Colitis ulcerosa – Síntomas

Mi psicólogo ha tratado a varios pacientes con colitis ulcerosa que jamás le han contado los síntomas, salvo de manera general. Yo dediqué una sesión a «vamos a hablar de mierdas: vas a aprender qué es el tenesmo y cómo se vive con un brote». Con un brote leve. Que ya es suficientemente incapacitante. Y con proctitis, que es lo que tengo yo, que también es la forma más leve de colitis ulcerosa.

Histología de la colitis ulcerosa

Yo pretendía hacer un post cortito sobre síntomas y dietas y esas cosas, pero ya tengo hecho mucho sobre colitis ulcerosa como para no crearle una categoría propia y también he pensado que, como yo hablo a la pata la llana de gases y cacas, esto puede servir para dar más visibilidad. Hablad de vuestros intestinos sin pudor. Es salud.

Cuando tienes un brote o un brotecito, ocurre lo siguiente:

  • Te duele la barriga. Todo el rato. A veces tienes pinchazos, a veces es una sensación de pesadez constante.
  • Te duele el recto. Sí, por dentro. A veces te pica. Por dentro.
  • Hay borborigmos. Los borborigmos son ruidos que hace tu tripa, perfectamente audibles.
  • Vas al baño incontrolablemente. Es decir, no te puedes aguantar. Si no hay cerca, tenemos un problema, porque te cagas encima. Por eso, ACCU puso en marcha la campaña «Lo necesito ya«.
  • Tienes tenesmo, que es la sensación de que quieres ir al baño, pero no vas. Luego te hacen una radiografía y ves que tu intestino está repletito… a pesar de que tú, siguiendo las indicaciones de tu maravillosa nutricionista, eres un unicornio. Comprad un banquito. Repito: comprad un banquito.
  • Como tienes diarrea con sangre, pierdes nutrientes a mansalva y puedes tener anemia. Todo el mundo piensa que la anemia es la falta de hierro y no: la falta de hierro produce anemia, que es «una cantidad disminuida de glóbulos rojos, una concentración disminuida de hemoglobina en la sangre, o un valor de hematocrito más bajo que lo normal». A mí, antes de (antes de la colitis ulcerosa a.CU.), alguien me decía que tenía anemia y estaba cansada y yo pensaba: «Hija, qué floja eres». Hasta que la tuve. Y descubrí que estás todo el día cansada y que tardas 10 minutos en caminar un trayecto que cubrirías en tres, porque no puedes con tu cuerpo. Nada de bromas con la anemia.
  • Problemas circulatorios.- A mí se me hinchan las piernas como si fuera un elefantito.
  • Fatiga.- El cansancio lo puede producir la anemia, pero no solo. También puede tener que ver con déficits nutricionales o con problemas psicológicos.
  • Irritabilidad y depresión.- Las dos juntas. Oh, sí, cariño. De verdad de la buena. No tienes ganas de hacer nada y todo te molesta.
  • También puedes tener un cierto tipo de ansiedad social. A ver: si tienes brote, tienes gases incontrolables y necesitas baños cerca y vas a eructar o a peerte viva, lo lógico es que quieras la soledad de tu hogar. ¿Cómo se supera esto? Perdiendo la vergüenza a echar los gases delante de todo el mundo. Yo alguna vez les he dicho a mis amigos: «Alejaos un poquito». Y esto lo hago porque son amigos y no quiero que se traguen mis olores. Por si acaso huele. Con los demás no lo hago. La primera vez que te tiras un pedo por la calle que suena como las trompetas de Jericó y que hace que dos personas se volteen a mirarte es la peor. Luego ya coges costumbre. Pedos que puedan asombrar a desconocidos versus dolor de estómago fuerte que sufres tú. Mirad, no hay color.
  • Si tienes muchos gases, puedes tener náuseas. También fiebre y pérdida de peso. Yo no perdí peso porque también tengo un maravilloso trastorno por atracón.

Muchos de estos síntomas les sonarán a personas con Síndrome del Intestino Irritable y con la enfermedad de Crohn.

También puede tener otras enfermedades asociadas. Por ejemplo, a mí me duele la espalda cuando me levanto. Y me duele que parezco una viejita, porque no me puedo mover. Con el deporte mejora.

Imagen de Educa Inflamatoria

Qué pasa con los medicamentos

Si tienes Crohn o colitis y os mandan pastillas diarias, en la cantidad que sea, os las tomáis. Eso es lo que pasa con los medicamentos. No eliminan los brotes. Pero previenen. Nada elimina los brotes.

Qué pasa con los gurús

No les hagáis caso. Confiad en profesionales. De verdad. Que hay gente que se pone a investigar sin tener ni idea de bioquímica y el «yo no sé de esto, pero os voy a decir lo que tenéis que hacer» a mí no me parece muy fiable. Eso sí: como no hay nutricionistas en el sistema de salud, yo contrataría a Virginia. También haría deporte. Y, si tenéis trabajos estresantes o vidas estresantes, porque vivimos en un sistema económico que ya es, de por sí, estresante, también pediría ayuda psicológica. Todo esto, dicho con el mayor respeto del mundo, porque el nutricionista y el psicólogo hay que pagarlos y la precariedad a menudo no nos deja ocuparnos de nuestra propia salud.

Un abrazo enorme a los recién diagnosticados y a los que tengan brote ahora mismito.

No poder rendirse

Llevo siete años peleando con mi peso de forma consciente. Es decir, buscando ayuda profesional, porque el resto del tiempo iba por mi cuenta. He pasado por cuatro nutricionistas y dos psicólogos. Comencé con 101,3 kg. y nunca he bajado de 83 kilos. Jamás.

Paths of Glory, Senderos de gloria, de Stanley Kubrick.
Fue un proyecto personal de Kirk Douglas.

Pensaba que había aprendido a manejar la ansiedad y luego la ansiedad volvió y fue inmanejable. Pensaba que había conseguido acabar con la depresión y seguí haciendo cosas. Veía películas. En alguna tenía que ir hacia atrás porque no me enteraba. Hace mucho que no leo (nada que no sea por trabajo) porque tampoco me entero de lo que leo. Quedaba para comer con amigos. Iba llorando to’l puente p’arriba, pero quedaba. Se me corría el rimmel, porque me maquillaba (yo nunca me pinto), pero iba. Seguí viendo películas.

Leí libros de nutrición y de psicología y de las dos cosas mezcladas.

Psiconutrición, de Griselda Herrero y Cristina Andrades.
No pongo enlace del libro: pedidlo en vuestra librería.

He hecho todos los ejercicios de todos los libros imaginables. Hasta de coaching. He intentado planificar las comidas, cocinar muchos fines de semana hasta las once de la noche, tener fruta y verduras disponibles…

Y nunca, nunca, he dejado de ponerme hasta el culo de comer cuando tenía estrés en el trabajo o cuando salía a la calle. Esta de aquí abajo soy yo tal cual:

Obesidad con trastorno de atracón, del libro de Psiconutrición.

También he intentado analizar las ganancias secundarias de la depresión: es decir, qué me proporciona de bueno estar así. En muchos casos es, por ejemplo, que la gente se ocupa de ti y te llama. Yo nunca cuento cómo estoy, así que eso no ocurre. He analizado cada cosa. Al menos, cada cosa que estaba en mi mano analizar. O cada cosa de la que yo me daba cuenta.

Y llegó un día, un 8 de febrero, que me rendí.

«No poder rendirse», me dijo Pablo.

Siete años, cuatro nutricionistas, dos psicólogos.

No he bajado nunca de 83.

Yo hubiera querido ser normal.

Tener una vida normal.

Una cara normal.

Ojalá hubiera tenido yo una cara normal.

Y una historia de aprendizaje con algún éxito.

He asistido a muchas historias de personas que han superado trastornos del comportamiento alimentario haciendo mucho menos que yo. Algunos sin pedir ayuda profesional: menos aún a siete personas.

Creo que soy la única tía de la tierra que hace ejercicios de relajación y acaba con taquicardias.

Y que no es capaz de aprender a cambiar comportamientos, por más que lleve registrando comidas, patrones de comidas, sentimientos en la ingesta y demás siete putos años. Desde mi brote, registro hasta la forma y la textura de mis cacas.

Pero diez días de ingesta desaforada y de llorar por cualquier cosa y de gritar a mis gatos, que no tienen culpa de que yo sea una loca, ya eran demasiados. La ingesta no es la ingesta. Es sentirte la puta enferma que eres; es ir a comprar ropa y ver que no te cabe absolutamente nada; es toda la vergüenza y la sensación de descontrol y la estupefacción y, sobre todo, el «yo ya tenía que haber aprendido a manejar esto».

Me he puesto no sé cuántos objetivos con sus para qués y sus cómo, he desgranado todos los pasos que iba a hacer y los he hecho, me he levantado temprano para tomar el café y preparar la media mañana, bien contundente para evitar que me diera por asaltar la máquina, he hecho yogur casero y lo he mezclado con tres piezas de fruta y frutos secos y canela y… Y también a comer la fruta sola. Yo nunca comía fruta sola.

Peras solas. Nunca he comido peras solas, pero lo logré.

He analizado las sensaciones del comer emocional. Si estaba llena, si no estaba llena, si estaba aburrida o estresada, dónde estaba, con quién, qué disponibilidad de alimento había, qué elecciones hacía. En esto, nunca he considerado que fueran elecciones. A otra gente sí se lo parecerá. A mí no.

Y he aprendido a comer. He aprendido cuáles son las elecciones saludables, quiero decir. Pero no he aprendido a cambiar mis conductas y, tras muchos años, cuatro nutricionistas, dos psicólogos, 90 kilos (creo que eso es lo que peso ahora; puede que sea más. No lo sé), creo que va siendo hora de asumir que voy a tener un trastorno por atracón, depresión y ansiedad toda la vida.

Y qué

No se puede cambiar enteramente a una persona.

Este es un post escrito en dos tiempos. El tiempo de la desesperación y de la remontada. Porque yo, si me desespero, tengo que contarlo. Y también lo publico, porque hace mucho tiempo que me volví una impúdica (no es cierto: lo gordo nunca se cuenta. Lo que se cuenta es la punta del iceberg).

Hablé con José César (le cayó la crisis encima, al pobre) un día antes de vernos por primera vez y con Carlos. Date un descanso, pero con el compromiso de no joderte más. Autocuidado, más que nunca.

Sigo apuntando la comida que como, en la app de la Monash University, y sigo apuntando las heces y eso sí que pretendo seguir haciéndolo para buscar patrones diarreicos.

Las compré hace tres años.

Pero me relajé. Salí dos veces con los amigos. Comí de más las dos veces. Sin culpas. Se sale, se come postre. El domingo, le puse las pilas a la elíptica, cogí las mancuernas y la pesa rusa que compré hace tres años y que solo servían para que los gatos disfrutaran (Ororo usa la elíptica más que yo) y me volví a subí. Mi lista del deporte es de 2008. Hace 12 años que no me subía. Doce.

Ya veremos qué va pasando…

San Valentín, yo no te olvido

Como no tengo pareja, ni la he tenido nunca y dudo mucho que la vaya a tener, nunca he hecho un post de San Valentín. En los blogs veganos de cocina hay un sinfín de mensajes dedicados al día de la celebración del amor por excelencia. Del amor romántico, decimos, que hay muchas clases de amor.

Y así, podéis encontrar un sinfín de recetas. Aquí hay algunas que os pueden servir.

recetas saladas

recetas dulces

Que tengáis un feliz San Valentín y os deis mucho amor.