junio, en agosto, en septiembre. Ninguna fecha cuadraba. Hasta que llegó octubre.

Claudia conocía en persona a Cristina y me conoce a mí; Gema me conoce a mí y Cristina a Claudia. Así que allí quedamos, en un apartamento de Granada, venga a ilusionarnos con el viaje, yo diciéndole a Jandro que llego el 6 de octubre y después me quedo unos días…

Y el 30 de septiembre tengo que salir de aquí pitando y el día 2 entierro a un tío que me ha acompañado los últimos 23 años de mi vida. Desde pagarme una matrícula de la universidad hasta salvarme la psique tres o cuatro veces y darme otra familia que también es mi familia: ese hombre lo ha hecho todo. El sábado 7 yo me largué a una misa en los maristas en la que me harté de llorar desde antes de que empezara hasta que acabó. En medio, un hospital cochambroso, despedirme a solas en la habitación, sin hablar, y pensar en te quieros y en gracias, porque mi vida hubiera sido mucho peor sin él; un tanatorio, un funeral y que te partan por la mitad.

Me preguntaron si quería cancelarlo y dije que no. Pasara lo que pasara, iba a necesitar alcohol.

A Jandro le gustaba mucho vivir. Le gustaba la vida, en general. Así que yo, después de esa misa que le hicieron en su colegio, me fui de nuevo al apartamento, con los ojos como dos manzanas rojas, a reírme, a tomarme un ron y a cantar, ronca como estaba. Porque eso casa más con la forma en que él vivió.

Gin tonic en Badajoz
Esta foto no es de ese fin de semana, pero el móvil se me rompió y… Bueno, que Gema se tomó un gin tonic y yo un ron na’ más vernos.

Así que, en todo este maremágnum de vida caótica, allá que nos plantamos. A comer y a hablar, a hablar y a comer, y a cantar canciones de la Jurado que yo no conocía y a encontrarnos con un tío que no paraba de decir que era informático, como si hubiera estudiado en el MIT (soy así de perra, qué pasa) y a visitar karaokes cuanto menos curiosos y a comer y a hablar y a comer. Porque a nosotras nos gusta comer. Y beber. Y hablar.

Justo 20 minutos antes de que saliera el autobús, a mí se me cayó el móvil al váter. Así que las fotos de esta entrada han salido como han salido y, además, no sé quién hizo cada una.

Seitán al curry en El Ojú
Seitán al curry en El Ojú

La primera parada, obligada para saludar (Claudia conoce a una de las chicas de la cooperativa) fue El Ojú. Allí comí yo por primera vez con dos de los hijos de Jandro, Marcos y Miriam y con la mejor amiga de Miriam, Cristina, y disfrutamos muchísimo (sobre todo cuando le dije a Miriam que las albóndigas que le estaban encantando llevan esas lentejas que tanto odia -descubrió que lo que no le gusta es el potaje de lentejas: si es que hay que cocinar las legumbres de modos distintos, señores). Me gustan más las raciones que las tapas. Tomamos albóndigas, perritos y ese seitán, que a mí me gustó mucho.

Perritos calientes en El Ojú
Perritos calientes en El Ojú

En fin: antes habíamos comenzado comiendo tortilla, pan de chocolate y naranja, pan integral, alioli y quesos de Gema, pero eso merece un párrafo aparte, mucho más aparte, y con fotos. O una entrada.

Albóndigas en El Ojú
Albóndigas en El Ojú

A mí ese fin de semana me iba a servir para ver cómo se comportan tres veganas de pro en bares en los que no hay opciones. Mi gozo en un pozo: hay que quedar en Mérida, señoras. Para que me enseñéis a sobrevivir. En un bar cualquiera solo hay ensalada con rulo de cabra o con pollo o con queso o con aliño de miel o con salmón o con todo a la vez. Me hace gracia cuando la gente dice que hummus o parrillada de verduras hay en todos los restaurantes. En Granada sí que hay opciones en todas partes. Como esta:

Falafel con pegotones de hummus en El Origen
Falafel con pegotones de hummus en El Origen

En un bar cualquiera de la calle Elvira (en la calle Elvira, 33) está El Origen. Y allí tomamos falafel con pegotoncitos de hummus por encima y patatas fritas y estaba todo muy rico y yo no paraba de pensar en por qué allí hay falafel en todos lados y hummus y salmorejo con aguacate y paté de berenjenas como en el Babel World Fusion. En TripAdvisor hay comentarios que lo ponen a caer de un burro, pero a nosotras la comida nos gustó mucho.

Paté de berenjenas en el Babel World Fussion.
Baba Ganoush. Creo. O paté con berenjenas. O algo. Pero rico. Lo sirven en el Babel.

En aquellos momentos ya solo quedábamos Cristina, Claudia y yo, porque Gema había partido a su casa y se perdió a los tres camareros guapos que había allí. Porque eran guapos. Pequeños para unas chicas de 40, más o menos (bueno, pequeños para mí, que tengo una paranoia con la edad. Sé que es orientativa pero no determinante y aun así…).

Salmorejo con aguacate en el Babel.
Salmorejo con aguacate en el Babel. Esto lo tengo que hacer yo.

También sin Gema nos fuimos a comer a un árabe del que no recuerdo el nombre, que tenía falafel, hummus, paté de berenjenas y cuscús con verduras. Y en el que pusieron un incienso que nos hizo salir de allí pitando, porque nos picaban los ojos que no veas.

Falafel, paté de berenjenas y hummus
Falafel, paté de berenjenas y hummus. Sí, la foto es una porquería.

Cristina y Claudia (no sé qué les pasó) no se pudieron acabar el cuscús. Que estaba muy rico.

Cuscús de verdura
Cuscús de verdura

Y hubo sitio para el postre.

En teoría deberían llevar miel, pero la glucosa es más barata
En teoría deberían llevar miel, pero la glucosa es más barata

Cenamos en El Ojú, he dicho (yo podría haberlo hecho todo cronológicamente, pero no sería yo) y, luego, recenamos tortilla con alioli y, al día siguiente, después de desayunar tortilla de nuevo (que sí, que mi tortilla, sin cebolla, sin pimiento, era la sosa, pero fue la primera que se acabó, ojito) y más queso, nos largamos al Páprika. Cristina, en un alarde de sensatez, pidió una ensalada

Ensalada crudívora en el Páprika
Ensalada crudívora en el Páprika

Claudia y Gema, que son gemelas aunque se hayan conocido ahora, pidieron fajitas… Con un seitán riquísimo. Yo tengo que aprender a cocinar el seitán: lo hago y siempre se lo pongo crudo a los platos: total, ya está cocinado.

Fajitas en el Páprika
Fajitas en el Páprika

Y yo comí, sin pimientos, unos fideos chinos con verduras asadas a la parrilla, que sabían ahumaditas y eran una delicia (sí, todo estaba riquísimo, pero es que comimos muy bien) y con salsa de soja. Que yo no hubiera bañado el plato en salsa de soja, porque acabé con la camiseta pintadita. Pero el sabor, tremendo.

Fideos chinos con verduras en el Páprika
Fideos chinos con verduras en el Páprika

Ah. Y guacamole. Que no era guacamole propiamente dicho, pero daba igual: amamos los aguacates.

Guacamole en el Páprika
Guacamole en el Páprika

Y cenamos en el Palmira, que está en la calle Elvira también. El Palmira fue un descubrimiento porque había un plato de garbanzos, tahini y tomate crudo, que pueden ser de mis tres cosas favoritas de la vida. Y yo intuí que, obviamente, era frío, aunque llevara pan frito en la misma preparación. Pero no: era caliente, se llama “fatteh” y es mi nuevo plato preferido. En A Lebanese Feast, libro que tengo, viene una receta estupenda.

Taboulé, hummus, fateh y pan de pita en el Palmira
Taboulé, hummus, fatteh y pan plano libanés en el Palmira

El hummus estaba muy rico; el pan libanés, una cosa esponjosa y calentita… y el taboulé era un taboulé de verdad. A ver: la gente hace taboulé con un montón de bulgur o de sémola y le planta dos ramas de perejil. No, señores. El taboulé lleva 200 gramos de perejil por 50 gramos de bulgur. Es una ensalada de perejil, no es una ensalada de cuscús con verduras. Vamos, que ver taboulé de verdad en un sitio ya es algo que me emociona y todo. El pan libanés estaba caliente, la charla en torno a la comida también (es coña, no me acuerdo de qué hablamos exactamente) y luego bebimos y luego… Creo que recenaríamos otra vez, no lo sé. Porque hablar y comer, lo hemos hecho con profusión. También tomar limonada con un montón de azúcar y hierbabuena. Y fumar en cachimba. Y Gema nos regaló pendientes monísimos.

Limonada en una tetería de Granada
Limonada en una tetería de Granada

Y pasamos por la tienda de La Antequerana y Claudia nos habló de sus polvorones de pistacho…

Polvorones de pistacho de La Antequerana
Polvorones de pistacho de La Antequerana

Y ahora sé cuáles son los únicos polvorones que voy a comer en la vida. Con aceite de oliva virgen extra, señores. Compactos, suaves, espectaculares. Sí, no son de los que cuestan 3 euros el kilo. La calidad se paga y Navidad solo es una vez al año.

La crónica sentimental la ha hecho Gema aquí. Yo hablo de las cosas del comer. Porque la parte sentimental es tan simple y tan bonita como la que ha contado Gema. Una reunión con amigas a las que les cuentas si te has sacado un moco y que transcurre como si nos hubiéramos visto ayer. Hablando, paseando, comiendo, riendo, descubriendo… sin reticencias (“¿y si ahora nos cabreamos?” “pero, chiquilla, ¿tú con cuántas amigas te has peleado a lo largo de tu vida?”). Hubo gente haciendo eses (algunas de esas gentes no fuimos nosotras), tres tazas de café seguidas por la mañana, descanso con tortilla y pan integral, salidas a comprar leche de soja para sobrevivir, tapas, restaurantes, más charla y despedidas que no son tales.

Y la comida de Gema. Si estáis por Sevilla, le podéis decir que os haga algo. Poneos en contacto con ella en Kiss The Cook. Vais a flipar y la vais a querer besar. Nosotras la besamos mucho mientras nuestros ojos rodaban hacia atrás y los quedábamos en blanco y decíamos: “Ohhhhh”.

Comida que hizo Gema, pan y café que trajo Cris
Comida que hizo Gema, pan y café que trajo Cris

En este plato hay: café con leche de soja, alioli hecho a mortero, camembert, pepper jack (de ese aún no ha puesto la receta: es el que tiene las motitas, claro está) y dos trozos de la tortilla sosa (es decir, patata nada más, sin cebolla) y uno de la que tenía cebolla y pimiento. El queso lo probaron omnívoros (omnívoros reales: de los que comen muchas verduras) y les encantó. La tortilla es jugosa, sabe a huevo y huele a la tortilla de mi madre, que hace (pero con huevo) las mejores tortillas del mundo. Junto a Eugenia, que es mi madre de Sevilla y junto a Gema, que no es mi madre y no se le parece en nada.

Como dice nuestra amiga Alba: la comida de Gema es la mejor que he probado en mi puta vida.

Tenemos que quedar más. Trae cosas, mari. Kilos y kilos.